I

Aura recordó el presagio frotando con fuerza una estampita del Santo Cristo. Amaneció desvelada soñando que fusilaban a Luis y en lugar de su cuerpo hallaba dos pájaros muertos.

Urbanización 2 de Diciembre, en Caracas

Urbanización Dos de Diciembre, en Caracas.

Se asomó a la ventana con cautela. Los bloques de la Dos de Diciembre continuaban cercados por la Guardia. El silencio forzado del toque de queda se interrumpía a ratos con el estruendo de balas que azotaban los nervios. Los rebeldes respondían desde los edificios con armas ocultas y certeras.

Conoció a Luis en los tiempos en que creía que la felicidad era su marido Pancho, un hombre distante que la amaba los sábados en la noche bajo sábanas impregnadas de ron y tabaco. Fue Pancho quien llevó a Luis a la casa el día de su cumpleaños, y aunque le pareció buenmozo, su condición de mujer casada le hizo mantener distancia.

Pero Luis continuó visitando a Pancho y con el tiempo ocurrió lo impensable: se enamoró del amigo de su esposo, del subversivo, del activista en contra del gobierno. Flaco, de mirada afable y risa fácil, pasaba como un obrero más. Todo cambiaba cuando se ponía la boina negra, como si el rebelde capaz de disparar contra la Seguridad Nacional encarnara con ella.

Luis ya no trabajaba en la petrolera, se había cambiado a la construcción para guardar las apariencias de su militancia en la Junta Patriótica. Había estado preso en La Modelo hasta el cincuenta y tres, luego de participar en la huelga de mayo del cincuenta. Su compadre Chuo había corrido peor suerte; en noviembre del cincuenta y uno lo trasladaron al penal de Guasina, el infierno en medio del Orinoco. El pobre de Chuo sufrió dos campos de concentración: los campos petroleros donde trabajó desde el año veintidós, y la inhóspita isla de Guasina, donde murió de fiebre bajo un sol de cuarenta grados.

La represión en los campos petroleros era implacable. Chuo y Luis participaron en las huelgas del veinticinco y el treinta y seis, luchando por mejoras en las condiciones de trabajo impuestas por trasnacionales protegidas por el gobierno. Los campos estaban rodeados de alambrados y vigilantes. Se trabajaba de lunes a lunes, doce horas diarias, en condiciones hostiles. Vieron caer a varios de sus compañeros. Morían uno o dos obreros diarios. Los cadáveres eran tendidos en cal hasta que podían trasladarlos.

Fue Chuo quien convenció a Luis de formar parte de los primeros sindicatos, y a pesar de los desaparecidos y encarcelados, lograron no solo mejorar las condiciones laborales sino también unir a la masa obrera en un colectivo poderoso. Hasta la huelga del cincuenta. A pesar de los años de lucha, de inmediato entendieron que ni Gómez ni López Contreras habían sido tan represivos como la Junta Militar de Gobierno.

El ejército tomó los campamentos. Se instauró una feroz persecución de líderes sindicales y se despidieron a miles de obreros. Otros tantos como Chuo y Luis cayeron presos. Pero la huelga del cincuenta, a pesar de su brevedad, fue una de las mechas que encendió la resistencia al régimen y a los partidos replegados. La primera gran consigna contra el gobierno militar nació allí, y fue difundida por el comité de huelga y defensa de los trabajadores petroleros: ¡Luchemos por la libertad sindical hasta morir!

En el caso de Chuo se cumplió la consigna.

Aura, en cambio, llevaba una vida tranquila y correcta. Al principio Luis la miraba de reojo, pero al poco tiempo no pudo contenerse. Buscaba rozarla, robarle miradas. Ella no podía permitir semejante atrevimiento. Sin embargo, al pasar los días, lo que antes parecía obsceno ahora le avivaba las ganas, propiciando ella misma los encuentros furtivos, dejándose llevar sin medir las consecuencias.

Desde que aceptó irse con Luis sabía que sería repudiada. Una mujer casada que abandona a su marido por otro hombre no tiene perdón de Dios. Dejó su casa en la calle Segunda de Catia y se mudó con él a los nuevos súper bloques de la urbanización Dos de Diciembre. Pancho estuvo a punto de quitarle las niñas, pero al salir embarazada de Luis, se volvió más tolerante; a fin de cuentas el niño sería el hermano de sus hijas. Iris, la mayor, había cumplido diez años, y Carmencita, cinco.

Pero la cosa había empeorado, pensaba Aura. Luis tuvo que enconcharse desde principios del cincuenta y siete porque la guerra contra el régimen era a muerte. Le dejaba mensajes cada dos o tres semanas con Pepe el del abasto o con la tía Blanca. Últimamente insistía en que la victoria estaba cerca y al gobierno le quedaba poco. Que se quedara tranquila que ya aparecería por la casa. Que el cincuenta y ocho había empezado por el final con el fallido golpe de Estado del primero de enero y vendría la huelga más grande de todos los tiempos, la que le pararía el país al tirano.

El último mensaje lo recibió la noche que soñó el presagio. Con una mano tomó la nota estrujada mientras cargaba al niño con el otro brazo. La releyó, intentando esquivar la mirada de las niñas:

Espérame pronto. Cuando todo acabe seremos felices.

 

II

Luis recibió la mala noticia en el sótano. Justo celebraban la llamada telefónica confirmando que el ruido de turbinas a las tres de la mañana provenía de La Vaca Sagrada. Apagaron las velas y prendieron la lámpara de gas embriagados por la inminente victoria. Sacaron el ron y lo pusieron encima de unos planos. Los susurros se volvieron gritos:

—¡Cayó el hombre!

La huida en avión de Pérez Jiménez era inminente. No más persecución, tortura y muerte contra la resistencia. Había caído un gobierno que días atrás se creía invencible y eterno. Los hombres brindaban por Ruiz Pineda, Pinto Salinas, Carnevalli. Aquel veintitrés de enero los caídos amanecerían mártires.

Luis agarró al mensajero por el brazo y le gritó que repitiera lo que había dicho. Desesperado, se puso la boina, tomó su pistola de las tantas que había sobre la mesa y corrió por las calles de aquella confusa madrugada caraqueña.

 

III

Aura estaba impaciente, las niñas inquietas, el niño despierto. Sabía que nadie entraba ni salía de la Dos de Diciembre a pesar de haber cesado el intercambio de disparos. Aun así, se puso el vestido negro de mangas cortas que tanto le gustaba a Luis. Pasó las horas de la ventana al baño, peinándose el cabello negro ondulado. Ya era de tarde, casi noche; él llegaría en cualquier momento. Se acercó de nuevo a la ventana con el niño en brazos y las niñas detrás. Corrió la cortina con precaución. Intentó ver hacia la calle pero una luz blanca la encegueció de repente. El reflector de la Guardia se enfocó en el movimiento del piso ocho del bloque cinco. Una ráfaga de metralla estremeció el barrio. Las balas de la Guardia alcanzaron a Aura. Dos acertaron la cabeza del niño. Sangre y sesos se esparcieron en paredes y techo, salpicando a las niñas. Aura cayó al piso. Carmencita gritó aterrada. Iris jaló a su hermana y la tiró al suelo junto a ella. Aura se movía sin poder hablar ni levantarse, los restos del niño regados junto a la estampita del Santo Cristo que cayó oscilante como una pluma. Doña Marlene y Jacinto golpearon la puerta, el llanto de las niñas no cesaba.

Cuando Jacinto logró tumbar la puerta, doña Marlene avanzó tres pasos, miró hacia la sala y trastabilló aferrándose a su marido. Jacinto alertó a los vecinos. Aura seguía viva intentando estirar la mano hacia el niño muerto. Doña Marlene y Jacinto forcejearon con las niñas que se aferraban a su madre. Entre varios hombres la levantaron llevándola por las escaleras hasta la planta baja. Los vecinos pidieron tregua antes de asomarse fuera del edificio: «¡Por favor no disparen, hay una mujer herida, una madre de familia!». Los guardias no se acercaron. Los hombres salieron con Aura cargada exigiendo ayuda. Los guardias apuntaron con sus armas. Otros vecinos se sumaron, hombres y mujeres enardecidos, sin miedo, enfrentados a la Guardia. Los más osados recibieron peinillazos, siguió llegando gente, hubo disparos al aire.

Los guardias fueron superados en número. Se oyeron otras detonaciones provenientes de los bloques. Al fin, uno de los uniformados, con gesto de mando, hizo señas de llevarse a la mujer que se desangraba en brazos de tres hombres. La subieron a un vehículo y la llevaron al Hospital Militar de Caracas pero ya no respiraba.

 

IV

Luis corre frenético y escucha una voz punzante de granada que estalla en su cabeza. Anoche mataron a tu mujer y a tu hijo, se asomaron a la ventana y les disparó la Guardia. La distancia es larga; apenas amanece. La gente ha tomado las calles. Los civiles celebran junto a los tanques de los militares insurrectos. Cornetas de automóviles resuenan por toda la ciudad. Se oye a sí mismo a lo lejos diciendo que Aura debió haber aguantado un día, solo uno más. Se detiene al ver a varios de sus compañeros de lucha salir sin miedo a la calle. Su cuerpo actúa por cuenta propia. Y al fin llora, casi sin fuerzas. Cae al piso. La cara pegada al asfalto le confirma que ya nada importa. A su lado la boina yace como un animal herido. La lucha por la cual había arriesgado su vida no valía un carajo al lado de la muerte de Aura y el niño.

Transcurre el día y Luis continúa tendido en el piso mientras la multitud marcha festiva, pasando junto a él, por encima de él; por todos lados. Dos palomas grises se acercan curiosas, intentando picotear su cara. Luis cierra los ojos y, como espantadas, las aves alzan vuelo hasta perderse de vista.