La gente es tacaña. Así que muchas veces encontramos ejemplos de personas que se van a otros países  para conseguir ciertos servicios a un precio más bajo.

En este caso estamos hablando de Bruce Harrison, quien ha planeado una excursión desde un suburbio de San Diego hasta Tijuana, para hacerse arreglar su dentadura descuidada. No piensa hacer otra cosa ahí, ya que no le interesa en absoluto el país vecino. Lo que sí le entusiasma son los dollaros que se va a ahorrar.

En su Jeep Cherokee no tarda mucho en llegar al destino, una clínica dental en las afueras de la ciudad. Aparca cerca de la puerta principal y entra al edificio que para su asombro no se distingue mucho de los que conoce de su hábitat. El servicio es amable, los acentos de los empleados entendibles y apenas tiene que esperar a entrar con el dentista. Para los numerosos empastes que hay que hacer se decide por la versión más económica de amalgama.

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Después de un viaje más largo de regreso –primordialmente por toda la gente que quiere entrar a su America– se acuesta un rato. Abrázame, Y no me digas nada, Sólo abrázame. ¿Serán otra vez sus vecinos comefrijoles con su música extranjera? Se despierta lentamente sintiendo los últimos efectos de la anestesia en su cara ancha. Albur de amor me gustó yo lo jugué, Como era pobre yo mi vida la hipotequé –restalla en su cabeza. Sale a la calle y se acerca a la casa de sus vecinos, pero no escucha nada. Adiós, Mariquita linda, Ya me voy porque tú ya no me quieres, Como yo te quiero a ti –vuelve el martilleo en su cabeza al entrar en la casa.

Cuando abre su boca para gritar se da cuenta de que el volumen aumenta y que sus empastes están vibrando –Adiós, mi casita blanca, La cuna de mis amores, Al mirarte entre las flores, Y al cantarte mis dolores.

Una semana más tarde llega Mariluz a la tercera casa que limpiará ese día y se lleva un gran susto al abrir la puerta: don Harrison inmóvil en el suelo, a su lado unos alicates, y ¿qué son estas cositas blancas?