Apasionada traductora de autores de lenguas eslavas, Patricia Gonzalo de Jesús ha venido trabajando paralelamente en su propia obra poética y narrativa con sostenido rigor. Presentamos a continuación tres poemas de su libro Raíces aéreas, que será publicado próximamente por la editorial valenciana Pre-Textos.

ESPACIO PRACTICADO

En el principio fue la mesa.

La compré pensando utilizarla como escritorio.

Tres cubos de agua y toneladas de hollín después,

reveló su verdadero origen:

una cocina.

Aun así decidí redimir a aquella mesa.

Pensé en mi madre frente a su olla a presión.

Pensé en Denise Levertov esbozando poemas en la mesa de su cocina.

Pensé en Alice Kober sentada frente a una mesa camilla junto a su madre viuda,

catalogando caracteres de Lineal B en cartones de cigarrillos.

Más tarde fue la chinche.

O las chinches.

Probablemente no más de dos, en los intersticios de la mesa.

Fueron conveniente y concienzudamente gaseadas.

Aun así decidí redimir a aquella mesa.

Pensé entonces en mi abuelo en la trinchera del frente de Teruel,

repasando las costuras del uniforme con las uñas para reventar a las chinches.

Pensé en sus noches en blanco resolviendo problemas matemáticos

sin más ayuda que aquella enciclopedia que compró con su primera soldada

para leer durante el servicio militar, ignorando el toque de queda.

Pensé en sus memorias,

aquéllas que escribió en cuadernos heredados de sus nietos,

que dejó a medias cuando empezó a fallarle la vista.

Al final fue la pesadilla.

De algún modo, esta mesa es el alambique en que se condensan

todos mis miedos:

quedar relegada a una cocina,

las plagas,

no saber,

no entender,

no estar a la altura de quienes me han precedido.

Aun así (o tal vez precisamente por eso) he decidido redimirla.

Aunque sólo sea con palabras.

MORFOLOGÍA DEL CUENTO

Ni rastro de nieve todavía.

Y precisamente por eso

recuerdas

aquel viaje a través de las montañas en un tren

ostálgico y reumático,

abriéndose paso

a duras penas

a través de la ventisca,

aquella anciana de entreguerras con boina de lana que,

extrañada

Violín sobre una mesa (1914) de George Braque.

Violín sobre una mesa (1914) de George Braque.

de tu soledad y tu delgadez,

te regaló una manzana,

como un trasunto de aquélla otra que,

en Bratislava,

te entregó tres narcisos

a cambio de agua

(Propp habría estado más que satisfecho).

Recuerdas

la sensación paradójica,

entre caricia y punzada,

de nostalgia de lo desconocido,

la parada en una ciudad arcana,

el vómito a medianoche

y la iglesia de san Esteban a mediodía,

las palabras del diácono

(«No debería estar abierta,

pero decidí recoger tras las fiestas de Navidad.

Será una señal divina.»)

Recuerdas

la blanca devastación,

el narcótico silencio

que rodeaban a aquel hombre,

escoba en mano,

acompañado apenas

por doce apóstoles dispersos

y un pantocrátor meditabundo,

de trazo torpe

y mirada ocre.

Y casi con añoranza

de aquella fiebre y aquella náusea

contemplas ahora

tu colección de idiopatías,

mientras te preguntas

cuál será el término médico

para esa membrana

(que sin duda existe

y de la que tú careces)

que hace llevadero el redolor

de caminar descalzo

por la existencia,

si te toparás

con la tercera e indefectible anciana

y si el hambre de nieve

y la sed de páramo

entran dentro de la categoría

de señales divinas.

LA BESTIA

La que cabalga a lomos de la Bestia

se convierte en la puta de Babilonia.

Si el desierto tiene oído,

oiga:

tomad y comed todos de él

porque éste

ya no es mi cuerpo.

Sólo me queda

desierto a bocados,

crujir de dientes,

lamerme las heridas

como una perra,

como una perra

escarbar en el yermo

la tumba del fruto

arrancado de mi vientre.

Si el desierto tiene oído,

oiga:

éste ya no es mi cuerpo.

María Magdalena, líbranos del lujo

de la dignidad,

María Egipcíaca, líbranos de la soberbia

de la habitación propia,

Marías todas, libradnos de rezar

porque rezar no nos librará

del pecado de ser

mujervirgenputasantasiervaesclavamártir,

del estigma de la Bestia.

Si el desierto tiene oído,

oiga,

porque la voz de los muertos

es la peor entendida.

Y el que tiene entendimiento,

cuente el número de la Bestia,

pues es número de hombre.



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