Tras hablar con algunos fanáticos de César Aira me quedó la impresión de que la obsesión que tienen por el escritor argentino no radica tanto en la capacidad de su obra para conmoverlos, sino en el gesto radical desde donde esta es escrita: sostener, durante décadas y a través de casi un centenar de libros, una broma.

Guerra contra la solemnidad, contra una literatura escrita en mayúsculas.

La suya se arma como un chiste que algunos entienden y otros no, pero que todos le ríen. Quizás eso en parte sea un síntoma de los tiempos que vivimos, síntoma de una resignación colectiva: ya no vamos a hacer una obra maestra pero vamos a burlarnos sistemáticamente de lo que se solía entender como literatura seria.

La fascinación que Aira ejerce en sus seguidores pasa por esa actitud irreverente hacia la institución literaria. Esa irreverencia, sin embargo, puede esconder una incapacidad. Como si el proyecto consistiera en hacer de una insuficiencia una virtud, enmascararla de tal forma que se vea como una declaración de principios y no como un mero defecto. Elaborar un discurso que la maquille, y establecer, si se es lo suficientemente persuasivo, la piedra angular de una nueva tradición.

Algunas rupturas en literatura se dieron bajo esta premisa. Al no poder escribir El limonero real o La vida breve vamos a hacer algo completamente distinto, algo que se les oponga y niegue desde sus bases a esas construcciones monstruosas: en el corazón de este impulso destructivo está la idea de vanguardia.

IlustracionEnsayoAira

En la música este gesto parricida es más notorio y menos grandilocuente. Al no poder sacar los solos con los que Eddie Van Halen hizo fantasear con una vida salvaje a millones de adolescentes en los 80, vamos a hacer los acordes simplones de Nirvana que sembraron la rabia en los confusos corazones de los que fueron jóvenes una década más tarde. Esto puede pecar de esquemático, ya que la genialidad de Kurt Cobain no pasa únicamente por la armonía que adoptaron las notas de sus canciones, pero creo que ayuda a pensar cómo se producen las fracturas entre generaciones.

El virtuosismo no necesariamente abre brechas en el arte. Esta idea me interpela por sus connotaciones: ¿qué es el talento? ¿Se puede pensar el talento no necesariamente como habilidad sino como tozudez, como un acto rebelde que permita no claudicar ante una limitación? Si todos los novelistas del siglo XX hubieran tenido la destreza de Dickens para contar historias hubiéramos seguido leyendo hasta estos días el mismo tipo de novela decimonónica. Me gusta pensar que las revoluciones nacen también de una incompetencia.

Cada vez que leo un libro de Aira lo abordo desde cierta incomodidad, lo que no implica que no disfrute algunos. El placer que me producen está mediatizado por una distancia, no pasa por el rango de la emoción, sino por el de la curiosidad, por el morbo de descubrir qué derroteros tomará una imaginación tan prodigiosa como la suya. ¿Hasta qué punto la imaginación y la inteligencia son virtudes cardinales en la ficción? Esta pregunta enciende mis sospechas cada vez que me sumerjo en sus novelas, cada vez que las acabo y queda ese saborcito agridulce que demora en borrarse del todo.

Hace poco leí Cumpleaños, quizás su texto más confesional, menos irónico, el hermano mayor de Continuación de ideas diversas, ese  libro mutante, mezcla de ensayo y aforismos en el que sintetiza sus posturas ante una serie de temas referidos al arte.

¿Cómo abordar Cumpleaños? ¿Es una autobiografía? ¿Es una novela filosófica? ¿Es ficción? ¿Es no ficción? Si lo entendemos como un libro autobiográfico, ya que parte de un narrador que cumple 50 años en el mes y en el año en que el autor nacido en Coronel Pringles los cumple,  nos topamos con una anomalía, ya que es un libro en el que casi no hay ninguna otra anécdota aparte de la ya mencionada. Carece de historias, de conflictos, de giros narrativos. En todo caso, se trata de la biografía de una mente, de las digresiones creadas por una mente que no supo interpretar correctamente un fenómeno tan banal como el de las fases de la luna.

En la penúltima página hay una reflexión bellísima: “He escrito en alguna parte, sin mentir, que no tomo ninguna precaución con mi salud o mi seguridad, porque no vale la pena. Con una vida como la mía, sería una falta de elegancia; o, dicho de otro modo, la única oportunidad de ejercer la elegancia que puede dar una vida como la mía es despreciarla, o al menos mantenerse perfectamente indiferente a su continuidad o interrupción. Si me pongo a pensar en el tema, llego a la conclusión de que me cuidaría sólo si fuera un genio o si fuera millonario”.

En este fragmento se cifra la poética de Aira. La decisión de no editar sus novelas, de escribir como una fábrica que produce heladeras, responde a ese impulso. El descuido como una política de trabajo nace de un desprecio bien asumido hacía  la Gran Obra, y en eso hay una marca de estilo, una ética.

La broma para muchos sorprendente y para otros pedante, se origina en el reconocimiento de esa limitación, la de no poder ser un genio, la de escribir a pesar de ello, la de escribir en contra de ello.

Cuando escucho pavonearse a algunos epígonos de Aira, a los que quisieron imitar su gesto, los imagino como a esos muchachitos que aspiraron a ser populares y fracasaron o fueron demasiado tímidos para siquiera intentarlo, y por lo tanto se pasaron la vida afilando su sarcasmo contra los que sí se cogieron a las mujeres más bonitas, contra los que manejaron los autos más veloces, contra los que bailaron y pelearon en las fiestas más salvajes.


 

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