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Charles D’Ambrosio entra en la sala de puntillas, como si no quisiera molestar, y a pasos sigilosos se dirige hasta el estrado. Trata de ponerse el micro una y otra vez hasta que, soltando una carcajada ronca, pide ayuda. Esta noche de lunes, la sala Frank Conroy –ubicada en la Dey House– está llena pero no abarrotada como cabría esperar. Hace días que el vórtice polar se ha ido pero el frío se resiste a abandonar su conquista, y salir de casa a las ocho de la tarde no es tan sencillo como parece. Pero el esfuerzo vale la pena porque el escritor norteamericano está de visita a un lugar muy familiar para él, ya que ha sido alumno y profesor del Iowa Writer’s Workshop. Por la mañana, ha impartido una Master Class y por eso, antes de empezar, bromea: “tengo la sensación de haber hablado más hoy que en todo el año”. Y cuando habla, tartamudea.

D’Ambrosio (1968) creció en Seattle y ahora vive en Portland, dónde es profesor en el programa MFA de escritura creativa de la Portland State University. En 1995 publicó su primer libro de relatos, The point, y se convirtió, de inmediato, en una de las nuevas voces más potentes e importantes de la literatura norteamericana. Desde entonces ha publicado otro libro de cuentos The Dead Fish (2006), y unos de ensayos Orphans (2005). Sus relatos han aparecido publicados en The New Yorker y en otras publicaciones como The Paris Review, Zoetrope All-Story y A Public Space. Sorprende descubrir que la única traducción al español de este autor imprescindible es la de su primer libro de cuentos, La punta, realizada por la editorial colombiana Norma.

Sus relatos, habitualmente largos, los escribe a fuego lento –puede tardar doce años en terminar un cuento– y han sido comparados con los de escritores como Raymond Carver, James Salter y Denis Johnson. Sus historias contienen tanta belleza como tragedia, y una suerte de violencia callada las recorre como una música de fondo. Según el autor, es la violencia original del proyecto de América, que todavía vibra. Esta noche, D’Ambrosio lee dos fragmentos de la novela en la que actualmente está trabajando. El primero retrata una familia según el punto de vista de un adolescente de catorce años. En el segundo, han pasado siete años, y el mismo personaje, después de fracasar en la escuela, vuelve a su casa dónde, tras el suicidio de su hermana, ya sólo vive su padre. “Yo sólo quería irme para volver y tener una historia que contar”, dice el protagonista. D’Ambrosio, enfundado en un gorro negro que no se quita en toda la lectura, representa el arquetipo de escritor tímido, poco dado al protagonismo. Y el público estalla en carcajadas cuando, de golpe, interrumpe su lectura ante una frase que afirma poder escribir pero no leer y, por eso, la sustituye por un “Insult, insult!”. Y sus ojos sonríen, escondidos detrás de las gafas.