Parece una competencia. Qué país latinoamericano tiene el peor criminal, con más muertos encima, el de las torturas macabras sin remordimiento. Los malos, editado por Leila Guerriero, enlista a los 14 contendientes y sus detalles. Estadísticas, entrenamiento, y resultados –hay unos presos, otros muertos, otros libres– para que el lector decida.

Es una carrera fría la que escribieron los periodistas Juan Cristóbal Peña, Óscar Martínez, Marcela Turati, Alejandra Matus, Miguel Prenz, Sol Lauría, Ángel Páez, Josefina Licitra, Clara Becker, Alfredo Meza, Rodolfo Palacios, Juan Miguel Álvarez, Javier Sinay y Rodrigo Fluxá bajo la dirección de Guerriero. Desde el prólogo se prepara la marcha: “Un libro que cuente la vida –y la obra– de los malos químicamente puros: los malos inapelables”.

Leila Guerriero (editora). Los malos. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2015. 555 pgs.

Leila Guerriero (editora). Los malos. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2015. 555 pgs.

Y los sueltan: Manuel Contreras e Ingrid Olderock, chilenos de Pinochet. El primero creó la policía política del dictador –Dirección de Inteligencia Nacional (DINA)—; la segunda, violó a las mujeres y hombres que llegaban hasta los cuarteles de la DINA con sus perros. Félix Huachaca Tincopa, guerrillero peruano, capturado en 2011, reclutado por el Sendero Luminoso en 1997, temido de igual forma por sus compañeros y las autoridades peruanas. Santiago Meza López, mexicano, más conocido como “El pozolero”, que experimentó con soda caústica hasta encontrar la forma de deshacer cuerpos sin dejar rastros. Luis Antonio Córdoba, “El Papo”, hoy pastor cristiano, militar que tiraba presos desde un helicóptero al mar panameño con la bendición de Manuel Noriega.

Y sigue: Miguel Ángel Tobar, sicario salvadoreño de la Marasalvatrucha, asesinado antes de la publicación del libro, quien, en cada encuentro con el periodista que escribió su historia, relató uno más de sus muertos. Bruna Silva, conocida en Brasil como la canibal que hizo empanadas con el cuerpo de varias mujeres. Mirta Artón, policía que cazó militantes de izquierda en Córdoba, Argentina.

La lista no para.

*

 

Leila Guerriero se siente en todas las páginas del libro. La primera y única vez que la vi hablar fue en un auditorio de Medellín, Colombia. Mientras hablaba de ser periodista y contar historias, hizo algo que me sorprendió: había un mesero, encargado por los organizadores del evento, para darle agua y ella, cada vez que el hombre se acercaba con una botella nueva, paraba lo que estuviese diciendo, para mirarlo y decir: “gracias, Javier”. Esto me pareció hermoso. Nunca había visto a un expositor hacerlo. El gesto resume mi admiración por ella: es minuciosa, no pasa de los detalles, no hay nadie encima o debajo cuando escribe. Así son los 14 perfiles que reunió.

Las historias, en su esqueleto, son atractivas. Hay unas armadas con más maestría que otras, con tonos más contundentes, pero ninguna sobra o se ve menor frente a las otras. En la carrera de la maldad, los países reunidos presentaron candidatos fuertes para un empate. Lo más importante del libro, quizá, es que no se comete ese error común del periodismo en los perfiles de criminales: varias veces los textos terminan en alegorías que resaltan la inteligencia del criminal, su astucia.

Están las víctimas de los malos, los familiares de los malos, los vecinos de los malos, los empleados de los malos, los que atraparon a los malos, quienes estudian a los malos y, a veces, los mismos malos. Cada perfil es un rompecabezas para explicar, como lo escribe Guerriero, “El malo como bestia. Pero como bestia humana”.

Es un libro que duele, sobre todo, porque hay nuevos jugadores alistándose para la competencia.



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