Querido Malvón:

Ahora que me fui siento que los años de la radio fueron mis mejores años.

Ahora que no te tengo me arrepiento de todas esas veces en las que, en vez de quedarme tomando cerveza en la calle, comiendo un choripán o una bondiola, me fui a mi casa a leer, a escribir o a alimentar obsesiones.

De eso se trata exiliarse, supongo. Tomar distancia y tratar de ver.

Extraño lo argentino. Veo su falta en todo lo que tengo alrededor. A Coralville –el pueblito magro en el que vivo– le falta lo nuestro. No sé qué sería exactamente. Y además, antes de que pienses tu respuesta, es cierto que yo nunca fui un compadrito. Te imagino diciendo:

–No te hagás el argento, che.

Ustedes, Rumiante y vos y también Chichito eran todos más argentos que yo.

Pero acá, en este páramo sereno del Mid West, me siento muy argentino. Como si la patria me creciera como un yuyo insistidor, esos que no mata ningún fertilizante.

Bocacalle de Coralville, Iowa. ©Foto: Leticia Bernuas.

Bocacalle de Coralville, Iowa. ©Foto: Leticia Bernuas.

Me acuerdo de ese programa que hicimos sobre pesticidas. La política ambiental fue mi única militancia. Ustedes, que investigaban los temas tan a fondo, me pidieron que fuera a filmar la manifestación en contra de Monsanto. Fui con Chichito. Me sentí útil. Sentí que saber manejar una cámara servía para algo. Las imágenes no eran muy buenas, pero –no sé si te acordás– volvimos con esa vibración que te mete en la carne sentir que sos parte de una causa justa, de una cosa mayor. Supongo que con la misma lógica se fundan las religiones. Además, volvimos con una entrevista a Luis Zamora. La improvisó Chichito. Yo sólo puse rec.

Extraño las bandas de rock que venían a tocar la última hora del programa. Extraño filmarles esos videos hechos sin corte, con sonido ambiente debajo de la radiación intermitente y blanca y como de hospital de las luces de tubo que había en el estudio, aspirando el humo de puchos enfermos (muy oportuno para filmar). En ese cuartito, el estudio de la radio, pasamos una parte de los años dorados.

Te confieso que cada domingo sentía que me iban a afanar la cámara de camino al auto. Hay pocas calles más oscuras y abismales que Federico Lacroze en ese núcleo turbio de la Chacarita. Y también, hay pocas esquinas donde quede tan claro lo que significa vivir.

Frente al gran edificio semi abandonado donde funcionaba la radio estaba la Pizzería Imperio. Lo digo en pasado porque desde acá, desde los Reinos de Coralville, todo esto parece una fantasía. Opuesta a la pizzería estaba el gran arcón, las rejas, la entrada neoclásica y robusta del Cementerio de la Chacarita. Nunca tan contundente la poética de la urbanización: la muerte del otro lado de las pizzerías.

Fui solo una vez a Imperio. Siempre estaba apurado. Siempre estaba pensando en volver a mi casa y leer. A veces me rigen ideas muy estúpidas. Como por ejemplo, creer que ir a mi casa a meterme debajo de una lámpara me haría mejor escritor que si me quedaba con vos y Rumiante y Chichito y Christian, nuestro operador, a comer una napolitana alta y grasosa.

Ahora que no te tengo, me quiero cortar un huevo.

No te puedo explicar demasiado bien qué es lo que extraño. Acá domina la uniformidad. Hasta las desviaciones –y el arte– son un poco uniformes. Quizás la esquina entre la 1st y la 2nd, lo que sería la esquina de mi casa, sirva de metonimia norteamericana.

En una esquina hay un Walgreens, que sería una farmacia pero también un supermercado y también un lugar para imprimir fotos y también para sacar plata de un cajero automático y también un negocio de ropa donde se vende, sobre todo, la insistente mercadería negra y amarilla de los Hawkeyes, el equipo de fútbol americano de la Universidad. Así suena el jazz del capitalismo.

Como todos los negocios yanquis, el Walgreens tiene una gran playa de estacionamiento. No hace falta saber estacionar. Las dimensiones acomodan la torpeza de los conductores. El otro día –en el centro de Iowa City– estacioné mi camioneta entre dos autos. Lo hice como lo haría cualquier argentino: excelentemente bien. Estacionar es mi talento inútil. Fue tan llamativo que una señora detuvo una grandísima chata cuatro por cuatro, bajó la ventanilla y dijo:

–Eso fue maravilloso. (That was amazing, man)

Le agradecí. La señora se fue. En Iowa City la gente es muy amable.

Al lado del Walgreens hay un centro de yoga. Es un galpón rural con unos logos y un toldo. A veces, cuando me quiero serenar, voy a la clase de los martes a las seis. La profesora me dice “Pedro”. Me da vergüenza corregirla, ¿podés creer?

Frente al Walgreens, del otro lado de la anchísima avenida, hay un lugar de hamburguesas que se llama Hardee´s. Es igual de malo que cualquier otro. Si siguiéramos por esa calle llegaríamos a la ex planta de energía, que está sobre el Río Iowa. En ese edificio de ladrillos ahora funciona un restorán. Supuestamente, bueno. Lo que lo hace tan extraño es que al lado de ese edificio hay una planta asfáltica: chimeneas, tolvas, correas, cintas. A veces, pita humo.

Vuelvo a la esquina de la disección. En diagonal al Walgreens (y frente al Hardee´s) hay otro playón para estacionar. Detrás de eso hay dos restoranes. Los edificios, otra vez, son un galpón de campo decorado con ploteos que exhiben promociones, descuentos, ideas de placer.

Si siguiéramos por la 2nd hacia el oeste, pasando el centro de yoga hay una cadena de comida mexicana. Al lado, un Burger King. Al lado, una cadena de comida cuyo nombre se me pierde. Del otro lado de la avenida, en este orden: una tintorería industrial, un centro de copiado, un local venden colchones y un galpón donde venden souvenires del ejército.

Después de eso, un puente por sobre un brazo del Rio Iowa, una concesionaria –donde le compré la Dodge Caravan a un vendedor llamado Dakota–, dos bancos (el Mid West One, el Hills), un local donde venden porquerías de los Hawkeyes, un lavadero de autos y un motel que se llama Iowa Lodge, que asegura habitaciones muy baratas.

Perdoname si te perdí en el recuento. Lo mejor sería hacer un mapa para que quede claro qué hay a cada lado de la intersección. Aunque lo importante no es que sepas qué negocios hay. Lo importante es que sepas que no hay nada más que esos negocios, cada uno con su playa de estacionamiento, y que detrás de eso simplemente llanura y árboles y el brazo del río y un barrio residencial y después otro y otro. Lo importante es la soledad y la desmesura y también la desmesura de la soledad. A esa esquina –por eso te digo– le falta aliento argentino.

Te confieso que a veces, mientras espero el semáforo para doblar a la izquierda, me siento como en casa. ¿Cómo puede ser? Y a veces, para tratar de suplir esta falta vitamínica que tiene el entorno, pongo música nuestra. Me vas a criticar, pero pongo “El Amor Después del Amor”. Canto con Fito Páez. Me fui de casa a tocar rocanrol, y no volví nunca más. Qué miedo.

Yendo por la 2nd en bicicleta de noche hacia el Este, camino a Iowa City (queda a cuatro kilómetros) aparece siempre una familia de tres ciervos. Pastan en los campos de softball de la Universidad. De día no están. Lo suyo es la noche.

En invierno la nieve aporta un poco de belleza. Pero en pocas horas, la esquina de la 1st y la 2nd ya tiene marcas barro y estrías, huellas de auto y pisotones y ese color turbio que le comió la pureza. La suciedad trabaja lento como una tintura pero siempre gana. Es doloroso y excepcional. Te mandaría fotos, pero hay que verlo en vivo, para respirar ese aire azul, lleno de grumos congelados, y entenderlo también en el cuerpo. Por eso la nieve es tan célebre y contundente: la pureza no puede durar.

Ahora que la tengo tan lejos, la Pizzería Imperio me parece pura extravagancia. Como si las luces de tubo rojas, el logo, las ofertas y toda esa iluminación estridente que permite ver a las personas comiendo del otro lado del ventanal (un terrario humano: un humanario) fuera una estrategia lumínica y también irracional para oponerse a lo que ya mencioné antes: el arcón neoclásico, los escalones, el cartel de la entrada y ese muro excesivo que por tener cinco metros de alto siempre me hizo pensar en que el objetivo arquitectónico pretendía retener a los muertos dentro de su perímetro. Frente al cementerio, la esquina de la pizzería es una esquina –técnicamente– sublime. Niega la muerte, y eso que la tiene delante.

Y a dos cuadras, la parrilla Mi Sueño, cuya noche más célebre me perdí. Yo me había ido a casa a trabajar (y eso que era un domingo a la noche). Rumiante, Chichito y vos se quedaron a comer. Estaban sentados afuera cuando pasó el 39 cargado de hinchas de River. San Lorenzo había ganado uno a cero. Rumiante, como todos los días de su vida, tenía puesto el buzo del Ciclón.

La anécdota es tan buena que me pregunté si sería demasiado ilegítimo falsear que yo también estuve y contarla como mía. ¿Quién puede saber en Iowa City que yo estuve en mi casa durante la batalla campal?

Los hinchas de River bajaron del 39 en Corrientes y Lacroze. Corrieron las dos cuadras hacia abajo a buscar a Rumiante. Por suerte él se había dado cuenta del peligro y pidió asilo al lado del parrillero. Se lo dieron. Adentro estaba todo el elenco de Juan Carlos Onetti: borrachos muy viejos, putas excesivamente vestidas y vulgares, hombres que jugaban a las cartas y elegían la cumbia de la rocola. Los de River eran quince. Afuera dos de ellos repartieron trompadas. No sé quién la ligó. Un hombre terminó en el piso y vos lo auxiliaste. No sangraba pero se dio un buen golpe contra la vereda después de comerse un ñoqui. Habrás dudado, me imagino, si llamar al SAME o no. Uno de los nuestros también cobró. ¿Fue Chichito? Vos saliste ileso. Sé que trataste de pedir calma y que te diste cuenta de que no serviría de nada. Lo único que podía desarmar el conflicto era el trapo. Quiero decir: el buzo de San Lorenzo de Rumiante, que esa noche –mientras nosotros hacíamos el programa– le había ganado a River. El trofeo de guerra.

Entonces fuiste hasta Rumiante, que estaba medio escondido detrás del gordo que vigilaba el fuego y la carne recocida que dormía sobre la parrilla (y que no había soltado el cuchillo, por las dudas) y le explicaste lo que iba a pasar.

–Tenés que darles la pilcha –te imaginé diciendo–. O no se van.

–Que me chupen bien la pija –contestó Rumiante. Pero después se sacó el buzo y te lo dio.

Vos hiciste el traspaso. Los hinchas de River se fueron cantando por Lacroze, en dirección a la puerta de Cementerio. Negaban la muerte y festejaban haberse llevado el trapo del ciclón. Nada más vital que cantar una canción de cancha en esa esquina, a esas horas. Las guerras son guerras retóricas, hechas de símbolos. Ellos ahora tenían los colores del enemigo.

Según me contaste, el dueño de la parrilla salió a evaluar los daños. Una mesa rota, una silla partida en tres. Le ofreciste pagarlas y pediste disculpas. No te hagás problema, dijo el dueño. Tomaron una cerveza más y se volvieron. Yo, que leía en mi casa, me lo perdí todo.

La gente acá no baja al río. Los espacios verdes están vacíos. La gente sale a correr conectada a sus auriculares. Existe el culto a uno mismo, y no tanto el culto a la comunidad.

En Buenos Aires es tan distinto. El ancho espectro humano sale de la ciudad en sus autos cargados de hijos y sillas y termos y reposeras que también usan cuando van a la costa. Hacen media hora de auto, no mucho más. Desembarcan en Vicente López y San Isidro. Ponen música desde el auto y empiezan a desordenarse de a grupos en los estacionamientos, en los parques, en la tosca. Si hace calor, la gente clava las sillas en el barro y toma mate ahí, con los pies en el agua. Alguno comenta lo lindo que quedan los barcos, que por la distancia parecen no navegar. Parecen pintados para embellecer la acuarela gris que es el Río de la Plata los días despejados. El río se huele. La gente murmura y el viento confunde las conversaciones. Los domingos de calor son puro tumulto. En invierno lo único que cambia es que la gente lleva camperas y mantas. Se toma mate igual. Se contempla.

Acá, Malvón, la rivera está desierta.

Acá brilla la luz del Mid West, sencilla y epifánica. El pasto que bordea el río es de los conejos y las ardillas.

El ocio también está profesionalizado. Cuando se juntan, lo hacen en el estacionamiento del estadio Kinnick, para la previa de los Hawkeyes. Se llena de camionetas. Se arman carpas abiertas, grandes como glorietas. Las familias y los grupos de amigos tienen heladeritas marca Coleman del tamaño de una bañadera, llenas de cervezas. Hay tanta indumentaria, tanto producto diseñado para el ocio, tanto derivado del petróleo en esas reuniones tan poco espontáneas que el ocio pierde espíritu. Algunos (los que no consiguieron entradas para el partido) instalan sistemas de televisión satelital. Te lo juro. Ponen mesitas, televisores planos, sillas de campamento y se instalan a liquidar latas de birra y  comentar las jugadas. El capitalismo funciona tan bien que por momentos no parecen enfermos mentales, sino humanos, simples humanos metidos en su cálido eslabón de la cadena productiva.

Aunque si lo pensás, no es muy distinto a cómo los hinchas de San Lorenzo se juntan en el playón de estacionamiento afuera del Nuevo Gasómetro. Autos, cerveza, banderas.

El Bajo Flores es bastante más hostil que University Heights, donde está el Kinnick Stadium.

Me llevó Rumiante. Jugaba Racing-San Lorenzo. Para camuflar mi simpatía por el enemigo, me compré un sombrero del Ciclón. Me costó cuarenta pesos. Fue una especie de traición, porque se supone que uno es de un solo club en su vida y desde que tengo siete años mi papá me hizo de Racing. Sé que Rumiante se sintió orgulloso. Antes de entrar, hicimos huevo con sus amigos de la barra. Me ofrecieron fernet de una mamadera. Entendí de dónde Rumiante aprendió a hacer la artesanía con las botellas de coca cola. Estaba cortada por la mitad, con los bordes derretidos con el fuego de un encendedor, para no lastimarte la boca al tomar. Era un trabajo fino, de vidriero veneciano. Flotaban los hielos. Había dos mamaderas: una con fernet, otra con vino. Tomé de las dos. A las tres y media nos metimos en la cola.

Había miles de personas. Por el hacinamiento, tomé un rivotril sublingual y después otro. Debo ser el único tipo que tiene agorafobia y también claustrofobia, quizás porque una es el dorso de la otra. Se lo conté a Rumiante mucho después. No quería preocuparlo y la droga me hizo su efecto inmediato. Me dan miedo las masas de gente. ¿Te acordás lo que me pasó a la salida del recital del Indio Solari, en el Autódromo San Martín, en Mendoza? Había ciento veinte mil personas. Me descompuse y vos te diste cuenta de que algo andaba mal. Con Rumiante la cosa fue mucho más leve. La pude disimular. No hizo falta levantarme en los hombros, como a un muerto, como te tocó hacer a vos. Nunca te agradecí lo suficiente ese salvataje. Otra vez, gracias. Pensé que me cagaba muriendo.

Esa tarde San Lorenzo perdió cuatro a uno.

Como te imaginarás, no pude gritar ni uno sólo de los goles de Racing. Tampoco quise. Para Rumiante el fútbol es una cosa compleja, científica y emocional. Para mí es como ir a un museo. No quise que sufriera. Antes de que terminara el partido, cerca de las seis y media de la tarde, se puso el sol sobre la tribuna de Racing, del otro lado de la cancha. San Lorenzo estaba a punto de perder, pero el cielo le dedicó sus colores. Sin exagerar ni un poco: el cielo se puso azulgrana. Una franja rojiza entre dos franjas de un azul pálido, como grumos de aluminio.

–La naturaleza sabe quién es el más grande –dijo Rumiante. No lo refuté.

*

Ahora estoy acá y eso se siente. A veces, como hoy, nada me resulta familiar. Los domingos pueden sofisticar la crueldad. Siempre pienso en nuestro programa, de 19 a 21 por FM Libre, 99.3, todos los domingos.

Lo único que me cura es Juan Falú y tomar mate mirando por la ventana.

Me siento una mierda por ver crecer a tu hijo por Facebook. Cada tanto te grabo notas de audio de Whatsapp. Para no repetir los mensajes –a veces pierdo noción de lo que te dije y lo que no– escucho mis propias grabaciones. No me gusta mi voz. Tiene como una melancolía explícita. No quiero que mi voz suene así, a que vivo en la Luna. Ya nos veremos, espero.

Te mando un abrazo.

Pablo.



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El verano de los peces muertos