Virgilio Piñera no ha tenido suerte en inglés. En los años sesenta y setenta, algunos de sus cuentos se tradujeron al francés y al italiano, pero nada que conozcamos se publicó en el idioma de Shakespeare, en parte, porque el Piñera más conocido hasta hoy siempre ha sido el dramaturgo, seguido del narrador (cuentos, novelas) y sólo recientemente el poeta y el ensayista. Pero, como dice el refrán, “nunca es tarde si la dicha es buena”, la edición bilingüe The Weight of the Island. Selected Poems of Virgilio Piñera (Diálogos Books, 2014), traducido por el escritor Pablo Medina, libro en el que aparece La isla en peso (1943), no ha podido llegar al lector estadounidense en un mejor momento, siendo este país el segundo de habla española en la faz del planeta, sólo después de México, y con una población latina bicultural que ronda los cincuenta y cinco millones de personas.

Virgilio Piñera. The Weight of the Island. Selected Poems of Virgilio Piñera: Diálogos Books, Lexington, 2014. 168 pgs.

Virgilio Piñera. The Weight of the Island. Selected Poems of Virgilio Piñera: Diálogos Books, Lexington, 2014. 168 pgs.

¿Qué trae Piñera al panorama literario de los hispanos-estadounidenses? De los escritores cubanos del siglo XX quizá sea él quien más y mejor empuja la modernidad a sus límites, revelando en el contexto caribeño las luces y sombras del desarrollo en la periferia. No en balde a Piñera se le ha comparado con Baudelaire y Kafka, los dos grandes desmitificadores de la utopía moderna y dos de los más acérrimos críticos del orden y el progreso occidental. En ese sentido Piñera, “la oscura cabeza negadora”, como le llamó José Lezama Lima, propicia un distanciamiento y una pausa en medio de la euforia del American Way of Life –especialmente en la era Trump– desmontando los biombos y el espejismo del deseo en toda la extensión:

 

Pero nosotros, en varias camas,
Con mugres y millones de lepras
entre tecnologías dictatoriales,
planes y simulaciones
ya no sufrimos nada.
Nos permiten tomar pastillas
y callar (pg, 98).  

 

En otras palabras, como buen existencialista, gran lector de Sartre, pero sobre todo de Camus, Piñera nos devuelve el reto de la autenticidad cultural frente al laberinto del suburbio y el esplendor de los carteles lumínicos, esos que él conoció en La Habana de los treinta y el Buenos Aires de los cuarenta y los cincuenta y que el emigrante recién llegado encuentra lo mismo en Nueva York que en Los Ángeles o Las Vegas. En ese sentido, Piñera entrega el testimonio de La isla en peso (1943), tal vez el poema más conocido del autor, en el que bucea en la identidad histórica del sujeto colonial al que, con la finura de un bisturí, circuncida la conciencia:

 

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol,
las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,
las eternas historias de los negros que fueron,
y de los blancos que no fueron,
o al revés o como os parezca mejor.
Las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules,
–toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas–,
la eterna historia de la cínica sonrisa del europeo
llegando para apretar las tetas de mi madre (pg, 34).

 

En Cuba, Piñera fue un apestado antes y después de la revolución; su obra ha tenido que esperar al postsocialismo a partir de los años noventa para que sus conceptos e ideas encarnasen en el trabajo artístico de las nuevas generaciones que, cansadas de los discursos trascendentales del gobierno, descubrieron en las paradojas piñerianas el llamado a una transformación más realista del mundo, centrada, sobre todo, en la relevancia de la subjetividad. Fue entonces cuando el establishment cultural reconoció que había sido Virgilio Piñera –el amanerado, el miedoso y el frío–, el más revolucionario de los escritores cubanos.

El autor de poemas como Un duque de Alba (pg, 98) o En resumen (pg, 104) no sólo sobrevivió al escarnio y la censura oficial, sino que logró imponer una manera de ver y sentir la realidad que supera su propia obra, expandiéndose como referencia afectiva hacia el campo cultural. La dramaturgia, los relatos, las novelas y los ensayos de Piñera hoy no sólo se estudian y citan constantemente, sino que él mismo –su biografía, su personalidad– se ha convertido en presencia a través de personajes literarios, teatrales y de cine. Como Lezama o Almódovar, su estilo ha devenido adjetivo popular, resonancia política y hasta profecía si pensamos en un texto como “Isla”:

 

Se me ha anunciado que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
me convertiré en una isla,
isla como suelen ser las islas.
Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
y poco a poco, igual que un andante chopiniano,
empezarán a salirme árboles en los brazos,
rosas en los ojos y arena en el pecho.
En la boca las palabras morirán
para que el viento a su deseo pueda ulular.
Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol, la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad? (pg, 136)

 

A las traducciones de Pablo Medina, algunas publicadas con anterioridad en Ezra: An Online Journal of Translation, precede la referencia a Virgilio Piñera (además de los artículos estrictamente académicos) como inspiración en Antes que anochezca (Tusquets, 1996), la autobiografía de Reinaldo Arenas, llevada al cine por Julian SchnnabelBefore Night Falls (2000)–, la biografía Virgilio Piñera en persona (Término Editorial, 2003) de Carlos Espinosa, y el estudio Everything in its Place: The Life and Works of Virgilio Piñera (Bucknell University Press, 2006), de Thomas Anderson. En cuanto a la poesía, existe la traducción de Mark Weiss de La isla en peso, The Whole Island (Shearsman Book Ltd, 2010). Fuera de estos intentos en Estados Unidos y el Reino Unido, la figura del escritor, más que su obra en sí, se ha mencionado en decenas de artículos que reseñan la vida cultural de la revolución en los últimos cincuenta años. La censura de su persona y de su escritura hicieron de Piñera un ejemplo de intelectual resistente a las políticas totalitarias al convertir la literatura en casi una religión. El propio Virgilio Piñera contó en más de una ocasión su rutina diaria: levantarse a las cinco de la mañana, colar un café y sentarse frente a la máquina de escribir por varias horas. El resultado: uno de los corpus literarios más sorprendentes del idioma español que sólo ahora estamos empezando a conocer en inglés.