A diferencia de lo que sucede en muchos otros países, las calles de las ciudades estadounidenses no suelen registrar homenajes a sus ciudadanos más señeros. Se las nombra siguiendo convenciones prácticas, como el orden numérico o alfabético, que permiten orientarse con facilidad. Incluso cuando toman el apellido de algún personaje ilustre, este se acaba confundiendo con el de un lugar u otra realidad (Washington, Madison) y es altamente improbable o del todo imposible que sus titulares llegaran a pasear por ellas. Las placas conmemorativas tampoco abundan; ninguna en Iowa City indica en qué esquina aliviaba sus borracheras Raymond Carver o dónde pergeñó su primera obra dramática Tennessee Williams. Pero en esta muy literaria ciudad del Medio Oeste una pila de libros de bronce apoyados sobre un escueto pedestal recuerda el paso de algunos escritores egregios. Uno de sus lomos lleva el nombre de Óscar Hahn, que no fue un simple visitante ocasional de esta localidad universitaria.

Óscar Hahn (bebé)

Óscar Hahn.
(Cortesía de Ozzie Díaz-Duque)

Hahn, nacido en Chile en 1938, vivió más años en Iowa City que en ningún otro lugar de cuantos han albergado su residencia. Allí llegó a principios de los años setenta como invitado del Programa Internacional de Escritores fundado poco antes por Paul Engle; se quedó para estudiar una maestría en la Universidad de Iowa; y, tras doctorarse en otra, la de Maryland (con viaje de ida y vuelta a Chile de por medio), regresó a Iowa como profesor de literatura hispanoamericana. Ahora, jubilado de su cátedra pero no de sus actividades poéticas, regresa regularmente desde Santiago, aunque su discreción hace que su presencia no sea mucho más visible por estas calles que la de esas figuras fantasmales que asoman por sus versos.

Desde la que sigue siendo su universidad se lanza ahora Iowa Literaria, que en esta aparición inaugural incluye una serie de documentos útiles para una mejor apreciación de la obra de Hahn, la cual acaba de ser reconocida en su país de origen con el Premio Nacional de Literatura. Dos breves ensayos escritos por él mismo nos dan una idea de algunas claves de su pensamiento literario. En “La poesía contraataca”, el poeta refuta a los que dan este arte por muerto, asesinado, dicen los agoreros actuales —siempre los ha habido— por falta de lectores o por los cachivaches que se ganan la atención de estos. Pero Hahn ve en estas tecnologías un efectivo medio de difusión de unos versos que siempre ofrecerán una experiencia irremplazable por ninguna otra; y está convencido de que la poesía sobrevivirá a presentes y a futuras innovaciones de toda índole, porque nunca dejará de ocupar un lugar fundamental en la sensibilidad de quienes quedan transfigurados por esos “no sé que que quedan balbuciendo” cifrados por San Juan de la Cruz, uno de los autores preferidos por nuestro poeta.

El santo de Yepes protagoniza uno de los poemas de Hahn que él mismo comenta en su discurso de ingreso en la Academia Chilena de la Lengua, otro de los textos incluidos en este dossier. En “La dimensión fantástica en mi poesía”, el poeta vivisecciona una de las vertientes de su obra que la hacen más singular y que, por consiguiente, más ha llamado la atención de la crítica. El discurso deja entrever, por cierto, un aspecto de la producción de Hahn que no podemos soslayar si queremos comprender cabalmente su escritura: su labor como estudioso de la literatura. El poeta parco en publicaciones que es Hahn (aunque no en producción, pues atendió al estajanovista consejo de escribir un poema diario que le diera Pablo Neruda) resulta de una aguda y exigente conciencia crítica de lo que hace. Particularmente señera dentro de su trabajo académico es su aportación al estudio de lo fantástico en la literatura hispanoamericana, y en este texto se hace evidente que la sensibilidad del poeta explorador de esas regiones escasamente conocidas de la realidad y la imaginación queda sustentada de forma casi invisible por la erudición del profesor. También se asoma Hahn a lo fantástico en los tres poemas inéditos que tan amablemente nos ha cedido para su inclusión en este primer paso de Iowa Literaria.

Con todo, el registro fantástico no acapara, ni mucho menos, la obra del autor chileno, quien ha compuesto poemas de amor de alturas nerudianas y parece haber conseguido insondables revelaciones de la mismísima Muerte (o del mismo Sir Death, si es que fue en Iowa donde conversaron). La reiteración de estos y otros temas en su poesía se discute en la conversación que recientemente mantuvo Hahn con Luis Muñoz, uno de los más destacados poetas españoles de las últimas décadas, que es también uno de los mejores conocedores de la lírica en lengua española allá donde se escriba actualmente. El formato electrónico de esta publicación nos permite sentarnos junto a ellos como una de esas presencias espectrales tan queridas por el poeta.

José Luis Borges y Óscar Hahn: Maine, USA, 1976. (Cortesía de Óscar Hahn)

Óscar Hahn y José Luis Borges en Maine, USA, 1976. (Cortesía de Óscar Hahn)

El dossier incluye otros textos de menor envergadura pero en los que podemos apreciar una alta temperatura humana. Un breve artículo del propio Hahn ilumina de un fogonazo una afinidad estética de Neruda. La felicitación por el reciente Premio Nacional de Literatura que le manda un Raúl Zurita pesimista ante el porvenir de la poesía contrasta con lo que ya sabemos que opina nuestro autor al respecto. Por último, Hahn comparte con nosotros varias fotografías, entre las cuales destacan tres en las que luce variantes de vello facial, según la compañía: completamente rasurado para recibir con corrección al mayor de los poetas chilenos; con inquisitivos bigotes para interrogar al más vidente de los ciegos; con poblada y ya definitiva barba —hombro con hombro de su amigo Lihn— para escudarse ante la antipoesía.

El lugar privilegiado de Óscar Hahn en las letras hispánicas está ya firmemente establecido; como lo está en Iowa City, donde su nombre figura sólidamente grabado en bronce. Pero su presencia es mucho más inasible, aunque a muchos nos acompañe entrañablemente: como la del fantasma de alguien amado, o una melodía recordada, o un amigo que se fue a vivir lejos y regresa de cuando en cuando, con algunos nuevos y buenos versos bajo el brazo.