De su teatro breve, Juan Mayorga ha escrito: “El valor de una obra teatral no depende de su extensión, sino de su intensidad. Depende de su capacidad para recoger y transmitir experiencia. De la generosidad con que enriquezca en experiencia a sus espectadores. Cada uno de los textos que constituyen Teatro para minutos, escritos a lo largo de los años, quiere ser juzgado no como esbozo o boceto de un texto más amplio, y mucho menos como los restos de un largo texto fallido. Cada una de estas piezas quiere ser leída como una obra completa”. Presentamos El espíritu de Cernuda, una de sus obras:

 

1

Banquete de boda de la hija del Presidente. En una mesa marginal, el Poeta, solito y tristón, no participa de la fiesta. Apenas come y sólo bebe agua. En cierto momento, el Presidente se le ha acercado y le ha dicho algo al oído. Entonces, el Poeta ha sacado papel y boli. De vez en cuando escribe unas cuantas palabras.

2

El Poeta sigue escribiendo. El Joven Ministro, algo achispado, se le acerca sin abandonar su gin-tonic.

Joven Ministro- Yo a ti te conozco. Yo a ti te conozco. Nos conocemos y no sé de qué. Déjame, déjame, no me lo digas. ¿El gimnasio? No. ¿El ministerio? No, de antes. ¿El máster? ¿La facultad? ¿El colegio? Eso es, el colegio. Los curas. Claro que sí, los curas, ahora caigo. Tú eres… El modo en que agarras el boli… Claro que sí, coño, tú eres… Claro, hostia, claro… ¡El Poeta!

Poeta- Es verdad. Así me llamabais en el colegio.

Luis Cernuda

Luis Cernuda

Joven Ministro- ¡El Poeta! Pero si te hemos mencionado un millón de veces. Cada vez que nos juntamos, te mencionamos: “¿Qué será del Poeta?”. Nos seguimos juntando cada tanto a cenar, con las mujeres, y siempre te mencionamos. “¿Qué será de éste?”. Porque con unos y con otros vas coincidiendo, pero de ti nadie sabía nada. Tú es como si se te hubiese tragado la tierra. Eras un tío raro, ¿eh? Pero lo que nos reíamos con tus ocurrencias. Y mira que ir a encontrarnos aquí, en la boda de la hija del Presidente. Cuando se lo cuente a los chicos no me van a creer. ¿Te acuerdas de Paquito? Está de embajador en La Haya. ¿Y Nacho? Jefazo de Coca-Cola. Es que éramos un grupo de la hostia. Aquel COU del ochenta y dos, de la hostia. Pepón, director general de HWH; Borja, coronel en la OTAN; yo, ministro antes de cumplir los cuarenta… Un grupo de la hostia. Y nadie nos ha regalado nada, ¿eh? Nos lo hemos currao. ¿Y tú? Cuenta, hombre: ¿Qué fue de ti? ¿Qué has hecho en todos estos años?

                Silencio.

Poeta- Bueno, no sé por dónde empezar… En el ochenta y nueve publiqué un libro de poemas.

Joven Ministro- ¿Un libro de poemas?

Poeta- “Cuerpo y exilio”.

Joven Ministro- Pero me refiero a… Algo habrás hecho. Si no, no estarías aquí. Aquí no está ningún cualquiera. Aquí está lo mejor de cada casa. Aquí sólo hay campeones. Mira aquella mesa: el seleccionador nacional, el Rey y miss España. ¡El Dream Team! Aquí no hay ningún pringao. Aquí sólo están los mejores. Seguro que tú eres el mejor en algo. Vamos, no seas modesto.

Poeta- Entre el ochenta y ocho y el noventa y tres trabajé en una tesis doctoral sobre “Experiencia de la pérdida en el teatro de Max Aub”. Pero no llegué a leerla. No me sentía satisfecho.

Joven Ministro- “Experiencia de la pérdida…”. Siempre fuiste un tío raro. Te mencionamos a menudo. A las mujeres les hace mucha gracia cuando les hablamos de ti. “El Poeta. ¿Qué habrá sido de él?”. Tenías cada ocurrencia. Cuando el cura aquél, ¿cómo se llamaba?, aquel al que dijiste…

Poeta- El Padre Molina.

Joven Ministro- Lo recordamos a menudo, las mujeres se mean de risa. El cura nos está describiendo con pelos y señales las penas del infierno y tú levantas la mano y dices: “Padre, si hay que ir al infierno, se va, pero, por favor, no nos acojone”.

Se troncha. El Poeta no. Silencio.

Poeta- Me echaron por aquello. Me expulsaron del colegio.

Joven Ministro- ¿Te echaron? No me acordaba. Oye, pero ¿qué es eso? ¿Qué estás bebiendo? ¿Agua mineral? ¿Estás enfermo?

Poeta- Es que estoy trabajando.

Joven Ministro- ¿Trabajando? ¿Eres guardaespaldas? No tienes pinta de guardaespaldas. Anda, Poeta, no te cachondees. 

Poeta- Estoy escribiendo.

Joven Ministro- Sí, eso ya lo veo. Pero ¿qué coño escribes?

Poeta- Escribo para el Presidente.

Joven Ministro- ¿Para él? Eres asesor. Le escribes informes.

Poeta- No exactamente. Le ayudo a… Le ayudo a dar forma a sus ideas.

Joven Ministro- Ah, así que te dedicas a eso. Eres de los que le escriben los discursos. Claro, hombre, se puede decir, no hay de qué avergonzarse. Hay un equipo. El Presidente no puede escribir todos sus discursos. Ningún presidente del mundo lo hace. ¿Te imaginas a George Bush escribiendo? Oye, pero qué honor, ¿no? Dar forma a las ideas del Presidente.

Poeta- Bueno, yo estaba replanteándome… enviando mi currículum aquí y allá, cuando me dije: ¿Y por qué no? Y a los pocos días suena el teléfono y…

Joven Ministro- Un discurso magistral el del domingo. (Imita al Presidente.) “Vamos a barrer las calles de delincuentes. Vamos a barrer”. Magistral.

Poeta- Ése no era mío. Yo no intervengo en política. Lo mío es lo que llaman “discursos especiales”.

Joven Ministro- ¿Discursos especiales?

Poeta- Inauguraciones de museos, centenarios… Arte, cultura, republicanos… Lo del centenario de Cernuda, por ejemplo. ¿Lo leíste?

Joven Ministro- ¿Cernuda? ¿El chileno? Ah, no, Cernuda, sí, hombre, sí, claro que lo leí… Uff… Pensé: ¿No nos estaremos pasando? A ver si, de tanto viajar al centro, vamos a perder el norte. Porque a ese Cernuda no había por donde cogerlo, ¿no? Rojo, maricón… De modo que lo habías escrito tú. Yo sabía que no lo había escrito él. Bueno, todos lo sabemos, todos sabemos que él, en poesía, de Bécquer no ha pasado: “… no corta el mar sino vuela / un velero bergantín…”. Así que lo de Cernuda era tuyo.

Poeta- Sí.

Joven Ministro- Pero tú eso lo escribes como quien hace churros, ¿no? Que te dicen Cernuda, Cernuda. Que te dicen Pemán, Pemán. Tú no te crees eso que escribes. Porque tú eres de los nuestros, ¿no, Poeta?

Poeta- Como quien hace churros. Que me dicen Pemán, Pemán.

                Silencio.

Joven Ministro- Y a ti Lorca, ¿qué te parece? Sinceramente, entre tú y yo.

Poeta- No es mi estilo. Lo encuentro un poco empalagoso.

Joven Ministro- Empalagoso y maricón, porque ése sí que era maricón.

Poeta- Sí.

Joven Ministro- Oye, y Alberti, ¿qué me dices de Alberti?

Poeta- Bueno, ése al menos no era maricón.

Joven Ministro- Eso es verdad, eso hay que reconocerlo. (Pausa.)  Oye, me estoy perdiendo. Me he perdido. Esto es una boda, ¿no? Una fiesta. No nos iréis a dar la murga, ¿eh?, murgas, no. ¿Qué demonios pintas tú aquí?

Poeta- Es que también estoy para las improvisaciones. Al Presidente le gusta improvisar.

Joven Ministro- Y la gente lo aprecia, la espontaneidad.

Poeta- Él me da tres ideas y yo les doy forma. Por eso estoy aquí.

Joven Ministro- ¿Tres ideas?

Poeta- “Sangre. Tierra. Bandera”. “Bilbao. Unamuno. Marruecos”.

Joven Ministro- Si lo he visto. Si he visto que se te ha acercado y te ha dicho algo al oído. Y he pensado: este tío es alguien. Este tío no es un primo del novio. Este tío es alguien.

Poeta- “Familia. Amor. Amigos”.

Joven Ministro- ¿Qué?

Poeta- Me ha dicho: “Familia. Amor. Amigos”.

Joven Ministro- “Familia. Amor. Amigos”. O sea, que va a hablarnos. “Familia. Amor. Amigos”. Me parece que voy a pedirme otro gin-tonic. “Familia. Amor. Amigos”. Manda huevos. Oye, pero no vayas a hacerte la idea de que a mí la poesía no me toca. A mí la poesía me toca como al que más. Yo leo poesía: “Polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga”. Y Kipling. En el partido, todos leemos a Kipling. Tiene un poema que todos los versos empiezan por “si”. Por ejemplo: “Si engañado no engañas. Si tienes en ti mismo una fe que te niegan”. Y al final dice: “Entonces, todo lo de esta tierra será de tu dominio. Y mucho más: serás hombre, hijo mío”. Oye, ¿por qué no me llamas un día al ministerio? (Le da una tarjeta.) Me llamas y quedamos un día con los chicos. Y nos tomamos una copa por los viejos tiempos. ¡Por el COU del ochenta y dos! Nos reíamos muchísimo contigo. No se lo van a creer. Que he estado con el Poeta. Por cierto, ¿cómo te llamabas? Tu nombre de verdad. Es que como siempre te llamábamos así: el Poeta. Lo que se van a reír las mujeres: “Padre, si hay que ir al infierno, se va, pero por favor no nos acojone”. No se lo van a creer. Bueno, lo dicho, y a ver si me envías esa novela.

Se aleja sin haber escuchado el verdadero nombre del Poeta. El Poeta rompe el papel en que estaba escribiendo, toma otro en blanco y escribe con mucha rabia.

3

El banquete ha alcanzado ese nivel de simpática desinhibición típica de una boda española: chaquetas fuera, sobacos sudorosos, bailes irreconocibles, voces en grito. En su mesa, los Candidatos a suceder al Presidente están tirándose la tarta a la cara.

Precisamente en ese momento, el Poeta pone punto y final a su escrito. Hace un gesto hacia la mesa presidencial y se le acerca un Guardaespaldas, que toma el papel. Este Guardaespaldas se lo pasa a otro, y éste a otro, hasta que el escrito llega al Presidente. Que hace un gesto.

Candidato 1- Shsss.

Candidato 2- El Presidente quiere decir algo.

Candidato 3- El Presidente va a hablarnos.

Candidato 1- Shsss.

La orquesta deja de tocar. Todos los comensales vuelven precipitadamente a sus sillas. El Presidente se pone en pie. Silencio sepulcral. El Presidente lee el escrito del Poeta, pero haciéndolo suyo, con ese estilo de sus mejores mítines.

Presidente- Hay momentos en la vida de un hombre. Hay momentos en la vida en que un hombre necesita abrir su corazón. Amigos que habéis venido a compartir mi alegría. Amigos venidos de Italia, de Inglaterra, de todas partes. Os estaba viendo bailar y reír y he sentido la necesidad de tomar la pluma y abriros mi corazón. Hay momentos en la vida de un hombre. A veces siento un impulso irrefrenable. A menudo me preguntáis: “Presidente”. “Presidente”, me preguntáis, “cuando ya no estés entre nosotros, ¿qué harás?”. Y yo guardo silencio. Queréis saber qué voy a hacer y yo guardo silencio. Pero hoy, hay momentos en la vida de un hombre, hoy quiero abriros mi corazón. A veces siento un impulso irrefrenable. Estoy despachando con un líder sindical, con un embajador, con un obispo, y siento un impulso irrefrenable. Incluso en el Consejo de Ministros. Hay momentos en la vida de un hombre. ¿He perdido una hija? Nooo. ¡He ganado un hijo! He-ganado-un-hijo. Hoy voy a abriros mi corazón. Han sido años importantes. Años decisivos. ¿Recordáis cómo era este país hace siete años? ¿Recordáis cómo era España hace siete años? Un país dividido en dos. Eso era España hace siete años: un país dividido en dos. Estuve varias horas meditando sobre ello el otro día, ante un retrato de Cernuda, en la exposición del Centenario, tenéis que ir, la hemos organizado nosotros, que no me entere yo que no vais, que yo no me entere. Hay un retrato en que Cernuda está en una playa, frente al horizonte. Un retrato simbólico. Se le ve escribiendo, en la playa, frente al horizonte. Simbólico. Vosotros diréis: ¿Y qué verá el Presidente en ese retrato? Seguro que os lo estáis preguntando. Os lo voy a decir. Os voy a decir qué veo yo en ese retrato. Yo veo en ese retrato un hombre frente al horizonte, en la playa, escribiendo. Pero yo veo algo más. Yo veo algo más. El poeta está en la playa, pero mira el horizonte. ¿Qué es el horizonte? ¿Qué es el horizonte? El horizonte somos nosotros. El horizonte somos nosotros. Por eso el poeta está triste. “Donde habite el olvido”, “La realidad y el deseo”, si os fijáis, todos son títulos deprimentes. Pero eso era ayer, en el pasado, eso era antes. Hoy, Cernuda sonríe. Hoy, Cernuda es feliz. Cernuda ya no mira al horizonte. Cernuda ya está aquí, Cernuda ya está entre nosotros. Como Lorca. Como Alberti. Están entre nosotros, compartiendo nuestra alegría. No, no os asustéis, en espíritu, están en espíritu. Compartiendo nuestra alegría. Son parte de la familia. Hemos superado las viejas divisiones. Hoy podemos citar a Lorca, a Alberti, y a quien nos dé la gana. ¿Que no? ¿Cómo que no? ¿Me van a decir a mí a quién puedo citar y a quién no? “Verde que te quiero. Verde” (Federico García Lorca). “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos” (Rafael Alberti). Sin complejos. Estaría bueno. Algunos no se quieren enterar de que este país ha cambiado. Todos hemos cambiado, nosotros también, y yo el primero. El otro viernes, el ministro del Interior me pasa el borrador de la nueva Ley de Extranjería. Yo le echo un vistazo y le digo: “Falta sensibilidad. Falta  poesía”. Y le pongo una metáfora por aquí, una alegoría por allá, dos metonimias, tres sinécdoques y cuatro hiperbatones. Sin complejos. Sin que nos tiemble el pulso. Y al ministro de Defensa se lo tengo dicho: “Si un día tenemos que declarar una guerra, que sea en octosílabos, que eso del verso libre no es ni chicha ni limoná”. Hemos sabido cambiar, dentro de unos principios, dentro de una coherencia, pero hemos sabido cambiar. A mí antes, la poesía, ni fu ni fa. Ahora, en cambio, cada vez más a menudo, siento un impulso irrefrenable. Incluso en el Consejo de Ministros, me olvido de lo que se está tratando y me pongo a escribir. Vosotros me preguntáis: “¿Qué vas a hacer, Presidente, cuando no estés entre nosotros?”. Y yo ya no puedo guardar silencio por más tiempo. Hay días en que el corazón quiere abrirse de par en par. Esta tarde, en El Escorial, mientras casaba a mi hija, rodeado de amigos venidos de todas partes, esta tarde he escrito para vosotros, mis amigos, estos versos:

                La expresión de mi ser contradictorio

                que se exalta por sentirse inhumano,

                que se embriaga por sentirse imposible,

                en esta piedra gris se simboliza.

                Mas tras de mí, ¿qué reserva el destino

                para mi obra? Subir más no es posible,

                sino quedar en el cenit, adonde

                como astro me vea,

                para pasmo y por gloria de los siglos futuros.

                Mi obra no está afuera, sino adentro.

                Yo no edifico piedra, sino historia.

                El futuro será lo mismo que el pasado.

                ¡Granítico Escorial, imagen de mi alma!

Silencio. Perplejidad de los comensales, que se miran sin saber cómo reaccionar. Más veloz que los otros, el Tercer Candidato a la Sucesión se pone en pie y recita hacia la mesa presidencial. El Primer y el Segundo Candidatos hacen lo mismo. Sus voces se superponen, como las de sus partidarios, que los jalean.

Tercer Candidato-

A las siete de la tarde.

Eran las siete en punto de la tarde.

La novia vino vestida de blanco

a las siete de la tarde…

Primer Candidato-

Si tu voz muriera en tierra,

la llevaré junto al mar

la dejaré en la ribera…

Segundo candidato-

Vientos del pueblo te llevan

vientos del pueblo te arrastran,

esparcen tu corazón…

Pero el Presidente hace un gesto hacia la orquesta, que ataca un pasodoble. Los Candidatos callan. El Presidente baila con la Novia.

 

* De Teatro para minutos, Ñaque, 2010.