Presentamos a continuación una selección de poemas inéditos de la escritora colombiana Piedad Bonnett. Como en el resto de sus trabajos, sobresale en estos textos una reflexión persistente sobre las emociones profundas, una cuidadosa transfiguración de lo intangible en un lenguaje visual y a la vez abstracto, imaginativo e íntimo, que no deja de impactarnos por lo honesto que a la vez resulta.

VICENTE VAN GOGH MIRA LA NOCHE

                    “y la brillante indiferencia de los astros”

                                                                  Blanca Varela

 

Un caballo azabache colgado de su muerte

 

sus ojos cristalinos detrás de la ventana

su cabeza cortada coronada de estrellas

                                                   

y la lengua del miedo

                                  sus papilas rosadas, su aspereza

 

pintura de Daniel Segura Bonnett

pintura de Daniel Segura Bonnett

¿Quién cocea

¿Quién mastica y mastica detrás de mis oídos?

 

y me hunde en el pantano

 

de mis oscuridades

                                donde alumbra

como un pájaro en llamas la conciencia?

DOBLE

Yo me miro mirar

 

y mi adentro es mi afuera en esta cárcel

en la que siempre estoy detrás de mí

respirando en mi nuca

susurrando

cantándome al oído como una madre un padre

un monje que conjura al cuervo que desciende

con su pico de sangre

sobre el charco de luz de la pupila

 

del otro

del que mira

del que sufre.

LATITUDES

Sin ti ha vuelto esta vez el sol de enero.

El dios indiferente que adoramos,

que ni culpa, ni salva, ni señala.

 

(Tu cuerpo

gozaría este sol que nada pide,

que vuelve a hacernos simples y animales).

 

El árbol que veías detrás de tu ventana

reverbera de luz.

Adentro,

sobre lo intacto aún, sobre tu almohada,

la sombra de mi mano se acongoja.

 

Lejos, en Prospect Park,

el árbol al que dimos tu cuerpo en primavera

habrá perdido ya todas sus hojas.   

En su raíz fulgurará la nieve.

 

Enero siempre vuelve.

 

En la pared del cuarto tu luz dibuja sombras.

HUESOS

Yo sabía tus manos de memoria.

Y puedo describir tu espalda soleada,

tus ojos que miraban

confundidos hacia tu oscuro adentro.

No conocí tus huesos.

¿Cómo habría podido conocerlos?

Pero es fácil conjeturar cómo eran:

tan blancos y tan firmes como tu dentadura.

Si hubieran tenido que cantar una canción

habría sido  triste, como a veces tu risa.

Cuando tenías risa.

Cuando tenías huesos.

Cuando tenías aliento, todavía,

para poder cantar una canción.

EN EL BORDE

Lo terrible es el borde, no el abismo.

En el borde

hay un ángel de luz  del lado izquierdo,

un largo río oscuro del derecho

y un estruendo de trenes que abandonan los rieles

y van hacia el silencio.

Todo

cuanto tiembla en el borde es nacimiento.

Y sólo desde el borde se ve la luz primera

el blanco ¾blanco

que nos crece en el pecho.

Nunca somos más hombres

que cuando el borde quema nuestras plantas desnudas.

Nunca estamos más solos.

Nunca somos más huérfanos.

HUÉSPEDES

Esta noche tendremos huéspedes en casa

y se quedarán a dormir en tu habitación.

He quitado, pues, el polvo de todos los rincones,

he cambiado las sábanas y he sacudido la almohada,

y he puesto entre un cajón tu viejo suéter,

pero antes he metido mi cara entre la lana,

me he ahogado  en su dulce  mar de púas.

No les diré que aquí se desvelaba el cuervo de tus sienes,

ni que un niño sombrío se despedía de ti detrás de la ventana.

No les diré que aquí nunca es de día.

DESPUÉS DEL RECITAL DE POESÍA

                                     A Juan Manuel Roca y Antonio Cisneros

 

Ha terminado el recital

en el descaecido teatro de provincia

vestido de oropeles como una tía anciana.

Salimos los poetas,

con paso lento, orondo, de poetas.

Y el hombre soñoliento de la primera fila,

las dos damas de blanco,  perfumadas magnolias,

el maestro de lengua, los alumnos

que tomaban fiel nota, el indigente

que recita a Walt Whitman,

 

salen también hacia la recia luna.

A lo lejos se oyen

los entusiastas vítores  al equipo de rugby

que arrasa a los locales.

Mientras llega el poeta que ha ido al mingitorio,

de las cuerdas de luz donde duermen los tordos

ha caído una gota amenazante.

 

Entonces, en  medio de la noche desierta de metáforas,

un jovencito tímido, mirando hacia su azoro,

nos ofrece su mano. 

Esto es raro por aquí. Y dice su dicha.

Movemos la cabeza, agradecemos,

lo miramos partir.

 

Un chico de provincia. La poesía.

Vamos hacia el hotel con paso lento,

con paso humilde, incierto, de poetas.