Kevin Birmingham, profesor del programa de escritura de la Universidad de Harvard, es el ganador del reconocido premio Truman Capote Award for Literary Criticism 2016, entregado por la Universidad de Iowa en conjunto con la fundación Truman Capote Literary Trust, creada por Alan U. Shwartz, exrepresentante del escritor estadounidense. The Most Dangerous Book: The Battle for James Joyce’s Ulysses (Penguin Books, 2015) es el primer libro de Birmingham, y en 2015 le valió a el premio PEN New England Award for Nonfiction.

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La premiación tuvo lugar la tarde del 19 de octubre, en la antigua sala del senado del Old Capitol Museum. El profesor de literatura de la Universidad de Iowa, escritor y miembro del jurado que otorga el premio, Garrett Stewart, fue el encargado de marcar el tono de la ocasión en un discurso breve en el que resaltó, con bastante optimismo, la importancia de obras como The Most Dangerous Book: The Battle for James Joyce’s Ulysses para el legado cultural, pues, más allá de aspirar a ser simples testimonios, las biografías de libros hacen explícita la unidad entre los autores y sus obras. Los impases de Joyce para publicar el Ulises en el mundo angloparlante fueron la viva manifestación del controvertido contenido que éste cargaba.

Terminada la presentación, entre los últimos aplausos que despedían a Garret Stewart, Kevin Birmingham se apropió de la atención de la audiencia. Agradeció a sus profesores, a sus amigos y a su madre, que estaban entre el público. Después de las menciones y antes de iniciar su discurso, se le entregó el premio, entre una nueva ráfaga de aplausos, el que recibió con una sonrisa que ratificaba la efusividad del momento. Al volver al micrófono, aseguró que por fin tenía algo con lo que adornar las paredes de su apartamento en Boston.

Como era de esperarse, el punto de partida del discurso de Birmingham fue el Ulises. ¿Por qué es importante la biografía de un libro?, se preguntó. Contemplando la dimensión más obvia de la respuesta, aseguró que a través de trabajos intensivos como el suyo propio es posible explicar por qué un autor como Joyce puede hacer parte del modernismo anglo. Trajo a colación lo que Stewart mencionó brevemente, es decir, las circunstancias del Ulises encaradas a las circunstancias de Joyce y viceversa.

La afición a la bebida, los crecientes problemas oculares que prácticamente dejaron al irlandés en la ceguera, las negativas de las distintas casas editoriales para publicar su novela: el caos que vivía Joyce era el caos que habitaba las páginas de su libro, el que había empezado a escribir en 1915, en medio de la Gran Guerra, mientras el propio autor enfrentaba inestabilidad económica, con la debida responsabilidad del matrimonio y sus dos hijos.

Como última referencia fáctica de su obra, el galardonado mencionó el nombre de Sylvia Beach, la norteamericana propietaria de la histórica librería parisina Shakespeare and Company, quien se atrevió a publicar la primera edición de la novela y quien también  hizo los primeros intentos, pese a los obstáculos burocráticos y judiciales, de introducirla al mercado de Estados Unidos. Birmingham calificó como invaluable lo que la empresaria estadounidense había hecho por ellegado cultural contemporáneo. Pasando a una dimensión más abstracta y subjetiva de la respuesta, también señaló, desde su perspectiva, la de un crítico, que lo apasionante de una obra como la que él había estudiado era su capacidad de rasgar la superficie de la cultura y de revelar las complejidades que yacen debajo de ella. Su propio libro, concluye en este apartado, honra a Joyce y al Ulises.

Enseguida, Birmingham aprovechó para decir que su investigación, el conocimiento que él había sumado a la discusión académica contemporánea, no habrían sido posibles sin el apoyo de la academia. Aseguró que existen tres variables determinantes para la creación de material académico, que, en teoría, implicaban un proceso similar a la creación de material literario: la construcción, refiriéndose al aspecto técnico e investigativo; las fuentes de financiación disponibles, y, finalmente, los canales de distribución del mismo. Ya con el terreno adobado, justo cuando la audiencia esperaba en profundidad una charla amena y vigorosa, acorde con la introducción que le había hecho Garret Stewart, sobre algún aspecto específico de su investigación en el que quisiera ahondar, el orador dio un giro a su discurso.

La forma de garantizar que exista material que proponga nuevas discusiones literarias, observó, es la seguridad que el investigador pueda tener en términos de estabilidad laboral, con los respectivos beneficios que esto implique. Desde un nuevo punto de partida (ya no el Ulises), según sus apreciaciones, datos y experiencias de colegas que había llegado a conocer, Birmingham, lejos de la euforia de hacía un par de minutos, se dedicó a develar la incómoda verdad detrás de la academia norteamericana y, en específico, en las áreas de humanidades.

El primer dato incisivo marcó el tono que el discurso había adquirido: tan solo el 17% de los profesores de universidad en Estados Unidos son miembros de las distintas facultades; el resto, está contratado por tiempo parcial. ¿Cómo puede esperarse que alguien que enseñe cuatro cursos universitarios reciba un reconocimiento de 10,000 dólares anuales?, preguntó Birmingham a la audiencia. Además, a la precariedad económica se suman la falta de garantías y beneficios: por un lado, señaló que esta realidad les daba la oportunidad a las universidades de cancelar cursos semanas antes de que éstos empezaran y, por el otro, obligaba al grueso de los profesores, quienes están por tiempo parcial, a asumir los altos costos de seguridad médica.

Por tales condiciones, sentenció el galardonado, ha conocido mujeres que cursan su doctorado, mujeres adultas y con hijos, que se ven obligadas a ser creativas para poder mantenerse a flote. Han optado por vender plasma dos veces a la semana (un proceso que, en Iowa City, toma una hora por sesión y que, a la semana, garantiza no más de 65 dólares) o por conseguir trabajos nocturnos a tiempo parcial, sumando presión a su cargado calendario.

Haciendo evidente su investigación e indignación, también reveló que tan solo un tercio del presupuesto actual de las universidades norteamericanas, en promedio, es destinado a le educación en sí, mientras que otros rubros ganan presencia en los planes de inversión y de gastos de las mismas. Los sueldos de los directivos cada vez son más altos y las inversiones en instalaciones y equipamientos deportivos se han convertido en una prioridad. Las publicaciones académicas, dentro de circunstancias adversas como estas, dijo el homenajeado, pierden su norte, pues, enfatizando la supervivencia, se hacen pensando en construir carreras y no cultura.

Los datos continuaron: en el área de humanidades, los puestos fijos disponibles en la academia estadounidense son sobrepasados ampliamente por el número de aspirantes a doctorado. Años de estudio, enseñanza e investigación forman parte de un proceso de formación para trabajos inexistentes, desde la perspectiva de Birmingham. Para este punto, los asistentes al evento ya eran conducidos por la tenacidad del discurso, que sorprendió a todos. La expresión y el tono de voz del orador eran los propios de quien dice lo que le corresponde, a pesar de que se espere lo contrario. Las circunstancias del Ulises habían pasado a un segundo plano
para dar lugar a las circunstancias que rodearon el surgimiento de The Most Dangerous Book: The Battle for James Joyce’s Ulysses, que no fueron sino las mismas que debe enfrentar cualquiera que aspire a pertenecer y a servir a las altas esferas de la cultura norteamericana.

Cerca de cerrar el discurso, Birmingham expuso la paradójica figura del estudiante de posgrado estadounidense, que figuró como la ficha clave del círculo académico, pues es el responsable de proponer nuevas discusiones en la mesa de la cultura. Sin embargo, en la dinámica expuesta, éste cae en un vacío que puede resumirse en palabras del propio Birmingham: “Explotion of young people’s devotion for literature.”.

En sus últimas palabras, aún haciendo énfasis en la indignación que le producía la realidad de la que hacía parte, dijo que era una sensación dolorosa la de pasar años dedicado a una causa específica para convencer a un grupo privilegiado de que su nombre es el indicado para hacer parte de ellos. Antes de los efusivos aplausos y de que el público se levantara, cautivado por la firmeza del mensaje que acababa de recibir, demostrando así que el orador había sobrepasado expectativas, Birmingham concluyó su discurso con dos oraciones: “Don’t ask me to talk today about literary criticism. This is literary criticism.”.