El sol capitalino me achina los ojos mientras camino, como siempre, de afán hacia al juzgado. Llevo el bolso cruzado y lo sujeto firmemente con mi mano derecha porque en el centro de Bogotá no se puede dar papaya. Veo de lejos a la señora que todos los días vende jugo de naranja en un andén de la 19, cerca de la Estación Las Aguas. Saca de un costal enorme una naranja, la retuerce y la exprime hasta sacar la última gota del líquido amarillento que yo puedo oler a metros. Cruzo la calle y camino por la acera contraria.

Unas cuadras más abajo paso por la librería Lerner. Voy mirando el piso para no meter el pie en un hueco o un charco y levanto la cabeza constantemente evitando estrellarme con una persona, un perro o un bolardo. De repente me encuentro cara a cara con un puesto de salpicón: un picadillo de fruta que expele un líquido fluorescente con un olor tan fuerte como el del jugo de naranja. El vendedor ha dejado todas las sobras desperdigadas en el andén: las cáscaras de mango, las pepas de una patilla chorreante y la pulpa de una papaya que salió podrida. Evito verlas. ¿En qué momento la gente decidió que lo biodegradable no es basura? Cruzo la calle y sigo caminando por el otro andén.

Media cuadra más adelante veo al señor del mango biche con sal, que es un bacán y siempre está sonriendo, entonces le devuelvo la sonrisa; porque si algo tengo claro, aunque por momentos me cegue el asco, es que yo soy la del problema. Sigo caminando hasta que por fin llego al juzgado y justo frente a la puerta está una anciana vendiendo el popular jugo de naranja. Tomo una bocanada de aire que sostengo mientras paso junto a ella, la saludo y espero a que los policías me requisen el bolso. Apenas terminan camino rápidamente hacia los ascensores y respiro de nuevo un aire libre de olores. Después de una hora de audiencia, salgo del juzgado para repetir la travesía.

No sé cuándo empezó mi fobia a las frutas. Mi mamá dice que tenía cinco o seis años el día que dejé de comerlas. Sentía el olor de lejos y me daba asco. Su hipótesis es que quizás alguna vez me dieron una fruta podrida en el jardín y les cogí fastidio. Puede ser, pero de eso no me acuerdo. Recuerdo un almuerzo al mediodía en el jardín en el que estudiaba. Estaba sentada en una mesa larga junto a otros niños. El plato que nos sirvieron incluía una rodaja de tomate. Pensé que el tomate se parecía a una vagina; me dio mucha impresión que tuviera pepas. Eso fue todo, ya ni sé si me lo comí o no. No estoy segura de que el incidente del tomate-vagina esté relacionado con mi fobia a las frutas. En cambio, hay otro recuerdo de infancia que se mezcla con ellas cada vez que mi cerebro quiere torturarme haciéndome sentir asco.

©Foto: Leticia Bernaus

©Foto: Leticia Bernaus

Tenía nueve o diez años, para esa época ya no comía frutas. Fuimos a la finca un domingo como de costumbre. Unos días antes había nacido una camada de chau chau y el señor que cuidaba la finca los había metido en un cuarto del gallinero. Estaban acostados en un rincón al lado de su mamá. Eran muy pequeños; todavía no abrían los ojos. Uno de ellos tenía una de sus patas herida. La mamá le estaba lamiendo la herida y mis hermanas y yo nos preguntamos si lo habría mordido. Algo estaba mal; el perrito estaba llorando y sus hermanos no se movían mucho. Uno de ellos estaba completamente inmóvil. No queríamos tocarlo porque era demasiado pequeño, pero al verlo tan quieto decidimos que yo lo cargara para ver si le pasaba algo. Mis hermanas estaban a mi lado cuando yo me agaché y metí mis manos por debajo de la barriga del cachorro. Mientras lo levantaba, mis dedos se hundieron lentamente en su barriga atravesándola por completo. Cuando estuve de pie pude ver la silueta de mis dedos en la espalda del cachorro. Tenía la barriga completamente llena de gusanos. Asquerosas larvas regordetas y amarillas rodaban por mis brazos mientras yo me agachaba para poner el cadáver en el suelo porque no era capaz de tirarlo. Dejé el cuerpo bocarriba. Había pedazos de órganos flotando entre los gusanos que se peleaban por quién se quedaba con el hígado, quién con el corazón.

Corrí hacia el baño desesperada, con los brazos estirados. Me los lavé varias veces en el lavamanos. No fue suficiente, entonces me bañé; pero tampoco quedé tranquila y al llegar a la casa me di otro baño. Esa noche soñé que mi cuerpo estaba compuesto de cucarachas. No tenía piel ni ojos, ningún órgano; solo era mi silueta formada por cucarachas. Me desperté agitada y fui corriendo al espejo. Me urgía comprobar que no había bichos caminando por mi cuerpo.

El asco que sentí ese día me ha acompañado toda la vida. A veces basta con ver a alguien comiéndose una granadilla para pensar que las pepas tienen vida y se mueven como los gusanos regordetes que se comieron al perro. Otras veces no necesito ningún estímulo; me estoy bañando y me imagino que de los poros de mi cuero cabelludo salen huevos de larvas untados de materia. Pensar que algo puede estar descomponiéndose en mi nevera me aterra y, por alguna razón, las frutas me hacen pensar en descomposición, en materia putrefacta.

Cuando vivía con mis papás siempre había frutas a mi alrededor. Muchas veces me pasó que quería sacar algo de la nevera pero había un mango partido o una papaya y al verlos ya no podía comer nada que estuviera ahí. Los domingos mi mamá nos pedía que laváramos la loza. Yo me ponía los guantes y trataba de ignorar la licuadora untada de jugo o los platos con residuos de fruta, pero el asco se iba sumando hasta que me daban arcadas. Varias veces mientras guardábamos el mercado me intentaron pasar una fruta en la mano y yo no fui capaz de cogerla.

Mi odio a las frutas era tan grande que tenía que salirme del cuarto, que compartía con mi hermana menor, Tatía, cuando ella se sentaba a comer una en su cama, a dos metros de la mía. No importaba si estaban dando Hey Arnold o Vaca y Pollito, me tocaba salirme. Tampoco podía meterme en la piscina de la finca de una amiga del colegio porque estaba rodeada de árboles de guayaba. Y las limitaciones no solo eran mías. Hace poco una amiga me contó que en primero y segundo de primaria se comía su lonchera escondida porque yo me burlaba de ella por llevar frutas. Mis hermanas tenían que lavarse las manos después de comerlas si querían jugar con mis juguetes y, por supuesto, nadie podía comer frutas en mi cama.

Tengo decenas de anécdotas con frutas porque desafortunadamente crecí rodeada de ellas y solo hasta mis trece años mis papás dejaron de esperar que las comiera; esa era una de mis frustraciones. Mi mamá todavía tiene varias cartas que le escribí prometiéndole que ahora sí iba a aprender a comer frutas; que ese era mi regalo de navidad, de año nuevo, de cumpleaños. Nunca lo logré. Intenté muchísimas veces comer manzana, que es una de las frutas que menos me producía (y produce) asco porque tiene una textura relativamente homogénea, pocas pepas y el olor es leve. Las fresas y las uvas tampoco me molestaban tanto. No era capaz de comérmelas, pero las podía tocar sin problema. El caso es que cortaba la manzana en cuadritos y me paraba frente al espejo del baño. Podía pasar horas cogiendo impulso; si la manzana tocaba mi lengua inmediatamente escupía.

Aunque a veces mis hermanas usaban las frutas en mi contra, como la vez que Alejandra me sacó la lengua con los gusanos vivos de una guayaba o la vez que Tatía fue hasta la cocina para tirarme una piña en una pelea; también intentaron ayudarme a vencer mi fobia. Recuerdo con ternura una noche en que Tatía, pensando que yo estaba dormida, se sentó en el suelo junto a mi cama y empezó a murmurar: “me encanta la fruta, me encanta la fruta. Mañana quiero comer melón; me gusta mucho el melón”. Mi hermana a sus nueve años me estaba intentando hipnotizar o hacerme una programación neurolingüística. Aguanté la risa con los ojos cerrados. Ella se fue a su cama después de un rato y al día siguiente cuando se despertó me preguntó que qué quería desayunar. Le respondí que lo de siempre: Milo con arepa. Me decía, “¿seguro? piensa otra vez ¿No te gustaría probar un melón?”. Hizo esto como por tres minutos hasta que yo no pude aguantar más la risa.

Han pasado muchos años desde eso y aunque ahora mi fobia no me afecta tanto, sigue presente y forma parte de lo que soy. En Bogotá me ha tocado bajarme de taxis y buses porque el conductor o un pasajero decide comerse una mandarina y en Iowa he optado por decir que soy alérgica a los cítricos para asegurarme de que no me pongan rodajas de limón o de naranja en mi cerveza. A veces disfruto menos mi comida si alguien en la mesa se está comiendo una fruta; pero en la mayoría de los casos el fastidio es muy leve. También me da fastidio cortar pimentones y tomates y aún así lo hago. Por eso le digo a mis amigos que, a menos que sea una guanábana o una papaya entera, prefiero que coman frutas a que dejen de comer solo porque yo estoy ahí; en mi casa y en mi nevera las reglas son otras.