En un encuentro entre artistas jóvenes de la Isla con artistas radicados en Estados Unidos, auspiciado por el Centro Cultural Cubano de Nueva York el pasado lunes 20 de noviembre en esa ciudad, Geandy Pavón, artista cubano residente en Nueva Jersey, hizo una declaración sorprendente. Bajo la sombra de los murales militantes de Orozco en un salón del New School for Social Research, Pavón afirmó que Cuba, dominada por el sistema castrista durante los últimos sesenta años, se ha convertido de una nación a un lugar, refiriéndose tanto al desmoronamiento de la sociedad cubana como al influjo de turistas ansiosos de ver a Cuba “antes de que cambie”. Los textos reunidos en el dossier Desafíos de la literatura cubana contribuyen a esta disyuntiva ya que reflejan tanto la unidad como la fragmentación de la literatura cubana. La unidad implica el concepto y sentimiento de nación que arranca desde el siglo XIX. La fragmentación, el sentido de desasosiego y errancia que ha empujado a los cubanos a la fuga, consecuencia del sistema político y de una economía precaria.

La variedad de géneros, estilos, y autores reunidos en este número desmonta los binarismos de la crítica al asomarse a la literatura cubana. Extremos como isla/diáspora, unidad/dispersión, insilio/exilio, ya no son adecuados para abarcar la compleja proliferación de la literatura cubana en múltiples fragmentos que son, en sí mismos, unidades, piezas para un nuevo comienzo. Hasta este día, el esquema generacional ha sido el más nutrido al explicar el desarrollo de la literatura cubana. Para romper el molde de tan nítido esquema, presentamos a los escritores y críticos que dialogan en las páginas de Iowa literaria en orden generacional inverso, lo que resalta tanto la continuidad y comunidad entre lectores cubanos dentro y fuera de la isla como también la fragmentación impuesta por la distancia geográfica y circunstancias cambiantes. 

En el género ensayo, Sahai Couso Díaz ofrece un análisis de la más reciente narrativa desde la óptica de los estudios espaciales: la geografía de la ciudad se reimagina en cuentos que cruzan ruinas y calles empinadas e inventan espacios alternativos, como en el relato, Un arte de hacer ruinas, de Antonio José Ponte, donde aparece una Habana subterránea. Couso Díaz señala las diferentes estrategias con que los narradores actuales trazan nuevas cartografías urbanas o reinventan el imaginario de una Habana posible.  Con este fin, la narrativa reciente hurga en un archivo amplio que incluye mapas del puerto colonial que delinean la antigua ciudad de intramuros, y textos clásicos de la arquitectura de la ciudad moderna como La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier (1970).

Los narradores de La Habana post soviética no solamente comprimen espacio y tiempo, sino que fuerzan un artilugio mayor. En Formas de no volver a casa, de Orlando Luis Pardo Lazo sigue una constante en la tradición literaria cubana: la presencia—oblicua, a la manera de Lezama—de los ausentes; en este caso, el joven narrador se ve a sí mismo como ausente, abstracción de ciudadano en su propia ciudad. Parodia del emblemático viaje a La Habana de ciudadanos nacionales y transnacionales, el cuento hace eco de una tradición que inicia con el Viaje a la Habana (1844) de la Condesa de Merlin, y continúa con la novela de Reinaldo Arenas de título homónimo, Viaje a la Habana: novela en tres viajes (1995), publicación posterior a su fuga por el puerto de Mariel en 1980. En contraste con el viajero interior de Un seguidor de Montaigne mira a La Habana (2001) de Ponte, quien va por el Prado siguiendo las pistas de José Lezama Lima, fundador de Orígenes, el narrador de Pardo Lazo solo ve fragmentos, trazos del pasado colonial y de la república que se yuxtaponen a evidencias fugaces de una cotidianidad inmersa en el olvido, a pesar de las pancartas.  La muerte de Fidel le llega de sorpresa, y sigue caminando, como si el rumbo de la nación  haya quedado estático. La condición de nomadismo interno se refleja asimismo en los cuentistas de la generación de los 1980, la primera generación contestataria en medio de una retórica oficial que exigía al escritor adherirse a los cánones estrictos de una revolución desgastada. 

El vaivén entre “aquí” y “allá” amplía la definición de la literatura cubana fuera de sus bordes territoriales. Es por eso que el famoso poema de Virgilio Piñera, La isla en peso, y especialmente el primer verso–“La maldita circunstancia del agua por todas partes”– sirve de mantra para convocar tanto a autores cubanos recientes como a los de la diáspora.  En La isla en peso, el poeta recorre las calles cercanas al puerto de La Habana en una especie de apoteosis de la mirada que busca recomponer las múltiples esencias, olores y ritmos que han marcado el tiempo de la nación. Jesús Jambrina comenta el aporte de Piñera a la poesía cubana a pesar del lugar excéntrico al que se le ha relegado. La traducción de Pablo Medina, The Weight of the Island, marca un hito en la literatura cubana al enlazar la poética de Piñera, desencantado del grupo Orígenes, con la dislocación de la “generación una-y-medio,” nacida en Cuba pero formada en Estados Unidos, a la que pertenece Medina. Si bien Ponte opina que no se ha planteado aún la traducción de la literatura cubana en otras lenguas, Medina, cuya obra poética incluye The Floating Island (1999) y The Man Who Wrote on Water (2011)—ofrece un Piñera traducido al ritmo del idiolecto neoyorkino, el más cercano eco de la sonoridad habanera. Como otros escritores de su generación, Medina refabrica la identidad cubana precisamente a través de otra lengua, siguiendo la atinada frase de Juan Marinello de que “Somos a través de una lengua que es nuestra siendo extranjera” (Americanismo y cubanismo literarios—Ensayo en Marcos Antilla, Cuentos del cañaveral de Luis Felipe Rodríguez, 1932).

Los verdaderos ausentes, las voces de la “generación-una –y-media,” se escuchan en la poesía de Iraida Iturralde, una de las Indómitas al sol, como las llamó Felipe Lázaro en su antología, Cinco poetas cubanas de Nueva York (2009). Nueva York es la ciudad donde se forjó la Independencia; allí vivieron el padre Félix Varela,  el poeta-patriota José Martí, y Cirilo Villaverde, fundador de la narrativa cubana, quien publicó el romance nacional Cecilia Valdés (1882) en esa ciudad, aunque ausente de la propia.  Igual que estos precursores, las poetas cubanas en Nueva York se han aferrado a la lengua y a la tradición cubana para reimaginar una nación más allá de las ruinas y escombros de la memoria. Iturralde recoge los fragmentos dispersos de la isla en poemas finamente labrados que evocan la tradición origenista de Lezama Lima. Dedicado al artista Luis Cruz Azaceta, cuyas balsas flotantes, sogas, y líneas en fuga evocan una cartografía marítima constante a lo largo del último medio siglo, Adrift evoca la crisis de los balseros de 1994, lanzados al mar por condiciones límites adentro de la isla. El poema Un Balthazar en Soho, dedicado a la artista cubanoneoyorkina Gladys Triana, sugiere el paralelo entre el orfebre de la madera y el de la palabra.

Y esto nos lleva al hacedor de la imagen: Adrián Fuentes Mederos, quien recorre las calles de La Habana con su cámara vigilante para captar escenas de la vida cotidiana. En otra apoteosis de la mirada, Fuentes Mederos nos brinda una galería de imágenes que redefinen la iconografía nacional: el puerto de La Habana, las plazas y esquinas de La Habana Vieja, tenderos de libros, comerciantes de íconos de una revolución que ya pasó, y mujeres sentadas en la Plaza de la Catedral con muñecas afrocubanas en venta. Imágenes que refuerzan el sentido de lugar pero también fragmentos fugaces de una Cuba por venir. Si bien los estudiantes de uniforme azul reunidos en la Plaza de la Revolución despiden una era que termina, los ciudadanos ausentes y presentes apostamos a los niños que juegan en la Plaza Vieja, símbolo de una futura nación, ya no estática, sino en movimiento.

(Dossier coordinado por Adriana Méndez Rodenas y Carlo Acevedo)