El pasado 6 de septiembre, Carmen Laforet hubiera cumplido noventa y cinco años. Hoy sigue siendo recordada por ser la primera mujer ganadora del Premio Nadal de novela en España. Ese éxito eclipsó el resto de una obra de gran calidad. Esta breve semblanza es un pequeño homenaje, pero sobre todo, una reivindicación de la escritora más allá de la fama monolítica que la precede.

Vestida de blanco, Carmen Laforet.

Vestida de blanco, Carmen Laforet.

 

«Me cuesta mucho curarme de la enfermedad de no escribir», decía Carmen Laforet en una carta a la profesora de Maryland Marion Ament en 1982. A los 61 años de edad, la autora catalana hablaba con honestidad de la lucha que mantuvo toda su vida entre resignarse al silencio literario y la necesidad de escribir. Un sentido de la exigencia hiperdesarrollado y un desmesurado respeto por la literatura la hacían desconfiar constantemente de su propio talento. Como tantas mujeres de la época –y de ahora–, recibió una educación centrada en pulir los modales, el aspecto y en la obligación moral de cuidar de los demás. Laforet se pasó la vida en la desgastante tensión entre lo que debía ser (esposa y madre ejemplar, novelista profesional) y lo que quería ser (madre amante, viajera, escritora libre).

Carmen Laforet nació en Barcelona en 1921 en una familia de alta burguesía, pero vivió desde los dos hasta los veinte años en la isla de Gran Canaria. La familia de la escritora había dejado la Península porque el padre de Laforet, Eduardo Laforet, había conseguido una plaza como profesor de Dibujo en la Escuela de Peritaje Industrial. En la isla se educó la pequeña Laforet y escuchó a su madre, Teodora Díaz, confinada al aburrimiento y hastiada de los escarceos amorosos de su marido, leerle a ella y a sus hermanos los Episodios Nacionales de Galdós. La madre de la escritora murió en 1934. El padre viudo se casó al poco tiempo con la que había sido peluquera de su
madre, sólo unos pocos años mayor que Laforet.

En Gran Canaria, Laforet conoció también en 1937, en plena Guerra Civil española, a su profesora Consuelo Burell, que pidió destino en la isla por ser un lugar alejado de la contienda militar. Burell se había educado en la Institución Libre de Enseñanza y había hecho las prácticas en el Instituto Calderón de la Barca donde enseñaban Antonio Machado y Rafael Lapesa. La profesora fue una figura determinante en el desarrollo de la vocación literaria de Laforet y se convertiría en un apoyo fundamental para la escritora durante toda su vida.

En 1939, recién terminada la guerra con el éxito de los golpistas liderados por Francisco Franco, Laforet se mudó a Barcelona para estudiar Filosofía y Letras. Aunque abandonó la carrera, los tres años que la escritora vivió en la ciudad durante la inmediata posguerra le sirvieron para impregnarse de la pobreza, moral y material, de la sordidez que asolaba España. En 1942, Carmen elaboraría con todas esas experiencias, ya en Madrid y estudiando Derecho (carrera que tampoco terminó), el relato de su primera novela: Nada.

Carmen Laforet presentó en 1944 el manuscrito de su novela al premio Nadal, el certamen de narrativa que los editores de la joven revista Destino acababan de crear. El premio, que recibía el nombre en memoria del redactor jefe de la revista, Eugenio Nadal, aspiraba a convertirse, como así fue, en uno de los galardones más importantes para la literatura española contemporánea. Laforet tenía veintitrés años. Su novela ganó la convocatoria y se convirtió en un fenómeno literario de inmediato. La editorial Destino, fundada al abrigo de la revista, vendió miles de ejemplares y aún hoy sigue haciéndolo. El libro fue alabado hasta el punto de que intelectuales de la talla de Juan Ramón Jiménez o Azorín felicitaron públicamente a Laforet por su trabajo. La crítica vio en Nada el germen de una nueva literatura sobre el baldío panorama cultural de la época, un texto existencialista que retrataba con talento la decadencia de la vida española de posguerra.

El prestigio de Nada crecía al tiempo que minaba la confianza de la joven Laforet y la llenaba de miedos. La pregunta ¿para cuándo la segunda novela? la angustiaba tanto como le producía rechazo el mundo intelectual. Las presiones no sólo venían de fuera, sino también de su propia casa editorial. En un artículo en la misma revista Destino donde Carmen Laforet escribía una columna semanal, J.R. Masoliver, bajo el pseudónimo de Andrónico decía sobre Nada: “el de Laforet es un libro bomba, una novela que compromete mucho a su autora para ulteriores salidas. Porque después de Nada no caben fáciles lirismos, ni amores desgraciados y demás historia de jovencita”.

La familia de Laforet se había tomado la publicación de la novela como un ultraje. Muchos se negaron incluso a asistir a su boda con el editor Manuel Cerezales en 1946. A pesar de que la escritora se esforzaba en repetir en las entrevistas que la novela no era autobiográfica, lo cierto es que las personas que sirvieron de inspiración para sus personajes se reconocieron con facilidad. Laforet cambió sus nombres, pero mantuvo las personalidades e incluso la dirección real de la familia de la protagonista, Andrea, en la ya famosa calle Aribau.

Su desprecio por el mundo intelectual, que a la vez la denostaba por su heterodoxia, también le granjeaba animadversiones. Laforet no se daba importancia, hablaba de las dudas que la asaltaban todo el rato sobre su talento literario, no trataba de situarse en un movimiento literario ni sumarse a una escuela que la protegiera. En 1945, los intelectuales del Ateneo de Madrid organizaron la representación de un juicio a la novela de Laforet. Unos cuantos hombres cultos se invistieron de fiscales y abogados defensores. Laforet rechazó la invitación a tal acto, pero la representación tuvo lugar igual.

Las presiones no quedaban ahí. Desde bien temprano, cundió el rumor de que Nada había sido escrita, al menos parcialmente, por Manuel Cerezales, y eso explicaba, decían, que no volviese a publicar. Laforet fue puesta en constante comparación con escritores que sí escribían –Cela publicaba cada año y casi lo mismo ocurrió con Miguel Delibes una vez que ganó el Nadal en 1947– y condenada míticamente como escritora de una sola novela. Sin embargo, la peor de las presiones venía de la propia escritora, que se saboteaba a sí misma con su hipercrítica.

Poco tiempo después de haber ganado el Nadal, Laforet se había embarcado en la escritura de varios proyectos, pero todos quedaron incompletos. La isla y los demonios, su segunda novela tan esperada, fue publicada en 1952 y recibida con desprecio, a excepción de Ramón J. Sender, Gerard Brenan y algunos pocos más. La crítica la tildó de novela regionalista –estaba ambientada en las vivencias infantiles de la autora en Gran Canaria–, un retroceso frente a las esperanzas que había sembrado Nada. Laforet se había atrevido a publicar un nuevo libro, y el resultado había sido traumático. La novela, sin embargo, era mucho más que un escenario rural.

«Muchas gracias por lo que dice de mis novelas. Yo, por ahora, no estoy muy convencida de lo que hago», Carmen Laforet acusaba recibo de la amable carta que el hispanista del grupo de Bloomsbury Gerard Brenan le había escrito halagando sus obras. Pero ni las buenas palabras del inglés, ni el artículo que él le dedicó en The New York Times, poniéndola como ejemplo del resurgimiento literario español (junto a Camilo José Cela), ni los ánimos que el autor de Réquiem por un campesino español, con quien mantuvo correspondencia durante décadas fueron suficientes para calmar la inseguridad de la escritora.

A pesar de las sucesivas escapadas en soledad que vinieron en los años siguientes, aunque a veces acompañada de algunos de sus cinco hijos, para sumergirse íntegramente en un nuevo proyecto literario, Laforet no volvió a recobrar el prestigio que le había dado su primera novela. Ni siquiera cuando en 1956 recibió el Premio Nacional de Literatura por La mujer nueva, novela protagonizada, como tantas otras veces en su obra, por una mujer sola, en este caso recién separada (como la misma Laforet en 1970) que atraviesa una profunda crisis religiosa (también basada en sus propias experiencias con su amiga, la tenista Lilí Álvarez).

Carmen Laforet no dejó nunca de escribir. Se atrevió a vivir con cierta independencia y pasó temporadas en Estados Unidos, en el Tánger de Paul Bowles, en la Roma de Alberti y María Teresa León. El poco interés de la autora por crear una leyenda sobre sí misma oscureció su trayectoria (Zenobia Camprubí, exiliada entonces en Maryland, le escribió con entusiasmo tras leer unas reseñas para que le mandara un ejemplar de Nada y no lo hizo nunca, lo que la esposa de Juan Ramón Jiménez debió de tomar como un desprecio). Laforet consiguió muchas veces vencer a sus demonios y publicar, pero no consiguió nunca que su obra fuera entendida más allá de su primera novela. Juan Goytisolo, acuñaría la frase “después de Nada, nada”, para referirse a su obra. Ese tópico, después de todo, lo ocultó todo.

En 2004, a causa de una enfermedad neurológica degenerativa, Carmen Laforet murió en Barcelona después del largo silencio narrativo en el que se había inmerso desde la publicación en 1970 del libro La niña y otros relatos. Desde entonces, Laforet sólo se sobrepuso a su grafofobia (enfermedad que se había diagnosticado) para escribir el ensayo Mi primer viaje a USA y algunos artículos periodísticos publicados en el ABC y El País en los ochenta. Puede que con su muerte, como dijo Miguel Delibes, Laforet descansara “de la vida y la literatura”. Aunque esa dicotomía, en la autora catalana, creo que no existió nunca.

 

Bibliografía consultada:

CEREZALES LAFORET, Cristina, Música blanca, 2015, Barcelona: Destino.

LAFORET, Carmen y SENDER, Ramón J. (ed. de Israel Rolón), Puedo contar contigo. Correspondencia, 2003, Barcelona: Destino.

ROLÓN, Ismael y CABALLÉ, Anna, Carmen Laforet: una mujer en fuga, 2010, Barcelona: RBA Libros.