Presentamos hoy la serie de poemas inéditos Sierra de Guadarrama, del poeta español Luis Muñoz, seguidos de su poética El poema no escrito. La crítica ha señalado a Muñoz como “un poeta de atmósferas, de sugerencias y de levedades” con “tendencia a la vaguedad impresionista” (El Cultural). Una oportunidad para degustar cómo sus versos esbozan, con la delicadeza de un pincel muy fino, pequeños trozos de este mundo.

 

1

EFECTO

 

Aunque parece quieta, corre

sin parar. Una forma

de prisa inconsolable

por la brecha del dique.

Las hojas de los pinos que la estampan,

la imperturbable cara transparente,

los mosquitos que hilan

sus elipses de encuentros

sobre la superficie,

hacen pensar en lo contrario.

 

"Sierra del Guadarrama" (1869) óleo sobre lienzo del pintor Martín Rico y Ortega.

“Sierra del Guadarrama” (1869) óleo sobre lienzo del pintor Martín Rico y Ortega.

 

2

MANADA

 

¿Cómo saben que es sábado?

¿Por qué no están parados

en mitad del camino?

¿Por qué no mugen,

ni me rodean como a lo tonto,

ni piden pan

con el hocico húmedo

de pulpa de ciruela?

¿Por qué no parten

las ramas secas con su trote sordo,

ni se hacen pasar

por ventiscas de carne,

ni fingen no saber de su belleza

cuando se acercan tanto

y les brillan los ojos

como placas de hielo?

 

3

ME DEJA ESTAR

 

Mejor no lo subrayo.

El día pasa

con su ligero azul sobre las lomas.

Me deja estar en otros.

Me atraviesa sin daño.

Su voluta de sol sobre mi frente.

Su penumbra escarchada

al borde del camino.

 

4

BOCADILLO QUE VUELVE DE EXCURSIÓN

 

Ha envejecido casi instantáneamente.

Las arrugas del papel de aluminio

son un mapa de carreteras

de su dolor del día.

La miga y la corteza no distinguen

qué era qué.

La loncha de jamón

huele a cuarto cerrado

que empieza a ventilarse

abriendo una rendija de ventana

y moviliza rachas de memoria traslúcida.

El queso se le adhiere

–amor sin condiciones–

como en una noche de inquietud y de frío.

La mantequilla borda una pradera:

vacas glaseadas, mirlos y caballos

sobre las suaves lomas deseosas

tocadas por el sol.

 

5

ILUSIÓN DE PERMANENCIA

 

Una mano del sol

en las crestas de enfrente

moteadas de liquen.

Nada más juego-ganado

que compararme a ellos.

Las rocas, mucho más,

los castaños, bastante.

Los juncos, las avispas,

mucho menos.

 

6

HABLA UN VECINO

 

Lo que hagan después, ya no lo sé.

Conmigo están tranquilos.

Se mecen con el viento,

se platean, se doran, se zambullen

en el estanque seco de la noche.

Lanzan brillos distintos

para el sol o la lluvia.

Hacen de su espesor

el fondo hospitalario del paisaje.

Llenan de la nostalgia de cosas no vividas

a los que se pasean,

y ante sus claros nombres

ni siquiera se inmutan:

fresnos, robles, hayas, sauces.

 

EL POEMA NO ESCRITO

 

Lo que siempre tira de mí, como un mano insistente de la manga de mi camisa o de la pernera del pantalón, es el poema no escrito. –Hey –me pregunta–, cuándo es mi turno.

El código en blanco de mi poema no escrito está inflado de anuncios de lo que puede ser y de ufanía. Mucho más que el de un poema escrito, donde las limitaciones han acabado por imponerse y donde los propósitos iniciales terminan por agachar las orejas.

Mi poema no escrito bebe del grifo de algunas variedades del lenguaje común, del lenguaje de mi familia, mis amigos, las paradas de autobuses, los trenes, las conversaciones cercanas de teléfonos móviles, la televisión, internet… y se detiene cuando cree dar con nuevos matices, con hebras de brillo, con nuevas necesidades insatisfechas, que él siente como apremiantes e íntimas.

Mi poema no escrito cree absolutamente en la capacidad expresiva del lenguaje, pero siente, naturalmente, su impotencia. Dos puntos de tensión y un movimiento resultante de palabras, que consiguen poco pero lo intentan todo, y a los que no les gusta elevarse hasta otra categoría que no sea la del enorme esfuerzo corriente, la de la dificultad sobreentendida.

Aún a pesar de las carencias visibles de los poemas míos que un día dieron el paso y atravesaron la delgada membrana de la escritura, mi poema no escrito –que los despidió con un pañuelo blanco en el mismo aeropuerto del que cree que llegará a partir algún día– trata que las palabras alcancen los muchos huecos que imagina reservados para ellas. Son huecos que mima y que tienen formas moldeadas a capricho, algunos suaves o rugosos, otros extrañamente hirientes y aéreos.

Mi poema no escrito cree a menudo que goza de una especie de purgatorio. ¿Pena por algo, paga quizá por pecados ajenos, son suyos? El purgatorio le otorga, en todo caso, la posibilidad de imaginar para sí mismo un cuerpo formidable, elasticidad, divertimento, luminosidad, fuerza, además de recorridos insólitos, aventuras reversibles, el asombro de nuevos paisajes y de paisajes cotidianos repentinamente descubiertos.

Mi poema no escrito cree ser de ésos que se fijan en todo, y cuando se da cuenta de las muchas  cosas que se le escapan, su primera reacción es de impotencia y rabia, de desmoralización y autodesafío, pero inmediatamente después siente el descanso de su condición de no escrito, de que puede ir y venir sin exponerse, de las ventajas de su larga espera.

Mi poema no escrito tiene una vocación claramente contemplativa, pero no solo por la inevitable observación de cosas a la que suele someterse, que viene de una especie de lentitud íntima, sino porque cree que la poesía nace de ahí –el famoso contemplar “mucho tiempo lo que es el agua” de Santa Teresa de Jesús– y, además, porque aspira en ocasiones a poder representar en sus versos el acto mismo de la contemplación.

Mi poema no escrito piensa que la poesía, más que un híbrido entre lo físico y lo metafísico, o entre lo figurativo y lo abstracto, es su coincidencia.

Mi poema no escrito cree que su única posibilidad de crecimiento es conectar con formas prometedoras de sentido de la escurridiza vida –imágenes, historias, ideas, sensaciones– y que la tradición poética conversada y discutida, con la electricidad del ahora mismo, es una de esas formas.

Mi poema no escrito se hace la ilusión de llegar a pertenecer a una familia de poemas escritos entre los que están algunos de Ida Vitale, Juan Gelman, Luis Antonio de Villena, Adam Zagajewski y John Burnside, pero también de poemas no escritos de ellos, a los que cree intuir como a través de un cristal opaco. 

Mi poema no escrito tiene, como es natural, su colección de fobias, de aversiones, pero no cree que ahora sea momento para eso.