No era difícil darse cuenta que João Gilberto Noll, dedicado a escribir en el pequeño espacio donde vivía, estaba en otra dimensión, separado del resto, y que su reclusión en un apartamento de los confines del sur de Brasil era un signo del lugar que ocupa la literatura. Ajeno a casi todo, aunque conciente de la soledad y la decadencia, no le preocupaba otra cosa que encontrar el tono, templar la voz y hacer su parte: la ficción de extrañamiento, abstraída, pulsional, alejada del «reino del naturalismo». La noticia de su muerte trascendió el pasado 29 de marzo y fue dada con claves propias: asombro, confusión, «mal súbito». Noll estuvo en Iowa City invitado por el International Writing Program (IWP) en 1982. Lo que sigue es el testimonio de una conversación, un reportaje hecho el 19 de julio de 2014, y que publicamos como homenaje al gran autor brasileño.

 

En el apartamento de la rua Fernando Machado, en el centro de Porto Alegre, Noll vive entre sus conquistas: un sillón amplio, una veladora y pilas de libros levantadas en el piso. En Rio de Janeiro el editor de Record reedita sus obras y espera el libro número 20 en el que Noll avanza. Nadie sabe, por ahora, cuándo acabará la corrección ni cuándo los críticos de San Pablo (algunos disgustados con la última novela) darán noticias. Noll defiende el tiempo propio, que es el de su voz y el de su casa. Debe conocer aquella línea de un cuaderno de Kafka: «Por la impaciencia fueron expulsados los hombres del Paraíso». De pronto dice que escribe contra la producción, contra el exceso de objetos e imágenes que arrinconan a la literatura. La poesía es la gran derrotada. Y Noll toma la causa perdida y protege a la cenicienta. «No habría nada sin conocer esa frontera», dice. «No habría salvación sin poesía».

Aunque la intensidad de su narrativa está recargada en el lenguaje, al leer a Noll ese lenguaje no pesa. El esforzado Sílvio Romero terminó su cuadro de «La prosa como arte» en la literatura brasileña en 1870; si hubiera avanzado, tendría que haber inscripto a Noll en la serie de los escritores de la «reacción elegante», vivaces y anti retóricos. Noll escribió un libro de estilo abarrocado, A fúria do corpo, de 1981, cuya escritura no existiría sin la obra del Padre Antônio Vieira (siglo XVII), maestro del «estilo pomposo de los gongoristas» según clasificó Romero. Más cerca, la directora Suzana Amaral comprendió a Noll cuando llevó la novela Hotel Atlântico al cine. «Parafraseando a Clarice Lispector –dijo–: ‘las palabras no importan, lo que importa es lo que está debajo’». En la última escena de Hotel Atlântico Noll hace que la voz llegue al límite de la afasia y aun así, en esa zona muda, el relato continúe. Formado en filosofías libertarias de los años sesenta, en «la mística de la destrucción», escribió cuentos tempranos –recogidos en El ciego y la bailarina– en los que muestra la parálisis humana (abuso, encierro, descalificación) en medio del reino del movimiento. Desde entonces la manera de resistir es radicalizar el aislamiento y lo que pareciera un pesimismo, contemplar activamente los pedazos del mundo y negarse en lo común a aceptar. La «perenne soledad» del narrador de Solidão continental, la última novela, de 2012, es un efecto del devenir de la escritura, ligada a una plena y abrazadora interioridad, a una desolación poética.

Ver figuras sin que el pensamiento se acabe de configurar parece el punto de partida. «La contemplación excesiva no tiene fin», dice Noll. Durante la conversación baja al Río de la Plata por referencias culturales, sobre todo literarias. Habla de los cuentos de Mario Benedetti y casi de inmediato, cuando me escucha decir que el cuentista se enterró escribiendo poemas con demasiados compromisos, se sorprende: «Ni siquiera sabía que también fuera poeta. Eso que dices del vaciamiento de la política también atrapó en algún momento a Ferreira Gullar. Pasa en todas partes». Noll olvidó que el acusado de asesinato en las primeras páginas de Hotel Atlântico, publicada en 1989, es un «médico uruguayo». «No tengo idea por qué», dice. Un anatomista de la literatura comparada podría mostrar cómo el médico de Noll es un desplazamiento en partículas subtextuales del siempre sospechoso doctor Díaz Grey. «Soy fan de Onetti», dice Noll. «Lo leí en español». No es en el mero punto anecdótico donde tienen algo en común, sino en los llamados entornos psíquicos, en los principios de observación y en el trabajo de escritura, obsesivo, una «lámina entre prosa y poesía», un «activismo en el lenguaje». A propósito, después de la novela Berkeley em Bellagio, en 2002, respondió en la prensa: «Intento captar la realidad a través de lo que el lenguaje me indica. En ese sentido soy el opuesto de Berkeley. Realmente lo que va a empujar, lo que va a arrastrarme y a moverme en dirección a la acción del libro no es una idea de contenido previo, sino aquello que el lenguaje va abriendo para mí. Como si realmente el lenguaje fuese un ejercicio deseante de la acción».

Con la misma pretensión de ser otro y con la misma voluntad de elevación religiosa, que son las principales inquietudes narrativas del escritor de Porto Alegre, Onetti creó a Santa María de la nada. Brausen imaginó una ciudad observando el brillo de una ampolla de morfina. ¿No fue el origen un guión de cine? No siempre se destaca bien que es la pulsión de mezclar imágenes lo que está en el fondo del relato. Noll no es ajeno a esa vibración del color ni al movimiento: «Soy cinéfilo. De chico estaba obligado a ir a misa los domingos de mañana. De tarde, matiné. Mi literatura va al encuentro del cine, del movimiento perpetuo». El hombre desajustado procura esquivar la repetición («Ya me repugnaban los deberes escolares»). Noll es capaz de suspender la acción y hacer estallar la narrativa revelando el color de las uñas de una mujer o una imprevista mancha de sangre. Nació en 1946 y pertenece a una generación, en su «clase media generalizada», a la que el cine sirvió de puerta de entrada, de curso y ritual iniciático. En medio de una conversación sin asidero, dice que su predilecto es Antonioni y lo recuerda no por los argumentos sino por las impresiones del color. A Godard igual: «vio el rojo de manera inversa al uso que hacía la publicidad».

En Brasil, en los años sesenta, Rubem Fonseca hizo una renovación drástica del relato urbano y el traslado eficiente del cine a la literatura. Noll recuerda con énfasis que Fonseca fue policía en Rio antes de convertirse en escritor y fundar esa «literatura plebeya». A su manera tomó el relevo del autor de Los prisioneros y El collar del perro, de quien continúa la picardía y el cinismo, y dio un salto mayor en las exigencias del estilo y en los tintes existenciales de los personajes, potenciados por un narrador que siempre es el mismo y es otro, desconocido y sin nombre, alguna veces llamado João.

Cuando Noll va a la cocina puedo ver entre sus libros varios de Clarice Lispector y una antología poética de Carlos Drummond de Andrade. Vuelve a su escritorio con Coca-Cola servida en copas. «Envidio a los músicos», dice. Sus novelas están envueltas en una acústica expresiva, por lo general entre la exuberancia, la pausa y la austeridad. «Cuando hablo de música por supuesto que no hablo de letras. Detesto la música que tiene referencia al mundo», dice. «Escribo como si tocara el piano, como si ejecutara piezas musicales». El narrador de «El ciego y la bailarina», el cuento que le da título a su primer libro, de 1980, cuya resonancia llega hasta ahora, dice vivir con «la sensación nítida de estar diciendo en andantino, en presto, en adagio». «Y puedes hablar en stacatto, con una palabra apenas», dice Noll. Durante tres horas habla como si diera una lección serena y musical, es cierto, como si tuviera entre las manos un violín y ejercitara secuencias rítmicas. Estudió piano para acompañar el canto lírico y en la adolescencia la carrera se truncó. En una entrevista en España dijo que llegó a cantar en los velorios, y ahora comenta que le gusta Thomas Bernhard. Noll también compone frases en períodos largos (a veces de dos páginas) porque no encuentra el tiempo de poner punto final. «La velocidad de las cosas… todo viene junto… Las ideas más dispares, la nueva sintaxis. La cabeza está convulsa y uno tiene que dar cuenta de la convulsión».

Al escribir busca el ritmo y la cuestión material («tramas, temas») viene después. Noll puede intuir que el desmantelamiento del arte se ha dado por la pérdida de las estructuras. El avance en el siglo XX de la narrativa angloamericana («más positivista») torció la forma de la prosa, aunque Estados Unidos dio «genios del ritmo» como Faulkner y Nabokov, que había dejado atrás el ruso. Más que acontecimientos, hechos, por lo general magistralmente ligados, es la voz que transmite el ritmo lo que distingue a Noll. En sus libros –sobre todo novelas que no pasan de 150 páginas– la experiencia del habla es llevada al límite físico o mental. La voz se desvanece porque viene la muerte, el sexo, el sueño, la felicidad, el final suspensivo.

 

LA DOBLE FRONTERA. «¿Cuál es el camino?», pregunta. «No tengo certezas», dice. Más allá del punto de partida, nada se mantuvo fijo. En una entrevista que dio en Función Lenguaje, Centro de Literatura Aplicada de Madrid, dijo a Christian Estrade y Ernesto Bottini que creció en una región de doble frontera, en un territorio donde los hombres eran vigilantes, centinelas. Rio Grande do Sul, «tierra agropecuaria con un folclore muy machista», aclaró. Noll dejó Porto Alegre en 1969, a los 23, para vivir en Rio de Janeiro. Al año siguiente –cuando se estrenaba Zabriskie Point en los cines– puso un paréntesis en San Pablo, durante una temporada, como corrector de una editorial. Toda la dispersiva vida carioca, ganada en el periodismo, duró hasta que regresó a Porto Alegre en 1986, después de una residencia como escritor en la Universidad de Iowa y otras errancias. Ya entonces, en la época en la que el cuento hacía de la literatura «una voz participativa», había mostrado sus cartas con tres novelas y comenzaba a lentamente a gravitar.

Después de varios libros y esporádicos viajes al norte, con traducciones al inglés y al italiano, Noll entró al español en 2006 con Lord, una novela escrita durante la estadía como escritor residente en el King’s College de Londres. «Fui feliz. Estaba todo el tiempo dedicado a caminar y a escribir, a provocar el pensamiento», recuerda. Entra en la lista selecta de los escritores que hacen rendir la relación entre beca literaria e impacto y calidad de la escritura. Ocupando los nuevos espacios del escritor contemporáneo, escribió una novela de campus y una novela de beca, ambas sostenidas con reglas igual de rigurosas e infranqueables como en los tiempos primarios de A fúria do corpo, Rastros do verão, O quieto animal da esquina. Entre Berkeley em Bellagio (27) y Lord (13) hay 40 personas, además de la ciudad de Porto Alegre, a las que dedica estas ficciones de un escritor en tránsito. Se ríe cuando escucha el número de la cuenta, la curiosa muestra de la escala de Brasil, un exceso de sociabilidad para alguien con fama de misántropo. ¿Le pasará lo de Benedetti? ¿Acabará aflojando ante el «compromiso»? A esta altura Noll defiende su libertad en solitario, en el confín de Brasil, en una sala silenciosa donde un sábado de tarde sólo se oye el ladrido de los perros y las campanas de la Iglesia Nossa Senhora Das Dores.

Cuando la obra se estabilice en español quedará definitivamente ligada a las literaturas de la fragmentación y la interioridad, de la especulación por la identidad. Noll tendrá un lugar en la literatura del pasado, del presente y del tiempo que viene: la escritura bajo el efecto de las pantallas, la explosión en un marco reducido, la lectura sin espacio y sin peso. Interrupciones, distracciones e interferencias acabaron con Tólstoi y Joyce no sólo en términos de escritura, sino sobre todo en el trabajo del lector, que sólo estudiando en un monasterio puede dedicarse al Ulises y La guerra y la paz. Hubiese querido escribir él mismo una novela de mil páginas; ahora perdió la fuerza para pasar años sentado en una silla. «La escritura es un asunto neurológico». Antes de Hotel Atlântico Adriana Hidalgo publicó la traducción de cuatro libros (Lord, Bandoleros Harmada, A cielo abierto), comentados por Alicia Torres en el semanario uruguayo Brecha (8-I-10) con una síntesis sugestiva: «Disolverse en el universo como forma de resolver la insatisfacción ante la conciencia de los límites del yo, eso buscan los personajes de Noll». Quedan por delante tres libros de cuentos, entre ellos el premiado y difícil de encontrar Mínimos, múltiplos, comuns, que nació de una invitación de Folha de São Paulo para escribir microrrelatos en la sección «Relámpagos». El editor del sello Francis llama a esta suma de 338 micronarrativas («milimétricos estallidos ficcionales», dice el autor) «formidable odisea literaria rumbo al origen de las cosas y al desciframiento de la arquitectura de la creación». Noll dice que le causan un enorme placer las breverías, pero se resiste a que esa fugacidad, esa concentración literaria se dé todo el tiempo. «Hace falta desenvolver y templar la voz, sugerir un trayecto».

Por sus libros llegó a Buenos Aires y a Santiago de Chile, tardíamente pese a la cercanía, y en 2011, en otro destino literario, fue el primer escritor en usar la habitación de Fernando Pessoa. Desde los navegantes antiguos, el viaje es un principio de la escritura y la metafísica del cuerpo. «Ninguna emoción especial por dormir una noche en aquella cama», dice Noll. «Vivía en casa de unos parientes, de verdad estuvo ahí». Noll llevó su equipaje al cuarto de Pessoa, leyó unos poemas escritos en las paredes y se durmió. A los seis meses envió un texto a Lisboa y por ahí acaba la historia personal. ¿Qué relación mantiene con Libro del desasosiego? Se detiene, dice dos palabras y calla. Con un poco de melancolía se repone, levanta la cabeza: «me gustaría haber escrito un libro como aquél». Si sus novelas se reunieran en un volumen darían para 2.500 páginas que podría ser llamado (no sería un error ni una estafa) «Libro del desasosiego por João Gilberto Noll».

Como saben bien los portugueses, el viaje es el único reposo ante las dolorosas derivas de la condición humana, extranjera en cualquier parte. La palabra clave para medir la existencia puede ser «inadecuación». Al mismo tiempo que Pessoa vivía en aquel cuarto, Carlos Vaz Ferreira hablaba en Montevideo de «la inadecuación fundamental del lenguaje para expresar la realidad y de la cual no debemos ser víctimas», que un comentarista hábil transformó en «inadecuación vital». Por ahí pasa el sentimiento de Noll, con su fastidio propio, enraizado en la poesía portuguesa, en la filosofía de la existencia y en una ética. De memoria destrocé unos versos del gaúcho Mário Quintana, le dije rápido a Noll que si un poema no cambia la vida, no tiene sentido. «Una razón evidente, sí. Estoy de acuerdo con eso». Debí decir: «Um poema que não te ajude a viver e não saiba preparar-te para a morte/ não tem sentido: é um pobre chocalho de palavras!». La literatura debe perturbar la máquina de la vida. «La cabeza convulsa y el cuerpo», insiste. Encontró esa propuesta en los poemas A luta corporal, de 1954, de Ferreira Gullar, y aun la desesperante tensión continúa.

Siempre hay demasiados poetas y son pocos. En la Praça da Alfândega, donde algunos personajes de Noll van en verano a sofocarse, además del busto de Artigas, a un costado, se levanta una escultura de Mário Quintana en conversación con un triste y escuálido Drummond de Andrade. Si bien en los cuentos el registro de personajes es muy amplio, en las novelas la serie de Noll no va más allá de quienes viven al límite y caminan en el perímetro de la marginalidad: artistas, fingidores, exiliados, perseguidos. Alguna cosa perdieron, algo les falta. «Esta cosa es drummondiana», dice Noll. La inadecuación vital viene de un quebranto. Escribir es buscar el sentido a la pérdida y en este punto «el trabajo es terapéutico». Muchas veces el sentido es hallado en los alrededores de este apartamento. Noll sigue a Quintana: «Olho o mapa da cidade / Como quem examinasse / A anatomia de um corpo…».

Porto Alegre es inarmónica e irregular, bonita y feísima en la misma cuadra. Abunda en espacios residuales, agujeros urbanos, desorden y una idea del gusto irresponsablemente ecléctica. Parece la ciudad para prófugos del extremo sur, una hermana decadente y recóndita del Boston suburbial que puede verse en algunas películas de otra época. Paredes tiznadas por el hollín conviven con imágenes a la vez limpias y coloridas. En Bandoleros João viaja de Porto Alegre a Boston por unas transas secretas. La mujer que se suicida con pastillas en un ómnibus que va a Florianópolis, en Hotel Atlântico, llega a Brasil desde la capital de Massachusetts. «No recuerdo ese detalle. Sí sé que Boston es una ciudad obsesión». El vínculo con Porto Alegre es sanguíneo, entrañable, entre el amor y el odio. Noll es el escritor de una ciudad a la que dio altura literaria recogiendo las voces de sus calles. Con sus libros hizo que el abandono urbano, el feísmo y el desconcierto integren un paisaje armonioso.

Ubiratan Brasil escribió en Estadão, de San Pablo, que narra como si fuese un geógrafo perdido en un mundo esfuminado. «Todo es turbiodice Noll. El escritor tiene que hablar de ese aspecto». No es la fisonomía urbana lo que está por delante, sino la revelación de algo súbito y peligroso. En el centro de Porto Alegre se comprenden los estados mentales de sus narradores, que huyen de un crimen inminente. A pocas cuadras de su casa el día anterior busqué, en una calle estrecha y de luz baja, el ángulo para sacar una foto al cartel de una barbería que al fin de la tarde tenía la puerta abierta. Cuando el barbero me vio en la otra vereda, giró, dejó de atender al hombre que tenía en la silla, me miró con violencia e hizo un gesto con la navaja. Cuando me detuve en el quinto piso del Hotel Majestic, un centro cultural voluntarioso donde en su día vivió el poeta Mário Quintana, pensé que el trance había sido una fantasía ridícula inspirada en las ficciones de Noll. Disparé sin mirar atrás porque instintivamente creí que la navaja del barbero me iba a dejar tirado en una calle barata.

No encontré el derecho de contarle a Noll el episodio de pánico y paranoia de ayer, de escasa delicadeza y buena brutalidad. En cierta medida la escena remitía a la «provocación aguda» en la que viven, involuntariamente, los habitantes de sus libros. Noll habla de cualquier ser humano y puede ser leído por cualquiera, incluidos el barbero de Porto Alegre y aquel hombre aburrido al que estaba afeitando. Para hacer las paces, debí bajar a la barbería con un libro de obsequio y ver al final qué pasaba. Noll conoce esa calle y las otras, y los lectores lo pueden encontrar «por acaso». Se entera de que sus libros son comedias negrísimas, llenas de humor sarcástico, porque algunos le comentan que leyeron un libro a carcajadas. Aunque la crítica no lo destaque, esa es la salida de la opresión de lo turbio, de la calamidad. Entre imágenes borrosas, siempre queda por develar quién es João Gilberto Noll. Probablemente el hombre que está aquí, sentado en el sillón de un cuerpo, el mueble que parece ser su patria, tampoco tenga certezas. «No hago autobiografía», dice. Declarado alguna vez ante tribunales periodísticos: si hubiera vivido como sus personajes, «hoy sería una lápida». Por otro lado, también radical: «si no hubiera escrito estaría muerto».

A Noll le interesan la vivencia de la realidad y la irrealidad dentro de la ficción, las caras que reflejan los espejos, la utopía personal de ser otro. «Fronteras frágiles, láminas». «No hago literatura sólo cuando escribo. Hablar también es un acto de escritura y la escritura una forma orgánica de expresarse, una derivación de la voz. Hablar es una forma de entrar en lo popular. Esa es la contribución de Fonseca. El habla de las calles es variada, rica, sabrosa. ¿Cómo un escritor puede ausentarse de eso? No tiene sentido».

En la vereda de la rua Fernando Machado, la calle donde vive el protagonista de Solidão continental, saluda. «Voy a conversar con un amigo», dice. El otro João (Bastos), cuando sale a caminar duda cómo volver a casa y puede hallar por el camino «corredores oscuros y fétidos de sudor». João encuentra la densidad del mundo en la opacidad, en lo inconfesado y sucio, en aquello que se da fugazmente y se pierde en la mirada ingenua. La manera de flâneur enlaza a un potencial actor de cine (un hombre alto) con una voz lenta (sin palabras desperdiciadas) que aprendió a expresarse en sesiones psicoanalíticas. «Hay que sacar del silencio lo que iba a quedar para siempre silenciado. La literatura es para decir aquello que no se dice socialmente, para revelar lo que se calla». Sentado en el sillón, arriba, había señalado hacia la alfombra: «La literatura es para levantar el tapiz». Abajo puede que haya un cadáver, como en aquel cuento de Poe, o quizá solo un poco de polvo. Ahora Noll camina por la calle y su aspecto discreto es el de un cazador.