Llegué a la extraordinaria poesía de Isel Rivero de la mano de Milena Rodríguez, específicamente gracias a su ya paradigmático “Poetas transatlánticas: Hispanoamericanas en la España de hoy” (2012), ensayo al que me referiré ampliamente en este breve artículo. En el mismo, esta estudiosa cubana se pregunta: ¿tiene realmente nombre aquello que tiene tantos? Es decir, ¿cómo debemos llamarlas: poetas desplazadas, transplantadas, migrantes, transatlánticas, transterradas? Más aún: ¿dónde se les ubica o (des)ubica dentro de la literatura contemporánea: poetas hispanoamericanas, nacionales de su país de origen, españolas? Nos referimos a poetas como Ana Becciú (argentina), Noni Benegas (argentina), Juana Bignozzi (argentina), Magdalena Chocano (peruana), Cristina Peri Rossi (uruguaya), Isel Rivero y la misma Milena Rodríguez. Y lo mismo sucede con poetas como Rolando Sánchez Mejías (cubano), Edgardo Dobry (argentino), Rodolfo Häsler (cubano) y Yulino Dávila (peruano), así como los ya fallecidos José Viñals (argentino) y Antonio Claros (peruano).

Isel Rivero y Julio Cortázar, Venecia, 1971

Isel Rivero y Julio Cortázar, Venecia, 1971

En ese sentido, sobresale el trabajo de Benito del Pliego, destacado por Rodríguez, sobre todo su ensayo “Extranjeros en su lengua. Aporías críticas ante los poetas latinoamericanos en España” (2006). Fue él quien se refirió a la “inserción indiferenciada” para llamar la atención sobre un reconocimiento sutil de esos poetas partiendo de su aculturación: cuando alguno de estos poetas ha llegado a ser reconocido por la crítica española dicho reconocimiento ha implicado, de cierta forma, su asimilación sin matices a la poesía española actual, asimilación que borra, a menudo, las huellas de la diferencia que podría leerse en la poética de esos autores. Del Pliego ha brindado ejemplos de dicha estrategia de la crítica, como el de Andrés Fisher o Andrés Neuman. El otro lado de la moneda de esta “inserción indiferenciada” es lo que, según Rodríguez, sucede con otros poetas hispanoamericanos que hoy escriben en España, sean hombres o mujeres, y es que han sido, de alguna manera, invisibilizados, marginados, excluidos, ninguneados. Uno de los casos más dramáticos es el de Ángel Calderón quien se suicidó en Valencia.

Del Pliego sostiene que cuando se publicó en España Las noches del cuervo (2007) de Isel Rivero –una autora cuyo primer libro data de 1959–, “la noticia de esta escritura hizo que algunos nos avergonzásemos del desconocimiento y que nos preguntásemos por qué, teniendo la autora una larga relación vital y literaria con España, no habíamos sabido antes de su existencia”. Más adelante agrega: “Creo que no es exagerado decir que la desatención de ciertos autores se sigue produciendo en base a motivos ideológicos donde el lugar de origen es un factor clave. […] los lectores favorecen a los autores de su nacionalidad porque estadísticamente rehúyen todo lo que no hable de ellos mismos, el desinterés por la poesía de Isel Rivero en España podría interpretarse como un enjuiciamiento de su extranjería” (2010: 9).

No obstante, merece la pena señalar que, aunque todavía pocos, sí han habido algunos esfuerzos por documentar la escritura poética de latinoamericanos en la España actual. Por ejemplo, las siguientes antologías: Encuentro de jóvenes poetas españoles e iberoamericanos residentes en España, de Pío Serrano (1984); Ocho poetas hispanoamericanos en Madrid, de René Letona (1987), Poetas cubanos en España, de Felipe Lázaro (1988), el monográfico de la revista Ánfora Nova en 2001 titulado Poetas Iberoamericanos en España; y la antología Estruendomudo (2003), de Del Pliego (2006), que incluye no solo a españoles y latinoamericanos sino también anglosajones. A lo anterior se le deben añadir los dosieres de Wilfredo H. Corral en Quimera, “Las dos orillas: nueva literatura transatlántica” (2004), donde reúne a narradores y poetas; y el coordinado por el mismo Del Pliego para Paralelo Sur, “Poesía y desplazamiento: el caso de los poetas latinoamericanos en España” (2008).

No hay tiempo para extendernos en este tema pero, en definitiva, el asunto que hay que repensar, siguiendo a Rodríguez (quien cita a Del Pliego y Claudio Guillén), es el de las relaciones entre escritura y exilio. Ya la palabra exilio –declara Guillén– implica la variedad referencial, es decir, se trata de “la diversidad de realidades que denota, y aún más, los grados diferentes de realidad que lleva implícitos, entre la metáfora pura y la experiencia directa. ¿Es exilio lo que siente el hombre cuya relación con el mundo no es sino extrañeza, ruptura y soledad? ¿No es superficial el no querer distinguir ese sentimiento de las condiciones que se le imponen a quien abruptamente se encuentra transportado o expulsado a otra sociedad, con diferentes presupuestos cotidianos, otro sistema de convenciones, otros modos de comunicación y hasta otro idioma” (1995:145).

La poeta Milena Rodriguez Gutierrez

La poeta Milena Rodriguez Gutierrez

Rodríguez enfatiza que, si tradicionalmente en el campo de la poesía, propiamente, ya se alude a la metáfora del exilio como el lugar de los poetas, es decir, de los outsiders, y la poesía como refugio irrenunciable, es de vital importancia que empecemos a matizar y distinguir las variantes de ese exilio. Aunque es válida la metáfora total del exilio en la poesía, no podemos pasar por alto que, además de esta, hay seres humanos que padecen no solo la metáfora sino también la literalidad del exilio. Y muchos incluso aprovechan el exilio real para construir una poética. En síntesis, lo que se debería buscar es reflejar un todo plural y no un todo indiferenciado de las voces poéticas en la España actual. Así, se puede decir que las circunstancias vitales en las que se inscriben los poetas transplantados, están asociadas no solo a las nociones de patria, nación e identidad, sino, sobre todo, a cuestiones de migración, nomadismo, exilio, lo que al mismo tiempo producen la convicción del desarraigo, del descentramiento, del no-lugar, una sensación de estar fuera o en otro lado, incluso a veces tanto de la literatura de la que provienen como de aquella en la que supuestamente se insertan. Recordemos, nos dice Rodríguez, aquel poema de Bolaño titulado “El último canto de amor de Pedro J. Lastarria, alias ‘El chorito’”, incluido en Los perros románticos:

Sudamericano en tierra de godos

[…] Sudamericano

En tierra más hostil

que hospitalaria […]

[…] Sudamericano

En hospitales de godos

[…] estas soledades

Que los godos no entienden

O que entienden de otra manera

[…] Sudamericano en tierra de

Nadie;

[…] Sudamericano en tierra

De sombras […]

No obstante, concluye la cubana, hay que señalar que muchas veces estas circunstancias, digamos, desventajosas, son convertidas en ganancia por estos poetas y en ese sentido la poesía del chileno vuelve a darnos señales: “En aquel tiempo yo tenía / veinte años / y estaba loco. / Había perdido un país / pero había ganado un sueño” (“Los perros románticos”). Así, los poetas afianzan la libertad de no tener que representar exclusivamente a una nación, a una patria, en definitiva, a un centro hegemónico que a la larga también puede causar mutilaciones.

¿Y qué pasa con las poetas migrantes?

Según Rodríguez, la condición inmigrante en la mujer ha estado presente a lo largo de la historia, es decir, dentro del lenguaje y de la cultura. En otras palabras, las mujeres han sido tradicionalmente extranjeras frente a un centro androcéntrico, de aquellos ámbitos creados por los hombres. En ese sentido, la condición real de una mujer inmigrante o extranjera en el plano geográfico adquiere mayor contundencia. Se convierte en doblemente extranjera. Por otro lado, es casi obligatorio mencionar a Gertrudis Gómez de Avellaneda ya que ella fue posiblemente la primera mujer latinoamericana, dentro del ámbito de la literatura, que vivió en España en el siglo XIX. Cómo olvidar su famoso soneto “Al partir” en el que anuncia que ha sido “arrancada” de la isla pero, al mismo tiempo, enuncia una partida deseada. Habría que estudiar esto con mayor detenimiento, es decir, el modelo transatlántico que personifica Gómez de Avellaneda y qué rasgos se identifican en ella, en su vivencia, y en otras poetas cubanas que se trasladaron a España. Sobre todo considerando que, si bien lo estático y lo pasivo –la supuesta permanencia, la inmutabilidad, de aquella que se queda en casa velando por el hogar– se ha adjudicado a lo femenino, en realidad estas mujeres migrantes representan una ruptura: se trata de sujetos transgresores que subvierten los roles genéricos simplemente con el hecho de emprender el viaje. Para ejemplificar esa transgresión, recordemos un refrán popular alemán: “peregrina viajó, puta volvió” (Morató: 14).

De la des-nación al desgrane de la realidad

Me interesa aquí referirme brevemente a Isel Rivero (1941) y Milena Rodríguez (1971), dos poetas cubanas de dos generaciones diferentes que en la actualidad viven en España.

Isel Rivero salió de Cuba como exiliada en diciembre de 1960 (condición que sigue manteniendo). En ese momento, ya había publicado en La Habana dos libros: Fantasías de la noche (1959) y La marcha de los hurones (1960). Como resultado de ese exilio, y por su trabajo humanitario en las Naciones Unidos, vivió en Nueva York, Viena, Namibia, Honduras y Ruanda, hasta que se estableció en Madrid en 1996. Sus inicios poéticos estuvieron vinculados al grupo literario El Puente, que fundó junto a José Mario Rodríguez. Fuera de Cuba, entró en contacto con autores como Anaïs Nin, Julio Cortázar y Robin Morgan. Sus otros poemarios publicados son Tundra (poema a dos voces) (Nueva York, 1963), El Banquete (Madrid, 1981), Relato del horizonte, que en realidad es una compilación de toda su poesía en español publicada hasta esa fecha (Madrid, 2003) y Las noches del cuervo (Madrid, 2007). En 2010, Rivero publicó Words are Witnesses. Las palabras son testigos. Obra poética en inglés (1970-2008) (Madrid) y en 2011 editó De paso (Madrid).

Rodríguez, Milena. El otro lado. Sevilla: Renacimiento, 2006. 88pp.

Rodríguez, Milena. El otro lado. Sevilla: Renacimiento, 2006. 88pp.

Rodríguez (quien ha estudiado la obra de su coterránea más de una vez) sostiene que la escritura de Isel Rivero es la de la des-nación, la del despojamiento. Es ese exilio del cosmopolitismo donde se diluye el extrañamiento del exilio, en palabras de Pérez Firmat (2000: 30), razón por la que se transparenta una serenidad con respecto a su condición de desarraigo. De hecho, el español de la poesía de Rivero no es de ningún sitio: no se encuentran en él rastros de Cuba ni de España. Asimismo, se percibe en su poesía una apertura de la identidad que en ningún momento es doble, sino más bien múltiple, deslocalizada, vívida en sus numerosos desplazamientos. El aquí y el allá se funden y se convierten en varios horizontes, o en un horizonte con varios matices, sombras, rostros. La voz poética vive, pues, en un lugar lejano y cercano al mismo tiempo. De acuerdo con Pepa Roma, “con cada una de sus poesías Isel parece decir al ser humano: mira de donde procedes, de qué materia estás hecho, medita sobre tus ataduras, ejerce tu libertad. Señalarnos nuestra condición de hombre pequeño, estúpido, cruel, vanidoso, incapaz de reconocer que no es más que una mota de polvo, un instante fugaz en la marcha del universo…” (2003: 11). No obstante, también hay espacio para una belleza y una pasión que permiten transformar ese paisaje desolador. Leamos algunos fragmentos de Tundra (Poema a dos voces):

I. El viaje

 

[…]

Pero era imposible

nuevamente

unir rostros a una multitud sin rostro;

nuestro grito

no podía incorporarse a otros gritos,

y persistían huérfanos,

determinantes,

débiles aullidos abismales

sobre la faz de los astros.

 

No podíamos incorporarnos

entre masacre y masacre de historia,

entre lucha y lucha de pueblos remotos,

hundidos, sumergidos.

 

SOBRE SÍ INFINITAMENTE

SE LEVANTÓ EL ÁRBOL DESDE LA TIERRA.

 

Yo tiré entonces de los cabellos

a las cañas,

a las espigas frotadas por el viento,

y las raíces de mangle

hicieron la cabellera del hombre:

ese día sangró el mar;

desde ese día ha continuado sangrando.

[…]

 

VI. Relato del horizonte

 

Hacia ti crece el verde, horizonte,

donde las naves repliegan sus largas alas,

donde los Puertos son bocas dentadas entre las manos de una ciudad marítima

[…]

Entre las brumas de cada habitación

se vierte tu voz

horizonte,

acorralados aullidos a través de nuestro acoso,

y surges lejano, aprehensivo,

irguiéndote a veces

entre olas de aguas,

entre olas de arena,

entre dunas de historia y palabra,

allí,

en el espacio de cada ser,

horizonte.

[…]

 

VIII. Despedida

 

ARRASTRÉ MIS PIES SOBRE LA ARENA,

SENTÍ SU FRESCOR,

SENTÍ SU ARIDEZ

[…]

Nadie vino a mi encuentro,

y estoy feliz de poder sentir a todos acompañados,

de poder sentirme (estoy feliz)

sola

sobre esta pequeña roca,

viendo,

oyendo

el largo peregrinaje de los hombres bajo el sol.

[…]

No obstante, Rodríguez ha rescatado el poema “Exilios”, quizá el único de Rivero que se refiere directamente a este tema, y el cual esta precedido por una cita de Djuna Barnes:

Rivero, Isel. Las palabras son testigos. Madrid: Verbum, 2010. 168 pp.

Rivero, Isel. Las palabras son testigos. Madrid: Verbum, 2010. 168 pp.

Cuánto más ordenado hubiera sido nacer

anciano y que el tiempo nos hiciera niñas

llevadas finalmente no a la tumba sino al útero.

Djuna Barnes

 

No es determinismo biológico

lo que lleva al salmón hacia la fuente del río

o el retorno de la anguila

Es la perseverancia del genio

que nos sirve a todos

 

En nuestras diferencias

siempre encontramos el camino a casa

y si no te lo estrujan en la cara

La memoria, sí, juega su parte

como una actriz

persiguiendo olores, sensaciones

en grietas de la infancia

recolectando todo lo que sirve a la intención

de lo que realce y corone

su entrada resuelta

 

Llevamos la casa por dentro

y desovamos en nuestra sangre.

 

En este poema se transparenta un exilio a la inversa, del final al principio, del lugar de llegada al lugar de origen, del final del río a su fuente: “exilio-arte que conduce, no a un allá, sino a un adentro, no a una casa exterior ubicada en el principio del viaje, sino al propio cuerpo, a una casa-realidad interior, corporal” (Rodríguez, 2012: 328).

Poco tiempo después de descubrir la poesía de Isel Rivero, tuve la oportunidad de leer la de la propia Milena Rodríguez, y no pude resistir la tentación de encontrar en su poética un rastro del viaje al otro lado, precisamente a la luz de su ensayo sobre Rivero y las poetas transatlánticas.

Rodríguez es conocida en España sobre todo por su faceta ensayística e investigadora; vive en Andalucía desde hace más de una década donde ejerce la docencia en la Universidad de Granada. Es licenciada en Psicología por la Universidad de La Habana, licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Granada. También es una magnífica poeta. Ha publicado los poemarios El pan nuestro de cada día (Granada, 1998), Alicia en el país de Lo Ya Visto (Granada, 2001) y El otro lado (Sevilla, 2006).

En mi opinión, la escritura de Rodríguez está hecha de interpelaciones al estado de cosas inamovibles, donde lo raro se convierte en refugio, al mismo tiempo que se percibe una negación de lo naturalizado: las cuestiones de género, la cultura, la tradición, la identidad nacional, la Historia. En ese sentido, se enraíza en un no-lugar raro, extraño, sobre todo en El otro lado. A ese lugar emigra y se queda la voz poética. Y este viene a ser un lugar más que geográfico: es igualmente un lugar que está dentro (de sí) pero ineludiblemente fuera de todo lo construido, hecho, naturalizado, por un centro hegemónico, sea este el lugar de origen o el lugar de llegada. Es decir, la poética de Rodríguez nombra el reverso de las cosas, el reverso de todo estereotipo, de toda aquella elocuencia que a ella le parece falsa. El viaje ha permitido explorar la extrañeza frente a las cosas más comunes pero también ante los grandes temas de su tiempo. De este modo, la voz poética también rompe el dualismo implícito en el allá y acá, rompe con la idealización de la otra orilla, pero de forma diferente a Rivero: en Rodríguez, la poeta elige el otro lado de las cosas, a estar entre las sombras pero como observadora traviesa –predomina el asombro sobre el escepticismo–. Ese otro lado puede ser un lugar terrible, pero también puede ser un lugar sencillamente diferente. En definitiva, Rodríguez no escribe sobre el otro lado sino desde el otro lado para vislumbrar las dos orillas, por lo tanto el extrañamiento no se diluye como en Rivero, más bien sigue existiendo aunque desde una perspectiva diferenciada: bordeando la realidad y sorprendiéndola desde la propia realidad oculta. Cito tres poemas de El otro lado como ejemplo:

“El otro lado”

 

Yo no quiero las cosas

ni sus nombres,

yo no quiero la esencia

ni la palabra que la habita.

Quiero andar sus rincones, sus costados,

quiero entrar despacito a sus preguntas,

en sus no sé, en sus cómo,

en donde ya no son lo que parecen.

 

Quiero mirar lo raro de las cosas

y escribir en el aire lo que he visto.

 

 

La poeta Isel Rivero

La poeta Isel Rivero

“Viaje a Delfos”

 

¡y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos…!

Rubén Darío

 

Usted, José Martí,

buena persona,

Dios sin rival del Nuevo Mundo,

cubano de Cuba, dijo siempre.

 

Mas hijo de Leonor y de Mariano

(valenciano y canaria eran sus padres),

con estudios en tierra aragonesa

(del perdedor, ya sabe, de Fernando),

poeta a lo Manrique y Juan de Yepes,

extremado Quijote de Cervantes

(nunca tuvo interés en Sancho Panza),

con un pie en la vida de Quevedo

y el otro caminando en Garcilaso,

cantor de lo grave y de lo triste,

Calderón de ese sueño que es la patria.

 

Usted, José Martí

–yo le pregunto–,

¿es usted en verdad el Caballero,

el ingenioso hidalgo de esta isla,

el hacedor de Todo?

 

¿O es acaso Usted el propio Libro,

el solitario Libro en que nosotros,

en honor de Manrique y Juan de Yepes,

en honor de lo grave y de lo triste,

Calderones del sueño que es la patria,

Continuamos leyendo todavía,

extremados quijotes de este lado,

sin prestar atención a ningún Panza,

para morir creyendo en Dulcinea?

 

“Ah, sí, el otro lado”

 

Alguien llama a las cosas por su nombre,

como si el nombre fuera

un bastón infalible,

una patria segura en que apoyarse.

 

Alguien deja los nombres por las cosas,

cual si la cosa fuera

un bastón infalible,

una patria segura en que apoyarse.

 

Alguien mira las cosas y los nombres,

se acerca, los agita,

los vuelve del revés,

los interroga…

 

Y se queda en el aire,

desolado, perdido,

sin nombres y sin cosas,

sin bastón infalible,

sin patria ninguna en que apoyarse.

 

Después de leer a Isel Rivero y a Milena Rodríguez, me parece que es necesario otro tipo de acercamiento a la poesía que hoy se escribe en España, uno que permita incluir a estos poetas “transplantados”, que pertenecen también, aunque sin pertenecer del todo, a la literatura escrita en este país. ¿En qué sentido el desterrado muestra una mirada distinta y sorprendente de las premisas rutinarias de nuestra contemporaneidad? Como sugiere Rodríguez, es importante indagar en qué medida estos poetas han contribuido a las letras españolas; por ejemplo, el discurso erótico de Cristina Peri Rossi y su influencia en la poesía de sus contemporáneas españolas, así como la poética de la lejanía de Gertrudis Gómez de Avellaneda.


Bibliografía

Bolaño, Roberto. Los perros románticos. Barcelona: Acantilado, 2006.

Del Pliego, Benito. “Extranjeros en su lengua. Aporías críticas ante los poetas latinoamericanos en España”, en Galerna. Revista Internacional de Literatura, Nº 4, 2006: 174-184.

­­­______________. “Isel Rivero o las traslación del sentido”, en Words are Witnesses. Las palabras son testigos. Obra poética en inglés (1970-2008). Madrid: Verdum, 2010: 9-15.

Guillén, Claudio. El sol de los desterrados: Literatura y exilio. Barcelona: Quaderns Crema, 1995.

Morató, Cristina. Viajeras, intrépidas y aventureras. Barcelona: Plaza & Janés, 2001.

Pérez Firmat, Gustavo. Cincuenta lecciones de exilio y desexilio. Miami: Universal, 2000.

Rivero, Isel. Relato del horizonte. Madrid: Endymion, 2003.

Rodríguez Gutiérrez, Milena. El otro lado. Sevilla: Editorial Renacimiento, 2006.

______________. “Poetas transatlánticas: Hispanoamericanas en la España de hoy. Cristina Peri Rossi, Ana Becciu, Isel Rivero”, en Entre el cacharro doméstico y la Vía Láctea. Sevilla: Editorial Renacimiento, 2012:
296-333.

Roma, Pepa. “Isel Rivero, una antología antológica”, en Isel Rivero, Relato del horizonte. Madrid: Endymion, 2003.



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Los escombros de la guerra
Eunice Odio y El tránsito de fuego
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