Cuando uno termina de leer Las tierras arrasadas, de Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978), recuerda de repente que debe respirar. El diafragma, que durante la lectura se ha ido acompasando al ritmo trepidante del relato y de su sobrecogedora prosa, se contrae durante las últimas páginas dejando al cuerpo en un estado de suspenso que, en caso de los más aprensivos, no se logra reactivar hasta finalizar la historia. Un final que, además, no es tan definitivo cuando se trata, como es el caso, del tema de la migración centroamericana en México y de las mafias que operan en torno a ella.

Las tierras arrasadas. Random House. Barcelona, 2015. 344 páginas

Las tierras arrasadas. Random House. Barcelona, 2015. 344 páginas

Dice George Steiner que la ficción enmudece “ante la enormidad de los hechos y ante la vívida autoridad con que los hechos pueden ser representados por informes sin adornos”, pero Emiliano Monge ha sabido combinar a la perfección las voces ficticias en esta obra, merecedora del IX Premio Iberoaméricano de Novela Elena Poniatowska, con las de los testimonios reales de una de las tragedias más terribles de nuestra época: la de miles de emigrantes centroamericanos que tratan de alcanzar el Paraíso con el que sueñan y que para muchos termina siendo el Infierno.

Cada año, entre 150.000 y 200.000 centroamericanos de Honduras, Guatemala y El Salvador tratan de alcanzar la frontera de Estados Unidos cruzando el país mexicano, según organizaciones como Amnistía Internacional o la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México. Cada año, muchos de ellos caen en manos de mafias criminales que en el mejor de los casos solo los asaltan, robándoles todo lo que llevan consigo, pero que en otras ocasiones los secuestran, violan, humillan, venden como esclavos o asesinan del modo más despiadado. En Las tierras arrasadas, Monge, que ya en su anterior novela Cielo árido (ganadora del Premio Otras voces, otros ámbitos y Premio Jaén de Novela, 2012) trató de indagar en el origen de la violencia en México, narra el horror al que se enfrentan estas personas, uno de los “holocaustos del siglo XXI”, con una historia protagonizada por una pareja de amantes, miembros de una de estas organizaciones que se dedican al tráfico de personas.

El horror de la barbarie colectiva, decía el escritor francés André Malraux, conduce al infierno: “[…] el infierno es verse envilecido hasta la muerte, ya sea que la muerte llegue, ya sea que pase: la espantosa abyección de la víctima, la misteriosa abyección de verdugo”. Y efectivamente es al infierno adonde se dirigen los 74 inmigrantes capturados por esta organización que lidera Epitafio, un ser despiadado que se hace llamar a sí mismo la patria: “¿No querían otra patria?”, le preguntará a los secuestrados Estela, su pareja, pues ahora, ordena, “la patria quiere que se hinquen… Todos bocabajo… No los quiero ni siquiera ver temblando”. Así, del mismo modo que el nazismo, el mejor ejemplo de barbarie colectiva, trató de destruir la subjetivación del hombre, aniquilando cualquier rastro de humanidad posible en los judíos, estas personas que huyeron de sus países en busca de una vida mejor se convierten en la novela en los sinnombre, los sinalma, los sinsombra, los sindios, son personas que lo han perdido todo, que ya no creen en nada porque los dioses, como se adelanta en la cita de Cicerón que abre la novela, se han desentendido de ellos: “todos los días sueño que me matan… que sus tablas me rompen el corazón… ya ni nos daba pena llorar, éramos perros aullando, animales”. Sus testimonios, que Monge ha ido intercalando en la historia principal a modo de coro griego, van horadando en nuestra conciencia donde una y otra vez regresa la pregunta: cómo es posible que eso esté pasando. Cómo es posible que algo así sea cierto. Porque es cierto. Porque está pasando. Todos los días. Y Monge se convierte de modo admirable en un intermediario que nos lo cuenta de una forma intencionadamente “muy dura”, como él mismo ha reconocido en alguna ocasión. Una forma que, hay que decirlo, no dejará indiferente.    

Su plan inicial fue escribir la historia para ser representada como obra teatral y es por eso que la novela conserva parte de la estructura de las tragedias clásicas. Organizada en tres libros: ‘El libro de Epitafio’, ‘El libro de Estela’ y ‘El libro de los niños de la selva’, con dos intermedios: ‘Así se derrumbó el horizonte’ y ‘Volverán la luz y el fuego’, Las tierras arrasadas es finalmente una ‘road novel’ que nos dirige, pasando también por un purgatorio, hacia ese infierno, del que pronto sabemos, salieron Epitafio y Estela, y que está gobernado por un sacerdote, el padre Nicho: la corrupción, la maldad, la villanía no perdona a nadie: ni a clérigos, ni a las autoridades policiales que, por supuesto, también aparecen implicadas en la trama. No es una novedad, pero siempre es bueno recordarlo.

Y, aunque parezca difícil, también hay amor en este mundo terrorífico. Epitafio y Estela, jefes de la banda de secuestradores, son ante todo una pareja de enamorados, cuya relación se irá intensificando a medida que avanza la novela y que termina siendo esencial para comprender la historia. “No podrá jamás imaginarse Mausoleo, que para este hombre, que llegó al mundo de la nada y que así, desde la nada, ha intentado habitarlo, una mujer sea el único hogar que hay en la tierra”. Su amor, que sufre el mal de todas las relaciones sentimentales: la falta de comunicación, el deseo de decir interrumpido por la inseguridad (o por la falta de cobertura telefónica), se verá también impregnado de esa desolación que se va pegando al ánimo durante toda la novela. Es sólo al final, tan shakesperiano que es inevitable pensar en los amantes de Verona, que uno entiende, con un espeluznante escalofrío recorriéndole el cuerpo, que, como dice el filósofo Bernard Sichère, “no hay hombres buenos ni malos, verdugos de nacimiento o víctimas predestinadas, sino que cada hombre lleva en sí lo peor como una posibilidad atroz”.