Sobre los cuentos pesan muchos tópicos, de los que conviene desembarazarse cuanto antes; a saber: que un cuento tiene que ser «perfecto» («esférico», dicen otros); que en un cuento no puede «sobrar ni faltar nada»; que una línea de más o de menos puede herir de muerte a un cuento.

Tonterías. Todo esto, en mi opinión, son falsedades que solo sirven para constreñirnos, descafeinar el género y robarnos libertad de movimientos, a la hora de escribir y de leer. A alguien se le ocurrió decirlo un día, y luego muchos otros lo repiten como la cacatúa de nuestra tía Jacinta, encaramada en su percha. Estoy aburrido de oírlo. Dudo mucho de que exista un solo cuento perfecto, al que no le sobre ni le falte nada. Aparte de no entender por qué en el terreno del arte, tiene que ser preferible la esfera a –pongamos por caso– el cilindro o el dodecaedro, que también tienen su encanto.

“Frutas de otoño” del pintor estadounidense James Paley (1749-1831).

“Frutas de otoño” del pintor estadounidense James Paley (1749-1831).

Si analizamos con lupa «El aleph» de Borges, considerado –con razón– una de las cimas canónicas del género, es muy posible que nos sorprendamos al descubrir que hay en él palabras, frases o incluso párrafos enteros de más o de menos. ¿Y qué? Hagamos un experimento casero; probemos a cambiar cosas en él: no pasa absolutamente nada. No por eso su música es menos memorable, capaz de sobrevivir inclusive al amor de sus admiradores, que al parecer es la forma de amor más tóxica de todas, porque desemboca en el refrito y el plagio (perdón: intertextualidad y apropiacionismo). Y lo mismo puede decirse de los más grandes escritores de relatos, llámense Maupassant, Gógol, Mansfield, James, Cheever o Lispector, hasta llegar al padre espiritual de todos ellos, Anton Chéjov.

¿De verdad alguien con un mínimo rigor intelectual en su genoma puede sostener que no sobra nada en libros de cuentos como Proyectos de pasado, de Ana Blandiana, La chica del pelo raro, de David Foster Wallace, Pájaros de América, de Lorrie Moore o Habitación doble, de Luis Magrinyà? Me cuesta creerlo. Yo diría que son libros de cuentos excesivos, imperfectos, híbridos, por momentos hasta malogrados en su desinhibición literaria, y que no importa nada. Todos ellos son únicos; cada uno en su especie, pluscuamperfectos.

Frente a esa concepción panteónica, intimidatoria y deprimente del cuento «esférico» y cincelado hasta el manierismo de una bola de rodamiento, se alza otro modelo bien distinto. Al cuento, en contra de lo que se dice, le sienta bien la imperfección y lo roto. No es una reina de la belleza, sin tacha, que tenga que encajar en un molde preestablecido por un comité de estilistas. Es, más bien, aquello que deforma el molde o al menos lo socava, lo descentra o lo impugna.

Una manzana con gusano puede ser más atractiva que una manzana sin gusano. Así ocurre, al menos, en narrativa. La literatura no es el reino de la corrección y lo mesurado, sino de la exageración y el revuelo. Un escritor mañoso tendrá siempre la cautela de no traspasar ciertas líneas ni ir «más allá de lo razonable». Es lo que distingue a un escritor mecanógrafo de un escritor kamikaze, dado que eso –ir «más allá de lo razonable»– suele ser el signo de la gran literatura.

Un cuento solo puede ser perfecto a condición de conformarse con poco; de quedarse corto. A menos ambición, más perfección. Cuanto más ambicioso, arriesgado y emocionante sea un relato, más posibilidades existen de obtener un resultado descompensado o aberrante para la norma social y el gusto establecido, como son gozosamente, hermosamente imperfectas las películas de Godard o Cassavetes. A cambio de eso, ofrecen una satisfacción más bien modesta: estar vivas.

Sin embargo, mucho me temo que pese a todas las evidencias en contra aún seguiremos oyendo pontificar durante bastante tiempo en los medios de comunicación de masas, las aulas, las salas de conferencias y los blogs, la misma lluviosa cantinela acerca del mito del cuento «perfecto», «esférico», en el que «nada sobra ni falta» y sin una palabra –ni una sola– de más o de menos que pueda menoscabar su perfección de alabastro. Esa perfección que nadie, hasta ahora, ha contemplado ni en sueños. Ni siquiera la cacatúa de nuestra tía Jacinta, encaramada en su percha.