En marzo del año en curso, tuvo lugar en Bogotá, Colombia, el Primer Encuentro de Programas de Creación Literaria y Escritura Creativa de las América. Uno de sus principales organizadores, Roberto Burgos Cantor, escritor y docente colombiano, fundador del pregrado y posgrado en Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá, aborda en esta entrevista temas candentes del debate en torno a la enseñanza de la escritura creativa a partir de la experiencia colombiana; también nos ofrece su enfoque particular sobre el oficio de escritor y sobre el rol de la literatura en las sociedades latinoamericanas.


¿A qué tipo de escritura se refiere usted cuando habla de un programa de escritura creativa?

La escritura a la cual me refiero es la posibilidad estética del arte de la literatura. Sin embargo hemos preferido en los programas de la Universidad Central utilizar la expresión Creación Literaria. Así alejamos la tentación de aceptar la escritura como un elemento mecánico de las diversas manifestaciones creativas de lo literario. Como pensar que el buen trazo depende más del pincel que del pulso y los acosos de la imaginación pictórica.

Hay grandes escritores de la literatura universal que jamás tuvieron una educación literaria formal, ¿se puede enseñar a escribir?, ¿qué tan importante es el talento?

Así ocurre. La tiranía de la vocación no da espera. Un cazador solitario sale a la búsqueda de una inquietud ambiciosa. Allí perece o logra una caza mayor. Pero lo anterior no excluye que una atormentada soledad insegura conduzca a quien siente inquietudes de vocación a experimentar en lo colectivo algo que no sabe bien qué es, es un misterio, cruel por cierto. Allí, pone a prueba incertidumbres, posibilidades, y siempre con un resultado beneficioso: o reafirma su vocación; o acepta que no la tiene en el sendero en cuyo tropezar se gastaba el alma.

En una célebre entrevista Faulkner le concedió al talento un porcentaje del 99%, y lo hizo igual para la disciplina y para el trabajo. Sin embargo, no le hace mal al escritor mirar ese buen texto de San Mateo que es la parábola de los talentos.

En 2014, Hanif Kureishi, escritor y docente de escritura creativa de la Universidad de Kingston en Londres, criticó los programas de escritura creativa. Dijo, por ejemplo, que el 99% de sus estudiantes puede “escribir frases pero no contar una historia sin causar aburrimiento” y que en esos talleres se enseñan cosas inútiles por las que él no pagaría, ¿cuál es su opinión al respecto?, ¿cómo ve el programa que usted dirige ante esta “definición?

Roberto Burgos Cantor

Roberto Burgos Cantor

Puede ocurrir lo que describe Hanif Kureishi. Y observo que él se refiere a los “talleres” que enseñan “muchas cosas inútiles”. Lo anterior plantea una diferencia y es que la noción de taller está vinculada a la informalidad. En el caso colombiano el pregrado, la especialización, y la maestría (en la Universidad Central y en la Universidad Nacional), son programas formales de la academia pero, para ambos casos, el taller y la Universidad, vaya uno a saber que es inútil, y qué no lo es. El escritor que ingresa a la Universidad para estudiar Creación, por un motivo que él mismo desconoce soporta diversos asedios para de repente dar con uno que le permite resolver el problemas que no sabía era su obstáculo. Puede ocurrir.

El programa de la Universidad Central combina una formación básica que potencia intuiciones, muestra posibilidades deja ver evoluciones; y una búsqueda creativa con acompañamiento que ofrece al estudiante una interlocución y una mirada desde afuera que a lo mejor requiere.

Estos cuestionamientos no son tan frecuentes cuando se trata de otras formas de arte, como la pintura, ¿por qué cree que existe un debate sobre la enseñanza de la escritura creativa?

Otras artes como la pintura, la música tienen una larga tradición de talleres, aprendizajes, técnicas, y todo eso ha permitido establecer códigos, modificarlos o renovarlos. Y tienen una particularidad: el estudiante de pintura o de música deriva saberes de la repetición. Supongamos el muchacho que va al museo y hace la experiencia de copiar una pintura de Goya, Picasso, Bacon, en el proceso y al concluir le habrán surgido ideas sobre el color, la resistencia de la pintura, el pincel adecuado, la luz. Pero en el arte de la literatura quien copia está condenado a la fatalidad de Pierre Menard. Y ello no es por incapacidad sino por una característica de la producción literaria que consiste en ser única, irrepetible, y a alguien le cupo en suerte o en desgracia escribirla.

Poco a poco se ira desentrañando la necesidad del escritor que requiere de la academia para resolver sus nudos creativos, o los conflictos de su vocación. Es arduo porque la anotación anterior de la obra como única y por tanto su autor exige una percepción individual del estudiante. ¿Qué será lo que necesita cada quién en esa especial circunstancia?

La Universidad Central alcanzó reconocimiento en Colombia por el Taller de Escritores que el maestro Isaías Peña empezó en 1981. ¿Cómo fue su proceso de creación y constitución?

Una observación rigurosa de las circunstancias de la Creación Literaria en Colombia, y la reflexión sobre sus búsquedas personales llevaron al maestro Isaías a situarse en un espacio de permanencia como lo es la academia universitaria. Esta decisión le permitía evitar las celebradas neblinas de una bohemia muchas veces estéril y abrir la posibilidad de mayores reflexiones y diversos asedios distintos a la mera y caprichosa inspiración. En el fondo aprovechar la verdad de aquella percepción de Baudelaire: la inspiración no es más que la recompensa del ejercicio cotidiano.

Así por más de 30 años la Universidad Central acogió un programa que ofrecía caminos a tantos escritores cachorros enfrentados a las duras incertidumbre de su vocación. Con aplicada constancia esa rica experiencia se ha ido recogiendo en el libro El universo de la Creación Narrativa cuyas intuiciones y hallazgos constituyen el fundamento y eje central de las prácticas y teorizaciones de este quehacer creativo.

Además del Taller, hoy la Universidad Central tiene programas de pregrado, posgrado y una maestría en Creación Literaria, ¿cómo se diferencian entre sí?

Una primera diferencia entre el taller y los programas de Posgrado y Pregrado tiene que ver con cierto elemento de informalidad académica que caracteriza al taller. Esto no quiere decir que el taller carezca de una metodología propia sino que se refiere a las condiciones de su ingreso. En él no se exige un determinado prerrequisito académico y sus resultados y certificados no se corresponden con los tradicionales en los sistemas escolares de educación.

El pregrado tiene el reconocimiento de una carrera universitaria y el estudiante recibe allí una formación integral dirigida a potenciar la vocación. También se  pone en sus manos otros saberes necesarios y útiles en los alrededores de la creación literaria. Por supuesto quienes ingresan deben contar con el título de bachiller.

La Especialización busca ahondar conocimientos, mejorar competencias y su requerimiento de grado consiste en la construcción de una propuesta narrativa y en algunos casos de estudiantes aventajados alguna muestra breve de lo que sería el desarrollo de dicha propuesta.

La Maestría en Creación Literaria abarca un territorio más amplio. Se pueden seguir indagaciones en la poesía, el ensayo y por supuesto las diversas modalidades narrativas. Esta maestría es de profundización en los géneros mencionados y para graduarse en ella se requiere un texto concluido, antecedido de una reflexión sobre la escritura misma, bien sea bajo la forma de ensayo, diario de creación, bitácora.

En marzo de 2015 la Universidad Central y la Universidad Nacional organizaron el Primer Encuentro de Creación y Escrituras Creativas de las Américas, en Bogotá. A este asistieron representantes de centros educativos, relacionados con la escritura creativa, de países como Argentina, Bolivia, Chile, México y Estados Unidos. ¿Qué rescata de este evento?

En primer término implicó un compromiso serio para Colombia y un reconocimiento al estado de sus programas en Creación.

Lo que habría que rescatar tiene que ver con un aspecto que siempre surge en la casi totalidad de la vida en América Latina. Este está dado por la dificultad de comunicarnos, de estar al tanto de lo que unos y otros hacemos. Entonces, reunirse a dialogar sobre búsquedas comunes, establecer canales de colaboración, en fin conocernos, constituyen una invaluable experiencia.

En Estados Unidos existen tres programas de Escritura Creativa en Español —en las universidades de El Paso, New York y Iowa, ¿qué similitudes y diferencias encuentra entre las metodologías de enseñanza de estas universidades y las de la Universidad Central?

La similitud central tiene que ver con que todos se empeñan, con entusiasmo, en ayudar a resolver una aspiración delicada de los estudiantes: ¿cómo escribir?

Ya sabemos lo que dijo Hanif Kureishi. Tal vez las diferencias estén en que nuestra Universidad ha logrado recoger la experiencia, por más de 33 años, de un taller de escritores. A partir de allí ha podido diseñar programas académicos que permiten realizar la vocación o cuando el escritor reconoce su espejismo ofrecerle alternativas en otro tipo de creación o de oficios conexos.

En los tres programas de español de Estados Unidos, los estudiantes son elegidos principalmente por la muestra literaria que envían durante el proceso de admisión y, de ser elegidos, se les ofrecen becas y ayudas económicas. En Colombia, los estudiantes deben pagar su matrícula, ¿le parece esta una situación problemática, en el sentido de que cualquiera puede pagar su matrícula y “convertirse” en escritor?

Siempre la escogencia de una disciplina confronta a quien la elige con diversos aspectos de su posible realización. En el caso colombiano nuestro, está previsto dentro del programa la producción de una obra antecedida de reflexiones sobre su propuesta y su proyecto. Es decir, no hay un texto previo sino una construcción que se hace y se acompaña dentro del programa.

Así se impone un encuentro con la realidad de la vocación, se tiene o no se tiene. El pago de la matricula no garantiza la “conversión” en escritor. Pero si genera con lealtad una respuesta razonable e intuitiva de lo que hay y de lo que no hay. En definitiva evita las frustrantes amarguras de quien cree tener el don y culpa a las condiciones externas de nunca poder realizarlo.

De las muestras literarias que usted ha leído, ¿qué es lo que más destaca?, ¿qué es lo que le hace sentir que un candidado debe ser admitido?, ¿busca talento que se destaca por sí sólo o busca germen de talento que puede/necesita ser trabajado?

En lo que se refiere a la Maestría en Creación Literaria es posible mirar una génesis y sus avances. Casi siempre llama la atención la ambición de quién escribe o quiere escribir.

El proceso de admisión nuestro reúne un conjunto de elementos que permiten tomar la decisión de una manera incluyente. Me importa mucho el valor social que tiene la propia convicción que surge del estudiante mismo quien reconocerá una visión falsa o una aspiración que demanda voluntad, persistencia y disciplina.

En cuanto a la formalidad de este tipo de programas, ¿de qué sirve un título en escritura creativa?  ¿Cómo se califica la calidad o el estilo literario de un estudiante en una escala numérica? ¿Tiene sentido hacerlo así?

Los títulos académicos en las artes presentan, para quien los adquiere, una simbología íntima. Sin embargo su reconocimiento social permite opciones dadas en campos anexos. Por ejemplo la investigación estética, el profesorado, la gestión cultura, la industria de bienes culturales. Yo no sé si esto que menciono son consolaciones, oficios de consolación, o a lo mejor sirven para cualificar un territorio importante en la construcción de sociedad.

Para el estudiante que afirmó su vocación este avance entre escrutinio, hallazgos, dificultades y realizaciones, sin duda contará en su haber, en ese haber provisorio que cada escritor abandona cuando renueva su ambición o acepta el horizonte por descubrir.

Como profesor de escritura creativa, ¿se siente responsable por el éxito de sus estudiantes como escritores?  

Debo observar que existe un matiz diferencial entre escritura creativa y creación literaria. Hecha la anotación te digo que uno responde de haber hecho lo más que podía de la mejor manera que sabía. El éxito está en la bolsa de repartos  de Dios y del Diablo.

Con las redes sociales y blogs, estamos en una época en la que muchos siente que tienen algo para decir –escribir– y que de hecho son escritores, ¿qué opina de esto? ¿qué tanto mérito le quita o le pone a quienes entran a un programa de escritura creativa?

Las redes permiten el ejercicio de una libertad casi sin contención. De todas formas sigo pensando, por una vieja observación de Rimbaud, que la búsqueda de la forma es parte seductora de la aventura literaria, de alguna manera caracteriza una escritura, un género.

Un mérito singular es el valor, la valentía, exponer los ripios de la intimidad a una mirada colectiva, estar obligado a responder preguntas que el escritor mismo no se ha hecho. Y por supuesto el logro de un texto aceptable y algunas veces renovador.

¿Tiene algúna definición de un estudiante ideal de escritura creativa?

Algunas observaciones: la compulsión de leer, la insistencia sin desfallecimiento, la insatisfacción, la voluntad.

¿Todo el mundo puede ser un escritor?

Yo no le sé. Supondría, en una concepción amplia de escritor, y teniendo en cuenta lo que mencionas antes de las redes sociales, que mucha gente escribe. Pensemos entonces que todo el mundo tiene el derecho. De todas maneras uno recuerda a Truman Capote, quien dijo que al escritor se le concede un don y también un látigo. Mis rudimentos de teología no disponen de las estadísticas celestiales o infernales para repartir virtudes y canalladas.

¿Qué significa para usted ser escritor?

Instalarme en la naturaleza de la libertad y compartir sin concesiones las posibilidades de la intimidad. Claro, ser escritor implica un descolocamiento perpetuo.

¿Qué le dice a los escritores inéditos que quieren ser publicados pero que aún no lo logran? A propósito, ¿se puede uno llamar escritor sin haber publicado?

Que no cejen. Hay que evitar la angustia para que no entorpezca lo que se va a escribir o se está escribiendo. Escritor es quien escribe.

¿Cómo ve las industrias editoriales en Latinoamérica y en Estados Unidos? ¿Qué puntos tienen en común, que las separa?

Conozco algo del tema editorial en nuestra América y pocas referencias de dicha industria en los Estados Unidos. En este país deslumbran los cuantiosos anticipos y atraen a los autores con la ilusión de ser llevadas sus novelas o cuentos al cine. No sé mucho más.

En el ámbito nuestro se echan de menos los editores de antes cuyo representante ejemplar es don Paco Porrúa, quien murió hace poco. Quedan algunos muy buenos pero demasiados obnubilados por el comercio de los libros y someten los riesgos estéticos a los deplorables pesos. Pesa sobre las editoriales la irónica admonición de don Ernesto Sábato, quien sentenció que las editoriales son como los bancos que para prestar dinero le piden al necesitado que demuestre que tiene dinero.