Presentamos el inicio de la novela Yoro (Los Libros del Lince, 2015), de la escritora española Marina Perezagua, obra con la que recién obtuvo el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2016, que concede la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México. Aplaudida al unísono por la crítica, el periódico El País ha dicho que leer esta obra es “como acudir al espectáculo del fin del mundo y ver las cuatro esquinas de un universo donde los niveles de realidad se difuminan”.

Yoro-fotoparainterior

Señor:

Las páginas que siguen constituyen mi declaración, y se centran especialmente en las circunstancias que me llevaron a cometer los delitos por los que se me juzgará, actos de los que no me arrepiento.

Esto no es una confesión. Toda confesión no es más que un arma del poder que hace que quien escribe termine delatándose. No voy a ser yo quien se delate a sí misma. Como se verá, hice todo lo que pude por resistir al poder. Si me manché, no fue en su defensa.

Este texto tampoco es una justificación.

Lo que usted va a leer es la señal que un hierro candente dejó en el anca de una mula, el hueco erosionado por la lluvia en la roca, la inclinación de un árbol provocada por el viento persistente. Esto es, usted leerá la respuesta lógica de una naturaleza sensible, mi historia. Una historia escrita por mí, pero movida por la fatalidad que otros tejieron desde arriba.

A medida que vaya leyendo, usted verá el retrato de alguno de sus colegas, de algún familiar, o de usted mismo. Si no le gusta lo que encuentra, puede romper el espejo o quemar lo que ha leído, pero no logrará librarse de la infección con que el intestino corrupto contamina ríos, mares, úteros, campos. Tampoco podrá quitarme la alegría que finalmente he logrado conocer.

Me llamo a mí misma H porque se me negó siempre la voz y un español me dijo que en su idioma la «h» es la letra muda. Utilizaré esta letra como mi nombre, considerando que es también el nombre de muchos otros mudos que tal vez encuentren aquí su voz.

He escrito esta nota después de contar toda la historia que sigue. Estoy muy cansada, quizás de ahí el tono de frialdad que encontrará en estas últimas palabras. No se lo tome como algo personal. El amor siempre ha prevalecido en mí. He amado y amo como si hubiera nacido para ello. Si usted lee bien, verá
que en el fondo de todos mis actos está siempre ese amor. Júzgueme según su ley, pero considere como mi último deseo esta petición:

Una vez que también usted me quite la voz, si tiene la oportunidad de hablar por mí, no mencione palabras de muerte. Cuando alce mi cabeza en su mano, todo el mundo sabrá que maté. Por eso, sólo le pido que, si le preguntan, recuerde que las últimas palabras de H fueron éstas:

Dios sabe cómo defendí la vida.

H. República Democrática del Congo

 

GRAVIDEZ CERO: 1942

Los que llevamos la bomba dentro

 

Frente a nosotras ardía la carpa principal del campo de refugiados. La lona se quemaba con la rapidez de la piel sintética. Yo le daba la mano a Yoro. Noté que estaba temblando, y lo hacía al mismo ritmo que el fragor del incendio. El temblor de Yoro parecía darle al fuego algo que su sonido no tenía: materia. Yoro y las llamas eran espalda y pecho de un mismo ser, dos partes indisociables como lo son el tambor y su golpe. Y así, a través de ella, sentía en mi mano el último chasquido del alma de una mesa, de un vaso de latón, de los tubos metálicos que sostenían la tienda. Fijarme en la sutileza de estos detalles no implicaba que no me importara que personas y cosas estuvieran ardiendo frente a nosotras, pero en las situaciones más graves he aprendido a contener el impulso de correr, de llorar, de tratar de corregir lo que ya no tiene remedio. No quería pestañear. Parpadear en exceso es como hiperventilar. Mantener constante el movimiento de las pestañas ahorra oxígeno, energía, y me ayudaba a que las piernas no fallaran. Así pude mantenerme en pie. Así he sostenido siempre la mirada. Claro que tenía miedo. Claro que sentía compasión. Pero me controlaba, no sólo porque si yo caía otros vendrían a comerme, sino porque no quería que ningún músculo se me contrajera otra vez de rabia, ni de pena. Ni un solo músculo. Así se lo prometí a él. Le prometí a Jim que ningún músculo se me contraería de nuevo, ni de rabia, ni de pena. Detenerme en esos pensamientos, este mirar desde lejos un calor que estaba tan cerca de mí misma como mi piel, me ayudó a cumplir mi promesa. Busqué la tranquilidad, a mi manera, en ese hilo de la memoria del que tiro cuando necesito recuperar alguna vivencia que me ayude a mantenerme impasible. Lo encontré. El hilo. El hilo del que tiré fue la muerte de Quang Duc, el monje que con setenta y seis años se quemó ante mis ojos y los de otros muchos monjes en una calle de Saigón. Buscando la libertad se prendió fuego, se ardió a sí mismo, y estando en llamas no alteró su postura meditativa con ningún movimiento, ni el más imperceptible. Los otros monjes, yo misma, llorábamos, algunos con él, sin tratar de oponernos a su deseo; otros pedían ayuda, para salvar su vida, también por él, pero al mismo tiempo en su contra, porque él debía arder para dar fin a la persecución, para conquistar la paz para sus hermanos, y para todos los que, como yo, necesitamos no pestañear mientras nos enfrentamos a un incendio. Fui encontrando la serenidad. El calor de las lonas en llamas me alejaba de allí, de ese ahora, y avivaba el calor del monje a quien vi arder en Saigón, y así, cuanto más ardía la lona del campo de refugiados, más me escapaba, sin moverme, hacia el momento en que moría Quang Duc. Al igual que el temblor de Yoro parecía dar cuerpo al ruido de las llamas, también los gemidos de quienes amábamos al monje parecían dar sonido a su silencio, pues él, que ardía vivo, no emitió ni una palabra, ni un grito, ni un crujido que expresara queja, dolor, reproche.

Este incendio fue el final de una búsqueda que comenzó hace exactamente cincuenta y cinco años, cuando conocí a Jim. La historia de Jim es la mía. No es que su historia esté vinculada a la mía, no es que el hecho de amarle haya influido en mi vida, es que sin él yo no habría llegado a ser, pues entiendo por llegar a ser ese momento en que me atreví a ver lo que siempre había sido. Llegar a ver, llegar a ser, eso es lo que le debo a Jim. Dije adiós al yo desollado, al yo carente del órgano más grande del cuerpo –la piel–, al yo que ni siquiera reclama su derecho a ese único cuero que nos sale gratis, y poco a poco me convertí en el yo que se lanza a la caza de la presa que me habían quitado de entre los dientes, el yo que es un león que corre, salta, lucha para recuperar la carne que le robaron, su propia carne, no carne de cebra, ni de antílope, ni de otro león, sino la suya propia. Fui una leona lanzada a la caza de sí misma. Y me atrapé. Con mi carne rellené la piel reencontrada. Así me convertí en el yo de hoy, completo, dorado, amenazador. Jim fue la primera mano que vio y acarició el pellejo sincero con que mi madre me había nacido, esa piel que me devolvió la protección natural que me correspondía. Tan fuerte he llegado a ser, a verme, que hoy, aun estando desnuda, soy capaz de sentirme acorazada. Atrás quedaron aquellos tiempos en que me despertaba intentando meterme en la cáscara de otra, y al final del día me iba a la cama triste, con dolor en las articulaciones. ¿Cómo no se me iban a deformar los huesos después de tantos intentos de acoplarme a lo que se esperaba de mí? Pero ya no me duele nada. Gracias a Jim se detuvo la deformación que sufrieron mis dedos intentando alcanzar frutas que habían crecido para otros; gracias a Jim también mis piernas comenzaron a enderezarse cuando dejé de transitar las curvas de paisajes que no me importaban, y gracias a él mi espalda está hoy, en mi senectud, mucho más erguida que cuando tenía veinte años y cargaba con las expectativas de los demás.

Imagino que, consciente de la importancia de Jim desde el principio, empecé a tomar algunas notas durante los años que estuvimos juntos, y todo lo que fui escribiendo se acumuló a lo largo del tiempo con naturalidad, sin saber que acaso estaba conservando el material que después, tal vez hoy, podría servirme para recomponer la historia que dé sentido al incendio. A partir de esas notas, pues, intentaré articular el relato de este largo viaje que, sospecho, está ahora alcanzando su destino.

Antes de conocerme, antes de reconocer también mi papel en su vida, Jim había sido uno de los soldados estadounidenses que habitó el Japón ocupado. Durante mucho tiempo los días fueron pasando para él sin apenas sentido, en los territorios que un oficial está destinado, simplemente, a ocupar. Las intervenciones que se realizaron para la recuperación del país fueron mínimas, pero mínimo fue también cualquier tipo de cambio. Nada sucedía que enriqueciera la vida de un soldado, ni en las labores humanitarias –que en aquel momento no tenían dicho nombre– ni en la cazuela del más estricto egoísmo individual o nacional.

Jim aún no sabía que en aquellos meses, mucho antes de que nos viéramos por primera vez, se gestaría nuestra unión justo cuando, en mayo de 1950, la base militar le entregó, en custodia, un bebé. Me contó que le había llegado sin previo aviso, que el bebé le fue adjudicado como una misión cualquiera, igual que antes le había sido entregada la tierra que debía ocupar. Al principio sintió cierto rechazo, pero no pasó un día y ya, del modo más natural, supo que aquel bebé de ojos rasgados ponía en sus brazos parte de la reconciliación que él andaba buscando desde hacía seis años, desde el día en que los japoneses decidieron degenerar el cautiverio al que llevaba años sometido, y lo embarcaron en Manila junto a otros 1.600 prisioneros norteamericanos. Todo lo que a Jim le sucedió en el barco en donde continuó su reclusión, todo lo que había sufrido antes, se transformó en paz cuando sintió el peso escaso del bebé la primera vez que lo sostuvo. No le sería posible olvidar tanto dolor, pero aquella niña, víctima de Norteamérica, fue la fruta en el platillo que igualaría la balanza al repartir la carga de la crueldad entre los dos bandos.

El barco en el que recluyeron a Jim fue construido en Nagasaki el año 1939, y su destino inicial era el de servir como un crucero de lujo para solaz de la población civil japonesa. Su nombre era Oryoku Maru. Cuando el barco pasó a ser utilizado como prisión, terminó ganándose el sobrenombre de Crucero de la muerte, por motivos que, más adelante, intentaré explicar. Jim no me contó gran cosa sobre su estancia a bordo, seguramente por el dolor que el recuerdo le ocasionaba, pero hace pocos años salieron a la luz unas crónicas que el general MacArthur había destruido sin saber que en el cajón de su autor, George Weller, quedaban unas copias en carbón, que el hijo del cronista recuperó y entregó para su publicación. Parte de estas crónicas pasaron a acumularse junto a mis notas, y de ellas me serviré para rellenar los huecos del testimonio de Jim.

El Oryoku Maru debía transportar también en ese viaje a cientos de civiles japoneses. Los prisioneros americanos irían en las bodegas. El viaje en barco a Japón, que los prisioneros pensaban que duraría unos diez días, se alargó siete semanas. Jim me dijo que de haber sabido lo que iba a ocurrir en el transcurso de ese tiempo, se habría dejado atravesar por las bayonetas con las que los soldados japoneses les marcaron el camino que conducía al barco. Si eso hubiera pasado, si Jim se hubiera quitado la vida, yo habría sido sólo una mujer pusilánime, conforme, triste, una muerta a los veinte años que espera su entierro durante cuarenta, sesenta, setenta años más. Pero Jim no imaginaba lo que le aguardaba, y aguantó. De los 1.619 prisioneros, apenas llegaron a Japón unos (las cifras exactas se desconocen) cuatrocientos hombres. Cien de ellos estaban en tan malas condiciones que murieron antes de ser entregados a las autoridades en tierra, y otros tantos murieron en los campos de trabajo en Japón. Se calcula, así, que de los iniciales 1.619 prisioneros, sólo unos doscientos sobrevivieron hasta la liberación en agosto de 1945. Jim, que entonces tenía veintinueve años, fue uno de ellos, algo que todavía hoy agradezco cada día.

 

(Publicado con autorización de Los libros del Lince y Casanovas & Lynch)