La primavera despunta en Iowa City, los arbustos han comenzado a retoñar, no hay placer comparable al de salir a caminar una tarde soleada para darle recreo a la mente con el abanico de eventos que el festival Mission Creek trae este año, como lo ha hecho durante los últimos diez, por la misma época. Escritores, músicos, artistas plásticos y editores vienen durante cinco días a exponer su trabajo en bares, cafés, teatros y salones de clase. Todo el mundo tiene algo que ver con el Mission Creek, el Mission Creek tiene algo para todo el mundo, desde la lectura de la afamada Lorrie Moore, hasta esculturas colgantes que simulan el fondo marino, pasando por conciertos Indie (la banda del director de cine Jim Jarmusch fue una de las invitadas este año) y ferias de libros de editores independientes, todos los gustos pueden darse por bien servidos.

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La escritora Lorrie Moore

La escritora Lorrie Moore

Un hombre de gafas entra al salón en el edificio Van Allen, de ciencias, y mientras organiza el micrófono para que la escritora Lorrie Moore haga su lectura, por alguna equivocación provoca un sonido ensordecedor que obliga a algunos de los espectadores a salir. Lorrie Moore no ha llegado, el salón aún no está lleno, lo estará en unos minutos, pero a pesar de que el hombre garabatea y garabatea con el panel de control el sonido no cesa, y Moore debe estar por llegar. Finalmente una mujer de sistemas llega y el sonido, con su llegada, sin que ella haga nada, se detiene. Luego entra Moore, un escritor amigo suyo la presenta como la escritora más oscura y a la vez graciosa en inglés en el momento. «¿Me escuchan?», pregunta, el público asiente, pero la verdad es que se escucha muy pobremente (yo estoy en la tercera fila y escasamente alcanzo a entender sus palabras).

Llega el turno de Moore, se para y con su voz dulce, con el pelo liso, oscuro y largo, mira el escritorio frente al tablero, «parece que acá debería haber vidrios de pitri», dice, su padre fue educado como químico y algo en el escritorio, igual que una tabla periódica gigante que cuelga de la pared, le hacen intuir que el salón es un salón de química. Lee un cuento, Thank you for having me, parte de su última colección de cuentos: Bark. Una mujer va al matrimonio de su babysitter brasilera con su hija adolescente, quien «como los jóvenes, se ve muy bella, e ignora su belleza, lo que, también, hace parte de su belleza»; alguien en el público suplica que le suban el volumen al micrófono, todos tememos que el sonido estruendoso despierte de nuevo, el hombre de gafas se acerca a Moore, le sube el micrófono en la solapa de su chaqueta, aprovecha para sonreírle coquetamente, la escritora parece incómoda, vuelve a su lectura, pero la verdad es que se le entiende muy poco.

«Sorry, I missed that», dice el i-pad o el i-phone de alguien en el público y estallan las carcajadas, el artefacto habla por todos, todos menos Moore lo sabemos, y sabemos que ella no lo sabe porque continúa leyendo con la misma voz delgada, lo que nos obliga a cuidar que incluso el sonido de nuestra respiración no se eleve demasiado: Moore exige una atención tenaz. La personaje del cuento lleva un pollo accidentalmente cocinado en clean a la fiesta brasilera, Moore hace una pausa, los editores la llamaron a decirle que no creían que eso fuera posible. «Créanme, es posible», asegura. La canción Shake your body suena en la fiesta, y la personaje del cuento dice que quiere que esa sea la canción que suene en su funeral. El cuento se acaba.

Lorrie Moore cierra el libro, el cuento a medio entender flota en el silencio, «estaría feliz de responder cualquier pregunta», dice, nadie habla, «si las hay». «¿Ya tiene un equipo para la temporada de béisbol?», pregunta un joven desde las escaleras, y Moore duda, no sabe de béisbol, busca una salida, habla de su infancia. Una nueva pregunta acerca de los libros infantiles que escribió. Fue solo uno, hace muchos años, acerca de un elfo navideño rezagado, lo escribió porque en ese entonces era pobre y hacía cualquier cosa por plata, pero la editorial se desvaneció poco tiempo después. Le pregunta por sus influencias, responde que todo la ha influenciado, que puede hablar de lo que está leyendo ahora. «Antes sólo leía gente mayor a mí», dice y se revuelve el pelo lacio con las manos, «la gente de mi edad no podía saber más que yo. Ahora solo leo gente menor que yo, porque son ellos los que saben las cosas que quiero saber». Está leyendo a una escritora canadiense que escribe sobre el suicido de su hermana (eso lo dice con cierto pudor), es un libro hermoso, realmente, la escritora «escarba de una manera profunda y compleja, entonces es como si estuvieras en compañía de alguien por un tiempo». Silencio. No hay más preguntas. «Gracias, son una audiencia maravillosa». 

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Durante los últimos diez años, gracias a su fundador, Andre Perry, quien formó parte del taller de no-ficción de la Universidad de Iowa, el Mission Creek ha crecido notablemente y de ser un evento musical de tres días pasó a ser un evento cultural multifacético de seis días. Todos los eventos tienen lugar en el centro de Iowa City, y por la pasarela han figurado personajes eminentes como Phillip Glass,The tallest man on earth y Bon Iver. Según Joe Tiefenthaler, uno de los actuales organizadores, la organización del festival se toma alrededor de nueve meses, y lo más valioso, fuera de los artistas que vienen, es la posibilidad de dar circulación a la literatura. Los pequeños editores, los sesenta escritores y los treinta eventos literarios que alcanzan a ocurrir durante esos seis días son una manera de mantener viva la actividad literaria; gracias a esas actividades la literatura permanece y los nuevos escritores pueden surgir.

Feria de libros en The Mill

Feria de libros en The Mill

En el bar The Mill editoriales pequeñas exponen su trabajo. Panfletos con poesía, libros que caben en la palma de mi mano, ediciones atípicas y revistas universitarias descansan en las galerías. A lo lejos un libro llama mi atención: la carátula negra, las páginas adornadas por tinta dorada, parece un libro religioso. «Está lleno de pájaros», me dice el vendedor joven. Abro las páginas y no veo pájaros. «Son historias de pájaros, hay pájaros por todas partes», dice. Salgo a la calle y el trino de docenas de estorninos me llega desde los árboles.