Chicas muertas de Selva Almada (Entre Ríos, 1973) es exactamente eso: las historias de tres mujeres asesinadas en Argentina. A Andrea la apuñalaron en el corazón mientras dormía en su propia cama; María Luisa acababa de entrar a trabajar como mucama en una casa y, tiempo después de su desaparición, encontraron su cuerpo descomponiéndose en el campo; la familia de Sarita aún se resiste a dar por cerrado el caso de su asesinato y tiene la esperanza de que la joven haya sido secuestrada por una red de prostitución española.

Selva Almada. Chicas muertas. Random House Mondadori, Buenos Aires, 2014. 189 páginas.

Selva Almada. Chicas muertas. Random House Mondadori, Buenos Aires, 2014. 189 páginas.

Después de dos novelas, El viento que arrasa (2012) y Ladrilleros (2013), que la convirtieron en una revelación literaria argentina, la escritora incursiona en otros ámbitos. El libro (no hay casilla o género en el que encaje a la perfección, si es que hay algún otro libro que sí lo haga) está estructurado en torno a las historias de estas tres mujeres y las investigaciones de la autora para tratar de esclarecer lo que les sucedió. Almada relata la brutalidad con una prosa testimonial, periodística, sin florituras, pero clara y depurada. Hay extractos de autopsias transcritos tal cual, partes de sumarios judiciales, referencias a la prensa. Hay, en definitiva, una cronista que quiere saber y que muestra sus hallazgos sin atenuar el golpe que podamos recibir con ellos.

Pero que no se confunda esto con el morbo. Selva Almada es crítica con el tratamiento que nuestras sociedades, que nuestra prensa, dan a menudo a los casos de violencia contra la mujer, y lo rechaza de pleno. El chisme, la reconstrucción de las historias sentimentales de las asesinadas resaltando sus tintes más oscuros, el recurso de convertir en culpable a la propia víctima o de describirla como la heroína trágica de un drama, son prácticas amarillistas que alimentan nuestra necesidad de lo terrible. No hay nada de romántico en los crímenes que algunos se empeñan en llamar, mitológicamente, pasionales, se esfuerza en dejar claro la autora argentina.

A pesar de que las historias personales de Sarita, Andrea y María Luisa son el corazón del libro, Almada trenza fluidamente con ellas al menos otras tres líneas argumentales: sus propias experiencias biográficas, la mención de otros casos de violencia contra mujeres y la santería. Ninguna es gratuita. Cada una de esas líneas cumple con una función determinada en la construcción de Chicas muertas.

Primero, el hecho de que en la obra aparezcan los nombres y apellidos de otras muchas mujeres asesinadas o desaparecidas no es solo una herramienta más para construir el estilo testimonial de Almada, sino un recurso que permite dar mayor entidad al problema del que habla. Es una manera de evitar que Chicas muertas se lea, sólo, como una compilación de casos particulares y aislados. En este sentido, el libro es, además de buena literatura, una denuncia efectiva. Aunque algunos se empeñen en decir con condescendencia que la violencia machista es un tema manido, Selva Almada logra a través de la especificidad argentina poner sobre la mesa una cuestión universal (en España, por ejemplo, fueron asesinadas por causas relacionadas con la violencia de género 53 mujeres de un total de 322 homicidios en 2014). No hay nada de anticuado y sí mucho de necesario en este tipo de trabajos.

La aparición de las escenas autobiográficas, por su parte, conforman una especie de bildungsroman trágica. La niña Selva va aprendiendo en sus propias carnes que a una mujer pueden matarla por el solo hecho de ser mujer (18). Volviendo la vista atrás desde su posición actual, la autora recuerda escenas de violencia doméstica que influyeron en su educación como mujer: su padre levantando la mano, instintivamente, a su madre; sus experiencias haciendo autostop; la observación de pequeñas acciones que parecen inocentes (chicas que tienen que ir siempre de dos en dos; la amabilidad con la que han sido educadas para rechazar un comportamiento abusivo por parte de los hombres; los comentarios que justifican lo injustificable porque aceptan que las mujeres deben ser castigadas por ciertos comportamientos) y, sin embargo, son reflejos de una actitud determinada, muy teñida por el miedo, hacia algunos hombres y algunas situaciones que parecen estar vedadas a las mujeres.

Las visitas recurrentes de la autora a adivinos y santeros, por último, la introducción de las creencias populares, son reflejo de la necesidad de buscar explicaciones a una situación ultrajante que ha permanecido vigente a lo largo del tiempo, en democracia y en dictadura, en todos los pueblos, en todas las clases sociales. La búsqueda es lo contrario al olvido y lo sobrenatural provee esperanzas, caminos, consuelos, para aquello que no se puede comprender. El personaje misterioso de La Huesera, una anciana que recolecta huesos para construir esqueletos de lobos que terminan convirtiéndose en mujeres que corretean por el bosque, encarna a la perfección el papel de Selva Amada en este libro: juntar los huesos de las chicas, armarlas, darles voz y después dejarlas correr libremente hacia donde se tengan que ir (50).

Terminé de leer Chicas muertas en una cafetería de Iowa City. El libro me había mantenido ante él con la urgencia de quien lee lo que merece ser escrito. Acabé exhausta, enfadada, agradecida. En la cafetería todas las mesas estaban ocupadas por mujeres, que, como yo, trabajaban en solitario. Mujeres independientes, nada que ver, sería tentador decir, con las mujeres de la Argentina que retrata Selva Almada. Mujeres que no tienen por qué tener miedo. Y, sin embargo, ¿he dicho ya que en esta ciudad hay un autobús gratuito para llevarnos a casa a partir de las diez de la noche? Dicen que es para evitar que nos violen. Selva Almada no ha escrito un libro regionalista acerca de unas cuantas chicas muertas, sino un testimonio cuidado, valiente y honesto sobre un problema global que nos atañe a todas. Y a todos.


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