El crítico James Wood ha escrito que el trabajo de la crítica literaria (al menos la que él admira) consiste, principalmente, en una apasionada re-descripción: volver a contar la historia que se ha leído. Evangelia (Alfaguara, 2016), la más reciente novela del escritor mexicano David Toscana (Monterrey, Nuevo León, 1961), hace mayormente eso: re-describe y reescribe con humor los más famosos pasajes de ese conjunto de libros que componen la Biblia, desde la creación del mundo por voluntad divina, hasta los evangelios, donde narra la Anunciación, la maternidad virginal de María, los milagros, la crucifixión, la resurrección y la Ascensión, por mencionar algunos de los relatos sagrados. En este particular sentido, Evangelia es, además de novela, una especie de crítica, de disección narrativa más que analítica, de la Biblia. El acercamiento de un lector atento, informado y fabulador, a las sagradas escrituras. 

David Toscana. Evangelia: Alfaguara, Madrid, 2016. 336 págs.

David Toscana. Evangelia: Alfaguara, Madrid, 2016. 336 págs.

En las páginas de Evangelia leemos, por una parte, las vicisitudes de un Dios que está en los cielos iracundo, errático, apasionado, terco, envidioso, vengativo y, por encima de todo, egoísta. Una divinidad que, codiciando la libertad de los dioses griegos que se emborrachan y copulan con diosas y tienen hijos, concibió la idea de engendrar un hijo en la tierra, dado que no había pareja femenina en el cielo, para que liberara al pueblo de Israel. Así que diseñó un plan para que el Espíritu Santo llevara su simiente al mundo de los mortales y pronto viera la luz un varón para que padeciera por los pecados de la humanidad y fuera sepultado. Pero algo falló en el camino, no sabemos si en el cielo o en la tierra, pues del vientre de María Santísima, mujer de José el carpintero, nació una niña. La decepción y la ira de Jehová no se haría esperar: había que mandar al mundo otro hijo de Dios. Porque Jehová no hace distinciones de personas, pero sí de sexo. 

Mientras Dios Padre toma decisiones insospechadas y resuelve sus propios problemas, se desarrolla otra historia en Belén de Judea donde José y María reciben a su primogénita engendrada por obra y gracia del Espíritu Santo, a la que llaman Emanuel, que significa “Dios con nosotros”. Emanuel debió ser Jesús, el redentor, porque así estaba escrito, porque así lo había dicho el ángel Gabriel: “José, hijo de David, no temas de recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y parirá un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Pero no fue así: el Cristo sería Crista; el redentor, redentora. Y en Evangelia seguimos el crecimiento y paulatina conversión de la niña Emanuel, la que no acepta obedecer y ocultarse, en la predicadora del reino de Dios, la sanadora de leprosos, ciegos y tullidos, la que convierte el agua en vino y las piedras en pan, la que hace morir y volver de la muerte, la que es pródiga en milagros, la que padecerá los tormentos de la cruz por nuestros pecados, en otras palabras, la verdadera hija de Dios cuya venida se había anunciado y de cuyo ministerio nacerá el emanuelismo.

En su libro El acontecimiento de la literatura (2012) Terry Eagleton apunta con razón que “imaginar algo que se sabe que es cierto no difiere sustancialmente de imaginar algo que uno sabe que es falso. Un autor puede ‘ficcionalizar’ una descripción de hechos cierta revistiéndola de forma dramática, creando personajes memorables, amoldándola a una narración absorbente y estructurando sus elementos para resaltar determinados temas morales y motivos generales.” Por consiguiente, para fines literarios no es del todo relevante saber si la Biblia es un libro que describe hechos históricos o es pura ficción religiosa y literaria, mitología cristiana. Lo que resulta fundamental al escribir sobre la Biblia desde la literatura, y en el caso de Evangelia particularmente desde la ficción, es la manera en la cual el autor reconfigura o altera lo que ahí se cuenta, la forma en que perfila personajes que ya conocemos, el modo en que cruza los diversos hilos narrativos para tejer una trama que puede llegar a ser más interesante que los hechos históricos o los relatos objeto de la ficción.  

Para recontarnos las historias de la Biblia en Evangelia, David Toscana eligió un narrador omnisciente que no sólo nos relata hechos que, desde una lectura moderna, pertenecen a lo maravilloso, sino que nos informa de los miedos, pasiones, inseguridades, envidias y deseos de los personajes (Jehová, María, José, Emanuel, Jacobo, Juan el Bautista, Lázaro, el ángel Gabriel, Judas, Pedro, Herodes, Poncio Pilato, Caifás, etcétera.), lo cual contribuye, junto con los diálogos en que ellos participan, a darles una caracterización propia, acaso distinta a la que pueda desprenderse de las escrituras bíblicas.

El lenguaje de Evangelia, como lo han hecho José Saramago en el Evangelio según Jesucristo (1991) o Emmanuel Carrère en El reino (2015), se nutre de los evangelios, las alegorías, las parábolas, las prédicas y las oraciones del judaísmo y del cristianismo que parece conocer muy bien el autor, pues no sólo entrevera en la narración fragmentos textuales de la Biblia con oportunidad y precisión, sino que consigue en muchos momentos reproducir su tono y su ritmo, dotando a la historia de una atmósfera bíblica que, paradójicamente, en manos de Toscana, pocas veces abandona el humor.

Si bien no estamos ante una novela que rompa o cuestione los moldes convencionales de la estructura narrativa, particularmente respecto a la narración de la historia que se percibe un tanto lineal (quizás por la necesidad de apegarse al texto sagrado) y, por razones obvias, predecible, sí nos encontramos ante una obra impregnada de cierta irreverencia que como lectores terminamos por agradecer. 

“No hay nada cómico fuera de lo que es propiamente humano. Un paisaje podrá ser hermoso, agradable, sublime, insignificante o feo; pero jamás será risible. Nos reiremos de un animal, pero porque en él habremos sorprendido una actitud propia del hombre o una expresión humana.”, escribió Henri Bergson. La mayor virtud de Evangelia, de donde también brota su irreverencia, descansa en el ingenio de pintarnos personajes bíblicos demasiado humanos, sean celestiales o terrenales, y con ello, al mundanizarlos, nos permite entrar al reino de la risa y la insolencia. Por aquí desfilan héroes con sus proezas, pero también un José cornudo cuya mujer sospechosamente parió sin la participación del esposo, una redentora que sangra cada mes, un ángel ebrio y vividor olvidado por Dios, un Pedro enamorado, un Jesús celestial que en uno de sus viajes por tierras ignotas prueba el peyote, un Jehová vanidoso e irascible o una María tan bendita y solemne que al anuncio le llamaba Anunciación, que “soñaba con que su recibimiento en los cielos fuera la Ascensión […] Al amasar el pan, con levadura o sin ella, María se ocupaba de la Amasación. Un mero estornudo era la Estornudación. A sus hijos los corregía con la Nalgadación. Los vecinos le daban los buenos días y ella correspondía con la Salutación.”

En Evangelia se libra un combate contra la seriedad y la solemnidad religiosas. El humor es una vacuna eficaz contra la aburrida autoridad de lo sagrado; su eficacia se debe a que suspende, así sea por breves momentos, el temor, la reverencia o la adoración. Por sí misma, la risa suele ser un arrebato iconoclasta: destruye ídolos, socava autoridades y satiriza lo sagrado. Por eso las ortodoxias políticas, religiosas o ideológicas la condenan. En un calabozo de dogmas o conceptos, la explosión de la risa es un arma contagiosa de destrucción masiva. Cada novela de David Toscana nos recuerda, como ocurre con la escritura de Jorge Ibargüengoitia, que siempre será acertado reírnos de la infinita estupidez y vanidad humanas. 

En esta nueva lectura y reescritura de esa gigantesca obra de ficción que es la Biblia, David Toscana aporta a la literatura lo que no ha dejado de ofrecernos en sus relatos y novelas tan descabelladas como Santa María del Circo (1998) o esa joyita de la economía verbal que es El último lector (2004), por mencionar dos ejemplos: su especial sentido del humor, su capacidad para provocarnos una o muchas carcajadas, su habilidad para hacernos reflexionar mientras andamos un camino de páginas sembradas de ironías. Evangelia es una divertida invitación a leer la Biblia desde la libertad, con imaginación crítica, más allá del credo, más acá de la literatura. Un punto de encuentro en el que se cruzan y dialogan un novelista reacio a la gravedad y un libro que recoge brillantes ficciones de tradición milenaria.