Samanta Schweblin es de esas escritoras que arman las historias en su cabeza antes de teclear una sola palabra en el ordenador. La estructura impecable de sus relatos, la exigente selección de la perspectiva desde la que se contará la anécdota o la ausencia absoluta de desviaciones en el argumento son pruebas de ello. Hay mucha técnica bien utilizada en los relatos que conforman Siete casas vacías (Páginas de espuma, 2015), libro por el que la autora argentina acaba de ser galardonada con el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, pero hay, y eso es quizá lo que termina de dar la fórmula del éxito de esta premiadísima autora argentina, mucho talento para mirar.

Samanta Schweblin. Siete casas vacías. Páginas de espuma, Madrid, 2015. 127 páginas.

Samanta Schweblin. Siete casas vacías. Páginas de espuma, Madrid, 2015. 127 páginas.

A menudo es ése el secreto de los buenos cuentistas, más aún si hablamos de los que claramente beben de la tradición estadounidense y su especial capacidad para examinar el detalle y lo profundo de las situaciones cotidianas. En Samanta Schweblin se reconoce la violencia afectiva de Flannery O’Connor y el desarrollo del instante de Raymond Carver, y no sólo en sus dotes narrativas, sino también en la austeridad del lenguaje, que huye de florituras que pudieran distraer del verdadero centro de sus relatos: la historia y su atmósfera. Vaya, por delante, sin embargo, que en Schweblin percibo una gran preocupación por el lenguaje que me agrada, acostumbrados como estamos a dividir a los escritores entre los formalistas y los argumentalistas, y que estoy convencida de que cada frase de estos relatos está meditada y depurada para conseguir la precisión de la que están cargadas sus palabras.

No falta ni sobra nada. Los cuentos empiezan con la frase precisa y tienen finales contundentes. La austeridad de la narración permite que los detalles que la autora selecciona para formar parte de su relato resalten para adquirir una significación imprescindible dentro de él (“La mujer va delante, ciega a las marcas de barro que voy dejando en cada escalón”, 21; “[El árbol de navidad] tiene bochas rojas, dos guirnaldas doradas y seis muñecos papanoeles colgando de las ramas como en un club de ahorcados […] los ojos de los papanoeles no están pintados exactamente sobre los relieves oculares, donde deberían estar”, 98).

Y luego está el manejo riguroso de la tensión, quizá porque la autora estudió cine, o quizá le sale de manera natural. O más seguramente es una combinación de ambas habilidades, pero el caso es que una vez que se comienzan a leer los relatos de Siete casas vacías, se apoderan del lector la necesidad y la ansiedad de terminarlos.

Los cuentos de Siete casas vacías están plagados de cajas y armarios que se llenan y se vacían de pertenencias, de mudanzas y de búsquedas poco analíticas y muy humanas, que es, en definitiva, una de esas cosas que nos aporta la buena literatura: el dibujo certero de lo que no puede ser explicado de otra manera. Los personajes de los relatos de Schweblin no son oscuros, sino reales y bien reales. Creo que el halo siniestro que dejan a su paso es precisamente el que nosotros dejamos. Egoísmo, venganzas cotidianas, envidias, comparaciones, odios inconfesables, aburrimientos secretos y pensamientos que no compartimos con nadie son el motor de estos cuentos y Samanta Schweblin tiene el valor y la destreza de poner la lupa sobre nuestras miserias y mostrar con ellas nuestra fragilidad.

En «Nada de todo esto», uno de mis relatos predilectos, una madre y su hija se cuelan en las vidas de otros allanando sus casas. En «Mis padres y mis hijos», un hombre esconde a sus padres, que juguetean desnudos por el jardín, mientras su exmujer trae a los niños de visita en compañía su nueva conquista y siente la adhesión de sus hijos al juego de sus padres como una victoria ante la nueva circunstancia. En «Pasa siempre en esta casa», las ropas del hijo muerto de los vecinos aparecen quincenalmente en el patio de la vecina. «La respiración cavernaria», el relato más extenso y complejo del libro, nos muestra a una mujer que hace listas para propiciar su muerte, empaqueta sus pertenencias y mezcla, hasta la indisolubilidad, la realidad con su visión demente de ella. «Cuarenta centímetros cuadrados» nos presenta a una mujer que, de vuelta a Buenos Aires tras una temporada en España, conversa con su suegra y ve repetirse en sí misma una sensación perturbadora. «Un hombre sin suerte», un relato estupendo que además había obtenido previamente el premio Juan Rulfo de Cuento, narra cómo el cumpleaños de una niña de ocho años se ve frustrado por el protagonismo de su hermana pequeña y dibuja una complicidad prohibida entre la niña y un hombre desconocido. Por último, en «Salir», una mujer acorralada sale de su casa en bata y con una toalla en la cabeza para buscarle respiro a su vida, cree encontrar una vía de escape, pero, frustrada ésta, a su vuelta al apartamento la escena, y la vida, se mantienen intactas y sin escapatoria.

Dicen por ahí que leemos más en verano. El trabajo impecable de Schweblin merece unos días de estío. Yo, además de los que ya le he dado, o, más bien, los que ella me ha regalado, voy a reservar unos cuantos más para leer otros títulos de la autora, como los sugerentes Pájaros en la boca (2008) y el Núcleo del disturbio (2009). Samanta Schweblin es una virtuosa del relato que sorprende al lector gracias a un talento enorme y a una envidiable habilidad para la planificación, ¿o es casual que la última frase del libro sea así de concluyente?: “Sé que me tocaba hablar a mí, pero si él pregunta, eso es todo lo que voy a decir”.

Siete casas vacías merece ser leído y disfrutado. Ya lo he dicho. Y, si me preguntan, eso es todo lo que voy a decir.



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