“Cuando hay muertos se debe aullar”, dice Felipe, el personaje más perturbador de La resta, la primera novela de la chilena Alia Trabucco Zerán. Su nombre ha aparecido de golpe en la prensa cultural del mundo hispanohablante: ganadora del premio nacional CNCA a la mejor novela inédita en su país, nueva presencia en las listas de los narradores hispanohablantes que darán que hablar, críticas halagadoras. ¿Qué tiene La resta para conquistar así?

Alia Trabucco Zerán. La resta. Demipage, Madrid, 2014. 292 pgs.

Alia Trabucco Zerán. La resta. Demipage, Madrid, 2014. 292 pgs.

Veinte años después del plebiscito de Chile en el 88, tres jóvenes (Felipe, Iquela, Paloma), hijos de miembros de la resistencia, se reúnen en Santiago y hacen un viaje en un coche fúnebre, con todo lo que el viaje representa como símbolo de búsqueda. Pero hay que darle un motivo a esa excursión, y es original: la lluvia de cenizas (que teñirá de gris toda la novela) impide que el avión en el que viaja el ataúd repatriado de Ingrid, madre de Paloma y exiliada chilena en Alemania, aterrice en Santiago y los jóvenes deciden ir a recuperarlo a Mendoza.

Hay en ese viaje mucho de desconfianza de las instituciones y de su capacidad para solucionar problemas y calmar los dolores compartidos. La burocracia y el silencio esconden a los miles de muertos que Felipe, hijo de disidentes desaparecidos, se afana en contar, obsesionado por llegar a cero. Es por eso que los tres jóvenes, sobre los que pesa una memoria combativa que no les corresponde del todo pero de la que no pueden escapar (“no te vas a dar ni cuenta y vas a estar contándole a tus hijos mis historias”, dice la madre de Iquela, p. 69), tienen que hacerse cargo del muerto que les han robado. Nadie más lo hará (“era anónimo ese problema”, p. 122).

Lo novedoso e interesante del tratamiento de Trabucco Zerán del tema de la memoria histórica, la dictadura y su repercusión, es que lejos de heroicidades, el sentido del deber o la indignación, los personajes de la novela harán esa búsqueda casi por inercia, empujados por la falta de voluntad, el aburrimiento, el rencor, la soledad. Y son esas características las que definen a una generación que está de alguna manera ahogada por haber escuchado una historia de la que no participó del todo pero que determinará su vida, o su muerte, porque los personajes tienen mucho de muerte en vida, y es que “cada persona no vivía una cantidad de años sino un número predeterminado de palabras que podía escuchar a lo largo de su vida” (p. 63).

Dos líneas narrativas se entretejen para contarnos esta historia: la de Iquela y la de Felipe. Amigos de la infancia, criados juntos, han aprendido que el dolor solo se puede sobrellevar con más dolor (y esto dará lugar a algunas de las escenas más duras e impactantes del libro, magistralmente narradas por la autora). El contrapunto funciona. La voz de Iquela, la abulia que se deja arrastrar a la vida, nos permite conocer la mayor parte de la línea argumental en un tono contenido y despojado de adornos. La voz de Felipe, al contrario, fluye desbordadamente, agarrando al lector hasta arrastrarlo en su torrente que es por igual bello, angustioso y revelador. Sus intervenciones relatan la obsesión, el resentimiento, la esquizofrenia: lo que hay por dentro (magnífica, por cierto, la explicación literaria que da la autora al porqué de la capacidad de este personaje de mirar hacia al interior, p. 206).

Es cierto que el argumento desafía los límites de la verosimilitud en algunos momentos (alquiler del coche fúnebre en que realizarán el viaje, entrada en el hangar donde están los ataúdes repatriados, fuga con cadáver), pero a estas alturas de la vida, ¿a quién le importa eso? Alia Trabucco seduce y convence gracias a su capacidad para la fábula sórdida y a la soltura de una prosa rica y flexible. La resta se devora (y te devora), se paladea, te empapa de cenizas, te desafía, se disfruta. Los pasos del road trip chileno descubren una nueva manera de pensar en la memoria histórica. La novela se lee de un solo aliento, precisamente como más poderosos son los aullidos.


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