Antonio José Ponte (Matanzas, 1964) es una de las voces más singulares de las letras cubanas contemporáneas. Su obra ha abarcado poesía, narrativa y ensayo. La mayor parte de su obra poética ha sido recogida en Asiento en las ruinas (Renacimiento, 2005). En materia narrativa, se destacan sus libros de relatos breves Cuentos de todas partes del imperio (Deleatur, 2000), traducido al inglés; Un arte de hacer ruinas y otros cuentos (Fondo de Cultura Económica de España, 2006), y la novela Contrabando de sombras (Mondadori, 2002). Las obras El abrigo de aire: ensayos sobre literatura cubana (Beatriz Viterbo, 2001), El libro perdido de los origenistas (Aldus, 2002) y Villa Marista en plata. Arte, política, nuevas tecnologías (Editorial Colibrí, 2010) son claros ejemplos de sus preocupaciones a la hora de escribir ensayo. Ante los últimos acontecimientos que sacuden a Cuba y a su relación con Estados Unidos, Antonio José Ponte nos ofrece su perspectiva sagaz.

Antonio José Ponte

Antonio José Ponte

 

En 2010, en el prólogo a tu ensayo Villa Marista en plata. Arte, política, nuevas tecnologías (Editorial Colibrí, 2010) mencionaste la figura pública del ya fallecido Fidel Castro en la isla. ¿Cómo dialoga, seis años después, esa perspectiva con la noticia de su muerte? ¿Qué simboliza el deceso del último ícono viviente de la revolución para el pueblo cubano?

Con la muerte de Fidel Castro, acaba de terminar el fidelismo y tendremos raulismo claramente. Ya se acabaron las cábalas acerca de cuánto un hermano interfería y obstaculizaba la política que procuraba hacer el otro. Ahora queda por saber si es factible un fidelismo sin Fidel Castro. Lo veo muy difícil, dado el desastre económico que dejó. No encuentro lecciones de su largo mandato que puedan ser útiles para la práctica futura. Y habría que ver si es capaz de convertirse en un artículo para la nostalgia, como Ernesto Guevara.

 

¿Crees que la muerte de Fidel Castro abre una nueva puerta, una nueva perspectiva desde la cual el escritor cubano podrá abordar los problemas y las circunstancias nacionales?

Su muerte es menos decisiva para el imaginario del escritor que para el imaginario popular. La cuasi muerte de Fidel Castro en 2006 y la década de convalecencia y muerte en vida que ha transcurrido desde entonces habían postergado los duelos y las alegrías. A la desesperación por el hecho de que el mandato del país fuese transmitido de hermano a hermano, como una dictadura hereditaria, se sumaba la desesperación de que el testador seguía con vida.

Fidel Castro ha sido un gran problema, pero otros grandes problemas sobreviven en Cuba. Y espero que la literatura se ocupe de ellos. Resulta curioso cómo, desde hace algunos años, ya su figura había comenzado a aparecer en algunas obras de ficción escritas dentro de la isla. Vendrá también, supongo, el facilismo de personalizar tantas cosas en él cuando, como se ha visto, se trata de una familia más que de un individuo y, más que de una familia (esto lo sabremos si el castrismo sobrevive a Raúl Castro), de un sistema.

 

La historia de Cuba del siglo XX ha permitido que surjan distintos grupos de escritores cubanos: están los que escriben dentro de la isla, los que escriben desde el exilio y aquellos que pertenecen a segundas generaciones de exiliados, que normalmente se encuentran en Estados Unidos. ¿Cuál ha sido el diálogo entre estos tres distintos nichos que, cada uno a su manera, han sido sorprendidos por la noticia? ¿Ha habido intercambios de información y perspectivas?

Si me preguntas por el diálogo entre escritores de esos distintos grupos, el diálogo en general, ha sido y es intenso. Los que escriben dentro intentando recomponer las desapariciones y los silencios impuestos por la censura política, buscando las obras de los escritores exiliados. Y éstos intentando seguir con atención lo que aparece en el país.

Pero si lo que me preguntas es por el diálogo establecido en torno a la noticia de la muerte de Fidel Castro, la gran diferencia estriba en la libertad de expresión que cada uno ha podido practicar. Quienes escriben dentro de la isla arriesgan mucho más en caso de poner por escrito una versión del difunto que no muestre el debido respeto. Y a cargo de la medición de ese respeto hay un gran ejército de comisarios políticos, policías secretos, carceleros y esbirros.

 

Partiendo de los grupos enunciados en la pregunta anterior, ¿en qué se diferencian las posibilidades que enfrenta cada uno? Por un lado, tenemos escritores que dominan, mayormente, una única lengua, mientras tenemos otro grupo de escritores bilingües que pueden aspirar con más facilidad al mercado y a la academia anglo, además del mercado y los círculos académicos hispanos. En términos estilísticos y temáticos, por ejemplo, ¿se siente que esta divergencia es determinante? ¿Se consideran todos éstos parte de un mismo legado cultural?

Tú señalas ventajas de los escritores bilingües cubanos, pero existe también un gran interés de mercado y academia por los testimonios de quienes escriben dentro de Cuba, monolingües, aunque testigos de primera línea.

Hablo, por descontado, más de narradores que de poetas y ensayistas.

Existe muy extendida la sospecha de que la verdadera voz de la literatura cubana está allá adentro, escondida dentro de la isla. Así que crecen cada vez más las expediciones en busca de las especies más endémicas. Y en esto radica la ventaja de ese otro grupo de escritores.

Ahora bien, ¿consideran los escritores monolingües cubanos a los bilingües como parte de un mismo legado cultural? ¿Puede admitirse que la literatura cubana sea escrita en otro idioma que no sea el español? Me temo que estas son cuestiones pendientes, interrogantes pocas veces hechas hasta ahora.

 

Volviendo al ensayo Villa Marista en plata. Arte, política, nuevas tecnologías, el texto refleja, para la realidad cubana, usando dos casos puntuales, la fricción constante entre el estado y el artista. El resultado es un desgastante proceso de censura y persecución que ha sido señalado históricamente. ¿La predisposición reciente, por parte del gobierno, a refrescar tanto las políticas económicas y diplomáticas, como a sus dirigentes, promete algún tipo de cambio a esta dinámica?

Los cambios en la política exterior cubana no tienen por qué traducirse en mejoría para los derechos de opinión dentro de Cuba. De hecho, no ha sido así. En los últimos meses, la censura política sobre el teatro se ha recrudecido. Incluso ha sido prohibido el más reciente montaje de un Premio Nacional del Teatro, que es la más alta distinción oficial en su campo. Y lo mismo puede decirse del cine. Por no hablar del aumento de la represión contra periodistas independientes y opositores y activistas políticos.

El acercamiento de Obama se basó en la premisa de que el apoyo a los pequeños empresarios dentro de Cuba (cuentapropistas, son llamados oficialmente), crearía un estamento proclive a impulsar la democratización de la sociedad cubana. Luego de padecer la fórmula marxista, con su esquema de relaciones entre la base económica y la superestructura, nos tocaba la fórmula liberal, que asegura que la libertad de mercado produce democracia. Sin embargo, una afirmación así cuenta con el desmentido de China, que no es desmentido pequeño.

El cambio en las relaciones entre Cuba y EEUU ha sido una magnífica ocasión para las narrativas históricas, para que cada uno de los firmantes del acuerdo ejercitara su particular sentido de la historia. La menos interesante de esas dos narraciones es la de Raúl Castro, que no hace más que confirmar su relato de resistencia y sobrevivencia, y no ofrece solución de futuro. Cuando, luego de la alegría de creerse vencedor en una vieja guerra, después de abrillantar sus medallas de la Guerra Fría, él tendría que haber empezado una gobernación que se valiera de las nuevas circunstancias y construyera un país a la altura de esa supuesta victoria. No lo ha hecho, y sabe que de hacerlo perdería el poder y podría verse enredado en reclamaciones judiciales. 

Obama, que no iba a perder tiempo con la rumia de viejos antagonismos, se creyó adánico (varias veces recalcó que el diferendo entre Cuba y EEUU era anterior a su nacimiento, como si la realidad no tuviera deudas anteriores a su venida al mundo), y se mostró interesado en desatar dinámicas dentro de Cuba. Su relato, sin embargo, es de una causalidad más que dudosa: la libertad de mercado no siempre se traduce en ejercicios de civilidad.

Si puede entenderse a los artistas plásticos cubanos como cuentapropistas, la última Bienal de Artes Plásticas de La Habana dejó un buen ejemplo de esto que acabo de decir. El episodio se resume del siguiente modo: las mejoría de las relaciones diplomáticas llevaron a la Bienal a un gran número de galeristas y compradores estadounidenses. Viajaron también a La Habana muchos artistas cubanos residentes fuera del país. Y es que había que estar allí para vender, aunque solo fuera de visita. Lo que galeristas y compradores buscaban, sobre todo, era el rótulo "made in Cuba". Compraban genius loci. Una de esos artistas, Tania Bruguera, contravino las normas sagradas de la censura y fue detenida, no por hacer su obra, sino por haber anunciado que iba a hacer su obra. (Cuando el código penal contiene como figura jurídica lo predelictivo, el Estado puede adoptar  los modos del arte conceptual.)

¿Y qué hicieron entonces los colegas de Bruguera, residentes como ella en el extranjero y como ella aprovechando aquella óptima ocasión comercial? Salvo un par de excepciones, se comportaron como si nada estuviera ocurriendo. Se desentendieron por conveniencia comercial. Mostraron cero solidaridad para no perderse la cita de mercado que tenían, mucho más decisiva que todas las vejaciones que una amiga y colega pudiera padecer de manos de la policía política.

Así que, a partir de este ejemplo, creo que no habría que esperanzarse mucho con la ecuación propuesta por Obama.

 

Antes de la muerte de Fidel Castro, se produjo un acercamiento entre el gobierno cubano y la administración Obama. ¿Cómo se podría decir que han cambiado las expectativas que dicho acercamiento produjo en el pueblo cubano, tanto fuera como dentro de la isla, ante la elección de Donald Trump como futuro presidente de Estados Unidos?

Dentro de unas semanas, de los dos firmantes de ese acercamiento sólo quedará en el ejercicio del poder Raúl Castro. Es difícil predecir a Trump, y también es difícil predecir al general cubano. Mientras gobernó Fidel Castro, la versión popular sobre su hermano menor era bastante atroz: se le adjudicaban los peores extremismos. Deberíamos estar agradecidos (eso se decía) de que fuera Fidel, y no Raúl, quien mandaba. Porque el segundo era capaz de sacar los tanques de guerra ante el menor inconveniente. Y en los primeros días de victoria revolucionaria, había sido el más sanguinario de los dos.

Luego (para asombro, al menos mío) su imagen cambió a ritmo acelerado y muchas esperanzas recayeron en él. Una versión bastante extendida sostuvo entonces que se trataba de un gran administrador y de un buen padre de familia. Todo esto, a diferencia del enfermo Fidel Castro. Castro II haría florecer la economía tan bien como sabía ordenar los ejércitos.

A la larga no ha sido así, y la economía cubana empeora cada vez más dentro de su sempiterna crisis. Sin embargo, cuando empezó a cundir la desesperanza, llegaron noticias de la nueva política de Barack Obama y mucha gente apostó por lo que esa política traería al país. Y otra vez Raúl Castro no tardó en desmentir esas esperanzas, echando atrás medidas liberalizadoras de unos meses antes o ralentizando las que había anunciado ya.

Raúl Castro aprovechará la menor de las excusas que le brinde Trump para seguir demorando los cambios en Cuba. Y aprovechará cualquier tensión para volver a las referencias belicistas contra Estados Unidos.

Trump podrá significar un estancamiento de los cambios necesarios en Cuba. Aunque también Hillary Clinton lo habría significado. Y es que, sin importar quién presida en Washington, es el mandatario cubano quien garantiza tal estancamiento. Ese estancamiento es la garantía de su permanencia en el poder.