Hay algo ahí pero no parece lo que estás esperando desde hace días. Llevas al menos una semana aguardando un envío sumamente importante para ti, un paquete de libros, unas pruebas corregidas, y en cambio allá dentro tú dirías que brilla de pronto como una estrella negra. Mirado así, a través del respiradero de esa especie de limosnera que es tu buzón de latón, perfectamente podría ser un animal pequeño con caparazón, pero quieres pensar que tal vez te engañen los sentidos. Es tanta la ansiedad que tienes por recibir de una santa vez los ejercicios corregidos que podría ocurrir que alucines, que creas ver lo que no es. Los mandaste hace quince días y te prometieron que te los devolverían en breve, junto a unos libros de recomendaciones para escribir. Estas intentando escribir un relato y habías pensado que ese curso por correspondencia podría serte de ayuda y en lugar de consejos atisbas una amenaza callada. Te armas de valor y de ira, abres el buzón con tu llave raquítica y lo ves. No es un animal pero casi. Es una pistola. Naturalmente te alarmas, te haces preguntas, miras a tu alrededor sin saber por qué. ¿Qué esperas? ¿Quién podría acechar tu perplejidad? No ves a nadie, pero eres todo vacilación. Un flan. Finalmente, la agarras con cuidado, por el cuello, como si fuera una cría de cocodrilo, y vuelves a mirar hacia la oscuridad del portal, hacia la calle (la gente cruza el escenario donde arde tu zozobra como figurantes que podrían no estar ahí), hacía la escalera, de donde vienen de pronto unos pasos desparejos, buenos días, don Santiago, es indignante, te llenan el buzón de papeluchos de publicidad, pero don Santiago, el personaje secundario del tercero, el cojo del edificio, no ha de dejar de ver que no tienes un solo papel en las manos, aunque para entonces, de forma enigmática, tampoco tengas el arma. El miedo, la vergüenza de poseer un cachorro de alimaña entre las manos, han sido sin duda más rápidos que tu voluntad: notas el bulto frío de la pistola en tu cintura, bajo la camisa, así que saludas a don Santiago, que te mira como si fueras el criminal que podrías ser desde el instante en que tienes una pistola, y subes hasta tu casa por las escaleras intentando no parecer ansioso.

Sólo eres capaz de respirar un poco al otro lado de la puerta cerrada, apoyado contra la madera, pero tienes que darte prisa: bajas las persianas, corres las cortinas, levantas los cojines del sofá, abres el frigorífico, el armario de las medicinas, metes finalmente la pistola en una cacerola, donde habitualmente escondes el dinero cuando lo tienes, y te vas al cuarto de estar. Allí te sientas en el sofá, enciendes la televisión y contemplas un programa en el que un cocodrilo atrapa a un ñu cuando éste intenta cruzar un río y luego otro en el que dos hombres se llaman maricón y cobarde, no sabes quién se lo llama a cuál, no importa, y el mundo se te representa entonces como un matadero de reses que de todas formas merecen morir por estúpidas.Estás desconcertado o asustado, nada te consuela, así que piensas: ¿Qué haría un escritor en este caso Te lanzas al cuaderno donde anotas cosas inútiles que a menudo se pudren como abortos de historias, y allí encuentras lo que ya sabías que buscabas, la célebre cita de Antón Chéjov: si aparece una pistola en una trama, al final de la misma ha de dispararse. Intentas tenerla presente con frecuencia, la tienes anotada, como si te fuera a servir de algo, apuntada de memoria, tal vez no sea literal, pero da igual, serías muy tonto si no pensaras que por fin acaba de empezar una historia ante tus narices o que tal vez ya ha empezado hace un rato. No puedes evitar sonreír, porque ésta es la parte que más te hace sufrir delante de la pantalla del ordenador: ¿Dónde están ocultas las historias? Tú nunca las ves. Así que quizá en esta ocasión has tenido suerte. Mas, ¿quién eres tú en esta trama? ¿Quién te acompaña en esta historia? Recuerdas la pistola puerilmente escondida y piensas en esos antagonistas que seguramente la estarán buscando. Respecto a quién eres tú, está meridianamente claro (escribes “meridianamente” sin saber qué significa). Lo dicen tus notas: hay alguien que cuenta y dice yo. “Yo” no es nadie para un escritor, así que te quedas un poco más tranquilo porque tienes una pistola y un narrador, porque tú sólo eres “yo” circunstancialmente. No, eso realmente no te tranquiliza. Al contrario: quienquiera que haya depositado su pistola en tu buzón tendrá sus razones (a lo mejor ahí late hasta una novela), pero estás convencido de que querrá recuperarla. ¿Por qué iba a fiarse de ti? Si tú fueras él, es decir, si tú no fueras yo sino esa tercera persona que alienta en algún lugar de esta historia, no te fiarías de ti mismo. Puedes llevar la pistola a la policía, puedes mostrarla por ahí, puedes usarla. Exacto, te conoces. Corres a la cocina y buscas el arma. No la encuentras, no recuerdas en qué olla la has escondido. Es lógico, te dices, estabas muy nervioso. Cálmate, te dices. No quieres aceptar que la pistola fuera sólo un recurso para escribir una historia y que en realidad no exista. Afortunadamente la encuentras aunque no en el sitio en que creías haberla dejado. Has dicho “afortunadamente”, lo sabes. Debe de ser esa necesidad atropellada de tener una historia, aunque sea peligrosa o difícil.

En el cuarto de estar, en una penumbra de cortinas corridas, de escenario evocadoramente rayado por los listones del sol entre las fisuras de las persianas, sostienes la pistola entre las manos con la impresión de aguantar el peso de un pequeño cadáver o un trofeo. La empuñas. Es placentero. Le das la vuelta. Buscas algo parecido a un número de serie, el ISBN del arma, y en efecto alguien se ha tomado la molestia de borrarlo. Ya no te cabe ninguna duda: se trata de un arma de esas que en las películas llaman “marcadas”. No está “limpia”, oíste decir en un reportaje de “Informe Semanal”. Fantaseas entonces con los crímenes que se habrán cometido con ella, cuando llaman al timbre. Primero piensas: no voy a abrir, pero la pistola se te cae al suelo, sobre el parqué, y hace un ruido terrible, como si se hubiera disparado y todo hubiera terminado, pero eso no ha ocurrido. Es sólo un ensayo del ruido que debe de hacer ese artefacto. Tú te quedas en silencio, inmóvil. Vecino, dice la voz, ¿está bien? Siempre te llama vecino, como si tú fueras el figurante de una película cómica o el personaje de una novela de Peter Handke. No puedes fingir que no estás, sería peor. Abres la puerta y allí está don Santiago, el del tercero, una de las terceras personas de esta historia. Sujeta un paquete entre sus manos, se apoya en su pierna sana. Esto es suyo, dice. Lo han metido en mi buzón. Se lo agradezco, don Santiago (no quieres tutearlo, la segunda persona te resulta muy costosa). De nada, dice, pero no te mira a la cara, mira por encima de tu hombro espiando anomalías en tu apartamento, como hace a menudo. No lo soportas. Viejo chismoso. ¿Dónde has dejado la pistola?, te preguntas. Pones tus manos en la espalda y la notas allí. Sabes que podrías usarla. Vas a hacerlo. ¿Será este el final de la trama del que habla Antón Pávlovich Chéjov? Click, le quitas el seguro. Es duro estar solo, ¿verdad?, observa. De repente don Santiago quiere más papel en esta historia. No se lo censuras, todos queremos representar algo más en este teatro, aunque seamos tan insignificantes. Qué bien lo cuenta esto Chéjov. Si necesita hablar o contar algo, ya sabe dónde estoy, dice marchándose, como si fueras tú el que necesitara más parlamento en esta función. Oyes sus palabras en el eco del cajón de la escalera, sus pasos deficientes martilleando el suelo de madera del viejo edificio como una máquina de escribir con el bastón de una letra atascado, y piensas que la historia no ha acabado todavía. Cierras la puerta con la impresión de cerrar un capítulo. Lo cierto es que ya no estás interesado en el envío de la escuela de escritura, así que dejas el paquete encima de la mesa camilla del cuarto sin abrir. No es sólo que consideres con desprecio, con suficiencia, todo tu trabajo anterior, las correcciones de anónimos y menesterosos maestros, es que tienes una pistola. Tú. Así que tienes esa historia que siempre te falta, aunque todavía no tengas un final. El siguiente paso te parece muy lógico: la documentación. ¿Qué les queda a los escritores a los que no les ha acaecido nunca nada interesante, que no han vivido una guerra o una revolución, que no habitan exóticas aldeas peruanas donde todo es relato, que no han sido ni Adele Hugo ni los duelistas de Conrad…? Ay, sólo dos cosas, lo sabes bien: fantasía y documentación.

Así descubres que tu pistola es austriaca, que se llama Glock, que es semiautomática, fabricada en polímero tan resistente como el acero pero más liviano, que pertenece a una familia exitosa de pistolas, adoptadas por muchas policías del mundo por su atractivo diseño ergonómico y por su versatilidad, que es muy apreciada en el mercado negro… Te sientes muy triste y no sabes por qué, aunque piensas que no deberías haber usado la palabra “triste”. Lo dicen tus notas: “No digas que tu personaje está triste: sácalo a la calle y haz que vea un charco en el que se refleje la luna”. Te guardas la pistola en la cintura y te asomas a la ventana a través de una rendija de la persiana. Sustituyes mentalmente la palabra “rendija” por “cicatriz” y tienes la impresión de que estás haciendo lo correcto para que el relato avance. Sin embargo, en la calle no hay charcos y la luna no está en el cielo. Es verano y ahora el sol es un vómito de luz que llena el cuarto de estar. A través de las cicatrices de la persiana la habitación se llena de pequeñas moneditas de oro que bailan en el suelo. Te refugias en tu dormitorio, te sientas a los pies de la cama, frente al espejo. Ves al hombre que se pone la pistola en la sien como si no fueras tú. Te gustaría tener una familia, aunque no fuera exitosa, ser resistente y liviano, apreciado en el mercado negro, incluso ser austriaco como Peter Handke o la pistola Glock… El tipo del espejo te mira fijamente. Estás seguro de que su índice está apretando lentamente el gatillo. Supones que aquí sí que acaba la historia y que Chéjov tenía razón, cuando llaman de nuevo a la puerta. Te ha parecido oír los pasos del cojo y decides que tienes ganas de hablar. Bajas la pistola de tu cabeza, la guardas y te diriges a la puerta. No es él. Ves un hombre en el umbral, desconocido pero factible. Si hubieras tenido que imaginar tú a quien ha dejado la pistola en tu buzón, me habrías imaginado así: cuarentón, estatura media aunque musculoso, vestido con un traje que parece prestado. Y mi cara: la nariz larga y aplastada; los párpados gruesos, duros; los surcos nasogénicos muy marcados bajo la luz cenital del rellano, sugiriendo determinación. Sabes a qué he venido, ¿verdad?, digo con la voz ronca de un personaje que hace muy bien su papel. Te fijas en que tengo la mano izquierda metida en el bolsillo de la chaqueta, que la muevo nerviosamente, mientras que en la otra juego con la enorme piedra del anillo que llevo en el meñique. Claro que sabes a qué he venido pero el arma la tienes tú. La extraes de la cintura y la alzas. De repente la pistola está entre los dos. Saco la mano de mi bolsillo y la tiendo hacia ti. En ese instante, la luz de la escalera se apaga y pasan unos segundos de silencio que son el silencio negro de una corchea en la oscuridad. Y entonces comprendes dos cosas, lo comprendes todo:

La pistola no se dispara al final de la trama.

La trama termina porque se dispara la pistola.