Velación

Los muertos acompañan a los muertos en el paso de este año al siguiente. El despojo de quien fue mi amiga está en una capilla, dentro de un ataúd que ya existía cuando ella estaba viva. En la funeraria hay otras tres capillas ocupadas. Por ser el último día del año, cerraron el edificio a las nueve de la noche y no a las doce como hacen en las demás fechas, según dijo alguien antes de que anocheciera. Mientras escribo, los cadáveres del día están en el edificio, con las luces apagadas, cada uno en su caja de madera, en el día que pasó. Mañana es el año que no ha llegado. De este no queda nada más que los muertos.

En vida, cada cuerpo tiene por dentro la tiniebla. Lleva su oscuridad y va cubriéndola. No sé si nos entra luz por la boca abierta; si me alumbro al entreabrirme cuando como o cuando grito.

En la muerte, la oscuridad del cuerpo sale al mundo y en el cuerpo queda niebla gris.

Quizás eso que está allá solo, acompañado por los muertos de vivos a quienes nunca conoció, es todavía mi amiga.

El Tungurahua: Vista de la Cordillera de Utuñac. 1893. Óleo/Lienzo. Rafael Troya.

El Tungurahua: Vista de la Cordillera de Utuñac. 1893. Óleo/Lienzo. Rafael Troya.

Mientras la velábamos, la tapa de su ataúd permaneció cerrada. No podíamos ver la cara. Yo sé por qué no se podía: daba miedo. La cara bella de mi amiga dio paso a su cara prohibida. La vi hace poco más de una semana, enferma y viva, y era un rayón de la uña de la muerte.

No creo que las caras pertenezcan a la carne. La cara se va antes de acabarse.

El cuerpo de ella yace en la capilla, el edificio, la noche y el año moribundo, habiendo dejado al mío solo, en mi casa, con la lámpara encendida. Le falta la pierna que le habían cortado para que no muriera de la enfermedad que la mató. El paso que faltaba se había adelantado.

Está muerta, es una ruina, y desde aquí yo siento que su muerte me viene dedicada; que llega a pedirme y a dictarme.

Las ruinas sobreviven. Mi amiga no sobrevivió.

Durante la velación me acerqué a tocar la tapa. ¿Qué arreglo le habrán hecho a la cara en las horas trascurridas desde que sacaron el cadáver de la casa hasta que comenzó la velación, entre la despedida y la visita de despedida? ¿Habrán cerrado los ojos opacos, que daban la luz que recibían, y la boca por donde la luz habría entrado todavía, después de haber callado?

¿Cómo acompañarla, si no sé dónde está? ¿Puedo enviar mi compañía en ninguna dirección? ¿Debo abrir la boca y hablarle a la caja, sacar hacia su oscuridad la mía como si pudiera darle lumbre?

Su madre dijo que en la agonía ella preguntó qué hacer.

Sobre la tapa han puesto un lirio. Pienso que la punta del pistilo es la cara de ella. Por un momento sé que las flores son las caras de los muertos. No las caras de los cadáveres, sino las caras vivas de los muertos. No las caras recordadas de quienes estaban vivos, sino las desconocidas caras de la vida de los muertos.

Tal vez los muertos nunca han estado vivos. Nacen en la muerte, y entonces no existen los muertos que creemos, sino otros vivos que no nos conocieron.

Mantuve los ojos cerrados hacia la madera, y me adormecí. Por entre la niebla del sueño entró la idea de que las caras de las personas son las cimas del mundo.

Mi amiga no está y me asombra que haya estado. Su cara es también esa tapa lisa que la cubre. Somos cáscaras complicadas, pienso, y la muerte nos resume. Quiero decírselo a alguien, pero no parece que haya nadie que busque ese consuelo. Me digo que la muerte es un pulimiento, que la verdad es la infinita simplificación y que en la muerte estamos libres de consuelo.

También me digo que esa caja contiene otra caja que contiene otra, y así hasta no parar, y que esa, que hacia adentro no tiene fin, esa será y era mi amiga.

Me confunde que haya estado toda viva y de repente toda muerta, y me confunde que no sea así, sino que, mientras los velamos, los muertos estén pasando.

Era mi más vieja amiga, la que más me duró y la que menos duró en el mundo.

Aunque los muertos no existan, en el cambio del calendario sigue estando aquel edificio donde se acompañan, como una forma de decir.


Funeral

Por ser primero de enero, no hay tráfico por la carrera trece. Voy en un taxi, con la ventanilla abierta: por un día se puede respirar el aire que los otros días es humo de motor. Leo los nombres de las tiendas apiñadas como nichos; quisiera leerlos muy rápido y uno por uno, y verlos todos, pero no es posible. Las puertas están cerradas y las vitrinas tienen la persiana baja. Hoy la calle solo muestra nombres: voy por un cementerio de camino hacia la iglesia.

La muerte de mi amiga me deja esta ocasión de que me fije en un transcurso bogotano y me deja la ocurrencia de volver un día, pronto, para entrar en los nichos a buscar qué querer. Pero es posible que yo tampoco pase por aquí otra vez aunque lo haya previsto; que la última vez haya sido esta, así: la calle vacía, yo como en un sueño, la sombra conmigo.

 El cielo está despejado y resplandece. Antes de salir, por un momento contemplé ir de azul a despedirla.

Constato que en las iglesias no se puede entrar de frente. Tras la puerta hay un panel, una pared falsa que nos hace tomar hacia la izquierda o la derecha, y siempre entramos de perfil.

No quiero que me hablen los dolientes, los amigos de amigos, ni los muertos. No quiero decir nada. Alguien me abraza en el atrio y siento que el abrazo me hunde en la vergüenza.

Hace veinte años en el campo, al borde de una caída de agua, mi amiga y yo vimos el fantasma de una niña. Hace pocos días se lo conté a un amigo que tiene la edad que ella y yo teníamos entonces. Estábamos de viaje, a la orilla de un río torrentoso, la noche de Navidad, y él me pidió que le contara una historia de terror.

Pienso que cuando yo muera, ese amigo me llorará y que, al llorarme, habrá olvidado el fantasma de la niña. Por una cuenta falsa, se me ocurre que, al ser veinte años mayor que él, viviré en su corazón veinte años más que los que mi vida haya durado.

La misa no comienza y en la espera me pregunto qué ha tenido mi vida, además de aquel fantasma que vi en el campo con mi amiga, que sea interesante para otro. No se me ocurren más que historias de terror, de apariciones.

Imagino que los hechos del tiempo se dividen en dos filas, como nosotros cuando entramos en la iglesia. Por un lado entra lo que nos pasó y, por el otro, lo que hicimos. Lo que podemos contar, lo que podemos darles a quienes nos sobrevivirán, son los acontecimientos, no las obras. Cada cosa que nos pasa es un nacimiento en nosotros, mientras que lo que hacemos es solo el tiempo que entretenemos hacia la muerte, ya en la muerte. Pero ¿qué es lo que nos pasa, a lo largo de la vida, lo que se nos aparece? Quizás conocer a otros, quizás quererlos. Nos pasa, también, la enfermedad. Nos pasa cuanto creímos que no le pasaría a nadie.

Sigo esperando para entrar y me parece que toda la vida es el relleno de la vida.

La han puesto en el suelo, con la cabeza hacia el altar. Como hace poco ha sido Navidad, entre el altar y la cabeza, también en el suelo y orientado igual que ella, hay un niño Jesús tan grande como un niño presente.

 

El viaje

Yo acababa de llegar de un viaje al Ecuador cuando murió ella. La última vez que la vi, le hablé del viaje que planeaba. Estaba sentada a su lado, al lado de su almohada. Ella contó que unos años atrás también había ido allá. Recordó que había bebido chocolate. Así era como recordaba: empezaba a hablar del pasado que estaba dispuesta a ver, cuando de pronto la morfina le cruzaba un sueño, y entonces se dirigía al sueño, que yo no veía. Le hablaba a él mientras me hablaba a mí, y no sé si estaba invitándome a que lo entreviera. Le dije que al regreso le contaría de mi viaje. Prometí traer chocolate, para que ella volviera a hacer lo recordado, y cumplí la promesa. Se lo llevé al día siguiente de volver. Hacía media hora se habían llevado el cuerpo. También llevé una planta, pero esa sí para la muerta, no ya para la viva. Pedí permiso para ponerla en su cuarto, y su madre la puso junto a la ventana, a los pies de la cama, allí donde ella habría podido verla.

No sé si por el cumplimiento de la promesa del viaje pervivo yo en su muerte más allá de mi vida. La planta, que no era un cumplimiento, parecerá detrás de la ventana la promesa de la renovación de nuestra amistad, que no se cumplirá aunque florezca.

En el Ecuador dormí en tantos lugares como días duró el viaje. Cada mañana me despertaba en una casa que no volveré a ver. Hoy he pensado en la mañana de cada hospedaje, concentrándome en confirmar que mi partida no dolió ni tenía por qué doler, para aprender a despedirme, esperanzarme o distraerme.


*


En el vuelo de regreso, anoté en una libreta tres cosas sobre las que quería pensar más adelante. Era la tarde de la noche en que ibas a morir, y habías comido por última vez.

Ahora que no estás, estás más cerca del lugar que yo quiero escribir; del rincón que quiero desbrozar. Quisiera hablar ante ti sobre las cosas que guardé para pensar.

La primera cosa es el pesebre. Una vez al año, los cristianos que construyen pesebres se olvidan de la proporción. Las casitas que ponen son más pequeñas que las figuras de hombres y animales, pero no porque estén más lejos (el pesebre no es un cuadro plano, de modo que no requeriría que lo más lejano se mostrara más pequeño), sino porque ni los animales ni los hombres quieren estar dentro. Todos quieren haber salido y que les llegue afuera el nuevo día, el nacimiento.

¿A dónde has salido tú?

En la iglesia de la Compañía de Jesús, en Quito, de la cuna bajaba una cascada. A los lados del agua estaban los reyes, los pastores. Se acercaban de lado, como entré yo ayer en la iglesia de tu muerte.

Tu ataúd estaba delante del niño, como viniendo de él, como el torrente en el nacimiento que encontré en la víspera de que murieras.

En un hotel que tenía adentro una tienda, compré un pesebre diminuto metido en una cáscara de nuez. El pesebre del vestíbulo de ese mismo hotel tenía forma de edificio. En el apartamento de abajo, que era el de los animales, nacía el niño. Las proporciones no estaban trocadas: todo cabía dentro de lo que cabía, no como tu muerte en ti.

¿Quién le dio finalmente hospitalidad a la familia el día del nacimiento? María pudo alumbrar al niño en un establo. ¿De quién eran los animales del establo? ¿Son de alguien los animales? ¿Pueden ser hospitalarios los animales, pueden albergar?

Pensé que los animales que comían en el pesebre donde Jesús nació eran de Dios, del niño que no había nacido. El niño se dio hospitalidad en ellos, naciendo en el lugar de ellos, siendo como ellos. El animal es el lugar donde Dios se alberga para hacerse hombre.

Hace muchos años tu madre me cosió dos vestidos de verano. Yo me iba de viaje a visitar a un amor que vivía en otro país. Después viví allá yo también, quedándome de un año al siguiente, y cuando regresé ya estabas picada, ya la podredumbre estaba acostumbrándose. Nunca recordamos juntas los vestidos.

La segunda cosa que anoté en el avión se refería a las piedras. En la subida al Cotopaxi, la ventisca me empujaba hacia atrás, me detenía. Mi amigo y yo nos resbalábamos sobre las piedras moradas y rojas que salieron del cráter en un día tan largo como todos los días del mundo, y no pudimos llegar a ver la cima.

El día ha durado siempre igual: cuando el volcán se despertó, antes de que yo naciera y ahora que estás muerta.

Ayer me di cuenta de que no sé si en nuestro país suele hacer sol o llover en diciembre. Quizás es igual siempre, pero yo no me he fijado en acordarme. He pensado que la regularidad del trópico hace que nos perdamos en el tiempo. Nadie sabe que los que vivimos cerca del centro del mundo vivimos perdidos, y nadie nos puede encontrar.

Quito, que fue la última estación del viaje, está construida con las mismas piedras amoratadas, verdosas, rojizas del Cotopaxi. Lo que en el volcán era la nieve que las rociaba, en la ciudad era la cal. Caminé sobre esas piedras en la calle y las vi en las paredes de la iglesia que contenía el pesebre de agua. Cada una era más grande que el niño recién nacido. Estaban afuera y él adentro, adentro a la intemperie para que lo vieran las figuras del pesebre que no habían querido quedarse bajo su propio techo.

La tercera cosa que quise recordar se refiere a algo que leí durante el vuelo de regreso. En los obituarios de un periódico que compré en el aeropuerto, encontré un aviso que lamentaba la muerte de quien en vida fue el señor Evaristo Torca. Necesitaban imaginar a otro que era él mismo pero que no lo había sido en vida, para poder decir de él que había muerto. (Pues quien ha sido en esta vida no puede haber vivido la muerte, que ha acabado con él. Solo se vive aquello a través de lo que se pasa. Los vivos no mueren sino que se terminan. Por cada vivo, o con él o en él, hay sin embargo uno que sí puede morir, pues muere y sigue, para haber muerto).

El aviso lamentaba la sensible muerte en vez de la sentida muerte. Solo el resucitado puede haber sentido la muerte. El niño cada año renacido en el pesebre es el único que muere aunque haya muerto.


*


No he visto a nadie más que a mi perra en los dos primeros días sin tu vida. Me sorprendo pidiendo que estés aquí un poco más, un rato más, por el espacio de una visita. Esa es ahora la medida que compartimos: una visita es el tiempo en el que estamos juntas y el que va a faltarnos siempre.

En estos dos días he dicho a menudo el nombre de mi perra, sin querer llamarla, estando a su lado, solo por decírselo. Digo su nombre como para que ella reconozca que vive conmigo, entre la gente que habla y denomina. Digo tu nombre para llamarte, para que vuelvas a estar entre la gente, que es donde vive la que vivía en ti, a quien conocimos. A la otra, que existe pero no es la misma, no podría llamarla nadie.

Esa otra, viviente y muerta desde siempre, y recién nacida, ¿se aloja ahora con los animales? Tal vez mi perra, que está aquí, está también contigo. Me he preguntado si hablaré contigo muerta como con ella viva: sin saber dónde está su pensamiento, sin saber en qué sentido me conoce.

¿Se han acercado ella y tú?

¿Ahora estás quieta con los animales, como los animales, en la sensible muerte, sintiendo la vida?

Trato de aquietarme. Me siento en la cama, con los ojos cerrados, a buscarte. Me siento a buscarte, y donde no quisiera que nada me viniera a la memoria, viene el cuervo que decía nunca más. Por un instante creo que entiendo por qué, en el poema, tenía que decirlo un animal.

Tú y yo recordamos varias veces el día en que las tres fuimos a pasear, mi perra, tú y yo. Te habían cortado la pierna y andabas con muletas, y la perra retrasaba el paso para esperarte. Caminaba con una lentitud implausible para un perro. Nos enternecimos de gratitud y la ternura nos dio risa.

Ella es mía y tuya ahora.

Voy a contarte de los animales que vi en el viaje.

Subimos hasta muy alto en los Andes, tan alto que respirar daba sueño. Las montañas parecían olas de un mar crecido en el que ningún barco, ninguna cosa, pudiera anclar. Era como si la tierra se hubiera quedado quieta después de una inspiración, con los pulmones llenos. Aquí y allá, en la cresta o en el lomo de una ola de tierra, había un corral minúsculo lleno de ovejas apiñadas, apretadas como estaban uno contra otro los nombres de la calle vacía de tu muerte.

Llegamos de noche a un pueblo llamado Isinliví, entre la niebla de las nubes. Yo me equivocaba al tratar de repetir el nombre, incluso al leerlo. En la plaza, en ese cuadro de los pueblos que es un espacio vacío que la iglesia deja y necesita para tener tiempo de convertirse en las casas de la otra margen, había una zona de oscuridad y otra alumbrada. En la zona con luz tocaba una banda. De los parlantes salían chirridos heridores. La parte oscura, que era también la silenciosa, estaba llena de manchas más oscuras. Eran toros que el día siguiente perseguirían a los pueblerinos por las calles, para celebrar la Navidad supuestamente.

Los toros se volvieron hacia nosotros cuando llegamos a la plaza. Pedí perdón porque su luz tuviera que pasar la noche encerrada a oscuras dentro del ruido, y no quise mirar más.

Al alba salimos a caminar por un campo de peñascos y gargantas verdes. El suelo estaba hecho de arrugas inmensas, de abismos tranquilos, como una sábana de la que acabara de levantarse un héroe. En la penumbra yo iba pensando en el tiempo que pasa entre el amanecer y la salida del sol, desde el comienzo de la luz hasta la aparición de su fuego. A las afueras del pueblo nos topamos con la banda trasnochada. Eran cuatro o cinco hombres. Se paraban frente a la puerta de una casa, hacían reventar una mecha de pólvora y comenzaban a tocar para que la casa despertara. Más adelante en el camino, había dos cerdos negros que se afanaban por beber agua en un bebedero, empujándose uno al otro, y dos niñas campesinas que se turnaban a un bebé para tomarse fotos con él.

Yo iba preocupada, preguntándome cómo hacer para recordar luego esos paisajes. Me senté junto a una cañada, para oír y demorarme. Estaba ilusionada con poder volver a ver, cuando lo quisiera en el futuro, esa agua que no se detenía.

Otro día, en el páramo del Cotopaxi, que está cubierto de líquenes como corales, encontramos un venado que comía detrás de un conejo. Lo miramos, nos miró, siguió comiendo, volvió a mirarnos, y yo anoté en mi libreta que sólo los humanos nos decimos que hemos encontrado algo cuando lo encontramos. Luego vi otros dos venados. Corrían asustados, escapando de una moto en la que iban dos hombres que, con el deseo de alcanzarlos para mirarlos a los ojos, los espantaban. Desde lejos, con un grito, hice que se detuvieran para que no siguieran asustando animales. ¿A partir de ese momento fui amiga de los venados?, ¿de esos dos, o de todos los venados y de ti?

En una laguna al pie del volcán, el viento detuvo sobre mi cabeza el vuelo y el graznido de una gaviota de montaña. Unos días antes, en el bosque de niebla de Mindo, había pensado que los pájaros son su propio escondite. Durante una caminata oí cinco cantos distintos, sin llegar a ver a un solo cantor. Era como si los pájaros me avisaran que nunca llegaría a verlos, nunca más.

En la laguna, nuevamente, me preocupó no recordar lo que iba viendo. Una y otra vez trataba de estar presente, de durar al pasar y de fijarme. Me concentré en una planta del suelo que parecía una lechuguita. Me dediqué a mirar el centro, donde las hojas convergían, y prometí que trataría de encontrar el ojo de las cosas, donde vive su satisfacción, donde ellas permanentemente nacen, sin espantarlas, sin aparecérmeles como un fantasma. Pero volvía a distraerme, y ya no sabía si distraerme era irme o volver. De repente cantaba un pájaro y yo renovaba mi intención de asistir al Nacimiento.

En el páramo vimos nueve caballos libres que buscaban hierba en el suelo duro, y vimos en el suelo los huesos dispersos de un caballo más, que olían remotamente dulce. Estaban blanquecidos y, en algunos dobleces, esmaltados con la vieja carne. Quise llevarme uno de recuerdo. Tomé una vértebra pero enseguida la dejé para que quedara con las otras. Más allá estaban los huesos de una pata, un casco, el costillar completo y la cola, que todavía tenía los pelos de la punta. La levanté del suelo y la miré. Vi que la miraba como si ella fuera la cara del caballo. Volví a dejarla y recogí un huesito blanco, filudo, parecido a un abrecartas. Lo imaginé en mi casa y también volví a dejarlo en su lugar. El lugar donde los huesos habían ido a parar era el recuerdo de los huesos. Yo no podía llevarme un hueso como recuerdo del lugar.

La estepa estaba sembrada de grandes piedras redondas en las que un musgo verde claro y azul había hecho dibujos como signos en una estela, como en tumbas de hace diez mil años.

La vista del volcán se despejó arriba con el último rayo de sol. Primero no supe si veía nube o nieve, hasta que, entre la nieve de la nube, distinguí una pared de piedra que se mostró como el ojo de la montaña, la cima y no el cielo todavía. Luego la luz dejó ver que aquello era el brocal del cráter y que la cara del volcán, el recipiente de la luz, no era ojo sino boca.

He pensado en los muertos viejos, en los que han estado muertos desde que nadie vivo puede acordarse. ¿Cómo son distintos de ti en tu tercer día, en el día de la Resurrección?


Cremación

Después de la iglesia fuimos en un bus hacia el crematorio, por las calles vacías del primero de enero. Yo iba como si estuviera de visita en Bogotá. Pasamos de largo la carrera trece. Sacaron tu caja de la carroza fúnebre, y yo la cargué como los hombres, entre los hombres. Con el brazo izquierdo hice fuerza para levantarte, y avancé del lado de donde tu cara descansaba. Me paré en la entrada del horno. Metimos la caja en el nicho que iba a arder con el fuego que iba a quemar el mal que derribó tu cuerpo. Yo misma te empujé hacia el fuego.

Ahora quiero que hayamos hecho juntas el viaje al Ecuador. No digo que quisiera que lo hubiéramos hecho juntas, sino que quiero que lo hayamos hecho juntas. Quiero, al imaginarlo, traerte y llevarte. Que en esta conjugación inocrrecta, irreal, permanezcamos.

Hay un lugar común que dice que los árabes dicen que el alma no puede viajar más rápido que a caballo. Si ese es el caso, yo no he vuelto de ese último viaje. ¿Tu alma, en tres días, ha llegado a donde iba? ¿Está aquí mismo el lugar a donde iba, al otro lado de una puerta ante la que me encuentro todo el tiempo, o ha tenido que cruzar hasta el otro lado del mundo?

Escribo mientras no llegamos.

Entre tu derrumbe y tu amanecer te cuento un viaje, en el lugar de la espera de un día próximo en el que podré decir que ya llegué.

Ahora, ¿estás ocupada o descansas?

Ahora, ¿eres mi amiga, o lo eras?

¿Ahora estás allá?

Pero allá, donde digo que es ahora, no suenan las preguntas. Suena la única respuesta, y yo no puedo oírla.

Hace casi veinte años, cuando me despedí de ti para irme a vivir lejos, me regalaste una pequeña ancla de oro para que la llevara al cuello.

Sigamos regresando a nuestra casa. Yo a la provisional, tú a la próxima.

Vi en Quito un mural en el que estaban tu pierna y su herida. Tu cara está en los retratos que pintaron los coptos de Faiyum y colocaron sobre las caras de sus muertos. Los gestos de adentro, de las momias, debían de ser tan doloridos como el último que diste. Ellos pintaron el que tenían en la paciencia, en la confianza. Es tu misma cara, en Egipto, hace veinte siglos. Te la pintaron para que fuera punta para tu punta, tapa encima de tu tapa, puerta de la puerta; para que de cima en cima vayas a la nieve de la nube, infinitamente más arriba, más afuera, más adentro.