Los poemas de Jesús Ramón Ibarra son, en palabras del escritor mexicano Élmer Mendoza, “ese interludio en que todo puede pasar y todo se suspende y no hay recuerdo que rescate nada”. Muestra de esa elocuencia poética son los poemas que presentamos a continuación: dos de ellos en exclusiva y tres que pertenecen a su poemario Teoría de las pérdidas, galardonado con el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2015, un trabajo con el que se adentra en la dolorosa experiencia de lo ausente y en “la vulnerabilidad que, sin darnos cuenta, rechazamos”.

Gerhard Richter, September, 2005 (© Gerhard Richter 2014)

Gerhard Richter, September, 2005 (© Gerhard Richter 2014)

 

Thomas Bernhard se despide de Ohlsdorf

Que me perdonen todos:
el perro sanguinario que mancilla el muslo,
el gorrión golpeando muros de corcho
              en la casa de la voz,
el tristísimo gato dormido en la mirada de mi madre,
              echado bajo sus muebles líquidos,
blanco y amargo como trozo de sal en la lengua.

Que me perdonen mis bestias;
los bichos imprudentes de mis manos,
los tercos ángeles del no morir
              porque este cuerpo,
este macizo de sombra vieja,
carne opacada por los filos del sexo,
altura y peso indefinible en los expedientes,
                    hoy
ya sólo es del polvo, de las aves arbitrarias,
de quienes atraviesen este palmo de tierra a la hora de rezar
y de la luz, claro,
              de la luz que es óxido del viento y siempre llega
              sin llamarla
cuando menos falta nos hace.

 

Zoología interior

Imagina un cuervo clavando su pico en tu hígado,
rayando sus paredes salobres,
zurciendo su hilo en la piedra recién nacida
              de tu dispersión.

Imagina un cuervo de pie,
inclinado sobre la densidad de tu entraña,
extrayendo de ésta jugos trémulos,
una exhalación sibilante
-el lenguaje de la sangre espléndida sostenido por pinzas-,
un llanto de niño arraigado en sombras,
un paisaje nevado entre ortigas.

Imagina un cuervo dentro de ti,
clavando el pico sonoro en la dureza del ganglio,
gritando en tus huecos como vendedor de milagrería,
infausto charlatán,
viejo que rompe a llorar cuando ya nadie lo hace en el mundo.

Después imagina ese cuervo afuera:
planea sobre la mesa de disección mientras tu pulso, ofuscado, tenso,
gotea en un charco de luz opaca,
en un plato anegado de luz opaca
que solo beben los gatos, de día, cuando tienen miedo.

 

La niebla del Almirante

Queme el corazón su parvada de ángeles sumisos. Que no llegue la sangre al
              vertedero. Que sus alas no se disuelvan en el aliento último; que no haya luz      
              en la masacre ni almas en pena.

Queme el corazón las provisiones. Aniquile sus restos hasta dejar al centro del
              pecho, en el claro que dejan los huesos: una huella borrosa, el dibujo de un            
              rostro, una línea de fósforo que el se viento se lleva.

Queme sus naves el corazón. Ábrase a los jardines de la sal, a la quietud de las
              baldosas, a la agriada mensajería de la lengua.

Apague su vena cava; opáquese su pulso en la dureza de las visiones. Borre la
              superficie donde el Almirante pone el pie y deja el perfil, el esqueleto, la
              ceniza de un pájaro temblando en su fuga.

 

El arte de la oncología

1

Su templo es su cuerpo, dijo, y entró en él                                         
como a misa de domingo en la tarde;                                                       
puso en el altar un mazo de flores mustias,
una poza de cangrejos                                                                                                 y

dibujó en el aire un gallo que cantaba                                            
la melodía de las almas en vela.              
Inició su rezo en una lengua de flema y esplendor.         
Las campanas, en la sangre, liaban un repicar de sombras.
Y mientras en el rito se domesticaban muros,           
se salpicaban de ácido los nichos cenicientos,                                                           
él se echó a morder hálitos, colmenas, sueños mancillados,
frutos amargos nacidos de la garganta.

2

Enseñó a las sombras todo lo que saben:
de su lustre a su vacuidad
del silencio a la hondura que simula un plato
  
en el pecho del enfermo.
Les enseñó a lamer muros, a saciarse de calmagra,                                                         a                    
alimentar perros bajo el mueble.
                                                                 

Puso las sombras a disposición de esa vigilia de ceniza y pánico,                            
   
de suero y fiebre, de hueso y conmiseración.
    Y se echó a dormir en las galerías de su templo.

Sembró, sin pedírselo nadie, sus luceros malignos                                                   
     y convirtió el rededor suyo (bocas familiares, 
    diagnósticos, ojos convertidos en un caldo turbio de fe)
en un puño de balbuceos.

Caminó en su reino de sombras,
en la escenografía de los misterios,
      y al final arrulló a sus súbditos
     con la melodía de un ave                                                       
que lleva en su garganta                                                                  

en lugar de notas,
un arsenal de puñales oxidados.