Fecha: 8 de noviembre de 2015, 16:47.

Asunto: Vida después de la vida.

Amigo,

Como nos vimos en junio y ya que tienes novio y gastas todo tu tiempo en él (y hablando de él), no te había vuelto a escribir. Pero aquí voy otra vez, con uno de esos correos en los que solo importa lo que me pasa. Aguántate.

Me gusta de los gringos que empiezan el año dos veces. Una el primero de enero y otra en agosto, después del verano, con las clases. Entonces acá tengo dos oportunidades (más la de la llegada) de cambiar de vida. Estoy en la segunda porque la de enero no funcionó por culpa del frío. De plan c, tengo los deseos que escribí en febrero para el año nuevo chino.

Como siempre, me he propuesto escribir más y reflexionar menos. También adelgazar. No he hecho nada de eso, pues. Desde que fui a Colombia en junio no quiero hacer nada. Eso no suena bien. Lo que no quiero hacer es escribir, el resto de la vida está bien. Me siento mal porque veo que todos mis compañeros escriben. Tienen novelas. Libros. Ensayos. Y yo este semestre, más que nunca, pospongo hacerlo. Tengo dos poemas nuevos. Nada más.

A veces pienso que es porque escribí mucho de enero a junio y estoy cansada, pero es mentira y tengo la ausencia de archivos de Word para comprobarlo. Otras veces, digo que es que ya no quiero escribir más. Trato de borrar esa idea: ¿te imaginás que llegue a vieja y diga, eh, yo sabía que por lo menos algo decente podía escribir y por pura pereza no lo hice? Y me muera de cáncer o apendicitis que se vuelve peritonitis porque de eso se mueren los viejos.

Vista panorámica de Medellín. Foto: Kevin Dooley.

Vista panorámica de Medellín. Foto: Kevin Dooley.

Te extraño siempre. Te extraño, sobre todo, en los días antes de entregar algo en el taller. Es como volver a finales en la universidad cuando nos faltaban cuatro mil novecientas noventa y nueve palabras de las cinco mil que teníamos que entregar. Me acuerdo de ti y tu nariz, los crespitos negros, las pecas y nuestra vida hace diez años. No escribía una línea sin que la revisaras y a veces no sabíamos quién había puesto qué en la hoja. Por fin te puedo responder la última pregunta que me hiciste: lo que más extraño es saber que alguien me salva. Tú lo hacías cuando yo no quería escribir un reportaje más. Mi mamá y mi hermana me salvaban de sentir la soledad irremediable. Mi papá me salvaba de la pobreza. Me da tristeza saber que soy grande y debo salvarme sola.

Me di cuenta de eso en la ginecóloga. Mi vida está bien ahora. Creo que estoy más tranquila que en otros momentos. No tengo un trabajo que me atormente como pasaba en Medellín y colgué un afiche de perritos de Maira Kalman en mi cuarto. Pero fui a que me pusieran un anticonceptivo que dura cinco años y mientras la doctora estaba casi metida en mi útero y la enfermera que la ayudaba me daba palmaditas en la rodilla because all is fine, yo solo pensaba en que dolía mucho crecer, sobre todo cuando afuera nadie me espera y ninguna de esas señoras es mi abuelita y me quiere abrazar.

La vida mía es eso ahora: ir sola a citas médicas, tratar de no llorar en público, no quedar en embarazo de un desconocido, extrañar la casa pero no poder vivir en ella. Estoy sola siempre.

Pienso mucho en si necesito pertenecer a algo. Ahora mismo ando con rabia porque salgo con alguien y eso me alumbra. No que esté deprimida pues –voy a la piscina desde julio para dejar de buscar la vida en los bares–, pero las relaciones que no me aburren hacen que todo se vea mejor. Odio que el amor me mejore, la vida debería ser ideal y bonita también cuando estoy sola.

Creo que tengo un patrón para enfrentar mis despechos. Se me acaba la relación que yo creía la de mi vida –J. y Ch.–; entro en la desesperación –me emborracho, lloro, digo que esos hijueputas ni eran lo mío–; escribo de ellos –con J. hice el blog (¿te acuerdas que me ayudaste a abrirlo?) y con Ch. unos poemas– me pongo fea re fea –con J. me decoloré el pelo, con Ch. me eché a la gordura–; luego encuentro un hombre que digo que me va a componer la vida pero muy en el fondo sé que no –el rolo con J., el judío con Ch.–; ahí vuelvo a llorar y no sé quién es la persona que me hace falta, ni por quién me emborracho. Sigo en bares hasta que, un día cuando me levanto con guayabo y el peor error de mi vida al lado, decido que tengo que parar esa vida copera. Ahí busco algo para ser más liviana (espiritualmente porque ni a bate boto gordura) –con J. fue ballet, con Ch., nadar. Y, justo en ese momento de liberación y canto de victoria –solo creo en el deporte como salvación y en la soledad como la única forma de vivir– taque, llega alguien que no me aburre y por el que seguro voy a estar otra vez triste.

Ahora me pasa con un man que no cuadra en mis reglas del amor. Debes recordar que mi primera regla del amor era no meterme con hombres de nombre feo. Esa la quité por eventos que no quiero recordar. La segunda regla es que sea mono ojiazul y, amigo, a este le puedo decir negrito sin pudor. La tercera es alguien más alto que yo y, bueno, si me paro derecha, se ve más bajito. No entiendo cómo me puede gustar alguien que no es lo que me gusta, ¿esto es crecer?

Estoy en una crisis de escritura mortal y tener novio no ayuda. ¿Solo puedo escribir cuándo estoy en el desamor?¿Por eso decías que me repetía? Cada palabra me cuesta ocho días. No me concentro. Me siento a escribir y decido que tengo que barrer, trapear, hacer almuerzo, desescamar pescados, lo que sea, menos escribir. No me puedo inventar historias porque no tengo ideas ingeniosas de gente interesante, me da mucha pereza no escribir en primera persona, escribir en primera persona hace que todo me suene igual y, además, yo para qué digo mentiras, ¿quién carajos me va a publicar?

La otra vez intenté escribir de mi hermana pero me salió una babosada.

Últimamente me siento más triste por eso. ¿Te acuerdas que yo decía que terminar con J. era como si mi hermana se muriese todos los días? Pues bueno, ahora me doy cuenta de que eso era pura inmadurez. Pienso mucho en la última vez que la vi y en si debí verla muerta, pienso en que llamé a preguntar si se aseguraron que no la podían revivir, pienso en que ya no la voy a volver a ver y me duele enorme. Es como si la tristeza por mi hermana hubiese esperado en instalarse y ahora me anda por el cuerpo.

Sueño mucho con ella. Que la persigo, que conversamos, que volvemos a ser niñas y estamos en la casa viendo el Fantasma Escritor. También siento que me alejo más de ella cada día. No sé uno cómo se aleja de un muerto pero así lo siento. Creo que debería sentarme a recuperar lo que queda de ella en los de mi casa o de pronto ir a Bogotá y hablar con sus últimos amigos, no sé. Se va ya ida.

Pienso en volver, pero veo que allá en Medellín solo pasa lo malo. Por ejemplo, se murió Emilio, mi perrito. Voy a volver en diciembre y no va estar acostado debajo de la acacia de la entrada. Ni va a ladrar y saludarme cuando me baje del carro. No queda nada de lo que dejé antes de Iowa.

No sé si me entristeció más saber que estaba muerto o que me contaran cómo fue. Mi mamá llegó y Emilio en el parqueadero no alcanzó a pararse, ella no lo vio y lo atropelló con el carro. Lo llevaron al hospital y allá le dijeron que ya tenía como cien años perros y le pusieron la inyección. Echaron a mi perrito en una bolsa negra para que lo enterraran en la casa. Lloré toda la noche cuando me contaron, a los dos días, pensando en su cuerpecito blanco y gris en esa bolsa. Todavía pienso y lloro. Fui muy mala persona de perros, no lo debí dejar.

Una noticia no dramática es que descubrí que me gusta mucho enseñar. Así sea español y yo no sepa nada de subjuntivo y objeto directo. Me parece bonito ver a mis estudiantes y conversar con ellos. No creo que hayan aprendido mucho español porque les hablo todo el día en inglés, pero a ratos escriben que les gusta comer melón de agua y me hacen reír. Pienso que eso puede ser suficiente; volver, dar clases allá, buscar un millonario que pague las deudas de mi casa. Siento culpa por haberme ido de allá cuando esto empezó. A veces pienso que lo hice para ahorrarme un problema, pero no soportaría estar allá: soy muy cobarde para hablarle a mi papá, tenerle paciencia a mi hermanita, no gastar plata en el Parque del Poblado y acompañar a mi mamá, ¿crees que soy una mala hija?

Tengo que decidir mi futuro. Iowa, aunque me tortura a ratos, está bien como pausa en los trámites de vivir, ¿qué crees que debo hacer ahora?



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