1.

 

La cabeza me daba vueltas. El mundo me daba vueltas. Miré arriba. Boqueaba por aire. Me iba a asfixiar. Entonces las vi. Dos lunas. Vi dos lunas sobre la bahía muerta de La Habana. Me dije: “Estás mal”. Me dije: “Estás muy mal”. Me dije: “Orlando, esta noche sí te vas a matar”.

Pero no. Allí estaban, allí seguían. De allí no se movían. Ni parpadeaban. Dos lunas luneras, sin cascabeles. Perfectas, súper-enfocadas, simétricamente silentes sobre los cielos sin cielo de una ciudad que todavía se llama La Habana. Dos lunas como dos huecos blancos en el curvo universo de la fosa caribe. Dos huecos blancos, rellenos de tiempo y vacíos de espacio. Como dos linternas, dos silencios, dos desmayos. Dos suicidios, dos islas, dos de lo mismo.

Me daba miedo morirme. Por suerte, la vida parecía seguir siendo normal. La gente mustia. La carretera brillante, con sus buses chinos atestados de turistas y camaritas con flash. Las pancartas de la austeridad y la propaganda de un Fidel en trance de eternidad, muerto y cremado y más ubicuo que nunca. El eco de las campanadas sin iglesias en El Vedado. Las colinas que amortajan el otro lado de la bahía y que hacen de la ciudad un coliseo. Lawton y el runrún reumático de sus trenes. Y otra vez la bahía honda y artera, con su ristra de grúas de ojos cíclopes, inyectados de sangre, residuos de otra época, antes la revolución industrial. Y los semáforos fotofóbicos que dejaron de parpadear desde 1492. Y otra vez yo, que me estaba volviendo loco en lugar de matar a alguien o hacerme matar.

Por fin, sonreí. Por fin, comencé a reír a carcajadas. Ya iba siendo hora de perder la cabeza o al menos perder la tabla. Me arrodillé en plena calle. Me tuve que aguantar del muro del malecón. Supongo que la gente pensaría que yo estaba borracho. Y lo estaba. Sentí náuseas, ganas de vomitar. Los pocos paseantes que quedaban hacían un rodeo para ignorarme. Menos mal. Pensé en la palabra socialismo, pensé en la palabra soledad. Cerré los ojos. Nunca antes los había tenido abiertos. El corazón se me quería salir por la boca y me faltaba un poco la respiración. La Habana está en el fondo del mar. La Habana está en la superficie de otro planeta, tan ligero que no tiene ni atmósfera. Pensé lo peor. Y ahora me arrepentía de todo. Pobre Orlando mío, en una ciudad de nombre hambriento aún llamada La Habana. Dejé de reír a carcajadas. Pobrecito yo, dejé incluso de sonreír. Seguía arrodillado. Entonces comencé a rezar.

Me acordé de los muertos. Me acordé del amor. Me acordé de los muertos amados. Y me acordé de la muerte del amor.

 

2.

 

Soñé que me despertaba en el sueño, pero no me podía despertar en realidad. Hacía rato que no me pasaba eso. Es muy angustioso soñar que nos despertamos en un sueño y no nos podemos despertar a la realidad.

La Habana volvía a ser la ciudad de mi adolescencia. La ciudad del instituto pre-universitario, mole erigida en esos barrios más altos que cualquier mirador. Allí, hasta la casita más chata quedaba a la altura de uno de esos rascacielos de las películas. Soñé que yo volvía a ser aquel adolescente que nunca del todo fui. Soñé que yo no había tenido que crecer a la carrera y que estábamos todos de nuevo en el aula, todos nuevos y nobles. Y que aún no había muerto el primero de nuestros muertos del alma. Y que ninguno de mis amiguitos de entonces estaba ya muerto del alma.

En lapared, colgaban los cuadros cadáveres de un martirologio anónimo. Héroes y horrores patrios de un materialismo mórbido. También colgaba allí un anacrónico Corazón de Jesús. Lo supe sólo porque lo decía debajo. Alguien le había escrito con una crayola roja: Esto era un Corazón de Jesús. Bonito nombre que ni siquiera en sueños nos significaba ya nada. Bonito verbo en principio: era, época, épica. Toda gramática nos espera desde siempre allí, en el pasado del día de mañana.

Afuera, por la ventana de nuestra aula-jaula del pre-universitario, se escurrían desquiciados los años ochenta. Con su carga de tardes grises y luminosas mañanas. Con sus libros aún por leer. Todavía Cuba contaba con estaciones por aquella época. Todavía teníamos aunque fuera la estéril esperanza de escaparnos de Cuba antes de enfermar.

Entonces la Teacher de la clase de Inglés me preguntaba: “¿dónde estuviste metido, Landi?”. Y yo no sabía qué responderle. Ni a quién. Pero la Teacher de Inglés volvía entonces con su cantaleta a la carga, no sé si en español o en inglés: “ay, Landi, ¿pero qué te ha pasado? ¿dónde estuviste metido todos estos años? ¡miren para eso, dios mío, miren qué viejito se ve ahora Orlando!”

Y el aula entera reía. Todas las aulas de nuestro pre-universitario entero reían. Todos los pre-universitarios de la ciudad entera reían. Habana hilarante. El mapa de Cuba entera se partía en una carcajada escalofriante. Y yo también quería romper a reír. Porque el ridículo de permanecer tan serio me daba terror. Pero tenía miedo de que se me cayeran los dientes si abría la boca para reírme. En el sueño yo tendría quince o dieciséis años, pero todos mis dientes, colmillos y muelas eran postizos, desde no podría recordar ahora cuándo, probablemente desde al nacer. Piezas de plástico, tipo ajedrez, tipo damas, tipo parchís. Como las bolas del arbolito de Navidad que escondíamos en casa.

Entonces soñaba que quería despertarme ya, en medio de aquellas risotadas y la sensación de ahogo que provocaba aquella monstruosa prótesis dental bailando en mi boca, desajustada, provocándome arqueadas de plástico y a punto de trabárseme en la garganta. Y yo boqueando por aire, asfixiándome. Y entonces las veía en el sueño. Dos lunas, también de plástico, dos fichas blancas sobre la bahía recién resucitada de La Habana. Agua sólida, oleosa, insumergible. Y me decía la Teacher de Inglés, como si no hubiera sido suficiente con toda su arenga anterior: “Landi, estás bien”. Me decía: “Landi, estás muy bien”. Me decía: “Landi, si no te despiertas ahora mismo, pero dentro de este sueño, esta noche sí te vas a matar”.

 

3.

 

Llegué. Increíblemente encontré mi casa. Abrí. Increíblemente tenía la llave. Funcionó. Ya debía de ser domingo. Tal vez, nunca se sabe. Las madrugadas en Cuba son siempre fuente de confusión. Entré. Me tiré sobre el sofá. Exhausto. Mi familia roncaba la pesadilla de los justos en sus respectivos cuartos. Habitaciones aparte, existencias partidas. Prendí el televisor. Clic. Ponían una de esas entretenidas series norteamericanas: parlamentos pirateados de otro planeta, pronunciados por personajes preciosos que nunca mueren, en una lengua ilegible con subtítulos en cubano.

Las luces plásticas del arbolito olvidado en una esquina de la sala se empeñaban en recordarme la fecha. Era el nacimiento del niño Dios. O casi, nunca se sabe. Porque en Navidad los dioses en Cuba se comportan más adultos que de costumbre. Más adulterados que nunca. Más ateos que nosotros mismos, los mortales que los atesoramos como si fueran una costumbre querida, clandestina. Y lo son: una costumbre clandestina, herida.

Me paré. Abrí la ventana que da a la calle. Volví al sofá. Me tendí. Ay. Me paré. Abrí la ventana que da al jardín. Volví al sofá. Me dejé caer. Ay. Olía a rosas, a jazmín de noche, a brujitas, a lirios, a espárragos. Ay. No olía a nada. Tragué en seco. No oía nada. Los labios del televisor se movían en vano. Limpié mis lágrimas. Las letricas en la pantalla bailaban una danza muda y macabra, en cubano crónico, cómico. Ay. Mocos. Miopía. Me quité la ropa. Me quedé con la ropa interior. Ripios. Bocarriba. Mi pene más empinado que la plaza póstuma de la Revolución. Ay.

Desde mi posición se veían los cielos sin cielo de La Habana. Y desde allí todavía ellas me contemplaban. Dobles, lunáticas. Poco interesantes en tanto lunas dobles, dormidas, sin doblaje. Ni las estrellas parecían ser ya muy estelares. Lucían más bien como planetas o satélites artificiales. Ningún astro estaba en el lugar en que yo los recordaba. Me dolían la ingle y el esternón. Tenía insensibles las orejas y la punta de la nariz. Los cachetes me ardían. Como si nevara. Fiebre fría, piel tibia. Epidermis de sangre. Pensé que todo había sido verdad: ¿dónde yo había estado metido todos estos años? ¿qué cosa tan grande me había pasado? ¡Mira para eso, mira qué viejito me veo! Pensé en la palabra soledad. Abrí los ojos. Pensé en la palabra socialismo. Nunca antes los había tenidos tan cerrados. Por el momento decidí dejar ya de rezar.

 

4.

 

Yani me llamaba de madrugada, siempre a punto de amanecer. Los timbrazos rajaban la atmósfera de cripta de nuestra casa. Todos saltaban entonces, como electrocutados, desde sus respectivas camas. Gritos, protestas, maldiciones de habaneros desvelados que de todos modos nunca lograban dormir. Yani era un latigazo de luz, poco antes de que rompiera el sol en el cielo.

Yo la esperaba. Me sentaba al lado del teléfono en el comedor y esperaba larga, largamente por su llamada. Yani llamándome desde otra ciudad que todavía se llamaba Matanzas. Ella le decía “La Atenas de Cuba” y yo me burlaba ante tanto candor de muchacha preciosa pero provinciana: “¿La Tenia de Cuba?”

Y la dejaba entonces descargar su locura al otro lado del cable helicoidal, un alambrito estatal que nos acercaba de bahía en bahía. La mía, cerrada como un puñetazo. La de ella, abierta de par en par, como sus piernas pasadas por una llamada telefónica interprovincial.

Yo la dejaba hacer y ella a mí. Yani y yo nos dejábamos hacer, entre mi bahía estrecha como su entrepierna y su bahía ancha como mi desesperación. Oírla era respirar y robarle un poco la retórica de su rabia. Yani sonaba siempre tan débil que era imposible no desearla. Y decírselo. Y entonces, en algún punto de la conversación, yo una vez más me atrevía a pedirle que “por favor, Yani, cuéntame antes de que amanezca la historia de los poemas perdidos de tu papá”. Es decir, la historia perdida de los poemas de su papá. Es decir, la historia de los poemas del papá que Yani perdió. Una noche de exilios, como esta. Como toda noche en Cuba, cuando de pronto ya es inevitable el amanecer.

 

5.

 

Fui al comedor. Sin prender la luz. Tampoco me hacía falta. La luna y la luna desbordaban el interior de mi casita, desde todos los ángulos imaginables del espacio. Fui hasta el refrigerador, un armatoste de finales de los años cincuenta. Como casi todo en mi casa. Incluidos los muebles, incluido el teléfono. Lo abrí. Shelvador, Frigidaire. Sentí el frío de otra época en mi cara, el frío de otras personas que en otro tiempo también bebieron agua. En otro país. En otro planeta. Cogí un pomo, un litro. Tragué. El agua siempre me da más sed. Como la soledad de los sistemas sociales sin soledad.

Devolví el pomo a su nicho. Cerré el refrigerador. Fui hasta el teléfono y me eché a su lado. Muchachito obediente, novio virgen de los timbrazos al alba. Como un perrito de barrio que no encuentra la forma de volver a su casa, mientras se asusta de los ronquidos cruzados de sus familiares, cada uno en habitaciones lejanas separadas solo por una pared.

Entonces oí el inicio de una ráfaga de timbrazos y salté sobre el aparato, aquel viejo monstruo de bakelita Made in The Cuban Telephone Co., indecibles décadas antes de que Yani y Landi lo usaran para hablarse. Descolgué. Oí un tic tac digital, después una sirena de alarma. Después, la voz de alguien joven que simulaba ser una contestadora automática: “Ordene, ¡aquí el Puesto de Mando!”

Colgué, asustado. Últimamente eso me estaba pasando con más frecuencia de lo recomendado. Mi número se cruzaba con otro número militar, supongo. Tal vez se parecían los dígitos, no sé. Igual me daba escalofríos, me quedaba en un puro temblor. El estómago palpitando, los músculos sin tono ni para permanecer de pie. Ni sentado. No podía evitarlo: la existencia de un Puesto de Mando siempre me recordaba a mi muerte. Y de algún modo aquellas voces metálicas con su “¡ordene!” eran como una acusación. Yo debía de haber hecho algo malo. Y lo había hecho, por supuesto. Esos mensajes mitad anónimos y mitad equivocados me recordaban que, un día (es decir, una madrugada), la llamada de los militares sería en la puerta que da a la calle de nuestra casa.

Entonces oí el inicio de otra ráfaga de timbrazos y salté de vuelta sobre el aparato, aquel dinosaurio de un tiempo ido que nunca se va, bakelita registrada como propiedad privada mucho antes de Landi y Yani se hablaran. Descolgué. Oí su silencio inicial, su saliva tragando en húmedo antes de pronunciar puntualmente en mi oído: “Landi, mi amor, soy yo”, a medio susurro entre una declaración de principios y un trío de dudas demenciales: ¿Landi?, ¿mi amor?, ¿soy yo?

Como si ella pudiera ser alguien más a esta hora en Cuba. Como si a esta hora en Cuba yo pudiera no ser tanto yo mismo. Como si tuviéramos miedo de no ser más del todo nosotros: Landy de La Habana y Yani de Matanzas. Menudo equipo de dos, a diario (es decir, a nocturno) desintegrándose: satélites artificiales de nosotros mismos, lunas miméticas de remate, espejismos mágicos que giran no en contra ni a favor de las manecillas del reloj, sino siempre en sentido contrario.

              ―¿Estabas dormido, Landi?

              ―Siempre lo estoy, Yani.

              ―¿Te desperté entonces, Landi?

              ―Tú siempre me despiertas, Yani.

―Contestaste tan rápido el teléfono, Landi, que pensé que otra vez yo había marcado mal tu número y me estaba contestando un equivocado.

             

6.

 

Fidelidad, fósil, futuro. Fuimos a la funeraria del reparto Bahía, en Habana del Este. Los efluvios del fuel recién derramado en la bahía llegaban hasta la capilla F. Un super tanquero belga o venezolano (tal vez ruso o iraní) había cogido fuego, y estuvo toda la noche anterior quemándose, coloreando los cielos de La Habana de entretenimiento y horror.

Los bomberos le tiraban agua al barco desde dos helicópteros. La ciudad entera se asomó al malecón, gente insomne e ignorante de la magnitud del peligro. Un pueblo entero en las calles, a pesar de la hora. Ilusionados con la idea de ser parte de aquella espectacular explosión. Pero no. Pero nada. Como en un filme mudo. Sólo un ballet de fuego y sus muecas sobreactuadas cuando el agua le caía encima a las llamas. Teatro de la decepción.

Al amanecer, el barco se fue apagando solo, por incombustión espontánea, a falta de oxígeno acaso, y ya muy exhausto de consumir tanto carburante ruso o iraní (tal vez belga o venezolano). Recuerdo que todo ese día en la ciudad se hizo especialmente difícil respirar, incluso en los barrios más alejados del mar. Bahía anaerobia, anegada de hidrocarburos flotantes, cetáceo tóxico de fin de semana. Recuerdo que la brisa ese fin de semana traía todo tipo de paranoias sobre los patios y las personas de La Habana, todo tipo de teorías y pronósticos, pero ningún consuelo. No por gusto los domingos en Cuba son los días de menor densidad de dios.

En la funeraria del reparto Bahía, en la capilla F, estuvo tendido su cuerpo hasta que se olvidaron de ella. Ese día hasta los servicios necrológicos parecían de fiesta, consagrados a la contemplación de las ruinas humeantes del super tanquero.

Una ponina entre sus ex-alumnos había conseguido, con gran trabajo, colgarle una coronita de flores fermentadas a la ex-maestra. Pétalos a medio podrir, hojarasca aún más apestosa que la propia bahía. En una hoja de libreta rayada, alguien había osado una plegaria en inglés: For the best and only Teacher in town.

Después, durante el velorio abandonado, alguien más hizo notar en español que aquel epitafio bien podía interpretarse al revés: la Teacher era la mejor porque no había ninguna otra a la mano. A estas alturas de la historia, todas las Teachers ya se habían largado a practicar el inglés a tierras de mejor fonética. Ja. Y la capilla F entera reía. Je. Todas las capillas F de nuestro pre-universitario reían. Ji. Todos los pre-universitarios F de la capital cubana reían. Jo. El mapa F de Cuba completa se partía en una carcajada escalofriante. Ju. Y yo también quería romper a reír, por supuesto. Ja, je, ji, jo, ju. El ridículo de permanecer tan serio me daba terror. Pero seguía con miedo de que se me cayeran los dientes si abría la boca para reír. Dientes, colmillos y muelas de adolescente postizo. Piezas de plástico, tipo ajedrez, tipo damas, tipo parchís. Como las bolas de los arbolitos de Navidad. Como los barquitos de juguete que cogen candela en esa infancia incesante que es el día de hoy.

 

7.

 

―Peón 4 Rey ―salías siempre tú, sin darme chance de réplica en la bocinilla de mi auricular.

Nunca nos despedíamos sin jugar al menos una partida de ajedrez.

―Peón 4 Dama ―te respondía invariablemente yo.

Y entonces las blancas: Peón por Peón. Y entonces las negras, como respuesta: Dama por Peón.

Landi por Yani y Yani por Landi. Insistíamos en enredarnos al amanecer con la Defensa Escandinava. Lo nórdico era como nuestro refugio ante el sol asesino que ya despuntaba sobre La Habana y Matanzas. Y la lava corría cómplice entre nuestras dos ciudades contracubanas, construyendo en exclusiva para ti y para mí y para nadie un tablero telefónico donde cupiera, clandestina, toda nuestra libertad de jugar.

 

8.

 

Me fui quedando dormido. El cielo se nubló. Tronaba. Quien ha vivido fuera de Cuba, sabe que el clima es un defecto local. Fuera de la Isla no hay clima, sólo efectos siderales sin interpretación.

Las nubes bajas olían a ozono. Los relámpagos lo sintetizaban, a golpes de cortocircuitos que liberan electrones y fusionan oxígeno. Ingeniería invisible, invencible. Las dos lunas desaparecieron, tragadas por algodones oscuros, nubarrones que lucían retocados con algún software divino o al menos digital. Olía a aguacero de invierno, en un país que se ha quedado incluso sin estaciones. Insulso sin estaciones. Sin ecología, sin etnias, sin etimología, sin edad. Una isla de corcho que cada madrugada sin noche zozobra y se hunde sin remedio si tú no estás. Yani. Landi. Es lo mismo.

Los sueños son la única parte de nuestra vida que no vivimos en sucesión. Sólo en los sueños disfrutamos del don demoniaco de la simultaneidad, aunque después los tengamos que recordar como sucesivos. En los sueños, no sólo somos muchos, sino que somos muchos a la misma vez. Por eso despertar es estar atrapado. Ser uno. Ser. Criaturas presas de una simplificación que se llama lenguaje: laberinto lento, de lucidez lunar, lunática.

Debo de haberme quedado rendido junto al teléfono. Quién sabe. Si entraron retazos de lluvia por la ventana, nunca me enteré. Pero el insoportable sol de las nueve de la mañana en Cuba sí me despertó. El día es el territorio de la cefalea, geografía grosera. Rayos de rabia revolucionaria. Residuos rayados de la Revolución.

Frente al televisor mis padres aplaudían, enchumbados de lágrimas y abrazos. Nunca antes los había visto así. Tan cercanos entre ellos, tan ajenos a mí. Toda distancia es delicadeza, delirio. Toda cercanía cansa y corroe. Los locutores daban la noticia de la supuesta muerte de Fidel. “El comandante ha caído en combate”, dijeron, “tal como vivió, a los 90 años de darlo todo por los cubanos”. Como pago, los cubanos lo habían hecho cenizas de inmediato y acababan de lapidarlo dentro de una piedra descomunal, una especie de meteorito caído sobre las montañas del oriente del país. Habana del Este, Matanzas del Este, Cuba del Este, Fidel del Este.

Me pareció que debía de ser otra de esas noticias falsas de la prensa oficial. Me di una ducha y, sin saludar ni despedirme de mis padres apócrifos, salí para mi trabajo en la editorial, a un costado de la bahía de La Habana. Desde hacía semanas preparábamos un número especial de la revista Extramuros, con un dossier sobre habaneros ilustres que habían fallecido lejos de su ciudad. Por ejemplo, en Matanzas.

La mañana era todo trino y desierto. El agua corría lánguida por las cunetas. No había trazas del transporte público por ningún lado. Tuve que caminar varios kilómetros, hasta que un policía me paró y me pidió los papeles de identificación. Cualquier papel es motivo más que suficiente de identificación. Y también de incriminación. Igual se los di. Pasó mi nombre por la planta de radio y al parecer salí absuelto. El policía se limitó a devolverme los papeles. Pero un segundo después me ordenó:

              Vuelva a su casa, ciudadano, hoy es día de luto nacional.

Entendí “lujo”, pero no se lo comenté. Le di las gracias por devolverme mi identidad, y di media vuelta y me fui. Debía de ser uno de esos días feriados y yo ni siquiera me había enterado, por no prestar la debida atención a la televisión.

Pensé en Yani. Quise llamarla. Pero seguro seguía dormida a esta hora. Era demasiado temprano, demasiado día para nosotros. Calculé cuál sería la mejor manera de volver a mi casa. Tampoco tenía mucha opción. Caminando o caminando. Aún faltaba un mundo para nuestra próxima noche, para oír otra vez su voz convertida en corriente estática a nombre de una empresa telefónica estatal. Toda voz implica un poco su ausencia. Toda llamada es siempre un poco de auxilio. La cabeza poco a poco comenzaba a darme vueltas.