A continuación un fragmento de una novela del colombiano Antonio Úngar, que saldrá publicada en el otoño del 2016. Un narrador cuya identidad desconocemos nos sumerge en un paisaje devastado, donde las reminicencias de una erupción y la inminencia de la violencia mueven a un grupo de seres misteriosos hacia una especie de exilio, o peregreinación, o huida.  


DOMINGO

Ilustración

Existen, en la bahía de los cerdos. Son más de veinte. El viejo tenía razón: siete familias. Duermen desnudos, a plena luz del día, alrededor de una hoguera que han hecho con las puertas y los muebles y las alfombras del hotel. Desde aquí parecen fáciles. Deben creerse los últimos, son europeos, hay varios niños tostados por el sol. Están sucios y cortados. Pero no son los últimos. Nosotros también existimos (nosotros sabemos para qué existimos) y mañana, antes de que salga el sol, habremos bajado hasta su fogata para darles caza.

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No pisaremos el barro seco, cuando el sol se esconda. Sabremos esperar. La palabra vendrá después. Vibrando en lo más oscuro. Iluminando nuestra carne, despertándonos. Sobre el rugido intermitente del mar levantaremos las cabezas. De nosotros uno sólo gritará. No habrá viento. Si no responden (y no responderán), si no entienden (y no entenderán), si para cuando esperemos no se han levantado todos esos hombres blancos ¾si no caminan con nosotros hacia el norte, en silencio, vivos¾ llegado el amanecer les habremos dado caza.

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El viejo se me acerca con sus olores. Mira su vara. Dice, ladeando la cabeza, que los que duermen, los expuestos, son turistas e hijos de turistas. Parpadea, mirando su vara. Quedaron atrapados en las laderas con la primera inundación. No tuvieron que enfrentarse a las erupciones de las cordilleras ni a las lluvias de ceniza ni a los incendios ni a los ejércitos de enloquecidos ni a los mochacabezas ni a las enfermedades nuevas ni a las primeras plagas. Piscinas inflables. Culebras, al principio, tal vez.

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El mar solamente llegó, los encerró contra las rocas de las pendientes y ahí se quedaron, aislados, vagando entre hoteles y casas abandonadas, ignorantes, sobreviviendo nada más. Sonrientes turistas blancos que ya no se ríen. Ahí están sus hijos. El viejo los señala con el índice, estirando un brazo, tendido en su piedra, concentrado ahora en las uñas negras de sus pies. El viejo escupe. El viejo huele mal. Gordos turistas. Y sus hijos. Y los hijos de esos hijos, a veces.

TAMBIÉN ES JUEVES

Hay dos campamentos en la distancia, en la llanura, al otro lado de los troncos carbonizados y la avalancha seca. La acción será breve. Nadie los puede contar porque nadie los ve, pero sí los ha visto, nítidos, el que escucha la palabra: los hemos visto todos. La acción será breve. Nos servirán sus brazos fuertes y sus largas piernas en movimiento. Para seguir vivos, para caminar hasta el final, que es uno solo, detrás del que escucha la palabra y todo lo ve. El ruido de sus pasos, las plantas de sus pies quebrando costras de ceniza seca, el retumbar de su peso, su respiración con las nuestras, todo su silencio.

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O no querrán oír. Y entonces no servirán. La acción será breve, igual. Cuando acabe podremos sentarnos en las rocas y agachar las cabezas y ver las gotas de sudor cayendo en la ceniza, haciendo pequeñas bolitas. Podremos respirar. Salaremos su carne y la de sus mujeres, la de sus hijos. Pesará sobre el lomo de las bestias. Apenas la probaremos. Veremos solamente la luz. La luz. No podremos dejar de verla. La luz secará nuestras lágrimas y el viento arrastrará la sal que quede de nuestras lágrimas, pero no habrá nada de eso. Espera nada más, un grito solitario. Nuestros cuerpos lanzados rompiendo el silencio. Y la carne necesaria, camino al norte, al final.