Foto: Leticia Bernaus

Foto: Leticia Bernaus

Siempre he pensado que el mejor lugar para encontrar un texto es en el baño, porque mientras estoy allí sentada, contemplando la pared en busca de formas en el mosaico que aparecen y desaparecen dependiendo de la visita, se me ocurre cómo meditar o escribir las mejores historias porque hay veces que creo que esos minutos son los únicos que tengo para estar a solas conmigo misma, y eso es justo lo que necesito ahora con la casa a reventar de gente y por eso serpenteo desde la cocina, entre los invitados en la sala, por el largo pasillo lleno, hasta mi baño milagrosamente vacío y abro la puerta, echo el seguro, alzo el vestido, me bajo las medias, me siento y miro alrededor para reconocer un espacio familiar que parece distinto con el efecto del estruendo de la música y las conversaciones y es entonces que pienso en que me duelen los pies por los tontos tacones y que miro alrededor para asegurarme de que todavía hay papel y jabón y las toallas siguen limpias y todo está en su lugar y entonces mi vista se posa en los ganchos de la puerta con mi toalla todavía húmeda y junto a ella, como un muestrario posmoderno, cuelgan tres calzones ya lavados en el mismo lugar de siempre porque me enseñó mi madre que las mujeres tienen que lavar su ropa interior por separado y lo mejor es hacerlo en la intimidad del baño, pero luego la ginecóloga me dijo que no las colgara dentro de la regadera, para que la humedad no les sacara hongos y entonces no se me pegaran y tuviera que sufrir ese picor horrible y así por orden médica tomé la costumbre de lavar mis calzones en la intimidad para colgarlos después a la vista, por lo general, sólo de mi roommate, que aunque es hombre creció con tres hermanas entonces ya debe estar acostumbrado y admito que hubo un tiempo que lo hacía pero me daba vergüenza, hasta el día que encontré colgado un calzón de su novia y entonces, al encontrarme acompañada, me comenzó a dar igual, pero ahora que observo los tres calzones me pregunto si debí haberlos quitado del baño antes de que llegara gente, aunque ni lo pensé entre todos los preparativos de la fiesta sorpresa, entre encargarme de que mi roommate estuviera fuera, de que alguien lo entretuviera, de que todo mundo llegara temprano, de salir del trabajo a tiempo para decorarlo todo, de pedir la pizza, de recoger el pastel, de cambiarme de vestido, y con todas esas carreras no revisé la puerta del baño y cuando pienso si debí quitarlas, pienso también cuánta gente las habrá visto en las últimas dos horas, porque con esos colores chíngame la pupila nadie habrá sido capaz de ignorarlas allí colgando inocentemente en toda su gloria de encaje de Victoria’s Secret, la única marca que compro desde aquel verano a los dieciséis años que mi madre me dio dinero y me dejó por primera vez sola en un mall gringo para que me comprara ropa y entonces, sin que lo supiera, me escabullí a la tienda rosa y perfumada que siempre había querido visitar, pero que de ninguna manera quería visitar con ella porque ya había sido suficiente comprar bras en Liverpool a los catorce años como para tener otra experiencia de ésas y porque yo entonces pensaba que los secretos de Victoria tenían que ver con ser mujer y ser adulta y usar encaje que alguien vería, pero después de comprar dos calzones me dio tanta pena que los saqué de su bolsa y los metí en otra, debajo de algunos jeans, entre algunas camisetas y tiré la bolsa rosa a la basura donde no pudiera comprometerme e igual parece una tontería tener ropa de encaje a los dieciséis cuando sólo yo las iba a ver pero es que en esa época leí a escondidas en alguna Cosmo que una mujer debía usar ropa interior bonita para ella, para saber que la trae puesta y justo eso pensé ese día en el mall y también lo pensé cuando años después decidí comenzar a coleccionar calzones en todos los colores del espectro y lo he pensado cada vez que sé que tengo alguna cosa importante y me visto y considero con cuidado la ropa interior que me pongo, porque encuentro satisfacción en saber que bajo todas mis capas llevo calzones rojos y porque siento que lo hago para mí y que si decido que alguien más lo vea, será una casualidad, porque no eran para él y como la verdad me gusta esa independencia, la de no tener que pedir permiso ni perdón por lo que llevo pegado a la piel, me jode el pensamiento de ahorita cuando al verlas expuestas quise llevármelas a mi cuarto porque no vayan a pesar que las puse ahí a propósito para que las vieran, porque no vayan a pensar que soy una fácil por dejar mis calzones afuera, porque no vayan a juzgarme al verlas y pienso en la chingadera que es que diez años después de haber pisado por primera vez un Victoria’s Secret todavía me da ganas de tirar la bolsa y esconderlas aunque nada de esto debería ser un secreto y yo no debería chivearme al pensar en que han visto mis calzones porque en realidad a nadie debería importarle lo que hago con ellos, porque a mí tampoco debería importarme lo que piense toda la gente que sale y entra de mi baño en una fiesta y mientras más los veo menos sé qué hacer con ellos, así que mejor jalo la cadena, me lavo las manos y trato de decidir si quiero sentir la pesadez de los ojos de todos en la mente mientras pretendo que en realidad no me importa, pero es que entre las contradicciones que tengo como mujer siempre elijo pretender que podría ir al baño sin checar dos veces mi maquillaje, ni acomodarme el cabello alaciado que se va enchinando, ni pensar en el dolor de pies porque usé tacones incómodos, ni tener dudas sobre la ropa interior colgada en la puerta, me gusta pretender que puedo entrar, pensar en la última conversación que tuve, sin darle vueltas infinitas a los pequeños detalles de ser mujer y ser vista y verme y las confusiones a las que me lleva considerar todo esto, podría entrar y salir en un par de minutos no como ahorita que alguien ya toca la puerta. ¿Será que ya llevo demasiado tiempo aquí dentro?



Otros textos de la autora en Iowa Literaria:
El barrio gris