Te acuerdas de esa vez en que perdí las llaves, el disgusto que yo traía, lo preocupada que iba, no me atrevía a decírselo a padre. Llegué compungida a casa y me tuvo que abrir la puerta para que entrara. Y sabes lo que me dijo, no se me va a olvidar en la vida. Yo le dije, padre he perdido las llaves y traigo un disgusto muy grande. Y sabes qué me contestó, me contestó “pos habré perdío yo pocas”. Así sin más, y se me pasaron todos los males. Fíjate que me podía haber echado la bronca, o algo, no sé, podía haber puesto mala cara, aunque fuera un poco, algo. Pero no, nada de eso, solo “pos habré perdío yo pocas”. Y a seguir con la vida.

O de aquella otra, te acuerdas de cuando estábamos tan preocupados porque la casa estaba un poco vieja, ya éramos mayores, ya nos habíamos ido todos del pueblo, pero íbamos en verano, ahora cada vez vamos menos, es verdad, pero a mí me sigue gustando ir, lo que pasa es que las circunstancias, uno no siempre puede elegir. Pero acuérdate de esa vez, cuando vimos que había unas grietas en el techo de la casa y nos dio miedo y pensamos que había que arreglar eso, que era peligroso y se podía caer un día. Es peligroso, padre, le dijimos, se os puede caer la casa un día de éstos, habrá que arreglarlo. Te acuerdas de qué contestó, no sé si te acuerdas, pero yo sí, perfectamente, no se me va a olvidar en la vida. Le dijimos, padre se va a caer la casa. Y él no se lo pensó, pos más corral queda. Más corral queda, dijo, y nos tuvimos que reír, cómo no nos íbamos a reír. Y también le tuvimos que dar la razón. Ahora, que el techo lo íbamos a arreglar sí o sí, ni corral ni nada. “Lo que quisiéramos, ea”.

 

Veo a mi madre recordar así y yo soy incapaz. Se  me olvidan las cosas sin darme cuenta. Tengo que sentarme y hacer el esfuerzo. Contar las mismas batallitas a mis amigos, a mis hermanos, a ti, te he contado lo de, sí, me lo has contado, bueno, da igual, quiero contártelo otra vez porque cada vez que te lo cuento me acuerdo de algo nuevo. Y sabes otra cosa, no solo es que me acuerde de cosas nuevas cada vez, es que también las recuerdo un poco diferentes cada vez. Las organizo, me vuelvo consciente. Tú, por ejemplo, ya sabes que mi abuelo cogía la furgoneta todos los días, la DKV, y daba igual la hora que fuera que nos llevaba a mi pueblo a dormir. Ya te lo he contado mil veces. Fue en la época en la que mi padre trabajaba fuera porque le habían jodido la vida, pero ésa es otra historia. El caso es que, acuérdate, mi padre estuvo fuera unos dos años. La verdad es que no sé exactamente cuánto tiempo, quizá fue más. Lo veíamos los fines de semana. Y durante esa época fue cuando tuvimos el bar en el pueblo de mi abuelo. Él venía al pueblo a recogernos porque mi madre no tenía coche. Se hacía siete kilómetros todas las tardes con la DKV que hacía un ruido terrible y no podía ir a más de setenta por hora. Vibraba toda la furgoneta y del ruido que hacía no podíamos hablar cuando nos subíamos a ella y hacíamos otros siete kilómetros de vuelta con él.

Casarse de negro, en la España de los cincuenta.

Casarse de negro, en la España de los cincuenta.

Mi abuelo usaba la furgoneta para cargar los ajos, así que no tenía asiento trasero, pero se las había apañado para conseguir uno arrancado de otra furgoneta y lo había puesto en la parte de atrás, no iba sujeto a ningún sitio, se balanceaba, saltaba. Menos mal que no podía ir deprisa. Me acuerdo de una vez que tuvo que frenar y aunque íbamos despacio mis hermanos y yo nos caímos porque volcó el invento. En los asientos delanteros tampoco funcionaba el cinturón de seguridad. Mi abuelo enganchaba el suyo debajo de su asiento en algún tornillo que salía un poco y el copiloto no tenía dónde hacerlo. Se lo cruzaba por el pecho y lo llevaba agarrado todo el viaje por si nos encontrábamos con los guardias, para dar el pego. Si eso pasaba, mis hermanos y yo nos agachábamos para que no nos vieran. Unos amontonados sobre los otros, los cuatro, todavía éramos cuatro, inconscientes de la tensión, nos daban ataques de risa. Pero el abuelo no se inmutaba, no nos regañaba ni nos pedía que nos calláramos, que nos estuviéramos quietos. Él seguía conduciendo con la vista fija en la carretera, aunque veía poco, ni siquiera con las gafas esas que tenía, ésas tan viejas que ahora serían supermodernas, sí, ésas que eran cuadradas y de pasta, que se había hecho no se sabe cuándo y que ya le ayudaban poco a ver, pero él se las seguía poniendo para conducir y también para ver la tele. Entornaba los ojos, que ya eran de por sí achinados, y se volvían una línea recta en sus cuencas oculares. Yo nunca sentí miedo en la DKV del abuelo. Tampoco cuando después de cerrar el bar íbamos a su casa y él estaba normalmente dormido en la cocinilla, con las faldas de la mesa sobre las piernas para aprovechar el calor del brasero, con la tele y las gafas puestas, el mando a distancia en la mano. Se espabilaba cuando llegábamos y abría las portadas de par en par, sacaba la DKV y nos llevaba a nuestro pueblo de vuelta a nuestro pueblo, otros siete kilómetros, mi madre sentada en el asiento delantero haciendo como que el cinturón funcionaba; nosotros, atrás. Si íbamos todos, no cabíamos en el asiento trasero y alguno tenía que sentarse en una caja de ajos. Todas las noches el abuelo nos dejaba en casa y luego se volvía él solo por la carretera, siete kilómetros, adormilado, con la furgoneta temblando, las dos manos en el volante y el asiento rebotando sobre unos muelles viejos. Yo te reconozco que no me preocupaba por él. Daba por hecho que iba a llegar bien a dormir con la abuela. Y siempre llegaba, pero no me preocupé nunca. No sé si mis hermanos o mi madre se preocuparían. Ahora recuerdo todo eso y lo recuerdo diferente, es lo que te decía, ahora pienso que era un sacrificio que nos llevara todos los días al pueblo y un peligro que se hiciera tantos kilómetros con la DKV él solo, tan viejo y de noche. Sin quejarse. No sé, a lo mejor ya lo pensaba entonces, pero me obligo a recordar para acordarme de esas cosas. Se olvidan cosas que uno no debería olvidar nunca. Los recuerdos hay que ejercitarlos si no se quiere convertir uno en un hijo de puta desagradecido.

 

Te acuerdas de cuando íbamos a coger aceituna o a vendimiar con él, las tierras esas pequeñas que tenía, que se las ha cogido él solo prácticamente toda la vida, sin ayuda de nadie, un poco cada día, con las tijeras en la mano, o con los dedos helados vareando una oliva. Te acuerdas de que íbamos a ayudarlo y venían también nuestros hijos, cada año más grandes, que él se ponía tan orgulloso de ver a sus nietos fuertes y altos ayudándolo, aunque fuera solo un fin de semana. Qué orgulloso se ponía padre de verlos a todos. Él llegaba al campo y lo primero que hacía era encender la lumbre para que se pudiera asar sobre las brasas y después agachaba los riñones y cortaba uva, o pegaba varazos a la oliva, y nosotros le decíamos, déjalo, padre, que tú ya no tienes por qué hacer eso, y él decía, si no lo hago yo quién lo va a hacer, y seguía trabajando con sus ochenta años y le decíamos que nosotras, y que sus nietos, que eran grandes como castillos, y él decía, “menuda pinta de vendimiadores tenéis vosotros”, y al rato se levantaba, “vamos a almorzar”, le decíamos, padre, vamos a esperar un poco, que si no nos cunde, que no llevamos nada, y él decía, “después de almorzar coge uno más rápido aceituna”. Ponía las parrillas sobre las brasas, escondía unas patatas bajo la ceniza y cortaba pan. Comíamos chuletas y pimientos asados. La echábamos larga en los descansos y parábamos cada dos por tres. Lo que no cogiéramos nosotros durante el fin de semana le iba a tocar a él solo luego, pero le daba lo mismo. Te acuerdas de lo que decía padre. Decía, “yo no sirvo pa amo”. Te daba un trozo de pan, te pasaba el vino, removía las ascuas y daba prioridad a los descansos. Dime si de eso te acordabas. Yo no sirvo pa amo.

O de tantas veces que contaba los mismos chistes. Esos días estaba contento. Yo lo he heredado eso de padre, o por lo menos antes lo tenía. Te acuerdas de que cuando éramos pequeñas y compartíamos habitación, me pasaba horas contándote chistes y no te dejaba dormir. Como el chiste del pan. A lo mejor estábamos cenando, o estábamos viendo la tele, y lo mismo daba que viniera o no viniera a cuento que de repente padre saltaba y decía, “esto era en un pan de cien kilos”, se quedaba tan ancho, esto era un pan de cien kilos, te miraba a los ojos y te preguntaba, “tiene gracia”, y yo le decía, no, no tiene gracia, y él decía, “pero sí tiene miga”. Y tenías que reírte, cómo no te ibas a reír de la ocurrencia. Otra cosa no, gracia no tendría un pan de cien kilos, pero miga a espuertas. “Esto era un pan de cien kilos”. Madre mía las veces que le habremos oído los mismos chistes a padre.

 

Me obligo a recordar. Ya me gustaría a mí acordarme de ciertas cosas que ahora se me escapan. Habría que hacer una tabla de ejercicios de memoria. Todo el mundo obsesionado con hacer abdominales o subirse a una bici que no anda. Todo el mundo haciendo cursos de inteligencia emocional, de liderazgo, de organización. Todo el mundo tan preocupado por todo y no nos ponemos una rutina de ejercicios para la memoria, que es de lo más importante. Y no me refiero a los jueguecitos esos ni a recordar imágenes o secuencias de números. Me refiero a trabajar los recuerdos como se trabajan los bíceps. Así tengo yo la esperanza de acordarme un día de todas las cosas que he olvidado sin querer. Menos cursos de lenguaje no verbal y más tiempo para la verdadera memoria, eso es lo que yo quiero. Poder llenar hojas enteras con mis recuerdos del abuelo, minuciosamente, detalle a detalle. Contarte todos los momentos memorables que seguro que tuvimos y de los que no me acuerdo. Hablar sin parar todas las tardes alrededor del brasero como hace mi madre. Os acordáis de cuando. Me acaba de venir a la cabeza la vez que. El abuelo siempre.

 

Cuánto hará de aquel día en que padre recibió a la visita en calzoncillos. Esas cosas que hacía padre, te acuerdas. Fue hace muchos años, aún no había cocinilla y hacíamos vida en la casa. Hacía un frío negro, pero en el salón teníamos una estufa y un brasero. Padre se había duchado y entra en el salón con la ropa en el brazo para vestirse allí con el calor. En eso llaman a la puerta, se pone la camisa corriendo. Se sienta en el sofá y se tapa con las faldas de la mesa. Lo que nos reímos. Nosotras, padre, que estás en calzoncillos. Se reía. Entra madre con la visita, se sientan todos alrededor de la mesa. Qué mal lo estaba pasando padre. Y no se iban. Que tenían ganas de cháchara. Padre no se podía levantar a despedirlos. Te acuerdas de lo que dijo cuando madre estaba ya de pie para acompañar a la visita. “No me levanto ni ”, dijo. Con toda naturalidad. “Ya los acompaña la María”. No me levanto ni , hubiera estado bueno.

Otra vez hice una gordísima. Me da apuro contarla. Era verano. Qué vergüenza me da. Padre había hecho una cina muy grande. No sé si nuestros hijos sabrán ya que a los montones de ajos se les llama cina. Yo estaba cortando ajos. A la sombra. Me acuerdo del calor que hacía. Me dio la sed y fui a beber agua. Qué calor hacía, me acuerdo como si fuera ayer, me parece que todavía lo siento. Abrí el grifo, pero no caía agua. Estaba cortada. Pasaba mucho eso entonces. Dejé el grifo abierto para enterarme de cuándo volvía. Qué sed. Empezó a hacerse de noche, recogimos los trastos, nos fuimos. Y yo sin acordarme del grifo. A la mañana siguiente el corral inundado, los ajos empapados, yo llorando. He echado los ajos a perder, padre. Qué vamos a hacer, padre. La cina llena de agua, padre. Qué disgusto. Qué harta a llorar. Sabes lo que me dijo padre, “eso se seca”. Se iban a pudrir los ajos, pero “eso se seca”.

 

Por qué no puedo contar las anécdotas como lo hace mi madre. Por qué yo no recuerdo tantas cosas como recuerdan mis hermanos. Por qué tengo una memoria tan cruel. Por qué no soy capaz de acordarme, como lo hace Bío, de los partidos de fútbol. Los dos del Madrid, delante del televisor, celebrando que Ronaldo, el gordo, el de entonces, había un marcado un gol. Marcaba un gol Ronaldo y el abuelo decía, “ya ha metido Chorros”. Que se supone que era uno del pueblo que se parecía a Ronaldo. Por qué yo no recuerdo todas las veces que el abuelo y mi hermano se iban a tomar una caña y un zarajo al bar de Boni. Por qué no salió el abuelo con la correa detrás de mí después de haberlo despertado de la siesta para que yo pudiera recordarlo como lo recuerda Ruth. Por qué no me puso a mí ningún mote, como al tragoncete de mi hermano pequeño. Por qué yo solo recuerdo que nos enseñó a jugar al tute cuando dice Ana que también jugábamos a la pachanga, a la brisca y al cinquillo. Por qué yo no me acuerdo de que siempre nos dejaba ganar. Cómo voy a conseguir yo esos recuerdos, qué ejercicio tengo que hacer. Y si me he convertido ya en una hija de puta desagradecida. Qué me va a quedar a mí. Por qué solo puedo recordar la última visita al hospital. Por qué no acepté que era la última visita al hospital. Por qué le dije, te veo en unos días fuera de aquí. Por qué no me di cuenta de que no era normal que me tuviera que poner bata, calzas, gorro y mascarilla para entrar a ver a mi abuelo. Por qué lo abracé con toda esa mierda puesta. Si yo lo sabía. Por eso no le regañaba por estar de mal humor, qué de mal humor estaba, no se quería morir. Yo haciéndole bromas mientras cenaba. Yo creo que muy malo no estás, porque te lo has comido todo. Si yo había visto el gesto de humillación en su cara, que quería cagar y llevaba tres días sin poder hacerlo, que no podía ir al baño solo porque estaba conectado a un montón de cables, que no se quería levantar de la silla porque le íbamos a ver el culo por la abertura trasera de la bata. Si yo me di cuenta de todo eso. Por qué le dije, sonríe, abuelo. Por qué hablé de filosofía con mi primo delante de él. Si yo lo sabía y por eso le di un masaje en los pies con alcohol de romero. Si yo lo sabía. Si le di un beso y le dije que lo quería como no había podido hacer con mi yayo, que se murió años antes cuando estaban todos sus nietos lejos. Por qué no lo arranqué de aquellos tubos y lo saqué a pasear. A ver el fútbol. A lo que fuera. Por qué lo traté como a un niño enfadica. Ahora solo puedo recordar eso. Si yo lo sabía. Si no, por qué mi madre había insistido tanto en que la llevara al hospital esa vez. Por qué no le dije, abuelo, no tengas miedo. Por qué no mandaría a las enfermeras a la mierda y le llevaría una botella de vino. Eso sí lo recuerdo, la casa del pueblo, el vino blanco en la taza de plástico, sus manos rebanando el pan, la boca sin dientes aunque no se le hubiera caído ninguno. Eso sí lo recuerdo, que se le habían desgastado los dientes y cuando estaba feliz podíamos verle las encías.

 

En cuanto me acuerde del principio, me sale del tirón. Ayúdame, cómo era la canción esa. La del soldado. La del soldado que se va la guerra. Esa que cantaba padre. No era un soldado, eran cuatro. Eso. Así empezaba. “Cuatro son los soldaditos que se marchan a la guerra”. Ahora sí, me sale de una. “Cuatro son los soldaditos que se marchan a la guerra. Unos ríen, otros cantan. Otros llevan mucha pena. El más pequeño de todos, el que más penita lleva. Le pregunta el capitán, por qué llevas tanta pena, si es por madre, si es por padre, o es porque vas a la guerra. No es por madre, no es por padre, ni porque voy a la guerra. Es por una muchachita, que me la he dejado en tierra”. Y luego el estribillo, de eso sí te acordarás. “Verde, verde, verde mayo, verde es la primavera”. Me sale del tirón. Es increíble que me acuerde tan bien, así, de repente. “Echa la mano al bolsillo, saca una foto de ella. Hasta el mismo capitán se ha enamorado al verla. Coge tu caballo blanco, vete con tu doncella, que por un soldado menos, no perderemos la guerra”. Cuatro son los soldaditos. Dónde aprendería padre esas cosas. “Abre la puerta, cielito, abre la puerta, doncella, que por tu carita linda me he librado de la guerra”.


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