El cuento que presentamos a continuación forma parte de la colección titulada Texarkana, narraciones en las que se recrea la vida de inmigrantes latinoamericanos en zonas del sur de los Estados Unidos. El libro será publicado próximamente por la editorial Sudaquia, con sede en Nueva York, y que se especializa en autores en lengua castellana.

“Alone in the station” de Gilderic (Deviant­-Art).

 

Al lado del cesto de basura continuaba tirado de medio lado el perro moribundo. Había llegado cojeando a la plataforma de la estación de tren hacia más de dos horas, y se había echado bajo la sombra de la torre del reloj. Respiraba a intervalos cortos. A su lado, intactos, permanecían la olleta de agua y el pedazo de mortadela que Aurora Molina, la oficinista de la estación, había puesto para él. Había llamado al departamento de animales del pueblo, pero nunca llegaron. Su lengua morada la tenía por fuera, y las patas negras estiradas como cuatro palos. Alrededor de él se había ido formado un charco de sangre que ahora se empezaba a secar. Aurora lo miraba por la ventana de su oficina con frustración. Aun así, sus pensamientos no podían dejar de irse hacia el mismo lugar al que los había dirigido durante los últimos días. Sacó una caja de cigarrillos de su bolso, y una cajita de cerillos y salió a fumar. No había terminado de encender su cigarrillo cuando una mujer delgada de vestido corto, entró a la plataforma. Aurora Molina la observó, nunca la había visto en la estación. Tenía una frente amplia y un cuello largo, y el rostro y los hombros bronceados por el sol. La seguían dos niños, de no más de once o doce años. Lucían pantalones cortos caqui y una camisa azul de manga corta. Parecía como si los tres viniesen de la iglesia del pueblo o se dirigieran para alguna reunión importante. Se sentaron en la banca de madera, a unos metros del cesto de la basura. Uno de los niños, aquel que tenía unos anteojos grandes, señaló al animal agonizante.

–Ey, Jorge, mira –le dijo a su hermano señalando al perro.

Los dos se pararon y se acercaron al animal que tenía la lengua azul por fuera y los ojos abiertos, pero la mirada perdida.

–Pobre perro –dijo Jorge y pasó su mano blanca por la cabeza peluda del animal.

–¿Podemos llevarlo? –dijo su hermano.

–Pregúntale a mamá –dijo Jorge.

La madre, sin embargo, visiblemente molesta al no encontrar el tren en la estación, observó el reloj de la torre por tercera vez, se levantó de la banca y se dirigió hacia Aurora que fumaba parada en la entrada de su oficina.

–¿Por qué no ha llegado el tren? –dijo la madre de los niños.

–Está retrasado –dijo Aurora.

–Sí, ya lo sé –afirmó la mujer.

Las dos mujeres dirigieron la mirada hacia el norte, de donde debería venir la máquina. Muy lejos se podía ver el río, y los árboles y un valle con árboles y grandes extensiones de tierra. Una camioneta roja avanzaba hacia el casco urbano de Texarkana por la carretera que corría paralela a los rieles del tren. A unas doscientas millas el molino de madera se erguía rodeado de prado y de unos quince o veinte caballos blancos, negros y cafés, y establos rojos. Allí sobre las cosas en la tierra, se abría la parte más oscura del cielo del atardecer y la luna blanca se asomaba detrás de lo que quedaba del día.

Aurora Molina dejó caer el cigarrillo en el piso, y lo apagó con el tacón de su zapato. Se cruzó de brazos, y dirigió su mirada al otro lado de la tierra, al final, en donde el cielo era púrpura.

–¿En qué piensa? –dijo la mujer.

–No debería estar fumando –dijo Aurora.

–Está prohibido –dijo la mujer señalando el aviso que estaba justo al lado de la entrada de la oficina.

–No lo digo por el aviso. Lo digo por él –dijo Aurora y señaló su vientre.

–¿Quién es el padre?

–Un cretino –dijo Aurora.

–El mundo está lleno de cretinos –dijo la madre de los niños. 

–No como este –dijo Aurora con la mirada baja como si le diera vergüenza hablar de él.

–¿Y ya se lo dijo?

–No.

–¿Y qué está esperando? –dijo la mujer.  

–¡Mamá! –gritó Jorge.

–¿Qué sucede? –Respondió la madre. 

–El perro dejó de respirar –dijo el otro niño agitado.

La madre observó a Aurora Molina.

–Es cierto, no debería fumar –dijo y se dirigió a donde sus hijos.

Aurora bajó el rostro para mirar su vientre una vez más. Colocó las dos palmas de sus manos en él, como si quisiera asegurarse de que aquella criatura estuviera todavía allí, en su cuerpo, esperando para conocer las cosas de afuera. Dejó escapar un suspiro, entre toda su amargura; dejó escapar una sonrisa también.

Regresó al interior de la oficina.

Agarró un bolígrafo, sacó un papel de su escritorio y empezó a escribir todo lo que le iba a decir al maquinista cuando lo viera. No solo le iba a dar la noticia, sino que le iba proponer que…bueno, tal vez, no. Lo mejor era informarle y esperar a que él se lo propusiera a ella de nuevo, pues al fin y al cabo él mismo se lo había prometido después de que juntos hicieron, sobre este mismo escritorio, varias cosas prohibidas por el manual de la compañía de trenes. Sus pensamientos empezaron a naufragar en un mar de deseos y limitaciones. Después de escribir una carta en aquel papel roído por la humedad, lo rasgó en pedazos, y los tiró al cesto de basura.

Volvió a salir de la oficina.

Cuando miró de nuevo hacia el norte, divisó a la máquina que se acercaba, dividiendo el paisaje seco en dos. Sintió las palpitaciones de su corazón como las sentía cada vez que llegaba Gustavo Rey, maquinista de la empresa de trenes regionales de Texarkana. Pero, está vez, Aurora las sintió más intensas. De su bolsillo sacó un chicle de menta, se lo metió en la boca, sacó el cepillo que guardaba en el escritorio, se lo pasó por su cabellera negra y se estacionó en la puerta de la oficina a esperar su llegada.

Cuando el tren entro en la estación, las puertas de los vagones se abrieron, y los pasajeros empezaron a bajarse. Aurora reconocía los rostros. Hombres y mujeres que regresaban de su trabajo en el pueblo, y ahora se dirigían a casa. Algunos hombres lucían camisas de manga corta de cuadros, jeans. Otros todavía lucían el uniforme de las fabricas donde laboraban. Las mujeres llevaban vestidos ligeros de colores claros. Todos pasaron frente de Aurora Molina, y la saludaban, pues, la conocían bien. Había trabajado en la estación del tren por más de doce años. En poco tiempo la plataforma se fue desocupando.

Aurora Molina iba a dar el primer paso para dirigirse al primer vagón, cuando vio bajar al maquinista, y se detuvo. Llevaba el uniforme azul impecable como siempre, lucía una barba abundante negra como el color de su cabellera y el pelo peinado hacia atrás con gomina. Lo primero que el maquinista hizo fue encender un cigarrillo, y dirigir su atención a las piernas, y el derriere de la madre de los niños que observaba al perro junto a sus hijos. El maquinista se acercó a ella y observó el cuerpo del animal tieso como una roca en el
pavimento.

–Se fue al cielo…–le explicaba la madre a su dos hijos.

–¿Y no va a regresar? –decía el niño menor.

–Se fue al reino de los animales –intervino el maquinista procurando llamar la atención de la madre.

La mujer volvió la mirada hacia él.

–Si no se bajara a fumar en cada estación tal vez llegaría a tiempo a recoger la gente. Son las seis y quince –dijo ella señalando la torre del reloj.

–Que calor hace –dijo él.

–¿Qué hacemos con el perro? –intervino el niño.

–Deja que ella se encargue –dijo el maquinista y señaló a Aurora Molina, que continuaba parada en la puerta de la oficina, al final de la plataforma.

–Aurora –gritó el maquinista–. Este perro se murió.

–¿Qué dices? –dijo Aurora.

–Que te encargues del cadáver de este animal antes de que lleguen los buitres.

–Ven un minuto –dijo Aurora.

–¿Qué quieres? –dijo el maquinista.

–Necesitamos hablar –dijo Aurora.

–No tengo tiempo –dijo el maquinista.

–Solo un segundo –imploró Aurora.

Pero el maquinista ya se había dado media vuelta, soltado una bocanada de humo, y ahora se dirigía a la locomotora. La oficinista volvió a llamarlo, esta vez por su nombre, pero el maquinista tiró el cigarrillo al piso y se subió a la máquina. La madre de los niños observó la situación. Quiso decir algo, pero los niños la jalaron de la mano, se acordó que iban tarde para la cita del doctor y juntos se subieron al tren.

 

Así como vio llegar la maquina a la estación sintiendo las palpitaciones de su corazón, Aurora Molina la vio desaparecer. Se acercó al cesto de basura en donde continuaba el cadáver del chucho. Varias moscas volaban a su alrededor. Levantó la olleta de agua, y regresó a su oficina. Barrió el piso, y dejó todo en orden como lo hacia cada día. Salió de nuevo, y se dirigió a la bodega de las herramientas. Tomó una pala, un rastrillo, una bolsa de basura y regresó a la plataforma. Levantó el cuerpo inerte con las dos manos y lo metió en la bolsa negra. Al lado de la línea del tren hizo un hoyo. Tiró la bolsa con el animal en el interior, apoyó sus manos en su cintura y dirigió la mirada al cielo. Advirtió que se había llenado de pájaros que buscaban un refugio para el anochecer.