Un mundo huérfano, el primer libro del escritor colombiano Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982), es una narración brillante sobre la ternura y el horror, sobre cómo la única forma de sobrevivir en un contexto de violencia extrema, la única manera de no partirse a pedazos, es agarrarse al amor y no soltarlo.

Giuseppe Caputo. Un mundo huérfano: Penguin Random House Mundo Editorial, Bogotá, 2016. 224 pgs.

Giuseppe Caputo. Un mundo huérfano:
Penguin Random House Mundo Editorial,
Bogotá, 2016. 224 pgs.

Un padre y un hijo viven en un barrio sin luces en una ciudad costeña, en una casa mínima vacía de muebles y comida. El padre recrea pinturas rupestres en las paredes, el hijo empeña la cama para comprar arroz y frijoles. En la cuadra está el Baboso, el centro de reunión de los vecinos del barrio cuando el día se termina y, un poco más allá, la Luna, un bar de alterne, el epicentro de la matanza homófoba e impune que sacude al barrio.

La realidad creada por Caputo, ese mundo en el que el mar devuelve relojes y sillones y cabezas cortadas y un anciano espera en un columpio a alguien que quiera cederle su cuerpo, está desnuda. No hay trabas, no hay rodeos lingüísticos, no hay eufemismos detrás de los que ocultarse. El padre parece vivir en una realidad diferente: como si los tiroteos de la calle fuesen sonidos artificiales que salen de una grabadora, como si el ruido de las tripas vacías fuese un sonajero. El hambre pasará, la violencia pasará, sólo hay que esperar, ser paciente. El hijo ha entendido que cuando la realidad es atroz sólo queda crear un mundo aparte, aunque encerrado en el mismo barrio, un mundo propio que reproduzca el mundo que ve el padre, el lugar al que volver y olvidarse de todo lo que hay fuera: olvidar las cuencas sin ojos, olvidar el rechazo de otro hombre, olvidar la brutalidad de la policía, la ceguera del Estado, olvidar las deudas y el “sigan bailando, mariposas” escrito con la sangre de los muertos. La ternura combate la violencia, la generosidad hace el hambre más llevadera: el hogar es el único lugar en el que ambos pueden continuar viviendo sin corromperse.

Y es que el hablar, y el no hablar, y el hacerlo sólo a través de páginas de Internet, la incomunicación y la comunicación profunda que no requiere palabras, son elementos centrales en la novela, sacuden a la amplia gama de personajes, al conjunto de los olvidados que Caputo rescata de la masa para darles un rostro y una voz propias. Vemos personajes omnipresentes (Olguita, que se desdobla una de cada dos noches; el/la fascinante Ramón-Ramona) y otros que sólo aparecen un momento, individualizados o como parte de una multitud, o encarnados en el pedazo de cuerpo que muestran al otro lado de la pantalla: dos muchachos duchándose mientras un centenar de ojos les observan, un pecho y la mitad de un estómago en la ventana de la web La Ruleta, Briseida repartiendo bombones en el Baboso, uno de los participantes en una orgía. Todos tienen la misma importancia, todos dejan una huella.

Cada acción en Un mundo huérfano sucede de noche, como si la oscuridad hiciese un poco menos visibles, un poco menos crueles, el hambre, la amenaza constante de la muerte, la soledad, la miseria. El autor escribe sobre la noche, pero todo en la novela deslumbra: hace caminar el lenguaje, manteniendo el equilibrio, sobre la línea finísima que separa la brutalidad y la belleza; busca la palabra precisa pero no la contención. “Habían sido lúdicos: vimos un torso que sostenía dos piernas, y no al revés; vimos brazos saliendo de brazos, pegados a otros brazos; vergas y huevas colgando de un árbol, como frutas; y un hombre vuelto columpio: le amarraron los brazos a un poste y las piernas a otro, y desgonzado, formando un arco, se mecía”, escribe. Las páginas no esconden la ferocidad de la ciudad, del deseo, Caputo habla igual de metafísica y de cruising, del amor infinito de un padre y de follar con veinte hombres en una misma noche, de soledad y de popper. No hace distinciones, todo es parte de lo mismo. Todo es igualmente significativo e igualmente carente de sentido.