Febrero de 2016. Te has marchado a Estados Unidos a hacer un máster. Fumas más de lo que deberías, paseas, sales a bailar, escribes bastante. Le hablas a todo el mundo de feminismo. Te maquillas hasta para ir a comprar el desayuno al supermercado. Lees casi con compulsión a Virginia Woolf, a Claudia Rankine, a Gloria Andalzúa. Tú también quieres buscar el origen de todas las cosas que son importantes para ti. Dudas de tu memoria, dudas de tus recuerdos. Miras el dinero que te queda en la cuenta y no sabes si gastar tus últimos dólares en comprar Don’t let me be lonely por internet o ese jersey de Revival que te quedaba tan bien. Escribes por las noches sobre mujeres fuertes y a cada instante te asalta el remordimiento porque has cenado pasta. Escribes este ensayo.

 

La autora disfrazada de niño en una velada escolar.

La autora disfrazada de niño en una velada escolar.

Marzo de 2013. Es sábado y queda menos de una semana para tu fiesta de graduación. Quieres comprar un vestido nuevo. Vas a algunas tiendas pequeñas pero todo lo que ves es demasiado caro. Acabas en Zara. Te pruebas un vestido rojo que te queda muy bien. Camino de la caja miras la etiqueta. Indica que es de algodón y que ha sido fabricado en Tailandia. Piensas en los talleres de Inditex. Se te encoge el estómago. Piensas en que quieres estar guapa. Pagas el vestido. Te duele la conciencia, te duele el feminismo. Al salir de la tienda arrancas la etiqueta y la tiras a una papelera de la Gran Vía porque sabes que así no te van a poder dejar devolver el vestido, y no quieres seguir dándole vueltas al asunto toda la tarde. Al día siguiente te levantas pronto para ir a una manifestación en contra de la Reforma Laboral.

 

Noviembre de 2009. Te han llamado de tu agencia para trabajar durante tres días en un evento del IFEMA (Feria de Madrid). Cuando vas a recoger el uniforme, ves que es un vestido minúsculo. Le dices a tu jefa que no te vas a poner eso. Te contesta que te van a pagar cuatro euros más de lo normal por hora. Te desahogas a gusto, rechazas el trabajo y mientras vuelves en Metro a casa te sientes bien contigo misma. Ese verano no te vas de vacaciones. Estás siete meses sin curro.

 

Septiembre de 2008. Empiezas a estudiar Ciencias Políticas en la universidad. Sois ciento veinte en clase. Te sientes un poco sola al principio, pero en seguida haces un grupo de amigos. Creáis una asociación y tenéis asambleas una vez a la semana. Los fines de semana os emborracháis en algún bar de Malasaña y habláis de política y del futuro. Parece que las cosas se están poniendo feas y piensas en que vas a tener que seguir trabajando de azafata mucho tiempo más. Cada vez estás más cansada. Lees a Simone de Beauvoir y a Kate Millet y a Sylvia Walby.

 

Julio de 2008. Has sacado sobresaliente en Selectividad y crees que te mereces hacer un buen viaje en verano pero no quieres pedirle dinero a tus padres. Te han dicho que es fácil conseguir trabajo de azafata o de promotora. Te metes en una página web especializada y envías varias solicitudes. Recibes tres e-mails de respuesta. En dos de ellos te preguntan tu estatura, tu talla de ropa y la de sujetador. Te molesta un poco pero contestas porque no te apetece pasar todas las vacaciones con tu familia. Trabajas durante un mes, seis horas al día, seis días a la semana. Tienes que usar un vestido ajustado azul oscuro y tacones. Odias los tacones porque hacen que te duelan los pies, pero necesitas el dinero. No sonríes a los hombres que se acercan a preguntarte por el producto que vendes y luego te dicen un piropo o te piden el número de teléfono. Te pagan la mitad de la jornada en negro. En julio compras dos billetes a París.

 

Mayo 2007. Estás tirada en la cama de tu amiga Ana. A veces vas a estudiar con ella porque quiere ser arquitecto y es mucho más responsable que tú. Tus notas han bajado un poco desde que empezaste a salir con Alex, pero de momento no te preocupa. Abrís la revista Vogue y ojeáis sus páginas sin prestarle demasiada atención. Hay una entrevista a una cantante famosa. Los editores han escogido como titular una frase en la que dice que de adolescente sufrió anorexia y que ahora ha aprendido que las mujeres deben amar su cuerpo sea de la talla que sea. Al lado una modelo enseña el ombligo y las costillas en un anuncio de bolsos de Louis Vuitton. Tres páginas más adelante hay un decálogo de consejos que te explican cómo no desistir al hacer una dieta. Al final del número, una receta de bizcocho de chocolate y arándanos. Ana te dice que tiene hambre. Va a la cocina y trae un bote de helado y dos cucharas. Ninguna de las dos cenáis esa noche.

 

Septiembre de 2006. El primer día de Bachillerato analizas a los nuevos de la clase. Llevas una camiseta azul y unos pantalones ajustados porque ese verano has hecho dieta y has perdido seis kilos. Percibes que la forma en la que te miran tus antiguos compañeros de clase ha cambiado. No te dicen que estás guapa, pero sabes que lo piensan. Te sientes bien contigo misma y piensas que ha merecido la pena escuchar el rugido de tu estómago todas las noches del último agosto.

 

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Febrero de 2005. Todo tu barrio está empapelado con carteles que dicen que hay una persona que ha violado a tres mujeres en el último mes. Tu madre te pide que no vuelvas a casa sola, que te acompañe siempre algún amigo. Vuelven a tu mente todas las cosas que has leído sobre cómo actuar cuando estás en riesgo: si estás en un espacio cerrado, mira a los ojos al hombre y pregúntale la hora (los violadores tienen miedo de que puedas reconocerles después); finge que hablas con tu padre por teléfono si sientes que alguien te sigue por la calle; lleva a mano un spray de pimienta en el bolso. Mientras tu madre te sigue diciendo que tengas cuidado piensas en tu amiga Sara y en aquella vez que estaba en el coche con uno de sus ligues y él le dijo que si no le hacía una mamada tenía que bajarse del coche. Era de madrugada y estaban en un barrio de esos que llaman conflictivos. Ella decidió hacerlo porque tenía miedo de caminar a casa sola de noche. Piensas en cómo se enfadó contigo cuando le dijiste que eso había sido un abuso sexual. No recuerdas que tu madre le haya hablado nunca a tu hermano de lo que es una violación.

 

Abril de 2004. Te emborrachas todos los viernes a las cuatro de la tarde en casa de tu amiga Lucía. Sus padres tienen dos trabajos cada uno y no vuelven hasta tarde. Luego os vais al parque en el que paran los chicos de tu clase con los que os lleváis mejor. Ellos no pertenecen al grupo de los populares y no beben. Nunca has sido tímida, pero desde que tu cuerpo empezó a cambiar has engordado bastante y cuando bebes se te olvida un poco. Tonteas con ellos. Te besas con alguno a escondidas, pero nunca pasas de ahí. Un lunes en el recreo alguien te comenta que ha oído que dicen por ahí que eres una estrecha porque no te dejas meter mano. Contestas que no te importa en absoluto. Esa noche no consigues conciliar el sueño hasta las dos de la madrugada.

 

Octubre de 2003. Cuando acabaste quinto de primaria y remodelaron tu habitación, tus padres decidieron que era una buena idea cubrir con un espejo triple las puertas del armario empotrado que ocupa toda la pared norte. Siempre fuiste presumida. Te levantas cada mañana y miras cómo va cambiando tu cuerpo. Las tetas siguen sin crecerte demasiado y eso te mortifica. Miras atentamente tus muslos. Tu hermano te dijo ayer que se te están poniendo gordos. Él no tiene ningún espejo en su dormitorio. Eliges unos pantalones anchos.

 

Mayo de 2003.  El verano se ha adelantado este año. Después de hacer los deberes te pasas las tardes tirada en el césped con tus amigas. Hoy habéis ido al kiosko y habéis comprado una revista para chicas adolescentes. Os da mucha vergüenza pedirla, pero la curiosidad es más fuerte. Se llama Loka. Así, con K. De la “o” salen unos cuernos de diablo y sobre la “a” hay una aureola. En la portada hay un collage con varios actores adolescentes de una de las series de moda, y debajo está escrito “¡Cómo nos ponen los malotes!”. Leéis en voz alta la sección en la que las lectoras cuentan sus experiencias sexuales. Os da mucha risa y también sentís que aprendéis cosas. Ninguna de vosotras ha perdido aún la virginidad, pero tu mejor amiga tiene dos hermanas mayores y alguna de vuestras compañeras ya se ha acostado con alguien, así que habláis mucho de sexo. En tu casa, en torno a este tema sólo hay silencio.

 

Septiembre de 2002. Hoy empiezas el instituto. Te levantas por la mañana y desayunas bien. Luego sacas de tu armario unos vaqueros negros y una camiseta de rayas. Se te han empezado a ensanchar las caderas y todo te queda mal. Te pruebas dos o tres camisetas más. Te recoges el pelo en una trenza. La deshaces. Te haces un moño. Te quitas la goma y dejas que te caiga suelto por debajo de los hombros. Te pasas todo el camino hasta el instituto pensando en si has escogido las zapatillas incorrectas y en qué van a opinar de ti.

 

Enero de 2002. Desde que empezasteis el colegio, tu padre ha pedido dar clases en la Universidad en el turno de tarde para poder preparaos la comida en casa a la una menos cuarto. Siempre os lee un libro durante la comida. Te metes en el baño corriendo porque sólo os quedan quince páginas de Viaje al centro de la tierra y te mueres de ganas por saber cómo acaba. Cuando te bajas las bragas ves qué están manchadas de algo de color oscuro. Tardas unos segundos en darte cuenta de que te acaba de venir la regla. Tu madre ya te había hablado de eso, pero tú pensabas que la sangre iba a ser roja y brillante, como la de las heridas. No quieres contárselo a tu padre. Coges unas bragas limpias y buscas en el otro baño una compresa. Por la tarde se lo cuentas a tu madre y ella te dice que te estás haciendo mayor.

Al día siguiente vais a comer a casa de tus abuelos. Por la forma en la que tu abuela te mira al abrir la puerta, sabes que tu madre se lo ha contado. Te da muchísima rabia. Es algo muy tuyo y tu madre debería haber guardado el secreto. Tu abuela te abraza y te da la enhorabuena muy bajito. Te preguntas por qué deberías estar contenta si te van a dar pinchazos en el vientre cinco días al mes durante los siguientes treinta y cinco años de tu vida.

 

Octubre de 1996. Te estás empezando a cansar de jugar con las Barbies. Tienes que hacer que tus muñecos sean sus novios y eso no te gusta. Son demasiado grandes y además tienen cara de bebé y los dedos rollizos. Te gustaría que tu hermano pequeño tuviese Action Man, pero tu madre ha dado instrucciones a la familia para que nadie se los regale. Dice que son violentos. Ese es el motivo por el que tampoco os deja ver Dragon Ball, aunque se lo supliquéis todos los días porque todos vuestros compañeros de clase ven un capítulo a la hora de la merienda. Guardas en el cajón a tus Barbies condenadas para siempre a la soltería y coges un VHS de Disney de la estantería de tu cuarto. Tu madre te dice que sólo puedes ver media hora, y que luego tienes que estudiar inglés.

 

Mayo de 1997. Vais a bailar un chotis para el espectáculo de San Isidro, pero a la profesora no le salen las cuentas: en tu clase hay cinco niños y diecisiete niñas. Te dice que te va a tocar vestirte de chulapo. Te quejas. Tú quieres ponerte el vestido blanco con lunares rosas que te regaló tu abuelo el año pasado, y un clavel en el pelo. Durante toda la semana siguiente practicáis el chotis en el patio del colegio durante el recreo. Te toca pasarte media hora subida en un ladrillo mientras tu pareja te coge del hombro y te hace girar. Lo odias. Vuelves a decir a la profesora que tú quieres ir vestida de chica. Ella te dice que no puede ser, que ya usarás el vestido el año que viene. Estás creciendo muy rápido y estás segura de que para entonces ya te quedará pequeño. Protestas tanto que te dice que te va a dejar recitar un poema delante de todo el mundo.

El día de San Isidro las madres llegan pronto al cole. La tuya te lleva de la mano al baño de niñas, te pone una camisa blanca y te abotona un chaleco de cuadros blancos y negros. Recoge tu pelo en una trenza que esconde debajo de una boina. Luego saca un khol del bolso y te pinta un bigote. “Ahora pareces un chico”. Miras con envidia cómo las madres de tus compañeras cierran las cremalleras de sus vestidos. Alguien te pone un clavel en el ojal. Sales del baño de niñas convertida en un niño. Se te olvida que estás enfadada cuando empiezas a ponerte nerviosa porque tienes miedo de olvidar las palabras del poema y que tus compañeros se rían de ti. Un poco después la profesora te dice que tienes que salir a recitar y te empuja al centro del círculo que forman los padres en el patio del colegio. Caminas unos pasos. Dudas. Te detienes, te quitas el clavel del ojal y te lo pones en el pelo, sujeto con un extremo de la boina. Se hace el silencio. Te recolocas el chaleco. Coges aire. “A San Isidro yo canto, que era pobre y era santo…”.

 

Septiembre de 1989. La barriga de tu madre ha empezado a abultarse. Tiene veintinueve años y lleva casada casi seis. Ha decidido que es hora de formar una familia, aunque eso signifique que ya no pueda viajar tanto. No quiere ser una madre vieja. Es domingo y va a comer a casa de los que aún no son tus abuelos. Cada poco se lleva instintivamente la mano al vientre. Comenta que no paras de darle patadas. Tu abuela dice que parece que está esperando un pequeño futbolista que les va a sacar de pobres.

Tu madre sujeta en la mano un sobre pequeño. Está sentada en el salón de sus padres y alguien ha bajado el volumen de la televisión. Abre el envoltorio y saca una ecografía. “Es una niña”, dice. Todos se ponen muy contentos. Lleva un vestido ajustado que deja ver cómo un pie minúsculo golpea el interior de su estómago. “Parece que no vamos a tener un futbolista”, dice tu abuela, “sino una bailarina”.