Minuciosidad en los detalles, un trabajo consciente de reescritura, pero sobre todo atención –mucha– a la técnica, son las principales virtudes de las seis historias de Quiero ser artista, el primer libro del escritor argentino Pablo Ottonello, publicado en Buenos Aires un mes antes de que el autor iniciará su primer año en el MFA en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Iowa.

Pablo Ottonello. Quiero ser artista. Editorial Tenemos las Máquinas, Buenos Aires, 2015. 119 páginas.

Pablo Ottonello. Quiero ser artista. Editorial Tenemos las Máquinas, Buenos Aires, 2015. 119 páginas.

En tres de las historias –“Fundar un sexo”, “La gleba” y “Comprar crema”– es evidente una influencia Joyciana que Ottonello no oculta, no tendría porqué, y revela en las primeras páginas, con la inclusión de una cita del autor irlandés. Son cuentos plagados de divagaciones de pensamiento que fluyen una tras otra de forma vertiginosa, con salpicaduras de imágenes poéticas, con juegos de palabras puestos en el momento adecuado para causar impacto en el lector –una sonrisa, casi siempre– que se transforma en empujón para mantenerse pegado a estas historias. El uso de esta técnica es arriesgado en este presente de lectores que leen mientras tienen la tele en Netflix como sonido de fondo y no pueden parar de hacer hacer likes en Facebook y responder a cadenas de Whatsapp –aunque si usted de esos es probable que esté leyendo libros que son vendidos como literatura, aunque no lo sean.

“Quiero ser artista”, el cuento que le da título al libro, es un relato que conmueve, genial. Así. Sin más. Es una historia que parece no contar nada; como Seinfeld, la comedia de televisión estadounidense, about nothing, más exitosa de la historia de este país. No revelaré nada más, tendrán que leerlo.

“Amalia”, el cuento que cierra la colección, es una historia divertidísima sobre una familia que se vuelve adicta, encabezada por la madre, a los gimnasios, y la degradación en la que terminan. Hay imágenes fortísimas que te quitan la sonrisa con la que te había dejado “Comprar crema”. Es una historia escrita sin escollos en la carretera, pavimentada de principio a fin. Pero le hace falta ese algo que termine de mover o conmover. Es uno de los tropiezos del libro, aunque hay otros, como pistolas de Chejov abandonadas aquí y allá: un intento de hipertexto casi imperceptible, unas referencias políticas que ni quitan ni ponen y algunos gaps que pueden incomodar al lector.

Repaso las historias, una a una, la escritura de Ottonello, las sensaciones que provocan estos relatos y me doy cuenta que “Kovacic”, el cuento que abre el libro, es en realidad mi preferido. Me doy cuenta de que lo quería desechar, que lo quería menospreciar y dejar a un lado porque a mí, como al protagonista, el personaje de Kovacic tampoco me produce empatía. Este cuento es un ensayo literario, un estudio académico, una disertación de tesis disfrazada de ficción. Alguien, Kovacic, el gran pendejo que nos cae mal, descubre que la poesía tiene vida en un sentido real, no metafórico, que la poesía “…crecía casi sin criterio, caprichosa y autónoma, sobre imágenes que la suscitaban porque sí […] se movía, crecía, se reproducía, mutaba […] si no fuera errática e invisible, no sería poesía” (pág. 30). Este ser vivo crece más o menos dependiendo del tipo de imágenes –las melancólicas, las de mujeres, las de orgasmos y, cómo no, las de la violencia física y de la muerte.

Quiero ser artista es un libro que hay que leer, un libro de los buenos, no sólo por su calidad literaria sino porque es una escritura en la que se percibe, de lejos, que Ottonello dejó alma y dolor.