Presentamos un capítulo de la novela En medio de extrañas víctimas (Sexto Piso, 2013) de Daniel Saldaña París, publicada recientemente en Estados Unidos por Coffee House Press con el título Among Strange Victims. En esta novela, Saldaña París cuenta la historia de Rodrigo, un burócrata joven cuyos días pasan tediosamente en un museo de la Ciudad de México hasta que Cecilia, una compañera de trabajo, acepta una proposición de matrimonio que él no le ha hecho, pero que tampoco niega. Con el humor como herramienta principal, Saldaña París consigue expresar esa extraña sensación de estar en el mundo sin saber muy bien por qué y cómo aceptar el pasado puede ayudarnos a seguir adelante.

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9

Cecilia ha descubierto la literatura: se compró una edición horrenda de Juan Salvador Gaviota, para vergüenza mía. El libro parece diseñado por un profesional de la autoayuda: ribetes morados, título en itálicas, relieves caprichosos y fotos modificadas para parecer dibujos. En las noches lee un par de páginas mientras mi mamá y Marcelo discuten sobre los derechos de las minorías. Luego se pone épica: que si uno se concentra mucho puede soñar que vuela y eso es beneficioso para la rutina. Eso me lo dice antes de dormirnos, luego se toma un té de tila (guardo su bolsita) y se hace un ovillo en el borde de la cama, sonriendo al muro.

Inspirada por su libro de autoayuda escribió, además, unas rimas que tienden torpemente al heptasílabo. Me las dedicó y hablaban de rosas. No fui capaz de decírsela, pero me conformé con formular para mí mismo una advertencia: «Ámame como quieras, menos en formas poéticas demodé».

Cecilia me cuenta ahora cosas sobre su infancia. No me lo ha dicho, pero todo apunta a que un tío o un padrino suyo intentó violarla a los siete años. Al menos creo que eso es lo que insinúa; me dice, por ejemplo, que el cabrón este le regalaba fotos de niñas como ella. La historia es oscura y me da escalofríos, pero Cecilia lo cuenta todo tranquilamente. Atribuyo su ligereza en materia de abusos a su nivel de ingresos: hay barbaridades que en las familias humildes nunca se cuestionan (ni en las millonarias, por cierto: la capacidad de escándalo es monopolio de la clase media). Me cuenta también, por ejemplo, que a su madre se le murieron dos hijos. «Uno en la pancita», dice. Una noche no puedo dormir. En Los Girasoles hay un silencio demasiado protagónico, que me quita el sueño. Me despierto y me asomo por la ventana y sé que estaré despierto hasta que amanezca, escuchando atentamente en busca de un ruido familiar: motores, sirenas, botellas lanzadas contra las paredes. Pero no hay nada. Cecilia duerme en el extremo opuesto de la cama. Me molesta pensar que en el otro cuarto yace mi madre junto a un forastero. Que somos dos parejas, durmiendo en dos cuartos de la misma casa. Como conocidos. Me molesta mucho.

Voy a la cocina en busca de un trago de leche. Aquí la leche viene en unas botellas de cristal con una etiqueta bastante precaria. Y las verduras tienen ese aspecto tullido y terregoso de las cosas sanas. Si estuviera ahora en mi departamento miraría hacia el terreno baldío, en busca de la gallina cómplice. Hay un farol de la banqueta opuesta que alumbra una parte del terreno, bajo mi ventana. Ahí podría estar la gallina, esperando bajo la luz blanquísima a ser abducida o llamada al cielo.

La leche aquí es demasiado densa para quitar la sed. Cualquier cosa aquí es insuficiente o demasiado densa para quitar la sed. Como si llegara de la llanura un polvito invisible que vuelve esponjosa la lengua, la garganta. Cuando orino, sale de un color más oscuro que de costumbre. En la ciudad mi orina es casi transparente, a menos que beba en exceso o que ingiera alimentos de tonalidad ocre o que coma espárragos. Pero aquí es oscura, mi orina. Y también la noche.

Lleno un vaso de leche y me lo bebo de golpe. Odio los muebles rústicos, los muebles rústicos que son siempre el eje decorativo de las casas de Adela, mi mamá. Cuando camino de regreso hacia el cuarto, a tratar de conciliar el sueño al lado de Cecilia, escucho un gemido en el cuarto de junto, el de ella, mi madre. Pienso que Marcelo la estará montando. Que le estará derramando dentro una leche tan densa como la que compran y que es una de las peores bebidas concebibles en lo que se refiere a mitigación de la sed. No puedo evitarlo: me detengo junto a la puerta de aquella habitación aunque sé que puede perturbarme todo lo que escuche. En cierto sentido busco esa perturbación, como una confirmación extraña de que soy humano, hijo de ella, mi madre.

Adentro del cuarto el colchón respira como un niño asmático que se aproxima a una crisis. «Tendrán que internarlo –pienso–, tendrán que ponerle una buena dosis de salbutamol en las venas». Pero el colchón se calla repentinamente y vuelve a empezar desde abajo, respirando lenta y monótonamente, ahora como un nadador de crawl. Cada cuatro brazadas largas, la boca emerge retorcida del lado derecho, pegada a la axila, y el nadador inhala. Luego vuelve a sumergir el rostro. La mano entra en el agua como cortándola y luego se gira para empujar el líquido hacia los pies. Y otra vez la inhalación. Cuando la cabeza sale del agua, o más bien, cuando un lado de la cabeza sale del agua, el nadador escucha por un momento la algarabía de alrededor: personas azuzándolo, pitidos de en-sus-marcas, su propio pataleo salpicando, el ruido también de su cuerpo en fricción contra las aguas y sobre todo el ruido de su propia respiración, de su bocanada de aire que luego, cuando mete de nuevo la cabeza, se silencia de golpe. Así suena, más o menos, un nadador de crawl. Así suena también el interior del cuarto de mi madre, aunque quizá con menor presencia de elementos competitivos (no hay pitidos, ni gente azuzando a Marcelo mientras la monta). Pienso que podrían continuar así toda la noche. Toda la semana. Cecilia se despertará, me dirá que soñó que volaba y mi mamá y Marcelo seguirán nadando.

Me entra un dolor extraño en la boca del estómago y dejo de escuchar para encerrarme en el baño, que está exactamente entre ambos cuartos (entre el de ella, mi madre, en donde nadan, y el mío, que no es mío o lo es de un modo provisional, mientras volvemos, Cecilia y yo, a nuestro departamento junto al terreno baldío). Prendo la luz y me siento sobre la tapa del escusado, con el pecho pegado a las rodillas y las manos apretadas contra el abdomen. El dolor sigue ahí, pero ahora palpita. Palpita y siento que se me llena de sangre el esófago, que me sube por la tráquea el sabor a hierro. Me hinco frente al escusado abrazándolo como a un ídolo precolombino y vomito dentro. Después de un par de arcadas bastante sonoras me quedo quieto y dejo caer un hilo de baba que parece infinito. Pienso que en el vientre tengo un carrete enorme de baba enredada que se va soltando muy poquito a poco. Es la leche de la botella de vidrio, la leche densa. Vomité por culpa de esa leche y todavía persiste dentro de mi cuerpo en forma de un hilo in- finito de baba. Ahora tendré que quedarme aquí toda la noche, como una res que se desangra boca abajo.

Pero no: alguien toca a la puerta del baño y tengo que cortar el hilo de baba con mis propios dedos, guardando en el fondo de mi estómago todo lo que quedaba por salir aún. «Ya voy», digo. Al otro lado, la voz de Marcelo pregunta si necesito ayuda. Lo que me faltaba.

Abro la puerta y me siento sobre la tapa del escusado, doblado y sosteniéndome al panza con las manos. Dice que se despertó por el ruido. Sé que no es verdad, que estaba nadando con mi madre o arrullando al niño asmático al borde de la crisis que es ese colchón vetusto. Sé que estaba encaramado en ella, vertiendo su hilo infinito de leche densa mientras yo vomitaba algo parecido. De todas formas le pido perdón por haberlo despertado. «No pasa nada», dice, «me preocupé». ¿Por qué iba a preocuparse? ¿Le habrá dicho mi mamá que soy un ser preocupante? ¿Que soy débil y que tengo una tendencia natural a sentirme jodido? ¿Que ella se preocupa por mí? ¿Que todas las personas que me rodean terminan entablando conmigo una relación basada en la preocupación, la preocupación de ellos hacia aunque también, en menor medida, la preocupación que los otros me hacen sentir respecto de mí mismo?

–No es nada grave. No estoy acostumbrado a la leche de rancho. –El rostro de Marcelo se tensa casi imperceptiblemente al escuchar la palabra leche, pronunciada por mí con un énfasis artero. Ahora sabe que yo sé que nadaba con ella. Sabe que yo lo escuché o piensa que yo lo vi arrullando al niño asmático al borde de la crisis y luego emprendiendo una carrera de crawl que más que carrera de velocidad parecía –por el sonido– una prueba de resistencia, como cruzar el Canal de la Mancha a nado, o como nadar atado por la cintura y por lo tanto sin posibilidad alguna de avanzar; el caso es que lo escuché nadar, y él lo sabe, sobre mi madre, sobre Adela, teniéndola debajo y sacando su cabeza –Marcelo– para respirar por un costado de mi madre, de Adela. En adelante, tendrá que mirarme como miras a alguien que te vio defecando –esa mezcla evidente de intimidad y rechazo–.

(Publicado con autorización del autor y Sexto Piso)