Ilustración Cárdenas

Lo raro es que uno ya conoce la historia. La gente cada vez cuenta menos, eso es cierto, pero el bisbiseo que circula por ahí da para saber que a muchos otros ya les ha ocurrido lo mismo, dice ella dejando escapar el humo por la nariz. Fuma compulsivamente. Machuca la colilla contra el fondo del platito del café. Observo que se ha estado comiendo las uñas. Al final la sensación se vuelve cómica, saber de antemano lo que va a ocurrir no basta para impedir que las cosas sigan su curso y eso, no sé por qué, produce como una cosquilla mecánica, dice ella y sonríe con unos dientes de color morado. El pelo largo y liso, un poco grasoso. Se ha convertido en una de esas personas que, no importa cuánto se bañen, siempre parecen sucias. Sentís que tu vida es la parodia de otras vidas o que todas las vidas son parodias de las demás y por ahí empieza la locura, dice ella. Las palabras vivaces surgen de un cuerpo abandonado. Los ojos como dos platos de gelatina oscura. ¿Hace cuánto que no nos veíamos?, pregunta. Le respondo con un gesto vago. Hace cuánto, dice ella poniéndole puntos suspensivos a una pregunta que en realidad no le interesa responder. Sonríe otra vez. Mis ojos inevitablemente se clavan en sus dientes. Ella se incomoda y cierra la boca, avergonzada. Enciende otro cigarrillo. ¿Todavía te gusta Ambrose Bierce?, le pregunto para desviar la charla a un sitio amable. ¿Ambrose Bierce? No sé, ya no leo mucho, no logro concentrarme, pierdo el interés a las pocas líneas, dice ella. ¿De verdad me gustaba Ambrose Bierce? Le digo que sí, que antes, en la época en que nos reuníamos en el patio del Cojo Astudillo, ella hablaba todo el tiempo de Ambrose Bierce. El rostro se le ilumina de repente. Ah, pero era por el Cojo Astudillo, a mí me encantaba el Cojo Astudillo y como él leía tanto a Ambrose Bierce yo empecé también a fingir que sabía mucho de Ambrose Bierce, dice ella. Sin emitir un solo ruido, echa la cabeza hacia atrás y abre la boca, como si estuviera en la silla del dentista. Cuando se lleva la mano al estómago comprendo que así son sus carcajadas ahora. Mudas. Nada que ver con las carcajadas atronadoras de la época del patio del Cojo Astudillo. Yo hago todo lo posible por acompañar su risa. Le digo que un día ella me dejó impresionado con algo que dijo sobre la desaparición de Ambrose Bierce, que yo nunca me había olvidado de lo que ella había dicho aquel día en el patio y que siempre, cuando pensaba en ella, era diciendo esas mismas palabras. No recuerdo haber dicho nada inteligente sobre la desaparición de Ambrose Bierce, dice ella. Yo insisto y le digo que el Cojo Astudillo también debió de quedarse impresionado porque él, que siempre tenía la última palabra sobre Ambrose Bierce, no dijo nada durante los siguientes veinte minutos. Casi no me acuerdo de lo que hacía o decía antes, dice ella. Recuerdo que hacíamos un circulito de butacas debajo de un guayabo cargado de frutos, charlábamos toda la noche y todo olía a hojas de guayabo sobadas por el sereno y cuando empezaba a atardecer sonaban los chinches. Pero no recuerda nada más. Habla sin nostalgia, incluso con algo de desdén, como si el patio del Cojo Astudillo fuera una bola de chicle masticada y exprimida hasta la saciedad. Machuca otra colilla sobre el plato. Enciende un nuevo cigarrillo. Sopla la primera bocanada sobre mi cara y de inmediato pide perdón mientras intenta apartar el humo aleteando torpemente. ¿Y vos? ¿Estás bien?, me pregunta. Le digo que estoy bien y empiezo a contarle cosas sueltas sobre mi vida, pero pronto veo que a ella no le interesa demasiado. Cuesta reconocerte, dice ella para interrumpirme. Si no me hubieras dicho quién sos yo sola no habría sido capaz de reconocerte, has cambiado mucho, has perdido sustancia. Le explico que he tenido épocas muy malas y que ya no soy un intelectual arrogante. ¿Eras arrogante? En todo caso seguís siendo un intelectual, dice ella antes de volver a producir una de sus carcajadas mudas. De pronto, sin ninguna transición entre la risa y una expresión aterrada, me pregunta si su hermano alguna vez fue al patio del Cojo Astudillo. Intento hacer memoria pero no recuerdo que su hermano alguna vez hubiera asistido a nuestras tertulias bajo el guayabo. Igual ya no importa, dice ella, aunque a veces todavía sigo preguntando, por la pura costumbre. Después de tanto tiempo buscándolo es normal. Uno se vuelve como un mendigo de la preguntadera, dice ella. La cajetilla de cigarrillos está vacía pero ella mira dentro de todos modos. El silencio posterior es sumamente incómodo. Pienso que debería irme y entonces los ojos de gelatina negra me embadurnan el rostro. De verdad has perdido sustancia, dice ella, no sé si para mantener mi interés o para repelerme. Ni siquiera sos capaz de preguntarme nada, no preguntás nada porque no querés contar nada, se nota que andás por la vida buscando espejitos en los que reflejarte, sólo te interesa lo que pueda arrojar luces sobre quién sos o quién eras. ¿Creías que podrías usarme a mí como un espejo? Me llamaste porque querías encontrar algo en mí que te permitiera reconocerte. Ahora que has visto que eso es imposible ya no te interesa la conversación y empezás a balbucear datos superficiales. Pobrecito. Turista del pasado. Has perdido sustancia. Pobrecito. Una sombra de lo que eras. Buscando espejitos. ¿Dónde has estado todos estos años? Me dijeron que te habías ido a estudiar a Europa. Claro y ahora volvés a buscar espejitos. Seguramente te estarás preguntando qué clase de espejito tenés en frente. Te lo voy a decir yo misma. Uno roto. Uno negro. Uno que no refleja. Un espejo que deforma.

Aprovecho que deja de hablar para decirle que me voy, que me encantó verla pero que me tengo que ir. Pago y salgo de la cafetería a una tarde caliente y pegajosa. Hoy el viento de las montañas no trae el frescor necesario para que el clima de la ciudad resulte al menos soportable. Tomo un taxi que me lleva al hotel donde me ha hospedado el bloque, un hotel discreto en el centro de la ciudad, ni caro ni barato, televisión a color con cable, minibar, cama doble que huele a una mezcla de limpio y guardado. Me asomo por la ventana y veo un parqueadero rodeado de edificios de apartamentos. La luz del atardecer acaba de achicharrarlo todo. Sé que debería cerrar las cortinas pero no lo hago y en cambio me echo en la cama a leer un libro que compré esta mañana. Es un libro bastante populachero pero muy divertido en el que dicen, por ejemplo, que a Ambrose Bierce lo raptaron unos marcianos en la frontera con México, o que Bierce jugó a la ruleta rusa con Pancho Villa, o que Bierce trabajó en una misión de espionaje en Panamá junto al agente británico F.A. Mitchell-Hedges y que, después de robar una valiosa reliquia maya en Guatemala, fue raptado por unos indios que lo consideraban un dios y lo envolvían en pieles de jaguar. Leo hasta que la luz de la ventana se agota. Alguien me dijo una vez que la noche se expande de adentro hacia afuera. Las sombras crecen en el interior de las casas y se desbordan lentamente por puertas y ventanas hasta ganarlo todo.

Pronto se borra hasta la última palabra de la página y entonces la pieza queda envuelta en una calma muy placentera que sólo existe durante los primeros minutos de la noche. Los objetos a mi alrededor parecen relajarse, sobre todo el minibar, que produce una especie de suave ronroneo. De repente aquel espacio anodino me resulta muy acogedor. ¿De verdad habré perdido sustancia? Suena el teléfono. Es el contacto del bloque. Que cómo estuvo la cosa, que si procedían. No, le digo, aún no. Todavía no sé nada con certeza. Cuelgo. Imagino que en el bloque habrá alguien nervioso con este asunto, de lo contrario no se tomarían tantas molestias. Llevo días intentando averiguar qué fue lo que ocurrió pero la gente del bloque es bastante celosa y más vale no preguntar demasiado. Alguien podría ofenderse. Lo único que sé es que al hermano de mi amiga lo borraron hace seis años. Según logré averiguar, lo cogieron acá en la ciudad y luego se lo llevaron al monte. Lo estuvieron trasladando un par de semanas de un campamento a otro hasta que le llegó la hora. ¿El motivo de la retención? No lo tengo muy claro pero obviamente el muchacho cometió alguna imprudencia y eso obligó al bloque a intervenir. Me dijeron que se tardaron en despacharlo porque estuvieron varios días sacándole información. Dizque acabó a capella, eufórico, cantando como Sandro de América. También sé que mi amiga lo estuvo buscando por todo el país. Literalmente fue de pueblo en pueblo preguntando por su hermano. Pegó cartelitos en las cantinas, en las tiendas, en los mercados, mandó correos electrónicos masivos, pidió ayuda en la policía, en el DAS, en la fiscalía y en más de dieciocho ONGs —casi todas infiltradas por el bloque— donde simplemente le dijeron que se apuntara a la lista. Anduvo navegando por todos los ríos de la Costa Pacífica, se fue al Llano casi a pie, cruzó las tres cordilleras, el Putumayo, el Caquetá, de ahí se fue a Sincelejo, el Urabá y al final acabó recorriendo entero el Magdalena Medio. Cinco años sin dejar de buscar ni un solo día. Cinco años sin hallar ni rastro, todas las puertas cerradas, ningún alma caritativa y valiente. Un infierno. Un infierno habitado por cobardes.

Todo eso lo averigüé hace un par de días, cuando me pidieron que me encargara de ella. No sé qué es exactamente lo que tengo que hacer. Sólo me han pedido que esté alerta a cualquier cosa sospechosa. Cuando el bloque encarga una misión así es porque tarde o temprano acabará procediendo. A lo sumo puedo retardar el asunto unos cuantos días. Pero corren tiempos de mucha tensión y aunque lo óptimo sería proceder menos y asustar más, al final hay temas que no se pueden cerrar de otra manera. Los familiares hacen mucha bulla, sobre todo las mujeres.

Eso es lo que me quedo rumiando ahí en la cama, envuelto en sombras cada vez más espesas. Perdiendo sustancia, como dice ella. Ni siquiera me doy cuenta de en qué momento me quedo dormido y empiezo a soñar con una ciudad calurosa frente al mar. Es de noche. Camino por un malecón. Las olas estallan contra un cúmulo de cubos de granito. La ciudad parece agitada, hay una atmósfera de horror y excitación criminal atravesada por un hilo de esperanza interminable. Entro a un bar y me siento en una de las mesas del fondo, de cara a la puerta, como siempre. La televisión está a todo volumen. La gente da alaridos, canta, baila, nadie repara en mí. Entonces siento que alguien me tira del pantalón. Miro bajo la mesa y ahí está el septuagenario Ambrose Bierce, espía al servicio de los Estados Unidos de Norteamérica. Su voz es ronca y grave. Es la voz de un hombre amargado e inexplicablemente simpático. Sonríe con sorna y dice: crearemos una nueva nación llamada Panamá y el Canal transoceánico será nuestro. Entonces vendrá el día en que nuestros barcos no tendrán que dar la vuelta al continente para ir de Nueva York a San Francisco, dice. Nadie podrá evitarlo. El agente secreto Ambrose Bierce hará el trabajo sucio. Agitaré la conciencia del pueblo panameño para que se libere de la tirana y asesina Colombia. Ustedes no podrán hacer nada para detenerme. Tampoco podrán matarme porque soy el fantasma. Seré discreto y efectivo porque soy el fantasma. ¿Y qué es el fantasma? El fantasma es la pura ciencia del pavo real que fuma pescaditos azules de humo gris, estoy aquí y allí a la vez, ¿te das cuenta? Mira: estoy aquí, bajo tu mesa, y estoy en la mesa del otro extremo, allá, haciéndote señas con la mano. El fantasma es lo que advierte, lo que no descansa, lo que la muerte no consume, lo que vela, lo que no deja de volver, lo que asedia desde adentro, fantasma de carne y hueso, lo que se agita bajo la sábana, lo que se aproxima sin cesar y te traspasa, lo que se queda yéndose, lo que se va quedándose, el frío despertar, lo que escribe para desaparecer, lo que suplica y quema, lo que intenta explicarse a través de nosotros. Pero sobre todo, el fantasma es todo lo que va a bordo de nuestros barcos, las ingentes cantidades de mercancía que transportamos por todo el mundo. Y lo mejor es que el fantasma no existe. Prueba de ello es que siempre aparece envuelto en una sábana y con cadenas. ¿A quién se le ocurre sostener que las sábanas y las cadenas tienen un espíritu que podría regresar del reino de los muertos? A esa altura ya tengo preparado el revólver y me dispongo a usarlo. Entonces me despierta el timbre del teléfono.

El calor hace difícil recuperar del todo la conciencia. Contesto. Es el contacto de nuevo. Me piden que obtenga algo más sólido esta misma noche. Cuelgo. Estoy empapado de sudor. Me quito la ropa y tomo una ducha fría. Me afeito, me pongo ropa limpia y mientras me peino llamo por teléfono a mi amiga. El tono suena varias veces. Finalmente, después de mucho insistir, contesta. Ah, sos vos, dice. Perdoná, es que últimamente me da miedo contestar el teléfono. No dejan de llamarme, dice, me amenazan, me dicen que me van a clavar un palo ardiente en el culo, que me van a destrozar la cuca con unas tenazas, que me van a cortar las tetas, que me van a arrancar los dientes con un alicate, qué alivio que seás vos. Le pregunto si podemos vernos de nuevo, me disculpo y le pido que hablemos. Sí, pero mejor aquí en mi casa, no suelo ir a ningún sitio después de las nueve. Anotá la dirección.

Salgo del hotel. Hace mucho calor. Me seco la frente con una bola de papel higiénico. Tomo un taxi que me lleva por media ciudad hasta depositarme frente a una unidad residencial compuesta por cuatro descascarados edificios de apartamentos. El portero me hace esperar hasta que se comunica con mi amiga por el citófono. Vaya hasta el segundo edificio, ahí toma el ascensor de la izquierda porque el de la derecha no funciona y sube hasta la sexta planta, explica mientras me deja pasar.

Mi amiga tarda en abrir. Suenan dos, tres, cuatro cerraduras detrás de la puerta. Me recibe en pijama y me hace pasar a una sala donde sólo hay un sofá grande, una mesa de centro vacía y una televisión encendida a muy bajo volumen. Estás sudando, me dice. Saco mi bola de papel higiénico y me seco la frente. Ella se pierde por un pasillo y regresa al rato con dos cervezas heladas. Durante un rato nos quedamos en silencio, viendo la telenovela de las diez. No está mal, dice con aire indiferente, al menos los actores son solventes. Pienso en las metáforas que mi amiga utiliza —solvencia, sustancia, espejo—. Ya no me acuerdo si vos eras de los intelectuales que odian las telenovelas o de aquellos que las aman, dice ella. Ni las odio ni las amo, contesto, simplemente no me interesan. Sos un intelectual insoportable y bastante mediocre, deberías buscarte otro oficio, dice ella y se inclina hacia atrás en una de sus carcajadas sin audio. Quería pedirte disculpas, le digo cuando se recupera. No me atreví a preguntarte qué había pasado porque me dio miedo ser imprudente o inoportuno. Pero ahora quiero saberlo, quiero que me contés qué pasó, ¿encontraste a tu hermano? Sí, dice ella, lo encontré. O no sé. No sé si lo encontré. No tengo ni idea. A veces pienso que sí lo encontré y otras veces pienso que no. O quizás sencillamente me di por vencida. En todo caso miré hasta debajo de las piedras. El año pasado, cuando estuve en el Magdalena Medio, dejé de buscar. Después de preguntar mucho y con mucha prudencia, entré en contacto con un tipo muy solidario, el doctor Muñoz. Resultó que él conocía a alguien que sabía algo, don Nicolás, un pescador. A su vez, Don Nicolás me llevó a la casa de su hijo, que aseguró haber visto a mi hermano en Bellavista, una veredita río arriba. Dizque estaba amarrado en la parte de atrás de una camioneta del ejército. Le enseñé varias fotos y a él no le cupo duda. Me dijo que lo más seguro era que lo hubieran descuartizado y arrojado al río metido en un costal, que eso era lo habitual. Obviamente yo ya había contemplado esa posibilidad y pese a todos los temores, estaba preparada para asumir la noticia. Decidí que me largaría esa misma noche. Ya no había nada que hacer. Ni esperanzas de recuperar el cadáver. Aún así me quedaban unas cuantas horas para dar una vuelta por el pueblo. Puerto Berrío ha conocido mejores tiempos, eso seguro. El edificio donde funciona no sé qué oficina del ejército era antes un hotel de lujo construido en los años veinte, durante la época dorada de los vapores cargados de viajeros y de mercancías que iban y venían por todo el Caribe. Ahora el pueblo es un mierdero. Gente del tamaño de moscas, moscas del tamaño de gente, ya sabés a qué me refiero, vendedores de cualquier cosa, asesinos, putas, locales que vomitan música a todas horas. El caso es que, después de mucho voltear, acabé encontrándome con el doctor Muñoz en la calle. Él me invitó a tomar café en su casa. Estuvimos charlando un rato largo. El doctor Muñoz sabe bien lo que está pasando y resiste. Resiste a su modo. Supongo que ayudándole a gente como yo. Al atardecer el doctor Muñoz me llevó al cementerio. Mejor dicho, a una parte del cementerio donde depositan los cadáveres que nadie reclama o para ser más exactos, las partes de los cadáveres que nadie reclama. La verdad es que el lugar asombra. El doctor Muñoz no me llevó allí porque sí, ahora lo sé. De entrada me llamó la atención que las tumbas estuvieran tan bien cuidadas y llenas de flores y ofrendas, algunas incluso con lápidas de mármol y hasta con mensajes de cariño. El doctor Muñoz, que hablaba con las manos en los bolsillos y una sonrisa que entonces me pareció casi ofensiva, me explicó que eso se debía a que en esa región la gente adopta los cadáveres anónimos a cambio de favores. Me explicó también que hay unos tipos que hacen las veces de médium, allí les llaman animeros. El animero dizque se pone en contacto con el espíritu y le recomienda a la gente que adopte a tal o cual muerto. Hecho el compromiso, los vivos quedan obligados a cuidar de las tumbas. Y algunas personas, en agradecimiento por los favores recibidos, incluso le dan al muerto desconocido su apellido y pasan a considerarlo como parte de su familia. Como es apenas normal, al principio no le di mucha importancia a toda esa historia. Me pareció algo sencillamente folclórico. De hecho pensé que el doctor Muñoz me había llevado allí porque se enorgullecía de la imaginación calenturienta de la gente. Menosprecié al doctor Muñoz. Y menosprecié a todos esos deudos de mentiras, claro, porque luego, con el paso de las semanas, empecé a imaginar lo que le habría ocurrido a mi hermano, sus miembros que corren río abajo y caen en las redes de un pescador que lo entrega a las autoridades locales, que a su vez lo depositan en el nicho de los anónimos, donde alguien, por fin, lo adopta como suyo. Ahora sólo deseo que mi hermano esté en alguna de esas tumbas, dice ella.

Durante la siguiente media hora sólo se habla de su hermano. Luego me enseña un álbum con algunas fotografías viejas que seguramente le interesarán mucho a la gente del bloque. Cuando termino de beber mi cerveza me disculpo y anunció solemnemente que ha llegado la hora de partir. ¿Te vas? ¿Tan pronto?, pregunta ella con un gesto de angustia. Me voy, le digo, estoy perdiendo sustancia. ¿Te ofendiste por eso de la sustancia? Pero si no era en serio, te juro que todo lo que dije hoy por la tarde no era con el corazón. Vos sos una de las personas a las que más he querido nunca. ¿Dije algo inconveniente hace un rato?, insiste ella, aún más preocupada. Si fue así, por favor, disculpame. No te vayás, por favor, no te vayás. Quedáte a dormir conmigo esta noche, te lo ruego. Me da pánico quedarme sola. El teléfono no para de sonar. Quedáte. Mirá que mientras vos estás aquí ni siquiera me llaman. Es como si vos pudieras protegerme, como si vos pudieras traerme una energía espiritual que yo ya no tengo, vos sos el único que puede. Por favor, te lo ruego, quedáte. Quedáte conmigo esta noche. Esta noche. Esta noche nomás. Hacélo por los viejos tiempos, por el patio del Cojo Astudillo, hacélo por Ambrose Bierce. Vos no estás perdiendo sustancia. Vos sos real, sos de verdad, sos real. No estás perdiendo sustancia, te lo juro, sos real.