Tres semanas después de nuestro viaje a Helsinki, recibí una llamada en el centro de entrenamiento en Kiev donde había empezado a entrenarme la noche anterior como boxeador.

Es una mujer que grita como una loca dijo la tirana de la recepción.

Me quite los protectores dentales, los guantes y tomé el teléfono. Era mi hermana y soltaba las palabras sin calibrar, le pedí que se tranquilizara. La escuché avergonzado e intenté explicarle todo, sin éxito. Colgamos, y en menos de dos minutos, volvió a sonar el teléfono: era Kim, su marido millonario, me dijo que tenía los papeles del divorcio en la mano.

 

Retouch unbroken arms, tomada de

Retouch unbroken arms, tomada de thewallartmag.wordpress.com

Se casaron diez años atrás y desde entonces habían vivido en Estocolmo. Él trabajando para Volvo como jefe de programación, y ella trabajando en su propia tienda de ropa. A diferencia mía, la suerte les había sonreído desde que se conocieron, y tal vez desde mucho antes. Nunca tuvieron hijos, pero nunca los quisieron, ni los necesitaron. Mi hermana, al igual que yo, abandonó su ciudad natal, cuando todavía era una niña. Nos fuimos a vivir a España con nuestro padre. Sin embargo, tan pronto como mi hermana cumplió los dieciocho años, tuvo una fila de admiradores golpeando todas las noches en la puerta del departamento en donde vivíamos. Una noche Kim la trajo de regreso a casa en su auto, y desde entonces, la trajo cada noche en su auto hasta que una noche no la trajo más, se fueron a vivir los dos a Estocolmo.

 

No hablábamos mucho a pesar de vivir en el mismo continente, y de compartir la misma desgracia de nuestro pasado en Colombia. Solamente, nos veíamos en navidades y los cumpleaños de cada uno. Por eso no me sorprendió la llamada de Kim el día del cumpleaños cuarenta dos de mi hermana.

Vamos a Helsinki mañana dijo aquella tarde y queremos que vengas con nosotros a celebrar el cumpleaños de tu hermana.

No tengo ni para pagar la renta de este mes –dije, y era cierto.

–Yo te invito.

Lo consideré. Pensé en decirle que mejor me ayudara para pagar la renta de ese mes, pero para Kim no había motivo alguno por el cual yo no pudiera pagarla por mí mismo: un hombre joven, y según él, con todo un mundo de posibilidades delante de mí. El problema era, según él, que olvidaba las cosas, que no me enfocaba, que no tenía un horizonte claro. En otras palabras que mi vida era un desastre. Sus invitaciones muchas veces me salían costosas. Alguna vez me invito a su casa de verano en el sur de Italia y cuando llegué me recibió con una manguera y un balde lleno de jabón: tuve que lavarle la proa de su yate. Kim era un tipo generoso. Pero había algo en él que no lo dejaba dar, sin esperar nada a cambio.

–Toma un avión esta noche a Helsinki, y el domingo regresamos los tres en barco a Estocolmo.

–Debo trabajar el lunes en el gimnasio –dije.

–Pues, tomas un avión por la noche desde Estocolmo. Tu hermana va para Viena. Toman un taxi del departamento los dos –dijo y colgó.

 

Trabajaba como instructor de aeróbicos en Padrón, un pequeño pueblo en el norte de España. Me acababa de separar de mi mujer, a mi viejo la cabeza le había empezado a patinar de tal forma que ya ni siquiera se acordaba de mí, y a diferencia de mi hermana, a diferencia de Kim, no tenía nada más que deudas y preocupaciones. Sin embargo, acepté, para no romper la tradición familiar de vernos en las fechas especiales.

 

Esa misma noche viajé a Helsinki. Kim y mi hermana me recogieron en el centro de Helsinki. No los veía hacía más de un año. Mi hermana, cálida, pero apurada como siempre, me abrazó cuando me baje del taxi. Se le estaba cayendo el pelo de tanto estrés, me dijo. Aunque no lo noté. Continuaba igual de bella que en su juventud. Su piel morena no tenía ni una arruga. Sus ojos oscuros reflejaban una mirada que acababa de golpe a cualquier hombre. Kim no hablaba mucho. Siempre movía el rostro para afirmar o para negar. Pagó los cien euros de la carrera del taxi desde el aeropuerto y tomó mi mochila en donde traía dos pantalones y una camiseta.

–La tía de Kim está aquí –me dijo mi hermana mientras caminábamos–. Vamos a verla ahora en el restaurante.

–Dios –dije.

La tía de Kim vivía en Moscú con su esposo, el ruso, Fritz Demitrev, un campeón mundial de lucha del que únicamente había escuchado por medio de mi hermana. Según tenía entendido, el boxeador tenía contactos con los círculos más importantes de Rusia, no solo con el Estado sino que con el sector privado y hasta con la mafia. De eso, nunca hablamos con mi hermana, por eso de no corromper la moral familiar con la que crecimos en casa de nuestros padres. Cuando entramos al salón, nos esperaban en una mesa grande, cerca de la ventana principal. La tía de Kim estaba sentada frente de su marido; con los codos sobre la mesa, lucía un vestido de flores, y tenía las mejillas como las de un bulldog. Fue la ausencia de cuello de su marido lo que más me impresionó. Nos sentamos en la mesa con ellos, ordenaron una botella de vodka. Después de hablar de la familia de Kim, y de pedir la segunda botella de vodka, el ruso dirigió su atención hacia mí:

 No tienes mucha suerte –dijo como si me conociera mejor que mi hermana.

Observé a mi hermana.

–Trabajo en un gimnasio –dije.

Le falta fuerza para ser competitivo –dijo mi hermana.

Eso de la fuerza es relativo dijo el ruso–. ¿Cuantos años tienes?

Veinte nueve –dije.

–¿Y cuánto llevas en Europa?

–Veinte –dije.

–¿Y has pensado en regresar a tu país?

–No –dije.

Tengo un centro de formación de luchadores en Kiev dijo el ruso.

Mi hermana tocó mi pierna por debajo de la mesa.

Empecé a pelear cuando tenía veinte años –dijo el ruso.

Lo mire al rostro: al ver esa nariz doblada, los parpados caídos, los cartílagos de los oídos machacados, se me hizo un nudo en el estomago.

No soy luchador –dije.

Sabes cuanto me pagan por una pelea –dijo el ruso.

Mi hermana me volvió a tocar la pierna por debajo de la mesa. Esta vez me dio un pellizco.

Miré de nuevo a mi hermana.

–Lo va a pensar –dijo ella.

El salón principal del restaurante estaba localizado en la terraza de un edificio clásico y moderno a la vez, como los rascacielos de las películas de Nueva York de los años treinta. Desde allí se podían ver los cuatro puntos cardinales de la ciudad: al norte, las luces del muelle; al sur, la catedral luterana; más allá, Suomenlinna y la Plaza del Senado; al este, Aurinkolahti. Se podían divisar las luces de los barcos rusos y escandinavos. Era un recinto elegante, con un techo alto y unas telas blancas. En una esquina, junto a una fuente, un pianista vestido de negro tocaba canciones folclóricas finlandesas.

Mientras cenábamos, la tía de Kim, tan gorda que apenas podía moverse, se paró de la mesa, y regresó a los dos minutos con un camarero vestido impecablemente. Traía una caja envuelta en papel regalo.

–Es para ti dijo la mujer y se lo ofreció a mi hermana, y se quedó mirándola con una sonrisa grande que dejaba ver un punto de oro en su diente frontal.

Una sonrisa llenó el rostro de mi hermana también, levantó dos tapas de la caja. Del interior saco un jarrón con un estampado con unos cisnes dorados.

Suspiró.

Para que coloques unos tulipanes, feliz cumpleaños dijo la tía de Kim, la abrazó y todos brindaron por mi hermana, y después por Kim y el matrimonio.

 

Comimos, y bebimos hasta las dos de la madrugada. Hacía mucho tiempo que no comía con tanto gusto, sin tener la preocupación en mi garganta de que cada pedazo de carne que entraba en mi boca fuera un euro menos para pagar mi renta. Cuando nos paramos de la mesa para marcharnos, el ruso me extendió su mano pesada con una tarjeta y su número telefónico en ella. No la acepté, pero mi hermana la aceptó y me la metió en el bolsillo de mi camisa.

–Dale tiempo –dijo ella mirando al ruso a los ojos, nos despedimos.

 

Al siguiente día, por la mañana permanecimos en el hotel. Por la tarde, tomamos el ferri rumbo a Estocolmo. Como era de esperar, cuando nos subimos al ferri, Kim me entregó su maleta, dos abrigos y el florero con los cisnes dorados. Sin embargo, también hizo algo que yo no esperaba. De su billetera sacó un billete de quinientos euros.

Para que pagues la renta –me dijo. Me metió el billete en el bolsillo de mi camisa y se retiró con mi hermana a su recamara del barco.

 

En mi recamara observe el florero, los quinientos euros y la tarjeta del ruso. Me pregunté cuánto costaría aquel florero, tal vez, mucho más de lo que yo podría imaginar. Coloqué el jarrón al lado de la almohada, me duché y salí a caminar poco antes de las diez de la noche. Entré al casino, y me senté en el bar, y pedí un vaso de agua. Miraba el salón lleno de mujeres rubias, altas y millonarias. Me llamó la atención una en particular que estaba parada frente a una máquina traga monedas. La observé por largo tiempo, perdía, a veces se acercaba a la barra y pedía un vodka, cambiaba billetes de mil coronas por monedas de cincuenta centavos y regresaba a apostar con la máquina. Supuse que tendría unos cuarenta años. Su pelo húmedo, suelto, de color sepia por poco me produce una erección: la imaginé antes de salir de su habitación: estaba desnuda. En el baño se probaba un juego de ropa interior blanca, se ponía los pendientes de oro que ahora brillaban, el vestido negro y salía a la proa a mirar el  reflejo de la luna en el Báltico. Advertí que cada vez  que se acercaba a la barra por un trago, miraba mis brazos. Pensé que yo tenía algo en mis brazos que ella no tuviera en los de ella. En un momento se sentó a mi lado. Se rió. Volvió a mirar mi piel oscura. Me puso su mano fría sobre mi antebrazo, me dio un beso en la boca y se marchó.

La seguí con mi mirada, sin comprender, hasta que la perdí entre un grupo de borrachos finlandeses que discutían en la entrada del casino. Al volver en sí, me paré. Salí al pasillo para buscarla, pero me había demorado mucho. Hombres jóvenes y mujeres se dirigían a la discoteca con tragos en sus manos. La había perdido. Caminé por unos minutos a través del corredor principal, mirando si tal vez la desconocida había entrado a otro bar, o simplemente se había sentado en alguno de los sofás que estaban cerca de las paredes de los pasillos. Sin embargo, lo único que encontré, fueron una camada de escandinavos que dormían borrachos arropados con el tapete rojo de los corredor. Subí las escaleras, decidí entrar al único bar que estaba en el piso. Pedí una Lapin Kulta y me dirigí al baño de hombres, maldiciendo no solo mi mala suerte, sino mi falta de decisión para hacer las cosas; tal vez, Kim tenía razón, debía recordar las cosas mejor, actuar, aprovechar las oportunidades; pero, como si la vida me hubiera querido dar una oportunidad más en esta noche para decirle al mundo que yo estaba en lo correcto y los demás equivocados, justo antes de entrar al baño me tropecé con la desconocida. Dios Mío, pensé, gracias. Ella, sin embargo, no advirtió mi presencia, a pesar de que me paré al frente de ella. Al no ver ninguna reacción de ella, hice lo que debía hacer: entré al baño. Concluí que su acto no era más que un error de los que hacen los borrachos, del que al siguiente día no se acuerdan. Abrí la llave del agua caliente, y me incliné para lavarme el rostro. Levanté la mirada, la dirigí al espejo que estaba frente de mí, y para mi sorpresa, la desconocida estaba parada detrás mío como un fantasma; pero, no lo era, porque sentí su mano en mi bragueta, y tampoco era un sueño porque acercó sus labios rojos a mis oídos y en un inglés británico que me costó comprender, me pidió que la llevara a mi habitación.

Obedecí.

 

En el corredor mientras caminábamos a mi recamara, mi corazón latía a mil por hora. Ella no paraba de hablar, y a pesar de que no entendía sus palabras en inglés –mucho menos la situación en la que me encontraba–, le demostraba que entendía todo. Le costaba caminar, y cada vez que daba un paso derramaba el trago de su copa. ¿Por qué yo?, me preguntaba. Abrí la puerta, y me empujó contra la cama. Caí al lado del jarrón. Lo coloqué en el piso y me acosté. Se levantó el vestido negro, y se sentó sobre mi dorso, el pelo se deslizaba sobre mi cara. Se quitó el bikini blanco, y sus aretes, y en el medio de su embriaguez, me pidió que colocara todo en el interior del jarrón, eran costosos, y no quería perderlos, dijo.  

 

Desperté sudando con su cuerpo sudoroso al lado del mío. Una luz clara entraba por la ventanilla de la recamara. Estocolmo. Afuera los viajeros abandonaban la embarcación. Los finlandeses que había visto en el casino andaba con gafas oscuras. La ciudad estaba cubierta de nubes grises. Llovía. Observé su torso desnudo. Todo su cuerpo olía a perfume costoso.  Miré la hora, el vuelo, recordé, me paré y guardé las cosas. En lo único que pensé en ese momento fue que la suerte me había llegado definitivamente. Anoté mi número telefónico en una servilleta, la dejé en la mesita de noche, la bese en los hombros, y salí de la habitación. En la puerta de la recamara de Kim y mi hermana había una nota: golpeamos en tu habitación, pero no abriste. Búscanos en el departamento. Caminé por el puerto hasta Gamla Stan. Paré un taxi que me llevó hasta Slussen. Mientras subía las escaleras del edificio en donde vivían Kim y mi hermana, me sentía liviano, libre, hombre nuevo. Todo lo que veía era aquel cuerpo vikingo, atlético, sobre mi cuerpo, y el futuro tal vez, como el de mi hermana. Cuando entré en el departamento miré la hora. Eran más de las seis de la tarde. Kim estaba en su habitación hablando con alguno de sus clientes. Mi hermana se estaba alistando para salir al aeropuerto.

        –Coloca el jarrón en aquel cajón, el taxi viene en camino –dijo ella mientras se maquillaba.

 

Nos despedimos en el aeropuerto de Arlanda. Mi hermana se fue para Viena, y yo regresé a Padrón, pensando en aquel viaje de dos noches, en la desconocida, en la propuesta del ruso, y en todo lo que no tenía, pero podría tener. Kim se quedó en Estocolmo haciendo dinero que era lo que mejor sabía hacer.

 

Aquella tarde que me llamó al centro de entrenamiento, tres semanas después de nuestro viaje a Helsinki, le conté cada detalle de la historia de la desconocida que se quedó en mi habitación. Pero, mi hermana no me creyó. Para ella, Kim había guardado un secreto desde muchos años y la prueba de ello era aquellos pendientes y la ropa interior costosa en el jarrón de los cisnes dorados, que yo había olvidado sacar cuando salí de la recamara del ferri, y que ella encontró cuando regresó de Viena. La desconocida me llamó, aunque sola fuera para decirme que yo era un ladrón, que me había robado sus pendientes y su ropa interior.



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