Desde 1967, cada año, al final del verano, unos cuarenta escritores de todo el mundo desembarcan en Iowa City para formar parte del International Writing Program durante tres meses. La extraordinaria energía generada por escritores de diversos países es un estímulo para la ciudad que, rápidamente, se impregna de sus lecturas, sus palabras, su presencia. Con la llegada del invierno, como si fueran aves migratorias, los escritores se van y dejan tras de sí una ciudad que, durante unos días, parecerá más vacía. Al día de hoy, el programa ha acogido a más de cuatrocientos escritores de ciento cuarenta países. En Iowa Literaria hemos invitado a escritores latinoamericanos, que han formado parte de la residencia durante los últimos años, a contar los recuerdos que les trae la ciudad. Hoy presentamos el resultado: siete textos poblados de ecos de Iowa. (Dossier coordinado por Marion Betriu)

 

Mildred Wirt Benson, Iowa City, 1925.  Cortesía de Iowa Women’s Archives, University of Iowa Libraries, Iowa City.

Mildred Wirt Benson, Iowa City, 1925.
Cortesía de Iowa Women’s Archives, University of Iowa Libraries, Iowa City.

Porque justo hacía más frío del que esperaba, o exactamente por lo contrario, mientras estuve en Iowa iba seguido a un local subterráneo en el que vendían una ropa de mala calidad que me resultaba irresistible. Una de esas veces, y después ninguna otra, me atendió un chico flaquísimo, con la nariz más afilada que haya visto nunca, uno de esos personajes a los que les encontraría rápidamente un parecido en el submundo más radical del rock de los setenta si es que supiera lo suficiente del tema. Me saludó muy parco cuando entré y al rato, cuando me acerqué al mostrador con mi mudita de la jornada, también muy parco me preguntó, cuando vio la bolsa de Prairie Lights con la que yo había entrado, cuáles eran los libros que había comprado. En vez de contestarle con precisión, empecé a contarle lo feliz que estaba porque acababa de encontrar, en una edición de Archipielago Books y en la que parecía una muy buena traducción al inglés, el libro de cuentos de un autor polaco que había vivido más de veinte años en la Argentina, país del que yo venía, y estaba por dar un minicurso improvisado acerca de Witold Gombrowicz cuando él me sacó la palabra –en este caso el nombre- de la boca y se puso a hablar no solo de ese libro sino también de los otros, haciendo hincapié en la importancia de la oralidad en la prosa de Gombrowicz, un aspecto que según él la crítica había dejado un tanto de lado, y en la forma en que su figura de autor se sobreimprimía sobre sus textos, a veces de modo malsano, y en la adscripción al absurdo que tampoco había sido lo suficientemente explorada en su narrativa, y así siguió, seguimos mejor dicho, porque con algunas de sus apreciaciones yo estaba de acuerdo y con otras no, y nada mejor que el disenso para entablar una verdadera conversación acerca de un libro o un autor o una corriente literaria.

Así es Iowa: un lugar donde parece que la literatura le importa a todo el mundo. No solo a los que están encerrados en sus escritorios, en sus clases, en las bibliotecas, las librerías, en las editoriales o en sus nichos universitarios sino también a la persona que te atiende en un local, a la que te sirve algo para comer, a la que te explica cómo manejar la máquina para sacar un boleto de bus. A todo el mundo. Entre la serie de cosas que extrañé de Iowa cuando me fui, esa percepción fue la que más.

Luego, en el retorno, mientras me acomodaba a mi cotidianidad, registré que también extrañaba eso de disponer del día entero para escribir –en vez de las horas interrumpidas por las clases, las que me gusta dar y también las otras-, y también mi  cuarto de hotel sin obligaciones, porque hasta la llave podía olvidarme –en vez de las cuentas de la casa a pagar, los arreglos pendientes, la heladera vacía-, y el grupo de amigos que indefectiblemente estaría en el bar a partir de determinada hora –en vez los laberínticos protocolos de combinación de encuentros al que nos somete toda metrópoli, Buenos Aires en este caso. Y así. La lista de añoranzas sigue, aunque los detalles no vengan al caso. Mientras me acomodaba a mi cotidianidad, quiero decir, me daba cuenta de que había vivido en una especie de Isla de la Fantasía Literaria, de que había sido abducida durante unos meses por una civilización extraña –¡tan extraña que a todo el mundo le interesaba la literatura!- de la cual ahora estaba obligada a olvidarme.

¿Cómo hice para lograrlo, para no sucumbir? Escribí fervorosamente. No solo la novela en la que ya venía trabajando, sino también artículos, crítica de libros, informes para editoriales, cartas a los amigos, pasajes de un diario íntimo, crítica de modas (con seudónimo), pasajes de un ensayo (que algún día terminaré). El año que siguió a mi retorno de Iowa fue sin duda uno de los más productivos de los últimos tiempos. ¿Por qué? Porque había un fantasma claro que acallar, una experiencia en la Isla que olvidar, unas condiciones idílicas para escribir que habían quedado atrás. Sin embargo, escribía más ahora al volver, escribía con furor, con furia. Creo que, a pesar de esas condiciones ideales ya descriptas y de las lecturas públicas y de las mesas para el debate y de los viajes en grupo y del contacto con autores de las más diversas partes del mundo, el verdadero aporte de la experiencia Iowa a la escritura no se pone en funcionamiento durante los meses de residencia sino que se activa con el retorno. Creo que la experiencia Iowa está diagramada por abductores que saben muy bien que, finalmente, siempre se escribe contra. Contra lo que se nos fue, contra lo que no podemos cambiar, contra lo que nos repugna, contra lo que somos, contra lo que nos rodea, contra los padres literarios, contra una tradición, contra la banalidad, contra el tiempo que se nos va, contra una traición, contra las etiquetas, contra la risa sarcástica que nos colocó en este mundo. Creo que los abductores saben, como decía Borges hablando de otra cosa, que a la escritura no nos une el amor sino el espanto.