Si Alicia Llarena hubiera sabido que justo en el instante en que Surligneur-2 le entregó el artículo de Mempo Giardinelli se iba a desencadenar una continuada serie de largos desfallecimientos y aconteceres imprevistos en la vida de ésta, con toda seguridad hubiera prescindido de las palabras del narrador argentino que venían como anillo al dedo a su po­nencia sobre Cristina Peri Rossi y Ángeles Mastreta. Des­pués de todo, el mullido verano canario justificaba ampliamente la omisión de aquellas variaciones porteñas sobre la posmodernidad, más aún en su condición de organizadora de este congreso del CELCIRP que apenas le había dejado tiem­po para atisbar los entresijos de oculto erotismo en los textos que iba a comentar. Es más, de haberlo imaginado, la misma Surligneur-2 hubiera preferido amarrarse groseramente la mano derecha antes que extender las tres páginas fotocopiadas que dieron la señal para mover los hilos de un destino inexorable donde ya se incubaban las fuertes rupturas de la precaria unidad interior que sobrevendría después. Pero am­bas eran totalmente ajenas, en ese momento, a la secreta causalidad que desataba, con aquel gesto, no ya una catarata en el Ontario, sino un indetenible alud de desgracias y equívo­cos, diabólico mecanismo que echaba a rodar su perverso en­granaje de mala suerte, y que ahora, desde una mirada genuinamente retro, explicaba, minuciosamente, que en el Ho­tel Sansofé Palace no despertaran a Surligneur-2 la mañana en que debía presentar su ponencia, y el rígido prestigio de profe­sora implacablemente puntual de que gozaba entre sus estu­diantes habaneros se trocara en aquella imagen de leocadia jadeante que se acercó a la mesa presidida por Claude Cymerman, justo en el momento en que se daba por termina­da la sesión de la mañana: debería esperar el arribo a la próxi­ma isla para ser escuchada, como si su destino reclamara la presencia de una sucesiva insularidad para mostrar su signo de mayor esplendor.

Ilustración

Juntas estuvieron en la mesa del Congreso que se efectuó en el Parque Viera y Clavijo, donde Surligneur-2 habló de la metaficción historiográfica en Daimón, luego de haber co­rroborado algunos datos con Abel Posse aprovechando la demorada excursión al Parador de Tejeda. Juntas se dieron pataditas de ánimo por debajo de la mesa cuando casi termi­naban sus exposiciones, y juntas esperaron, temerosas, la irrupción de los chiflidos académicos, margullo antillano del lenguaje de silbos de los montaraces guanches, y casi sintie­ron estallar las sonoras trompetillas, vibrantes jitanjáforas del choteo insular; remedo del stridor ventris, alma de fuelle y acordeón que tan a tono hubiera estado con las evocaciones rioplatenses del IV Congreso del CELCIRP, cuando sólo se hizo un silencio sobrecogedor: líbrenos Dios del reproche contenido, que no atrapa en sílabas jocundas y explosivas su discurso de vituperio.

Fue entonces cuando pidió la palabra el lejano Samuel, quien citando un antiguo pergamino hebreo, puso en duda el término mismo de posmodernismo por aquello de que ya Fe­derico de Onís en su Antología de la poesía española e his­panoamericana… Pero Alicia y Surligneur-2, repuestas ya del sofoco del silencio, y bajo la indudable protección de San Sofé, venerado y milagroso pastor canario, apelaron a la tan socorrida polémica mundonovista del localismo versus lo universal y, sin que ellas mismas supieran cómo, terminaron mencionando el sranantongo y el papiamento como una prueba irrefutable de que era necesario aceptar los lenguajes univer­sales si se aspiraba a que las recónditas voces de las islas fueran oídas en los foros, internacionales y no. El éxito fue rotundo, y aún embriagada por él, se produjo el suave regreso de Surligneur-2 a la isla tropical, luego de escalar las alturas del Teide, donde Alicia hizo la solemne promesa de que el mencionado artículo —olvidado en Las Palmas— sería en­viado puntualmente a La Habana en la primera oportunidad que se ofreciera.

Y en efecto, fue enviado puntualmente, y para mayor segu­ridad, dentro de una pesada fotocopia de Todo lo sólido se desvanece en el aire, un texto que Surligneur-2 no había po­dido encontrar en sus periplos habaneros y que, seguramente, haría sus delicias, pensó Alicia, y pensó mal. Pensó mal por­que el referido libro fue como una gota de agua entre los se­dientos creadores tropicales, ávidos de lecturas que no se encuentran en las bibliotecas de países bloqueados y subdesarrollados, y sólo bastó que saliera de la maleta de la alada mensajera para que se viese fatalmente desviado del recorri­do que debería conducirlo a su destinataria.

Y llegó de pronto el día en que el artículo de Mempo, trocado ya en lejano manuscrito, «Súmula nunca infusa…» arrebatada por la furia del huracán, preciado tesoro encerrado en un cofre de tres llaves, cuatro cancerberos y una medusa, cuyo paradero sólo conocían los piratas más curtidos en las artes laberínticas de enterramientos sin testigos en las arenas de las islas desiertas del archipiélago canario o del Mar Cari­be, reclamó su desenlace cuando sonó el teléfono y resultó ser San Jorge, ese dragón angelical de la editorial Abril, que ponía una fecha tope, ya no lejana sino angustiosamente apre­miante, para la entrega del texto que Surligneur-2 le había prometido sobre el posmodernismo. Señales de humo, palo­mas mensajeras, cartas desde Nueva Delhi, fax paulino del divinal Schwartz, telegrama por Singapur, SOS vía satélite, correos electrónicos del Centro de Estudios Martianos: sólo la generosidad de Julio Ramos, que viajaba al día siguiente, podía garantizar la reproducción y el envío a tiempo del an­siado ejemplar de Puro Cuento.

Tomada estaba la decisión que pondría fin a tan inmereci­da ausencia bibliográfica cuando Apresurado Lento movió los hilos de la secreta causalidad que manejaba desde las pá­ginas del ejemplar de Paradiso que reposaba junto al teléfo­no para que éste volviera a sonar y se oyese de pronto la cálida voz del Innombrable, aliento perfumado de querubines, so­plo santo que hizo desfallecer a Dulce Azucena desde el otro lado de la línea cuando la invitó al concierto del novísimo compositor.

Indetenible sería la batalla que ya había comenzado a li­brarse: iniciada estaba la guerra, templado el acero, tensos los atabales, a punto de estallar el conflicto final en que se dirimiría la suerte de este discurso crítico, pero no sólo de éste, porque por primera vez Dulce Azucena estaba dispuesta a defender sus vilipendiados predios afectivos y a esgrimir cualquier argumento para lograr sus propósitos, pues ¿qué necesidad hay, realmente, de remitirse a las reflexiones del narrador argentino sobre el posmodernismo, que bien banales han de ser cuando nadie más las menciona? Obcecación de poscrítica frustrada que para esconder su mediocridad apela al delirio no ya de un iluminado ensayista, sino de un obeso porteño –pues bien gordo me han dicho que es el tal Mempo Giardinelli–. Porque también podrías usar eso del «escritor a la vista», tú que hablas de la transgresión en la escritura, y dejar un espacio en blanco donde pensabas poner la cita del susodicho, y añadir, en cambio, una nota al pie que explique tus intenciones iniciales y las frustraciones posteriores cuan­do el malhadado artículo se extravió; escribir algo así como: aquí debió haber ido una cita de Mempo Giardinelli sobre el posmodernismo, pero el único ejemplar de que disponía la autora fue perdido por un novísimo cineasta y el ejemplar único que había en la biblioteca fue robado por un, segura­mente, novísimo usuario, de modo que no será posible repro­ducir el texto, mas sí hacerle un homenaje in absentia, eros de la lejanía y todas esas boberías antiperdularias que tanto te entretienen. Dices que lo que escribes últimamente es poscrítica, pero más parece castigo de los cielos, venganza de sargento contrariado o terca vocación masoquista esa dis­ciplina militar que te has impuesto, ya no inspirada labor de creación si ahora, justo en el momento en que el Innombrable nos invita a un concierto, tú te empeñas en ir a ver a Julio Ramos para solicitarle el artículo de marras por las vías más recónditas que han existido, desdeñadas, ciertamente, por todo intelectual que se respete, que un artículo sobre el posmo­dernismo no es un jabón de baño, ni una lata de aceite, ni el pomito de champú que tan bien nos vendría para arreglar un poco esta cabeza, muy adornada por dentro, según tú, pero de lamentable aspecto por fuera, que más le hubiera valido a sor Juana haberse lavado la testa durante un mes con detergente y agua de lluvia, para no necesitar tanta pena de rudeza, ni tanto castigo de cortarse el pelo por aquello de que no está bien que luzca adornos cabeza tan desnuda de ideas y de lu­ces que son más apetecible aderezo…

Y considerando que su exaltado discurso había sido elo­cuente, conmovedor, y sin dudas convincente, Dulce Azuce­na se olvidó de los tributos excesivos que demandaba la poscrítica y corrió hacia el clóset a buscar qué ropa ponerse para ir al concierto del novísimo compositor, dispuesta a pro­tagonizar una metamorfosis más espectacular aún que la de Mirtila. Revolvía las gavetas buscando el vanishicrín de Suchel, la colonia Fiesta, la sombra de ojos Realce y el betún de zapatos –socorrido rimel de estos tiempos de absoluta escasez—. Dime, Surligneur, tú crees que me quede bien la pintura de labios que vendieron en el pomito de compota o es preferible el repuesto de Prisma que viene en la cajita de car­tón. Tú crees, Surligneur, que use el plumón negro como delineador de ojos o que pruebe con la acuarela del Abejorro. Dime, Surligneur, me pongo el pulóver de la discordia con la sayita de Tania, o me dejo el vestido de la endromuria con las chancleticas negras…

¡Olvida inmediatamente –gritó Surligneur-2– toda la parafernalia de este travestimiento a que te conduce tu extra­viada imaginación erótica! Recuerda la más elemental ética feminista, decididamente opuesta a esos excesos carnavalescos propios de sumisas mujeres en celo. Ese a quien llamas el amor de tu vida puede haberse olvidado de que te invitó al concierto, pero aunque así no fuera, nadie te asegura que an­síe sentarse a tu lado, pues reiteradamente ha desdeñado las muestras de afecto que le has brindado. Hombre de tu vida será sólo si tú te empeñas tercamente en esa falacia que has dado en llamar tu amor imposible, pues lo único verdadera­mente imposible será que me detengas ahora que voy mendi­cante en busca de Julio Ramos para pedir el artículo de Mempo, y no importa que haya apagón y la ciudad esté oscu­ra, y haya comenzado a desatarse una fuerte tormenta tropi­cal: vamos a verlo para pedirle que envíe la carta al hada madrina, vecina norteña, botella lanzadora al mar desde la pobreza irradiante de la plataforma insular en reclamo de un Mempo perdido en las lejanías de las bibliotecas computa-rizadas de la sociedad postindustrial.

Y tan segura estaba Surligneur-2 del poder de sus palabras y del rapor de su elocuencia, que no se percató de que ya Dulce Azucena había decidido abandonarla para siempre, con intenso dolor de su corazón, estrujado, sí, mas firmemente decidido a defender el amor de su vida entre los sonidos de las violas y los cellos que ya comenzaban a sonar en la sala de la UNEAC.

Que se vaya lejos y me libere al fin de su agobiante presen­cia, sobre todo ahora que me hallo en este terrible trance de mi quehacer profesional, pensó Surligneur-2. No me importa que se quede desvalida nuevamente cuando el Innombrable la rechace, y caiga trastabillante en los hormigueros, y en­tonces cante «Flor de fango» con su voz de trovadora borracha para intentar proteger a deshora su espíritu irremediablemen­te desgarrado. No me importa que se estrelle entre las melo­días posmodernas pensando que el Innombrable nunca ha dejado de amarla desde su ciudadela, con una pasión exacer­bada y dolorosamente contenida, que hace fecunda su me­moria en la insomne madrugada y añorado el tiempo prodigioso de los ibeyi en Scorpio. No me importa que se pierda por el mundo con la esperanza a cuestas como un far­do, con su terco optimismo y su utópica mirada de esquizoide que ve flores donde sólo hay cenizas, amores renacientes don­de sólo hay desesperanza, margaritas y esmeraldas donde sólo hay puercos contenidos en sacos de yute. No me importan su locura, ni su melodioso abandono, ni el terrible desamparo con que se enfrenta al mundo. Tan expulsada está de mí como el teniente de Pablo Palacio, el otro yo de Garmendia, o el socio de Jenaro Prieto, y lo único que se me ocurre ahora es agradecer el inefable gesto de Alicia Llarena extendiendo su mano amiga en Tenerife para librarme de esta plaga que me atormenta desde la niñez cuando yo quería dormir y a ella le daba por contemplar diz que el polvo de estrellas que irradia­ba la noche, cuando yo me apuraba para llegar puntual al exa­men de Física y ella me hacía regresar de la parada con unos pichones de gorrión encontrados en la acera, diz que pobres huerfanitos ateridos por la lluvia tempranera, cuando se puso a jugar con un retrasado mental, diz que pobre niño necesita­do de cariño, en realidad demonio lombrosiano que la vomi­tó minuciosa y alevosamente en plena calle Línea, cuando por las mañanas yo apenas puedo apurarme el vaso de agua con azúcar para no llegar tarde a clases porque ella me ha hecho lavarme la cara con agua de pétalos de flores, diz que para que el día nos brille con todo su esplendor, y… después de todo y quizá por eso mismo, ¿cómo voy a abrir los ojos si no está ella para obligarme a cumplir ese ritual mañanero?, ¿cómo haré cuando no haya gas, ni electricidad, ni luz bri­llante y se acabe el agua, y haya que salir a cargar cubos y entonces no esté ella para recordar —memoria prodigiosa— las clases de latín, mens sana in corpore sano, y prepare una fogata en el portal, para que estén en plena fiesta el Abejorro y sus amigos, corriendo a buscar leña en sus nuevos roles de campistas citadinos, y el Abejorro devore el arroz africano que es puro engrudo de sahumerio con pescado hervido a lo Simbad el Marino, mientras ella le cuenta por enésima vez el lan­ce con el gigante en Georgetown, sus incursiones sobre el puente flotante de Wilemstad, y otras de sus aventuras caribeñas?, ¿cómo impartir la enorme cantidad de docencia que tengo este semestre si no me recuerda, con su tono felizmente exal­tado, que decir maestro es decir creador y sembrador de pue­blos?, ¿cómo ser jurado de los talleres literarios si ella no sopla en mi oído tanta impresión delirante que resulta ser cer­tera, y me salva de los lugares comunes de la exégesis litera­ria?, ¿cómo terminar entonces mi texto sobre los novísimos narradores y el posmodernismo, aun cuando llegue puntual­mente el artículo de Mempo Giardinelli, terrible manzana de la discordia?, ¿cómo sobrevivir, en fin, sin esa secreta espe­ranza, eternamente alentada por ella, de que el Innombrable aún me ama?, ¿cómo, si es ella la que sabe entretener al Abe­jorro cuando llega el asma en la madrugada y no hay taxis, ni vecinos con gasolina, ni bicicletas con frenos, y se acabó el spray de Salbutamol, pero ella le da una fisioterapia conga en la espalda, una fisioterapia rumba, puro guaguancó y repique de tambores sobre los pulmones, zumba, canalla rumbero, y se lo echa al hombro que esto no es más que una guerra del pan duro, burro 21, y llegamos a Marfán, mira un CVP con nariz de mazapán, ríete de la enfermera que parece un elefan­te, canalla rumbero… pero no te vayas a reír de la desolación que podría esperarnos si Dulce Azucena realmente ha decidi­do no regresar.


*Del libro Ella escribía poscrítica (Ediciones Abril, 1995).