1

Creo que era domingo, estoy casi seguro. Y eran, por lo menos, las siete de la noche. De eso sí estoy completamente seguro porque estaban pasando el noticiero en la tele. En ese entonces sólo había un canal, el Canal Uno, que no se diga que en Colombia no somos creativos, y el noticiero se llamaba, adivinen, El Noticiero de las Siete. Yo tenía siete u ocho años; por alguna razón siento que la mayoría de mis recuerdos de niñez ocurrieron a esa edad. En mi cuarto, intentaba dormirme sin lograrlo. Miraba las paletas del abanico para hipnotizarme. Había visto que un mago español hacía algo parecido en Sábados felices, así que creí que podría servirme. Pero nada.

Yo sabía muy bien por qué era que no podía dormirme. Fue un par de horas antes, cuando fui a la tienda a comprar una bolsa de leche, dos de pan y media docena de huevos. Sí, era domingo, lo recuerdo ahora. Ese encargo sólo me lo hacía mi mamá los domingos. En fin. Mientras esperaba que me atendieran me puse a mirar en la vitrina qué podía comprar para llevar al día siguiente al colegio. Siempre sobraban cien pesos y los usaba para comprarme algún dulce. La primera vez que esto ocurrió mi mamá me preguntó desde la cocina que cuánto había sobrado, que dejara los vueltos junto al florero del bifé. Yo le contesté que no había quedado nada, que fue exacto. No sé porqué lo hice. Supongo que es de esas cosas que hace uno de niño, sin pensar en las consecuencias o, más bien, sabiendo las consecuencias pero creyendo que logrará salirse con la suya. Ella asomó la cabeza por el pasillo:

—¿Seguro?

—Seguro, mami.

—¿Segurísimo?

—Segurísimo, mami.

No dijo nada. Desde entonces siempre me compraba algo para llevar al colegio. A veces era una Motita, sabor a banana, mi chicle preferido, otras una Coolecherita de fresa o de chocolate, nunca de vainilla, que me tomaba de rapidez mientras regresaba, y así, iba cambiando según lo que se me antojara y según lo que me alcanzara.

©Foto: Elisabeth Brenker.

©Foto: Elisabeth Brenker.

Este domingo, el domingo en que no me podía dormir, quería una chocolatina Jet a ver si lograba terminar el álbum de figuritas de una vez por todas. Pero no había. Quise preguntarle a Machenge si tenía algunas guardadas pero estaba discutiendo el fiao con un cliente mientras le mostraba unas cuentas hechas en lo que había sido una cajetilla de cigarrillos. Así que me puse a mirar qué más encontraba hasta que llegué a la vitrina de los helados. Por cien pesos lo que más podía era comprarme unos cuantos bolis o una paleta de crema pero sólo había de coco. No me gusta el coco. Un chococono me hubiera gustado, uno de esos que vienen con arroz crispi achocolatado pero me hubiera tocado decir “Machenge, véndeme un chococono y te quedo debiendo cien, mañana te los paso” pero no quería arriesgarme a que le contara a mi mamá y que ella se diera cuenta de mi desfalco semanal. Seguí mirando por pura curiosidad hasta que vi las paletas Drácula. Por eso es que más tarde no podría dormirme.

Bueno, en realidad no era por las paletas. Fue porque verlas me hizo recordar y en ese momento se me quitaron todos los antojos. Ya no quería nada, ni Motita, ni chocolatina, ni helado. Nada. Pero no podía regresar con vueltos, así que me decidí por unos Bon Bon Bumes. Lo que recordé, lo que no me dejaba dormir, había ocurrido también un domingo, un año atrás, al final de la tarde. Mi papá, mi mamá y yo en una esquina. Mi papá con una rodilla en el suelo para poder estar cara a cara conmigo. Yo con la cabeza agachada, diciendo que no con la cabeza y con la boca.

Me quedé un rato en la tienda sin hacer nada, mirando lejos.

—¿Por qué te demoraste tanto?

—Estaba full llena la tienda.

—¿Qué tienes?

—Nada, mami.

—¿Seguro?

—Seguro, mami.

—¿Segurísimo?

—Segurísimo, mami.

Pero sí tenía algo.

 

Salí de mi cuarto y desde el pasillo vi encendida la luz del cuarto de atrás. Ahí estaba la biblioteca de mi papá. También una mecedora viejita que a mi mamá le daba pena usar en la terraza para que no la vieran los vecinos pero que sobrevivía gracias a esa manía de las mamás de no botar nada a la basura porque uno nunca sabe cuándo se puede llegar a necesitar. Una cama sencilla en la que mi papá dormía cuando regresaba de sus viernes culturales. Un televisor más viejo que el que teníamos en la sala y en el que yo jugaba con mi Nintendo. El resto eran chocoritos varios guardados en cajas y bolsas. Si la luz estaba encendida era porque mi mamá estaría ahí. La encontré planchando el pantalón de mi uniforme de gala.

—¿Qué haces despierto? Mira la hora que es y mañana no te vas a querer levantar.

—Nada, mami. Es que no me puedo dormir.

—Pues obvio. Para poder dormirse hay que estar en la cama. Pilas que mañana no te vas a querer levantar.

No dije nada.

—¿Qué tienes?

—No sé, yo cierro los ojos y nada. No me quedo dormido.

—¿No estarás nervioso porque mañana te toca izar bandera?

—No, mami, si yo no le paro bolas a eso.

—Pues deberías porque cada vez que te dan una medallita quiere decir que te estás portando bien.

—Sí, mami, yo sé. Pero dime qué hago.

—Ve, cierra los ojos, no pienses en nada y verás que así te duermes rapidito.

—Mami, pero ya te dije que no me da sueño.

—Cierra los…

—Mami, ¡que no me puedo dormir!

—¿Qué tienes?

Le conté. Le conté con la voz bien bajita, porque no quería que mi papá me escuchara, qué era lo que me mantenía despierto. Mientras lo hacía ella seguía planchando. Planchaba, revisaba y doblaba. Y así hasta que los uniformes de mis hermanas y el mío estuvieron listos. No me dijo nada mientras yo hablaba. Tenía la cabeza agachada. Podía ver sus movimientos pero no su rostro. Al final, sólo me dijo:

—Pues si quieres pedirle perdón, ve, hazlo. Antes de que se vaya a dormir.

Me quedé ahí, mirándola mientras desconectaba la plancha y la dejaba en un rincón, sobre el piso y doblaba la mesa. Me miró con esa mirada suya que dice que ya te dijo lo que te tenía que decir y que no te lo va a repetir.

Me di la vuelta, salí del cuarto y llegué al final del pasillo. Mi papá estaba ahí, viendo el noticiero sentado en el sofá. Aunque en realidad parecía estar más atento a resolver, con tomos de enciclopedia y diccionarios en la mesa de centro, el crucigrama del periódico. Yo me quedé ahí, viéndolo quejarse en voz bajita cuando le tocaba borrar. En ese entonces utilizaba un lápiz primero y luego, cuando lo había resuelto por completo, repisaba con un bolígrafo. Es mientras le cojo la caña a este asunto, le decía a todo el mundo, ya después es más fácil resolverlos porque los que hacen los crucigramas repiten preguntas. Y tenía razón. Si hubiese un programa de concurso de gente que resuelve crucigramas, mi papá debería ir.

Me quedé viéndolo un rato. Me imaginaba que me le acercaba, que le contaba mi angustia, que le pedía perdón, que él me decía Hombe, ¿tú le vas a parar bolas a eso? Vete a dormir que ya es tarde, que yo volvía a mi cama y me quedaba dormido de una vez.

Pero me devolví hasta el cuarto de atrás.

—¿Le pediste perdón?

—Sí, mami.

—¿Seguro?

—Seguro, mami.

—¿Segurísimo?

—Segurísimo, mami.

—Bueno, entonces vete a dormir tranquilo.

Me fui a dormir. Pero nada tranquilo.

 

Mientras escribo esto me gustaría llamarla:

—Ma, ¿tú te acuerdas de aquella vez cuando yo estaba chiquito que blablabla…?

—Anda, papi, yo no me acuerdo. ¿Cuándo fue eso?

—No sé, ma, yo creo que cuando tenía siete u ocho.

—¿En qué casa vivíamos en esa época?

—En…

—Oye, Efraín —diría gritándole a mi papá— ¿tú te acuerdas en dónde vivíamos cuando Efraín Enrique tenía siete u ocho años?

Escucharía mi papá gritar una respuesta.

—¿Qué? —preguntaría mi mamá.

Escucharía a mi papá gritando nuevamente su respuesta.

—¿Qué? —volvería a preguntar ella mientras escucho que se levanta de donde sea que está y camina hacia dónde sea que esté mi papá.

—¿Que qué?

—En La Playa —le oigo decir a mi papá y me lo imagino haciendo un crucigrama, ahora con gafas.

—Tu papá dice que en La Playa —dice mi mamá mientras camina de regreso a donde estaba— pero yo creo…

—Ma.

—¿Qué?

—Vivíamos en La Victoria.

—Ah, sí, claro. ¿Qué año fue ese?

—Ochenta y nueve o noventa, ma.

—Ajá… Sí, claro, vivíamos en La Victoria. Tú estudiabas en el Americano, ya me acordé. Giselle estudiaba en el María Auxiliadora, ¿o eso fue después de que las monjas la echaran? Ya ni…

—Sí, ma. ¿Y entonces?

—No, mi rey, no me acuerdo.

—Bueno, ma, no pasa nada.

Prefiero no llamarla. Para qué recordarle algo que ella seguro ya olvidó. Leo el diálogo que tuvimos aquella noche, recreado aquí de la forma más fiel que mi memoria me permite, y me doy cuenta que ella sabía que no le había perdido perdón a mi papá. No me cabe duda que también sabía lo de los cien pesos.

 

2

Domingo, final de la tarde. Mi papá, mi mamá y yo en una esquina. Mi papá con una rodilla en el suelo. Él pidiendo, yo negando.

—Mañana después del colegio te vuelvo a traer –me dijo mi papá.

—No quiero  -respondí.

—¿Por qué no?

—Porque tengo que hacer la tarea.

—Yo te ayudo a hacerla.

—Tú no sabes de eso.

—¿Sobre qué es?

—Sobre la fotosíntesis.

—¡Esa es papayita! Vente conmigo y la hacemos juntos.

—Pero es que me toca buscar recortes de revistas y tú no tienes allá.

—Claro que sí tengo, tu abuelito tiene un montón.

—Pero es que no tengo ganas de ir.

—¿Por qué no?

—Porque no me gusta –era verdad, siempre preferí la familia de mi mamá a la de mi papá, abuelos, tías y tíos incluidos.

—¿Por qué?

—Me gusta estar más acá, con mi mamá y mis hermanas.

—Pero si te la pasas peleando con ellas.

—Sí, pero acá está mi tía Sugey y con ella también puedo jugar.

—Juegas conmigo.

—Tú no te sabes los juegos.

—Pues me los explicas.

—No tengo tiempo porque tengo que hacer la tarea.

Mi papá no se resignaba a mi negativa de irme con él a pasar lo poco que quedaba del día. Yo estaba viviendo con mi mamá y mis dos hermanas en casa de mi abuela materna. Sabía que algo ocurría y tenía mis sospechas al respecto —los habías escuchado discutir muchas veces— pero nunca supe con certeza las razones de esa separación momentánea. Nunca pregunté. No me hubieran respondido. Nunca he preguntado. Ya para qué.

—Te doy un regalo si te vas conmigo –me ofreció de forma algo desesperada.

—¿Qué cosa?

—No sé, ¿qué quieres?

—Nada –dije mientras levantaba la mirada hacia una tienda cercana.

Mi padre hizo lo mismo y luego de pensarlo dos segundos me dijo:

—Te compro un helado.

—No quiero.

—Te compro un chococono de esos que vienen con arroz crispi achocolatado.

—No me gustan.

—Entonces el que tú quieras.

—No quiero helado.

—El que tú quieras, el más caro si quieres.

“Una paleta Drácula”, pensé. Por sí sola no era más que una paleta de helado con cubierta de chocolate. Pero todos los niños las querían porque venían acompañadas de una dentadura de juguete con colmillos. Yo jamás las había probado. Unos meses atrás le pedí a mi mamá que me comprara una y me respondió que seguro eran muy caras y no tenía plata. Cuando mis papás decían eso es porque así era; si algo entendía de sus peleas es que la mayoría siempre eran por plata, o más bien, por la falta de ella. Aunque no éramos pobres. Mi mamá decía que nosotros teníamos una casa donde vivir, un colegio al que ir, ropa que ponernos, juguetes para divertirnos y, sobre todo, comida. La gente pobre es la que no tiene nada para comer, decía.

—El más caro, si quieres –repitió.

—No –respondí y me sorprendí de ser capaz de rechazar su oferta.

—Vamos, ven. Acompáñame y miramos –dijo mientras se levantaba y me tomaba del brazo. Su gesto me decía que no era solo contentillo lo que quería darme. A pesar de esto lo rechacé e insistí:

—No quiero.

Volvió a poner una rodilla en el suelo.

—Dime qué quieres. Tu papá sólo quiere pasar una noche contigo, eso es todo. Vamos, hacemos la tarea, mañana te llevo al colegio y en la tarde te vuelvo a traer donde tu mamá.

Quería mis colmillos de Drácula pero todavía no me convencía de que me los pudiera dar. Pensé en lo que pasaría si al preguntar el precio tuviera que decirme que no, que de ese no podía regalarme, que eligiera otro. Pensé en su cara si tuviera que pasar por ello.

—Nada –respondí.

Mi papá miró a mi mamá pero ella simuló estar viendo a otro lado, como si ni siquiera fuera testigo de lo que estaba ocurriendo. Se puso de pie:

—Bueno, entonces ve a hacer la tarea con tu mamá, nos vemos el próximo fin de semana. ¡Pórtate bien!

Es el recuerdo de la cara de resignación de mi papá lo que no me dejaba dormir.

 

En algún lado leí que escribir de asuntos personales libera. Siendo esta la tercera vez que escribo sobre este recuerdo puedo decir que yo no me he liberado de nada. He logrado entender mejor lo que ocurrió o, por lo menos, hacer que mi parapeto de recuerdos tenga más sentido. Pero la culpabilidad por haber maltratado a mi papá —especialmente durante una situación familiar que aún sin lograr entender sabía que era difícil— sigue ahí. Supongo que siempre lo estará.

Hace unos días mi papá me llamó. Tan pragmático como lo es, casi nunca me llamaba cuando me fui de Barranquilla, a los dieciséis, a estudiar en la universidad en Bogotá: “Él está haciendo su vida allá. ¿Para qué tienen que andar llamándolo?”, solía decirle a mi mamá y a mis hermanas. Ahora lo hace al menos una vez por semana desde que descubrió que puede llamar desde su celular en Colombia a los Estados Unidos sin costo.

—Mándame algo para leer –me dijo.

—¿Algo de qué?

—Lo que sea. He estado leyendo full en estos días. Mándame alguna vaina.

—Bueno, estoy escribiendo un texto para mi Taller de No Ficción. Por ahí en dos semanas cuando lo tenga listo voy a ver si te lo mando.

 

Iowa City, Febrero 2015



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Racimo