Los nueve ensayos que componen La culpa es por cantar son el acercamiento de la poeta Malva Flores (México D.F, 1961) a dos elementos centrales en su vida y que están altamente correlacionados: el momento actual de la poesía y su propia experiencia como poeta. Este libro podría considerarse una visión complementaria a la que la autora brinda en El ocaso de los poetas intelectuales (Universidad Veracruzana, 2010), libro de ensayos en el que demuestra un interés más histórico, académico y riguroso por la poesía mexicana.

Antes de abrir La culpa es por cantar,  intriga el título. Estéticamente me llamó la atención desde que lo leí, pero lo que más curiosidad me causó fue su naturaleza extraña. Incluso ahora, mientras escribo, ojeo la portada y trato de interpretarlo como aparece, sin contexto alguno, con la ambigua relación que hay entre sus palabras. Nada concreto me viene a la cabeza. A continuación se lee como subtítulo apuntes sobre poesía y poetas de hoy: un tema. La peculiaridad del título no deja que el contenido se revele de manera ingenua al lector.

Malva Flores. La culpa es por cantar: Literal Publishing, Conaculta, Houston, 2014. 121 pgs.

Malva Flores. La culpa es por cantar: Literal Publishing, Conaculta, Houston, 2014. 121 pgs.

A sabiendas de que la poesía ocupa un plano secundario en el mundo de la literatura, si se tienen en cuenta el aspecto editorial y la escasa cantidad de lectores en busca de poesía fresca (condiciones que se hacen explícitas una y otra vez y de distintas maneras a lo largo del libro), me atrevo a decir que la intención de Malva era la de buscar respuestas para sí misma antes que para sus lectores. Reconoce, desde un principio, su condición de dinosaurio extinto al no ser parte de las generaciones más recientes de poetas mexicanos. Peor aún, ni siquiera se puede entender dentro de una generación concreta; las distintas antologías generacionales lo demuestran. Nacida en el 61, es muy joven para la generación del 59. Tampoco encaja en la siguiente, que empieza entre el 64 y el 65. ¿Cuál es la causa, entonces, de que cuatro o dos años de diferencia la separen de poetas tan cercanos en el tiempo? Flores llega a la conclusión de que son las experiencias las que dividen a unos poetas de otros. En este caso, los unos vieron el auge del ideal socialista; los otros vieron su decadencia, las posibilidades de su corrupción, y el surgimiento del capitalismo salvaje.

Pero esta no era una respuesta suficiente para Flores, quien seguía buscando su lugar en el mundo de la literatura, o el lugar que había perdido, en su defecto. Decidió, entonces, recrear tal mundo. En su modelo aparecen tres ejes: Octavio Paz, Facebook y Twitter, Marilyn Monroe. El primero de ellos simboliza la tradición, el poder, la autoridad. También representa el paraíso perdido, el t-rex extinto, las profecías románticas que nunca se cumplieron. Y está la vuelta del argumento: el abuso de poder, la alta cultura, la alta poesía, la academia, todos como formas de exclusión.

Junto a Paz, giran las redes sociales. Así aparecen las publicaciones en Facebook, los likes, los comentarios; los tweets, reposteos, followers, o pocofollowers, como ella prefiere llamar a los suyos. Expone al Internet como una realidad necesaria, no sé si de manera lamentable, para quienes se dediquen a disciplinas artísticas, áreas del conocimiento o profesiones que requieran un público, entre los que están, por qué no, los poetas. De nuevo, ante este escenario, hay choques entre la tradición y los contemporáneos. Primero se presenta el optimismo y la sorpresa de los que no pudieron ver más allá del embrión informático que se gestaba. Se esperaba un fenómeno de masas, una fiesta de poesía, según Paz. El resultado, en cambio, ha sido el poeta que sabe que asombrarse no es cosa de hoy, el que vive en el futuro (ya no hay mañana), el que sabe que tal fiesta, si no es hoy, no será nunca.

Junto a Paz, Facebook y Twitter, gira el tercer eje, Marilyn Monroe. Su vínculo con el arte pop representa el hecho de que “un objeto de consumo cambia si, en lugar de las estanterías de Walmart, aparece expuesto en el MOMA” (Pg. 31). Se la menciona poco, al principio del libro, pero su aparición es determinante. Ella misma llegó a ser autoridad, moda y a representar una figura irreverente, características que dialogan, como se ha visto, a favor o en contra de la poesía y los poetas de hoy. Su sonrisa también es la posibilidad del apocalipsis zombi, fenómeno de masas que Malva pronostica y que consolida en unos versos de Luis Felipe Fabre: “Todos somos zombis”: proclaman/camisetas, graffitis, esténciles, pancartas. /Porque tú, porque yo, porque nosotros/podemos convertirnos en zombis/defiende a los zombis: defiende tu futuro (Pg. 116). Sí, la poesía puede llegar a convertirse en un fenómeno de masas o puede llegar a suceder que, entre la masificación de todo, quede excluida, pero la autora recuerda la eterna imagen del poeta como algo incómodo o extravagante, como alguien a quien, en palabras de Félix de Azúa, las que hacen parte de los epígrafes del libro, llevas a “ponerle una condecoración y te puede llegar hecho un asco”. Así, la frase de Marilyn es decisiva  en la posibilidad que Malva abre para la poesía y los poetas de hoy: “es preferible exponerse al ridículo antes que lucir aburrida”.

Lo que hace especial al tratamiento que Malva le da a los ensayos es el poder hacerse parte de ellos. No teme mostrarse débil o fuera de lugar cuando siente que le corresponde. Tampoco teme mostrarse nostálgica o pasada de moda. Sin embargo, al momento de llegar a conclusiones generales, lo hace mediante una voz imparcial. Brinda visiones opuestas: las suyas propias, teniendo en cuenta que se formó durante la hegemonía de Paz, cuando estaba bien visto el concepto de alta literatura, cuando estaba bien visto citar a Salvador Elizondo, tal como ella hizo al publicar un cuento en los ochenta, y las de los poetas más jóvenes, los que piensan que todo ha comenzado con ellos.