Portada de Transmigración de los cuerpos

La transmigración de los cuerpos. Yuri Herrera, Editorial Periférica, España, 2013. 134 pp.

La tercera novela del escritor mexicano Yuri Herrera (Actopan, 1970) sucede en una ciudad sin nombre azotada por una epidemia que se propaga a una velocidad de vértigo. La misma que recorre la escritura eléctrica y agitada de Herrera, que late, viva y urgente, a través de esta novela, La transmigración de los cuerpos, tan breve como extractada. En un escenario constituido por calles vacías, farmacias cerradas, tapabocas agotados, habitantes confinados en sus casas y aire viciado de miedo, El Alfaqueque, protagonista de la novela, circula frenético, hostigado por la urgencia de resolver una contienda entre dos familias históricamente enfrentadas.

Es El Alfaqueque un tipo anodino y solitario: “¿Y a ti porque nadie viene a verte? Allá están bien todos, afuera, respondió, Aquí el mezcalito y yo no discutimos chamba”. Pero ha sido obsequiado con un don: el dominio del Verbo. Sus palabras fascinan, aplacan los ánimos más feroces, curan cualquier herida y fascinan a los oyentes más brutos, que son precisamente los que pueblan este relato. Por eso, ha convertido su dote en oficio: “Muchas veces la gente nomás estaba esperando que alguien viniera a bajarle la bilis y a ofrecerle una manera de salirse de la pelea; y para eso es que servía ajustar el verbo. El verbo es ergonómico, decía, Sólo hay que saber calzarlo con cada persona”. En una ciudad apaleada por la violencia y el crimen –cualquiera del México contemporáneo– la palabra resulta ser un arma efectiva, la única que el protagonista lleva encima cuando deambula por sus barrios. La que, siendo un hombre más bien feo, le sirve para conquistar mujeres que de él dicen: “Míralo, y si no te gusta no hables con él porque te van a dar ganas de cogértelo”.

Como en sus anteriores dos novelas, Trabajos del reino (Periférica, 2008) y Señales que precederán al fin del mundo (Periférica, 2009), Yuri Herrera construye un personaje fronterizo que debe mediar entre dos territorios. Aquí, son los Castro y los Fonseca las dos familias rivales que quieren recuperar a sus hijos muertos; cada familia está en poder del cadáver del hijo de la otra –el Romeo y la Muñe–. El Alfaqueque, cual detective de novela negra, consigue descubrir que no han sido las familias las causantes de sus muertes sino que, posiblemente –no queda claro–, hayan sido víctimas de la epidemia. Y su cometido es amansar la furia de las familias y lograr que los cadáveres sean devueltos, enteros y elegantes, a sus allegados. En esta trama, que sirve a Herrera como eje sobre el que construir la novela, resuena el eco de los Capuleto y los Montesco de Romeo y Julieta. Aunque aquí solo hay muerte y odio, del amor no queda ni rastro. Muertes despojadas de causa o significado, más allá de la pura casualidad, alegóricas del momento actual por el que transita México.

El Ñándertal –bisnero, grandote, vital y enérgico a pesar de sus numerosos intentos de matarse– y la Vicky –una enfermera que le ayuda a leer cuerpos, hermosa y cabrona, dulce y ruda y sabia– son los personajes que acompañan al protagonista por los bajos fondos mexicanos, poblados por tantos otros –la Ingobernable, el Menonita, el Delfín, la Ñora–. Todos ellos sin más nombre que su apodo.

Y, como contrapunto a la muerte, la pulsión sexual personificada en su relación con La Tres Veces Rubia, la deseable vecina, la mujer de sus sueños –o eso es lo que piensa de cada mujer que tiene delante y cree que podría ser la última–. De su confortable y acogedora habitación es arrancado al comienzo de la novela para resolver el caso que enciende la novela, y ese es el único lugar al que quiere volver, bien aprovisionado de preservativos, eso sí. Tampoco hay amor aquí, solo placer carnal, el que le hace pensar: “Así quería quedarse. (…) Que me entierren, que me coman, que me quemen, que me merquen, que me marquen, que me escondan. Si quieren que me amuelen, pero que sea así”.

Y lo demás –que es casi todo, que es el centro gravitacional del relato– es palabra, es lenguaje inyectado de vigor y nervio, de oralidad repleta de vocablos mexicanos, coloquiales, de palabras nuevas o inventadas, de diálogos integrados en una prosa que corre endiablada para, de repente, derrapar y dejarlo todo en silencio, el que se produce cuando Herrera escribe frases como ésta: “¿Cuándo dejamos de enterrar con nuestras propias manos a los que amamos?, pensó. ¿Qué carajos puede esperarse de gente como uno?”.