En su segunda novela, La casa de Moravia, el escritor salvadoreño Miguel Huezo Mixco vuelve la mirada hacia la Centroamérica de principio de los años 80’s, cuando los procesos revolucionarios marcaban el ritmo político de la región y la conspiración era la comidilla diaria. Presentamos un fragmento de esta obra que será publicada en las próximas semanas por la editorial Alfaguara.

 

8. Mujer de ojos verdes

–¡Mierda! –grité, tras la primera batida.

Mi primer viaje a San José comenzaba mal. Una mole de oscuras nubes se dirigía hacia nosotros. Habían pasado unos minutos desde nuestro despegue del aeropuerto Sandino cuando la avioneta comenzó a ser zarandeada por el viento. El ruido del motor inundaba la cabina. El piloto me explicó con gestos y gritos que descenderíamos para evadir la tormenta, ordenándome que tomara el timón del copiloto. Como me viera dudar, gritó:

–¡Sosténgalo!

El piloto desplegó la carta de navegación. Sus ojillos saltaban de un lado a otro, guiados por su dedo. La dobló, tomó el mando, bajó la velocidad, inclinó la nariz de la nave y comenzamos a perder altura. El piloto comenzó  a maniobrar frente a la formación de nubes como un boxeador que busca un hueco dónde golpear, mientras la lluvia nos embestía sin cesar. Después de un rato, en medio de una espesa bruma apareció, limpísimo, el cielo. Volábamos plácidamente sobre un paisaje bruñido por el sol. A medida que nos acercábamos a la terminal comenzaron a hacerse visibles agrupaciones de caseríos blancos con techos rojizos, riachuelos, caminos y carreteras, invernaderos de flores, torres de tendido eléctrico erguidas entre la serranía como alfiles, cuadrículas de urbanizaciones y, aferrados a las laderas, los cuchitriles de la pobrería.

Finalmente, dando brincos, la avioneta tocó tierra. Llegó mi turno en la ventanilla de migración y recordé lo que me enseñaron una vez: “el pasaporte falso no te hace pasar el puesto de control. Sos vos quien hace pasar al pasaporte”. Entregué la libreta con aire distraído. El golpe del matasellos me sacó de mis cavilaciones. Tomé el documento y caminé. En la salida del aeropuerto me esperaba Víctor, sosteniendo con ambas manos un rótulo con el texto convenido:

ROM

Playa Nosara

ROM no era el nombre de un operador turístico, sino la abreviatura de “Revolución o Muerte”, nuestro lema. Playa Nosara, bueno, dicen que es un lugar espectacular donde la gente adinerada la pasa a toda madre, surfeando y haciendo yoga. Eché mi maleta en la cajuela y tomamos la autopista. Víctor era el típico jefe que intenta hacer valer su autoridad desde el primer intercambio de palabras. Supervisaba las operaciones de tres proyectos de propaganda en Costa Rica y otro en Panamá. Me dijo, de mal modo, que debía comprarme alguna ropa. “Parecés nicaragüense”, remató. Habló de la política local como el aburrido juego de damas entre funcionarios de provincia, y se extendió explicándome el papel de los funcionarios del Partido Socialista en nuestra operación local.

–Los vehículos, el alquiler de residencias y oficinas, el agua que bebemos, el aire que respiramos, la tierra que nos sustenta, todo es pagado con nuestro dinero, que hemos conseguido con sangre. Pero los contratos y facturas se hacen a nombre de ellos. El dinero no lo hace todo. Los necesitamos. No tenemos arraigo local. No gozamos de grandes simpatías, como no sea entre algunos sectores muy avanzados, que son una minoría. ¿Sabés? En este país hasta la izquierda es conservadora. Los socialistas y otras agrupaciones, algunas de tendencia más radical, funcionan como una tapadera para que realicemos actividades propias de una retaguardia. Las cosas podrían caminar mejor, pero allí vamos. Es un lugar pacífico, pero, como sabemos, compañero, hay que moverse con cuidado. Nunca debemos bajar la guardia.

Víctor tenía más cosas que decirme: el contrabando a Nicaragua era mi tarea principal, y debía cumplirla escrupulosamente, con todas las precauciones, como si estuviéramos en terreno enemigo. Pero, igual, debía realizar todos los trabajos que él me delegara.

–Para la compra de vituallas te apoyará una militante de la Juventud Socialista. Su nombre es Gema. Te espera en la casa para ponerse a trabajar de inmediato.

Me dijo algo más. A partir de ese momento yo pasaba a integrarme a la célula responsable de una operación estratégica, que debía mantenerse en estricta reserva: el proyecto Ondina.

–Podés sentirte orgulloso. Ondina hará historia. Cruzamos San José y llegamos a Moravia. En la casa, Gema me esperaba sentada, leyendo un librote. Era blanca, pequeña, de pelo amarillo, encrespado, con los ojos de un intenso color verde. Un rictus en su boca delataba su temperamento impetuoso. Víctor nos presentó y se excusó: tenía cosas que hacer.

–Quedás en casa. Manos a la obra –dijo, y se marchó. Gema y yo nos quedamos de pie a mitad de la sala.

En un cartel puesto en la pared, detrás de ella, se miraban tres chozas, un caballo y un perro, en medio de un paisaje exuberante.

–Es Gauguin, ¿sí?

–Lo traje para darle un poco de alegría al lugar.

Me mostró la cocina, la terraza, el jardín, los baños y los cuartos como si yo fuera un cliente interesado en comprarla. Su habitación era la de mayor tamaño y estaba en orden. En las otras dos, las camas no estaban hechas y se miraban chunches en el piso. En la parte de atrás, en el área de servicio, a un costado del cuarto de pilas, miré una puerta cerrada con un candado.

–Es el Soyuz. El Ingeniero te lo mostrará. Él tiene la llave para entrar.

En la cochera estaba un Lada beige, de buena apariencia. Gema tenía instrucciones de llevarme a conocer el sector.

–Iremos al centro de Moravia.

Llegamos en unos pocos minutos. Aparte de la iglesia y el quiosco del parque, en aquel apacible lugar no había mucho que mirar.

–Ahora, a San José.

Entramos a la ciudad a un lado del parque España, por una avenida que corre en medio de los árboles. El clima era agradable.

–¿No te importa que te cuente un poco sobre la ciudad?

–Es mejor saber dónde estoy.

–Cuando el presidente Kennedy vino al país sembró una ceiba en ese lugar –dijo, señalando un paraje en medio de la arboleda.

Le dije que me resultaba curioso que, en todos los países de Centroamérica, menos en El Salvador, existe un parque Kennedy.

–En mi familia, el día que lo mataron fue una tragedia. Mis primas lloraban oyendo la noticia en la radio. La Prensa hizo sonar su sirena, anunciando un tiraje de emergencia. Mamá volvió del trabajo consternada, y prendió una vela. En la cena, mi padre dijo que su asesinato provocaría una nueva guerra mundial. Kennedy fue más presidente de mi país que el presidente de mi país.

–¡Vaya! Cuando les conté a tus compañeros sobre el árbol, se disgustaron. “Kennedy patrocinó la invasión a Cuba”, dijeron. Ustedes son súper estrictos…

–Nuestra vida no es fácil, compañera.

–Sí, compañero –respondió, burlona.

Dejamos el automóvil y caminamos. Gema se rio de mi rutina de interrumpir la marcha y echar un vistazo en derredor, con disimulo, por si alguien nos seguía.

–Intentá parecer más natural.

Se detuvo frente a una vitrina y volvió sobre sus pasos, jalándome para mirar en otra tienda.

–¡Portate como un novio aburrido!

Se colgó de mi brazo y fuimos parando frente a los escaparates. Me empujó al interior de una venta de ropa donde me tallé camisas y pantalones. Intentó convencerme de comprar algo, pero le dije que necesitaba la autorización de Víctor. Entramos al mercado (adonde volveríamos a comprar algunas vituallas), y regresamos por la avenida 3 hasta llegar al estacionamiento. Fue muy entretenido. Sentí hambre y, camino de Moravia, entramos a una soda. Me preguntó si podía tomarse una cerveza.

–Yo no puedo. Tomate una, si querés. Pero solo una –insistí.

Durante la comida, le conté el susto que pasé en el vuelo de esa mañana, y nos reímos mucho.

–Sentí tanto miedo, Gema. No soy hombre de altos vuelos.

–Brindemos, a tu salud.

–No debo. Son las reglas. ¿Me estás poniendo a prueba?

–La verdad, sí. Quería saber si todos ustedes están cortados con la misma tijera. Les vendría bien relajarse un poco –dijo, sonrojándose.

Por ese camino llegamos al espinoso asunto de las armas en la casa de Moravia. Me pidió que no lo interpretara como una cobardía de su parte, pero ella, igual que su novio y los demás, pensaba que en Costa Rica disparar contra la Policía estaba fuera de lugar. Gema aseguraba que en el caso de una captura tendríamos un juicio justo, con abogados competentes, no seríamos torturados, ni arrojados con un tiro en la sien en un camino rural. Si disparábamos contra la Fuerza Pública y alguno de los agentes resultaba herido o muerto, estaríamos fritos. Gema estaba muy asustada. Se extendió:

–¿A quién se le ocurriría emplearme como profesora de párvulos, que es la profesión que estoy estudiando, si aparezco en los noticieros implicada en un choque armado? Guillermo se graduará dentro de poco como diseñador gráfico. Tiene mucho talento y hará cosas maravillosas, pero después de participar en un combate contra las autoridades, ¿quién le dará trabajo? Nadie. Ese evento nos perseguirá toda la vida como un demonio. Purgadas nuestras condenas, no tendríamos más remedio que marcharnos a un lugar donde nadie nos conozca, o salir de este país, o subir a la montaña con ustedes. Admiro su coraje y creo que los anima un ideal de justicia. Tienen mi apoyo, vivo con ustedes, estoy lejos de mi familia, y casi no veo a mis amigos, pero, perdóname, este no es el tipo de vida que deseo para mí. Quiero tener hijos y nietos, muchos nietos, dos perros y una casa linda donde haya flores, libros y música. ¿Hay algo de malo en todo eso?

Me quedé mirándola sin saber qué decirle. Gema guardó silencio e hizo un puchero. Tenía la piel encarnada y los ojos prendidos. No fui capaz de captar si en su mirada había asombro o compasión. Después de un breve silencio, añadió:

–Tus compañeros se me echaron encima cuando les dije que no estaba dispuesta a disparar contra nadie. Me advirtieron que mis indisciplinas podían poner en riesgo la vida del colectivo, que debía cambiar mi mentalidad y no sé cuántas cosas… No podría soportar otra sesión de esas.

Salimos en silencio de la soda. Se hizo de noche.

–¿Puedo llevarte al centro de Moravia, a caminar? La noche está preciosa. Me aterra la idea de enfrentarme con Víctor, Adela y El Ingeniero. Nos sentaremos alrededor de la mesa, leerán el normativo, sacarán sus pistolas, rezarán un responso por los caídos y lanzarán indirectas contra mi Partido. Yo respeto muchísimo sus ideales…

–Está bien. Vamos a Moravia. Inventaremos alguna excusa…

Mi respuesta me tomó por sorpresa. Yo llevaba adentro un comisario que me indicaba el buen camino y me dictaba normas al oído. Pero esa vez, mi comisario se quedó con la boca abierta. ¿Qué había de malo en ir a caminar al parque, a hablar y mirar las estrellas? Como semanas más tarde me lo reprochó Adela, cedí a sus encantos. Sí, señor.

 

Publicado con autorización del autor.