Presentamos tres poemas inéditos y un poema incluido en el libro La isla rota (Verbum, 2013) de la escritora cubana Iraida Iturralde, perteneciente al círculo de poetas cubanas en Nueva York. Un común denominador de los siguientes textos es la latente preocupación de la autora por la creación como un proceso artístico, estilístico y erótico. La voz de Iraida, en los siguientes poemas, es la de un testigo que busca compartir, y a la vez descifrar, las complejidades y detalles de su propia perspectiva. 

 

Un Balthazar en SOHO                          

para Gladys Triana

Como un orfebre sigiloso
con los ojos se adelanta

Talla sin astillas, como si fueran
de hierba los deseos, y deja lisa
la madera que la mano observa

No sé si se alegra por el alumbrado
que irrumpe entre las mesas,
suculento cada plato, el paladar intacto

O si anticipa el sabor de la palabra,
la amistad que se esparce
sobre el cuerpo sin espinas
de El Dorado

 

Consecuencias de una carta que no pretendía decir nada

para Michel Serrano y su musa   

Antípoda es el moro
cuando el pétalo de su arco
da en la clave y la conmueve.
La cuerda de la flaca
tiembla ante el abrazo,
su designio.
No hay laureles
ni besos a retazos,
sólo un fulgor de sentimiento
que lude sabio
la más baja de sus teclas:
sin son ni ton derrama el jugo
que le corre por los muslos,
ya empapados ante el moro,
su labia de galán en rapto.  

Huyamos que ya atardece.
Hay que ir de prisa.

 

Un símil para Maya

En el sendero ancho y abierto de los astros
somos una marmota diminuta,
una postilla seca, un rasguño en el contén galáctico.
En el sendero ancho, hay espacios y colinas que
brillan todo el tiempo, hay mares de armonía,
de fragancia púrpura,
un enjambre de amor que no se acaba.
Aquí, convulso el sueño, proscrito,
despegado de su amo,
sólo el niño contempla la hermosura,
la luz blanca que lo abriga,
el ojo hondo y opulento de un verso alucinado.
La piel luego se rinde, se hace corto el mástil
para vislumbrar la magia.
Pero hay seres que vuelan con la gracia
de los cisnes, la sonrisa dulce
aún prendida en el fulgor del alma.

 

Adrift

 a Luis Cruz Azaceta

Trémula
la cara se desmonta,
el lomo de la balsa
se mueve lejos de los ojos,
en un instante más lejos
la balsa huye entre las olas
diminuta y fugaz,
inalcanzable.
El cuerpo zambullido
se hincha entre corales,
se hunde entumecido
por la furia de las aguas,
baja en ondas repetidas
hasta el fondo azul y rojo,
interminable.
Como un remo atravesado
el torso mayor estalla,
se parte para siempre
en el mórbido festín de tiburones.
Trémula
la cara flota,
en un instante
parece libre.